ESCALETAR

Por Gabi Ochoa

Tengo por costumbre, desde hace años y años, escaletar aquellas películas y/o series que me gustan, que me resultan entretenidas. Me enseñó mi buen amigo Xavier Sala, guionista alicantino. Con él iba a la Filmoteca Valenciana y nos veíamos los ciclo enteros de Renoir, Ford, Dreyer,… Xavi tenía especial predilección por Jean Renoir y recuerdo perfectamente como se metía en la filmo con la libreta y el boli e iba apuntando, in situ, la escaleta de la historia.

Para mi escaletar es como cortar el jamón serrano en lonchas finas finas. Aprendes muchísimo de los pulsos narrativos. Normalmente lo hago con una peli o serie en play: la pongo y sin pararla, me voy apuntando los puntos y una brevísima descripción de lo que pasa. No termina de ser una escaleta al uso, seguro que tiene menos escena que una normal, pero me sirve para hacerme una idea de cuántas tramas se utilizan, cuáles personajes aparecen más o menos, etc. Yo le llamo “pulsos” a mis puntos. Para que os hagáis una idea, “Manhattan” tiene 47 pulsos y “¡Olvídate de mi!” 114 pulsos. ¿Qué diferencia, no? Las pelis de Woody Allen tiene muy pocos pulsos, son muy dialogadas.

De hecho escaletar es algo que recomiendo a mis alumnos en las clases de guión que doy. Poner una peli o serie en play y “a escaletar!”.

Pues bien, me ha dado por escaletar 2 series que están en antena ahora, “El Príncipe” y “Velvet”. ¿Y por qué? Son dos series que sigo, que admiro su construcción y que a buen seguro sacaré algunas conclusiones de ellas. Y vaya si las he sacado, aquí van.

(NOTA: vaya por delante mi aprecio a los amigos y/o compañeros que tengo en ellas. Estas son unas conclusiones propias y no creo que sean extrapolables al trabajo que han hecho).

EL PRÍNCIPE

He escaletado 3 capítulos de la serie de Mediaset y Plano a plano, y he encontrado algunas joyitas (perdón por los spoilers):

– La serie bascula entre 46 y 61 pulsos dramáticos. No sé si eso serán secuencias, pero sí que me he dado cuenta que los capítulos con más acción tienen más pulsos. Aceleran los comportamientos y las situaciones. En una serie de policías, la acción es esencia de serie.

– Se podría dividir en 4 tramas por capítulo. Tendríamos la trama A, el caso del capítulo, que siempre está salpicado por el caso general de la serie “Encontrar a Abdu”. Esta trama está protagonizada siempre por Javier Morey. La trama B suele ser un asunto de la comisaría y que puede afectar a la trama del yihadismo y a Morey o no. Mayoritariamente el peso lo lleva Fran, y últimamente Quílez también (luego hablaré del acierto de los secundarios). En ese ámbito hemos visto la historia del hijo de Quílez, o como Raquel, mujer de Fran, mataba al “supuesto” asesino de su hijo. La trama C suele ser la amorosa entre Morey y Fátima, ese amor imposible shakesperiano que dificultad las relaciones entre ellos. Y por último la trama D suele ser una trama de continuidad de los personajes protagonistas, sobre todo de Faruq y la familia Ben Barek.

– Ahora bien, las 4 tramas no trabajan por igual. El caso (trama A) suele ocupar entre 15-30 pulsos, mientras que las de continuidad con tener 3-4 pulsos por capítulo el espectador avezado ya sabe donde está con los personajes.

– Pese a que se habló mucho en el arranque del canon “amoroso” que ha supuesto introducir una trama amorosa en “El Príncipe”, la verdad que esta historia imposible entre Morey y Fátima no está tan presente. Suele tener unos 11 pulsos, es decir un 10% de la historia más o menos. Sin embargo cobra especial relevancia la trama B de la comisaría, que es la que mejor punta le sacan (entre 10 – 15 pulsos por capítulo): ahí ahondamos en personajes y vamos conociéndoles mejor. A mi cada vez más me recuerda a “The Killing” y la manera de diseccionar personajes que tenía este policial.

– Otro de los datos que despiertan interés es que conformen avanzan los capítulos algunos secundarios cogen fuerza. Por ejemplo Quílez o Hakim. Algo que supo administrar muy bien series como “The Wire” (salvando todas las distancias) con personajes como Marlo o Presvalsky, dejando que Omar o McNulty no fueran tan omnipresentes. Paso a paso van ampliando el papel de muchos de ellos, sobre todo de los dos citados o de Serra. Creo que en un futuro (la 2ª temporada ya está a la vista) les va a venir muy bien.

– Por último y como anécdota curiosa, con la trama C, que corría el peligro de ser empalagosa (el primer capítulo nos hizo a todos temer lo peor), han sabido hacer un trabajo de cirugía: entre un pulso y otro “amoroso” suele haber un tiempo prudencial que puede oscilar entre 5 y 10 minutos. Es decir, la importancia del caso y del funcionamiento de la comisaría creo, o parece, es el tuétano de la serie.

VELVET

De la ficción de Atresmedia y Bambú he escaletado 2 capítulos. En este caso las conclusiones son absolutamente distintas, pero aún así muy interesantes para comentar:

– El peso importante de la historia recae en las historias amorosas. Dos de las múltiples tramas que presenta (ahora hablaré de la multitrama) tienen que ver con triángulos amorosos muy bien trenzados. Los pulsos de la serie suelen oscilar entre los 32 y los 45. Y sumando las 2 tramas amorosas pueden dar un arco de entre 17 – 20 pulsos, es decir, más del 50% del capítulo.

– En los capítulos analizados he llegado a contar hasta 6 tramas (!). Y diréis, ¿Cómo es posible? En verdad existen 4 tramas, como la otra serie analizada, pero la trama de continuidad, la trama D, se subdivide en muchos personajes que toman la batuta: Blanca, Luisa o Clara comienzan a tener tramas propias. Es lo que denomino series con “trama del personaje”. Es como el marcaje al hombre del fútbol. No hay tramas definidas, hay historias de personajes que vamos siguiendo.

– ¿Y cuáles son las tramas de “Velvet”? La trama A sería el triángulo amoroso entre Alberto, Ana y Cristina. Alberto se debate entre la costurera y la hija adinerada. Esto es algo muy al estilo del screwball comedy americano (otra vez salvando todas las distancias posibles, y sobre todo se ve más en la “otra” trama amorosa, la de Clara, Pedro y Rita), y sus referentes españoles como “Ella, él y sus millones”, “El destino se disculpa” o “Ángela es así”.

La trama B tendría que ver con el suceso del capítulo: la colección de Raúl no se vende, Grace Kelly en Velvet (el próximo siguiente) o hay que comprar telas en París para la colección. Es la trama que, pese a que alimenta o suele alimentar a las más románticas, tiene menos recorrido “amoroso”. Esto se agradece.

La trama C es la otra trama amorosa, la de Clara, Pedro y Rita, una línea tan bien trenzada que poco a poco va dejando cabos sueltos (Clara haciendo pinitos como modelo, su relación con Mateo, el hijo de Pedro,…). Ahora mismo es la trama mejor definida y que más giros lleva. No solo lo digo yo. Tiene peligro de comerse la principal si la primera no avanza. Suele tener entre 6 – 7 pulsiones por capítulo, y de verdad, yo no sé si han visto las películas de Rafael Durán y Josita Hernán, porque en ocasiones parece extraídas de aquellos screwball comedy patrios.

Por último, la trama D, la de continuidad de muchos personajes, para analizar aparte.

– Y es que esta multitrama D es la que hace a “Velvet” diferente a otras series. Buscar el peso adecuado de cada personaje le lleva a que todos tengan, conforme avanza la serie, sus propios pulsos. Por ejemplo: en los capítulos analizados tenemos 3-4 pulsos aparte para Clara, 2-3 pulsos para Blanca y su historia personal, y 3-4 pulsos para Luisa y su relación con Don Francisco.

– Otra de las curiosidades para mi es el caso del personaje de Emilio. Un peso importante en la serie, pero sin trama. Suele ser el “portero” que abre tramas o está pendientes de otras. Creo que el acierto que fuera un actorazo como José Sacristán ha hecho que su peso no decaiga.

– Por último y por citar referencias, a mi, más que a “Downton Abbey” o “Galerías Paradise” (esta última no la he visto, lo siento mucho), me recuerda más al teatro de Lope de Vega (!). Sí, queda lejos y los personajes no tienen nada que ver, ¿o sí? Pensar que aquí se trabaja muy bien las clases sociales, el ascenso o no, con el trasunto amoroso importante: señores y trabajadores. Esto es algo que Lope supe hacer a la perfección en “La dama boba”, “La discreta enamorada”, “El perro del hortelano” o “Lo cierto por lo dudoso”. Sé que ni por asomo lo tuvieron en cuenta, pero cuanto más nos enroquemos en nuestro acerbo literario propio, mejores productos podremos mostrar.

– Por último, creo que han sabido bien combinar todas las tramas y dar cierto terreno a las multitramas de la D, pero auguro un peligro que ya va apareciendo: que la secundaria trama C (Clara, Rita y Pedro) se coma a la principal A (Alberto, Ana y Cristina). De hecho la propia principal me plantea dudas: ¿Cristina no sabe, de verdad, que Alberto y Ana eran pareja? El personaje es un pelín inocente (y eso que Manuela Velasco lo borda. Ella, Marta Hazas y Cecilia Freire me parecen lo mejor de la serie, sin despreciar el enorme trabajo de todo el resto y su equipo).

Bueno, estas son las conclusiones que extraigo al escaletar. Creo que una labor poco agraciada pero muy importante para saber estructurar, y valiosísima como material de trabajo. Para muestra os dejo un par de fotos de mis escaletas.

Fragmento del escaletado de “El Príncipe”

Fragmento del escaletado de “Velvet”

Espero que a los fans de las respectivas series les interese, no se lo tomen a mal y que en los comments sea interesantes departir sobre los pormenores de ambas ficciones.

Cualquier duda o pregunta me las podéis hacer en los comments 😉

MIS PLANOS FAVORITOS

Por Rafa Ferrero

Una de las grandes diferencias que existen entre escribir novelas y escribir guiones es que los guionistas estamos obligados a pensar en imágenes. Siempre podemos usar los diálogos o incluso la voz en off para explicar ciertas cosas, claro, pero todo aquel que quiera exprimir al máximo las posibilidades que le brinda el séptimo arte se rebanará los sesos tratando de encontrar esa imagen que consiga explicar, resumir o simbolizar lo que sea que quiere transmitir.

Esto, a veces, es complicadísimo. Pero, a cambio, nos brinda la oportunidad de golpear al espectador con un arma con la que el escritor de novelas no cuenta, el silencio.
Personalmente, cada vez que me encuentro con uno de esos planos que no necesitan de nada más que la imagen y el contexto creado por la propia historia para explicar un concepto complejo, me enamoro un poco más de este oficio.

Hace poco, me encontré con uno de esos planos. Será el primero del que os hablaré. Y pensando en él me dio por empezar una lista de todos los planos que, de algún modo, consiguieron provocarme este efecto. Comparto aquí una pequeña muestra con algunos de mis planos favoritos y os animo a que compartáis los vuestros en los comentarios.

Hijos del Tercer Reich 

Hijos del Tercer Reich

Un joven inteligente y con personalidad propia se ve obligado a ir a combatir en una guerra en la que no cree, sencillamente, porque no cree en ninguna guerra. Los primeros meses trata de seguir siendo fiel a sus principios, pero la crueldad que le rodea le irá afectando hasta el punto de acabar transformándolo por completo.

En el tercer y último capítulo de la miniserie, cuando la evolución del personaje ya es completa, llega esta maravillosa escena. El joven se queda dormido en medio del bosque y, al despertar, se encuentra cara a cara con un lobo que lo olisquea primero y le gruñe después, mostrándole los dientes amenazadoramente a pocos palmos de la cara. Él no se mueve. Incluso le mantiene la mirada.

Su reacción es la de alguien que ha perdido el respeto a la muerte. Ha asumido la propia y la suministra a otros sin pestañear. Se ha convertido en algo distinto a un ser humano porque, si algo nos define, es el miedo a la muerte.

Este plano simboliza la evolución de este personaje de un modo tan limpio que estremece.

The Wire

The Wire

Este es el primer plano del primer capítulo. Así empieza la serie. Sangre reciente sobre el asfalto de una calle de Baltimore iluminada por las luces de un coche de policía. Sencillamente genial. Casi podría decirse que toda la serie gira en torno a esta imagen. La sangre mana de agujeros de bala distintos, pero nunca deja de correr.

Este plano consigue contextualizar toda la serie en un solo segundo. Estoy seguro de que algo así no se habría podido conseguir si no fuese porque sus creadores tenían muy clara toda la serie en su conjunto antes de rodar un solo plano. Ojalá todo el mundo pudiese trabajar en estas condiciones.

Breaking Bad

Breaking bad

Esta serie arrancó con una gran idea de trama, pero si se mantuvo durante cinco temporadas y llegó a ser mítica fue gracias a una genial construcción de personaje. Walter White es un tipo ambicioso, rencoroso, egocéntrico, perfeccionista y un tanto obsesivo. Cuando trabaja en el laboratorio busca la perfección y cuando todo le va mal y el trabajo se convierte en lo único que le reporta satisfacciones en la vida, esa obsesión por conseguir la perfección se vuelve compulsiva.

Conseguir explicar algo así en una sola imagen no era sencillo, pero lo consiguieron con una idea brillante. ¿Consentiría Walter White que una mosca pululase libremente por su laboratorio contaminándolo todo? La respuesta, obviamente, es un NO rotundo. Y dedicaron todo un capítulo, el décimo de la tercera temporada, a regodearse en esta idea, regalándonos planos como este, que casi podrían considerarse una descripción de personaje en imágenes.

Tres colores: Azul

Azul

Si hay algo complicado de transmitir en imágenes son los sentimientos. Recurrir a la expresividad del actor, a los gestos obvios de los personajes, o a los diálogos explicativos, es el primer impulso. Pero existen otras formas extremadamente más refinadas de expresarlos y en esta película se exhibe una de ellas de un modo magistral.

La protagonista pierde a su familia en un accidente de tráfico al inicio de la película y la historia recorre todas y cada una de las fases del duelo y superación de este trauma. El azul simboliza este dolor y el modo en que la protagonista se va relacionando con este color explica cómo poco a poco va consiguiendo superar el golpe.

Y para que ese color pudiese encarnarse en algo físico, se usa un fetiche, un móvil de cristales azules que colgaba del techo de la habitación de su hija. La protagonista establecerá una relación muy especial con este objeto. Primero dirigirá hacia él su ira. Después se enfrentará a él, mirándolo directamente como el que desafía a sus demonios. Y finalmente conseguirá acostumbrarse a él, llevándolo tras de sí cuando se mude a otra casa, en un intento por aprender a convivir con su pasado porque tratar de huir de él es imposible.

El momento en que la protagonista pierde su mirada en esos cristales, sabiendo los recuerdos y el significado que ese objeto tiene para ella, supera cualquier  diálogo antes incluso de que intente escribirse. Al hablar elegimos palabras y el dolor no puede contenerse en ellas, en ninguna combinación de ellas. Por eso, el silencio consigue transmitir mejor este sentimiento. Se trata más de una cuestión de empatía, de vibración de cuerdas, que de comprensión racional.

Tots a una veu

Tots a una veu

“Tots a una veu” es una película pequeña, pero contiene muchos tesoros. Dejad que os traiga aquí uno de mis preferidos.

“Salnitre” es el cortometraje que cierra la cinta. En él, se cuenta la historia de un vecino del barrio valenciano del Cabanyal que ha decidido autoexiliarse en un barco de siete metros de eslora fondeado frente a la costa valenciana. Diez años lleva el hombre allí, a la distancia justa que le permite sentirse lejos de la ciudad que odia, pero lo suficientemente cerca como para seguir viendo cada día la ciudad que ama.

Esta imagen retrata tan bien el sentimiento de amor-odio que muchos valencianos sentimos por nuestra ciudad que casi podría considerarse un símbolo, un resumen de una época.

CANCIÓN TRISTE DE HILL EDAV ó LA SERIE DE LOS GUIONISTAS

La firma invitada de hoy es Nacho Sánchez. Nacho ha trabajado en infinidad de equipos de producción como jefe y director de producción. Entre sus trabajos destacan “Faltas leves”, “Alan muere al final de la película” y “Orson West”.

I

El otro día, pensaba en el gran Paco López Barrio y su afición al montañismo. La verdad es que acostumbrado a la imagen del deportista fibroso y un poco chulo (sí, tengo prejuicios con la gente que está en forma), Paco no parecía representar el estereotipo. Su imagen sosegada, un poco de profesor de literatura clásica, no invitaba a imaginar un hobby así. Pensando en ello, me di cuenta que daría para un gran personaje: un comisario de policía en la brigada de delitos monetarios con actitud tranquila y aspecto de profesor. Ya la habíamos liado, porque estas cosas sabes como empiezan pero nunca como acaban, los Gedankenexperiments se te van de las manos en cuanto te descuidas.

Porque un personaje así está en una serie, y era fácil construir el escenario a su alrededor. Dejaremos de lado al posible némesis de nuestro personaje (¿Un malvado defraudador de dinero público aficionado a los relojes y con apoyo político?), esa brigada y la gente a su alrededor iban apareciendo casi solos: el joven que llega con mucho ímpetu, ideas y diferentes formas de ver el trabajo: Rafa Ferrero. Ese trabajador incansable y honesto, Gabi Ochoa, que se atreve con casos grandes y pequeños, e incluso está empezando a colaborar con Homicidios (que tienen más presencia en los medios y más glamour). Todo el trabajo de la brigada siempre se debe presentar ante el fiscal para saber si hay caso, y ahí estaría Juanjo Moscardó, asegurándose que la investigación tiene base y avanza bien. El pobre Martín Román es el eterno undercover, siempre metido en líos y lejos de los suyos. Y cuidado con el departamento de Delitos Informáticos, capitaneado por Toni García.

Por supuesto, no pueden faltar las chicas en la brigada, Joana Ortueta y Ada Hernández, que empezaron en Tráfico pero ahora están en esta brigada. Especializadas en lo más duro, son capaces de llevar adelante cualquier trabajo: igual te saca una confesión que te baten las calles buscando a un sospechoso en pocos días. Pero no todos los personajes pueden ser miembros de la brigada, alguno puede ser ese detective privado que ha dejado la policía pero aún les ayuda, como César Sabater.

Llegados a este punto, la analogía se dispara y empiezo a ver todo el organigrama de las Fuerzas de Seguridad: la gente de Homicidios, importantes y muy venerados por la opinión pública, como Pau Martínez o Rafa Montesinos. La policía Científica, con su tecnología y sus avances, tanto de campo con Miguel Llorens o Jose Sospedra, como en el laboratorio donde trabajan casi a oscuras Ivan Martínez-Rufat y Carles Candela.

Narcóticos y sus excentricidades, representados por Charly Ramón o Uxúa Castelló; y los pobres que siempre se llevan lo peor, la abnegada gente de Tráfico: Araceli Isaac y Jordi Llorca.

II

Homenajes y bromas aparte, creo que este pequeño retrato hecho de la profesión en Valencia podría ser extrapolable a cualquier gremio en cualquier ciudad de cualquier país occidental. Y es en este momento en que entiendes un poco mejor el funcionamiento interno de las llamadas “series profesionales”. Desde aquellos inmensos trabajos de Stephen Bochco en los 80 hasta ejemplos más recientes como “Mad Men” o “The Wire”, vemos como el entorno laboral se ha convertido en fuente de arquetipos que nos permiten identificarnos con rudos policías, sofisticados creativos publicitarios o abnegados cirujanos e implacables abogados.

Más allá de las series “facilonas”, que recaen en la repetición de tramas sea cual sea la profesión representada (¿Fue HomoZapping quien hizo el sketch de “Mecánicos”?), sí que es cierto que la buena ficción sobre profesiones parece estar aportando nuevos arquetipos al catálogo clásico. El entorno laboral es una gran fuente de conflicto (base para la creación de historias) en nuestra sociedad productivista, y en ausencia del conflicto aristocrático clásico (con sus guerras, asesinatos e intrigas palaciegas) nos permite un amplio campo en el que mostrar las luchas, victorias y derrotas del día a día de cualquier persona, incluido el espectador. Cuando alguien ve a un personaje rebajar su dignidad para medrar económicamente y “ayudar” a su empresa puede ver los pequeños sacrificios y renuncias que cada uno hace a diario, aunque lo que vea sea a Joan acostándose con el rijoso representante de Jaguar. Los tejemanejes internos para medrar en cualquier serie policiaca son fácilmente extrapolables a todos esos momentos en que uno debe decidir si hacer su trabajo simplemente o empezar a manejar recursos para que el resultado del mismo sea más visible y poder medrar en su propia profesión.

Y no sólo situaciones, ¿quien no tiene en su entorno laboral a un caradura mal trabajador pero encantador con quien no te puedes enfadar, como Arturo Valls en Cámera Café?

¿Quien no ha sufrido a un jefe duro y despótico que al final demuestra ser quien saca lo mejor de nuestro trabajo, como Don Draper y Peggy? ¿O quien no ha visto medrar a un vendido que ha perjudicado a gente a su alrededor por llegar más alto? Y tantos y tantos otros ejemplos que vemos capítulo a capítulo y que tantos ecos despiertan en la mente del espectador.

O quizá sean sólo reinterpretaciones de estos arquetipos clásicos, como el hierofante o el bufón actualizados a nuestro particular panteón arquetípico, y, como muchos sospechamos, llevamos cinco mil años contándonos las mismas anécdotas y los mismos chistes.

Los viajes de Sullivan (de guiones y crisis)

Cerramos temporada con la firma de Javier Olivares y un post que da que pensar – y mucho – sobre la práctica del oficio en tiempos difíciles. Tenemos todo agosto para meditar sobre sus palabras. ¡Feliz verano!

por Javier Olivares

1.

Cada cual tiene su pequeña (o gran) lista de películas que forman parte de su vida. Películas que ves más de una vez porque te impactaron cuando las descubriste y, además, te siguen emocionando cuando te vuelves a encontrar con ellas. En mi lista, ocupa un lugar importante Los viajes de Sullivan.

Dirigida y escrita por Preston Sturges en 1941, cuenta la historia de John Lloyd Sullivan, un director de comedia en la cima de su carrera, una estrella de Hollywood, que decide contra la opinión de todos (esencialmente su productora) dejar la comedia y contar el drama de la miseria, de los que viven en la calle (pese a ser del 41 parece un repaso a otra gran crisis, la del 28).

Por ello, se disfraza de sintecho para documentarse cómo es la vida allá lejos del paraíso de los ricos. Para ver la tristeza, la desesperación de no tener nada… En ese viaje a los infiernos, pierde su carné, es acusado de un asesinato y va a parar a un penal de trabajos forzados rodeados de los peores criminales y de otros que tal vez no lo fueron, pero que en su miserable vida no han encontrado otro destino mejor que ser tachados de culpables de algún crimen. Allí no hay salida. Allí no hay, por cierto, ningún banquero ni ladrón de guante blanco (los tiempos, en estas cosas, no cambian). Y Sullivan descubre, más allá de lo que él podía imaginar, lo que es estar marcado por la derrota, la angustia y el miedo. Días y días sin esperanza… Hasta que un buen día, toca sesión de cine y proyectan una de dibujos animados (creo que de Tom y Jerry) y ve cómo esos hombres que no tienen nada, ríen y disfrutan como posesos unos minutos de su vida. Cuando sale de la cárcel, lo tiene claro: volverá a hacer comedia.

Los viajes de Sullivan es una película tan maravillosa que, pese a que no descarto que su mensaje de carpe diem oculte tintes evidentemente reaccionarios, sigue formando parte de mis películas preferidas. Las dudas que tengo, ahora que nos toca vivir una nueva crisis a nivel mundial, es si tenemos que evadirnos haciendo unas risas en vez de, como guionistas, afrontar contar nuestro tiempo. Analizarlo críticamente. Desvelar y denunciar lo que hay detrás de esta crisis y sus resultados. Ser la voz de los que no la tienen. Evidentemente, soy partidario de lo segundo. Aunque, como espectador, me encantaría que alguien que fuera partidario de la teoría Sullivan hiciera algo igual de maravilloso.

Porque no se trata de marcar una línea única de pensamiento. Todo lo contrario. Sumidos en un audiovisual sin ninguna capacidad de crítica, precisamente ha ocurrido lo contrario: que se nos ha obligado a hacer series alejadas de la realidad para sólo evadirnos de nuestras vidas. De lo que se nos venía encima. De lo que se nos viene.

Por lo menos eso es así (salvo excepciones contadas), desde que Berlanga y Azcona (otros maestros) dejaron de trabajar juntos. O desde que López Vázquez, Cassen, Alexandre, Gracita Morales, Pepe Orjas y otros planearan un atraco a las tres, contándonos desde la comedia el drama de unos desheredados sin ilusiones., en un país, el nuestro en el que la palabra crisis no se decía, de cotidiana que era.

2.

Sin duda, el cine español de los 50 contó la crisis profunda de nuestro país, de nuestra vida diaria desde la comedia y elevó nuestro cine a una categoría de obra de arte que, salvo excepciones muy contadas, no ha vuelto a llegar.

Como ocurre con la ciencia ficción, la comedia es un género que permite contar la triste realidad o las situaciones políticas más duras salvando censuras y, de paso, atrayendo la atención del público. Divirtiendo y emocionando mientras estás delante de la pantalla (y si estás en casa agarrándote del alma impidiendo que cambies de canal ante un tema tan tremendo) y que cuando poses esa misma noche tu cabeza en la almohada, des un brinco porque de repente te des cuenta de la tristeza insondable que paseaba por debajo de gracias, chistes y gags.

En este sentido, el audiovisual inglés ha generado grandes obras maestras, como Full Monty, Billy Elliot u otra de esas películas que están en mis lista sagrada: Tocando el viento. En todas ellas se hablaba del destrozo social y humano generado por las políticas neoliberales de Margareth Thatcher. Los resultados finales de la misma. Ponían cara y ojos a lo que en las listas de desempleo son sólo números. Se enfrentaban con una capacidad crítica a la altura de su valía artística. Hurgaban la herida. La mostraban a sus conciudadanos y exportaron al mundo esa queja.

En realidad, los ingleses nunca abandonan por lo general el retrato social ni la crítica traten el género que traten. Tal vez por eso, la continuidad de ese concepto en televisión haya generado obras maestras como Shameless o Exile, con un excelente Paul Abbott como ejemplo, como motor de expresión de que algo se ha roto y hay que comprar pegamento para pegarlo. Pero sobre todo, antes, hay que recordar cómo era lo que se ha roto y quién la rompió. Y en ese viaje son tan protagonistas como sus personajes la corrupción, los malos hábitos de los políticos, la excesiva sumisión ciudadana, un individualismo al que no le importa que a los demás les vaya mal si a uno le va bien. ¿Os suena de algo?

No es Paul Abbott el único. Cuando uno ve Call the Midwife, una historia de parteras a finales de los 50 en los barrios deprimidos de Londres, se da cuenta de que entonces, la solidaridad y el apoyo social del Estado estaba generando la gran evolución que luego vendría. Y te paras a pensar si no te están diciendo que ahora es justo lo contrario.

Cuando ves Occupation, te das cuenta de que las guerras son indisociables de política y de economía. Y que muchos han muerto en Iraq para defender las ganancias de grandes multinacionales como ahora encuentras gente bien vestida hurgando en los cubos de basura porque sus ahorros se los ha quitado un banco al que no le pedirán explicaciones. Y van y te lo cuentan.

Como en Line of Duty se muestra la corrupción policial y cómo incide en las clases bajas hasta tal punto que Scotland Yard ha decidido no colaborar con la BBC al no gustarle este excelente mini The Wire a la inglesa.

Precisamente David Simon y Ed Burns podrían ser otros excelentes narradores de la crisis. Autor el primero del libro “Homicidio”, que sirvió para que Tom Fontana hiciera una de las mejores (si no la mejor) series policiales de la Historia, luego aplicó lo aprendido de Fontana (otro mago de contar la miseria del sistema en su Oz) precisamente en The Corner, con Burns. En ella, rayando el documental (los personajes reales –los que aún vivían, vaya- en los que se basaba la historia se encontraban con los actores que les habían encarnado) se contaba el declive social de un barrio a través del crack.

The Wire es la mezcla perfecta de Homicidio y The Corner. El cierre antológico del círculo. En ella, utilizando el género policial, se da un repaso crítico a la justicia, la policía, la crisis y el empobrecimiento de la clase obrera, la política municipal, el papel cómplice de la prensa y la educación. Lees sus dossieres de presentación y parece que estás leyendo tesis de una jornada de conferencias. No. Es una serie que da la cara, que se moja. Que cuenta una crisis que no es repentina, que viene de hace tiempo.

Una crisis que no es sólo económica. Es una crisis de valores morales y humanos. Y políticos. Una crisis ética heredera directa de un capitalismo sin control que destroza ciudades y arrincona personas. De una política de ojos cerrados que se define inmejorablemente el maestro Sorkin en The Newsroom, tanto en la autocrítica patriótica del arranque de la serie como en una magnífica secuencia del capítulo 3. En esta última se habla del perdón que deben pedir políticos y medios de comunicación por fallar a la sociedad. Y es de aplicación no sólo para EEUU: es universal.

¿Es poco tema como para que no escribamos de ello? Creo que estos ejemplos demuestran que no. No son los únicos, pero esto es un post y no una tesis doctoral. Aún así, se hace obligado recordar a Michael Moore y su Roger & Me como máximo ejemplo de cómo narrar una crisis y sus efectos devastadores en las personas. Inicio de lo que es el nuevo documental, Roger & Me se cierra con una obra más reciente de Moore: Capitalismo, una historia de amor.

Otras citas obligadas serían Inside Job (es difícil narrar mejor la crisis financiera), la no tan conocida y excelente La doctrina del shock (del polifacético Michael Winterbottom), Food Inc (el tema llevado al asunto alimentario), En un mundo libre (del siempre atento a estos temas Ken Loach), la peculiar El empleo del tiempo, del francés Laurent Cantet o la comprometida obra de otro francés, Robert Guediguian con obras como Marius et Janette o Á l´attaque, en la que, como en otra de sus obras –La ville est tranquille– relata el panorama social cotidiano surgido de una Europa entendida exclusivamente como asunto económico y no cultural ni social.

Sirvan estas citas como ejemplo de que el cine y la televisión deben mostrar la vida porque ellos mismos son la vida. Que no se puede vivir escondiendo la cabeza debajo del ala, evadiéndose de la realidad ni repitiendo y repitiendo comedias evasivas, familiares y sin alma. Y más en los tiempos que vivimos.

3

Volvamos a la pequeña pantalla. Se podría decir que los ejemplos expuestos son BBC y HBO, la cumbre del arte televisivo. Los que se pueden permitir todo. No son los únicos. Ver la crítica política y social de series danesas como Borgen (corrupción política como tema principal), Broen (en coproducción con Suecia) o Forbrydelsen (The Killing en su versión USA, que está muy por debajo de la original). El atrevimiento para arañar en lo más profundo de series israelíes… O francesas… que he citado tantas veces aquí… O canadienses, como expongo a continuación:

Hace veinte años, cuando las grandes empresas rescataron a nuestros gobiernos quebrados, nos lo vendieron como la salvación. Ahora vemos que pagamos ese rescate con la libertad. Hemos despertado a la verdad de que nos hemos convertidos en esclavos del Consejo Corporativo de esas empresas. Hay que cambiar la situación. Hay que dejar correr la voz de que la antorcha ha pasado a una nueva generación que no consentirá la supresión de los derechos humanos y de la dignidad. Y que toda empresa sepa que pagaremos cualquier precio para conseguir la supervivencia y el triunfo de la libertad”.

Así empieza la serie canadiense Continuum, donde en el 2077 un grupo considerado terrorista lucha contra las grandes empresas que dominan el mundo. Detenidos tras poner una bomba en el “congreso” de las Corporaciones con miles de muertos, escapan antes de la ejecución con el anhelo de viajar al pasado, siete años antes, a cambiar la situación. Un error de cálculo les trae a ellos y a la policía que les persigue al 2012.

No es una serie de culto. Es un producto (más que correcto) de serie producida por Show Case que desarrolla tramas y personajes de manera impoluta pero convencional con un presupuesto limitado. Sin embargo, cuando empecé a verla, al oír el discurso de arranque, no pude menos que sorprenderme de la profundidad de campo de estas previsiones de futuro y ver lo bien que cuadraban en la realidad actual. El hecho de plantear un futuro en el que gobiernan bancos y grandes corporaciones, donde ya no hay elecciones y donde los ciudadanos trabajan a cambio de lo indispensable para pagar sus deudas a quienes ahora les gobiernan me pareció de una intuición brillante.

Creo que todos estos ejemplos indican que contar la crisis de nuestra sociedad (insisto, no sólo económica) no es un lujo que sólo pueden permitirse unos privilegiados. Sencillamente es ya una corriente de la que, como de tantas otras, nuestra industria ha asumido el reaccionario mensaje de “que inventen ellos”.

4

Desde la perspectiva nacional, plantear que productos como Con el culo al aire o Aida (buenos productos comerciales, a la vista están) asuman el desarraigo, el desclasamiento o la fractura social es un acto de fe que pocos pueden asumir.

Plantear que tanta serie histórica que no cuestiona el presente es la meta de nuestra creatividad (Amar en tiempos revueltos es una excepción que ha tenido, con tanta humildad como talento, esa virtud en su arranque y sus mejores temporadas y, sin duda, es clave de su merecido éxito). Que alejarse de la realidad al contar historias recreándonos en una indudable mejora de producción es el objetivo final, es un error de consecuencias incalculables.

No culpo a nadie en concreto y todo lo que tenía que decir al respecto lo hice aquí mismo en mi texto La señora de Burgos o el efecto Peoria. O en Bloguionistas en El alma de las series. Asumo que esto es una industria que da de comer a mucha gente y valoro el esfuerzo realizado (sobre todo de excelentes productoras que vienen de la periferia y que han refrescado nuestro panorama de manera indispensable). Pero creo que hay que ir más lejos por parte de cadenas y productoras (insisto, compañeras de viaje y no enemigas), y -sobre todo- por parte de nosotros, los guionistas. Insistir hasta por mucho que nos rechacen proyectos. Crear series que hablen de la vida en vez de ser mero encargo alimentario. ¿Queremos ser imprescindibles? Ésta es la única manera: luchando con nuestra ética, nuestro oficio y nuestro talento. Con nuestra capacidad de contar la vida y lo que nos pasa. De pelear por proyectos que cuenten no LA VERDAD, pero si nuestra verdad. Y de hacerlo bien sin ser cómplices de un sistema que no funciona y que, además está cambiando: hay señales que lo indican.

El pasado jueves 19 de julio del 2012, se produjo, en lo que se refiere a audiencias televisivas, un dato extraordinario: el prime time (un 9,2) más bajo nunca visto. La fragmentación llevada al máximo, lo que facilitaría productos, por fin, que no quieran abarcar un target universal, familiar, anticuado y ya imposible.

Más señales: series como Pulseras Rojas (made in aquí), triunfan. Una serie, recuerdo, de 50 minutos, con el sello de un autor (Espinosa) y un director (Freixas) que trabajan en común y sin divismos y a los que se dejan expresar sus conceptos creativos. Una serie que habla de un drama duro y que no suena a mil veces vista. En la que no hay culto al cuerpo ni tías estupendas. Una historia personal llevada a lo universal. Una estructura narrativa distinta y peculiar. Con actores de verdad, no con nombres ni modelis. Una serie cuyo coste por capítulo calculo en una tercera parte (si llega) de las grandes series nacionales al uso. Y tiene audiencia. Y la compra Spielberg para que la produzca Martha Kauffman.

¿Las razones? Aparte del mérito personal de Espinosa, un proceso de trabajo en el que el alma del creador (lo sé por experiencia) no se diluye con correcciones y más correcciones de lectores que acaban de salir de una facultad (se trabaja con profesionales), se puede ser productor ejecutivo de tus ideas, hay un diálogo profesional, se marcan objetivos y targets al inicio del proyecto y, luego, se trabaja con confianza y libertad por parte de cadena y productoras que han creído en estos proyectos. Puedo decirlo de primera mano. En TV3 he podido crear series como Infidels o Kubala, Moreno i Manchon. No hay los presupuestos de las grandes producciones, pero se resuelven los problemas con creatividad y trabajo en equipo. Puedes contar tu historia sin cortes ni imposiciones. Y llega al público fresca y diáfana. Cuando al día siguiente de cada emisión ves que, por lo general, ese público te ha elegido por encima de los productos de cadenas generalistas, que has ganado a Gran Hermano, el biopic de la Pantoja, empatado con Águila Roja… en tu cara se dibuja una sonrisa. Lo has conseguido (por fin): que tus series sean de todos sin dejar de ser tuyas. Ése es el secreto y la clave del éxito de Pulseras rojas. Un éxito del que, como en las otras series citadas, no se puede excluir a la cadena ni a las productoras. Porque ellas lo han propiciado.

Porque, cara a la crisis, se pueden hacer productos ajustados. Pero con creatividad y concepto. Porque las series, cuando se alejan del calor de quienes las crean, pasan mucho frío y se convierten en algo tan estándar, tan políticamente correcto, tan dirigidas a un público generalista (que ya no existe) que se alejan de las emociones, de la vida… De hablar de lo que nos pasa.

Otra más: se emite en abierto la primera temporada de Juego de Tronos y le quita el trono a Jorge Javier Vázquez. Lástima que los Lannister no entraran espada en mano en el plató de Tele 5.

Nunca se podrá agradecer suficientemente a Antena 3 (y lo dice alguien que no ha tenido un gran éxito precisamente en su relación con esta cadena) la apuesta que está haciendo este verano. Un verano atípico (y de gran consumo televisivo, propio de tiempos de crisis) que está utilizando para experimentar en otra línea. Y está demostrando que se puede. Y que se debe.

Mientras, otros siguen prefiriendo alimentar al poco público que les queda que intentar recuperar el que se fue, harto de telebasura, series que no cuentan nada y hechas por ejecutivos antes que por guionistas, de informativos que beben en el youtube… Utilizando una licencia estatal (no lo olvidemos) para satisfacer un abstruso mercado publicitario que ha perdido el norte, tan fragmentaria es nuestra realidad televisiva. Sé que pronto intentarán recuperar el pulso de su ficción (en cine, hay que agradecer sus esfuerzos, sin duda): no les va a quedar más remedio. Para eso, deberán recuperar el público que les ha abandonado, harto de charlas de peluquería.

Y otros, con intereses ajenos a este negocio, siguen desmantelando una cadena pública sin dar pautas ni mostrar criterio alguno, ni comiendo ni dejando comer, hundiendo productoras que llevaron a esa cadena a su máximo esplendor y ahora reciben como premio un absoluto ninguneo por no se sabe qué razones. Esas razones no son sólo económicas, que no nos cuenten milongas.

Allá ellos. Si no rectifican, perderán el tren cuando volvamos a recuperar el pulso. El que no quiera ver el panorama, que no lo vea. Pero que no se crea, además, un gran profesional. Porque, si lo fueran, sabrían que el cine y la televisión son industria, son marca. Son riqueza. No es una riqueza tan inmediata como la del mercado inmobiliario, desde luego. Pero es más estable y más digna. Son vida. A veces (HBO y la BBC lo demuestran) hasta vanguardia popular.

y 5.

Ahora, si alguien sabe leer estas señales y propagarlas (les auguro éxito), si alguien se da cuenta de que no se puede (por ejemplo) seguir haciendo capítulos de 70 minutos con los medios existentes (porque no se pueden vender: no hay parrilla que no sea la nuestra que admita esta aberración), puede llegar la ocasión. Y no podemos desaprovecharla. Debemos estar preparados. Más de lo que lo estamos.

Debemos asumir vivencias de la sociedad que nos rodea, para contar lo que pasa. Y hacerlo bien y pelear por ello. De hacernos necesarios y defender nuestras ideas en el papel y en el plató. Luchar por un método de producción que no nos aleje de nuestra propia obra hasta el punto de no reconocerla cuando la emiten. Porque si con esta crisis (que hay que contar de alguna manera, éste es el tema de este post) nos olvidamos de que antes ya había otra de talento, de excesiva sumisión, de “mientras me paguen me callo”, de no reciclarse… esta crisis será eterna.

Porque sólo con calidad y comunicando emociones al público se puede luchar junto con productoras y cadenas en demostrar a quien corresponda que formamos parte de una industria cultural que ahora se desprecia. Pero esa industria será grande no sólo porque haya proyectos que den de comer. Sino porque sean de calidad y exportables (nuestra lengua lo merece). Productos que generen marca en el exterior (estoy hablando de branding) y orgullo en nuestro público (también estoy hablando de branding), cómplice del asunto y al que nunca hay que tratar como si fuera imbécil. Porque no lo es y porque eso supondría que nos creemos más que ellos. Y trabajamos para comunicar, no para mirarnos el ombligo.

Si no hacemos eso y nos creemos unos artistas de tres al cuarto, estaremos perdiendo el horizonte (si no lo hemos perdido ya demasiado). Si no luchamos con nuestra calidad y ética delante del ordenador lo mismo que hay que luchar en la calle contra unos recortes injustos y suicidas, estamos lavándonos las manos. Porque los derechos no sólo se defienden en asambleas o congresos, sino también en oficinas y en la propia mesa de tu estudio.

Si no estudiamos otras maneras de expresarse (tenemos más tiempo que nunca ahora, visto lo poco que se va a producir), creyéndonos que nuestro estilo es tan perfecto que es lo demás lo que se tiene que adaptar a nosotros, si no estamos al día en lo que se hace, si no sabemos leer las señales que la calle nos proporciona, si –como repite muchas veces el compañero Sergio Barrejón- no escribimos a diario vendamos o no lo que escribimos, no seremos nunca capaces de dar el salto ni de contar lo que está pasando. Entre otras cosas, esta crisis. Que no es nueva.

Estaremos, en definitiva, jugando a viajar con Sullivan. Pero sin el talento de Sturges.