ESOS LOCOS DOGMÁTICOS

Estructura de guión por Blake Snyder

Estructura de guión por Blake Snyder

Por Martín Román.

Que los manuales de guión tienen grandes dosis de manual de autoayuda es un tema que se ha tratado ya varias veces. He leído varios de ambos estilos, con uno dejé de fumar hace algo más de 12 años, (algo tuvo que funcionó*). Cuando tomo uno de estos libros entre mis manos siempre lo hago con cierto escepticismo, así que antes de abrirlo me preparo para dejar el escepticismo a un lado y tener una actitud más abierta, crítica pero ya no escéptica.

 

Esta tradición de autoayuda es más estadounidense que europea. Recuerdo el primer libro que leí con estas características, fue el de Madeleine Di Maggio Cómo escribir para televisión. A partir de sus anécdotas y de cómo logró forjarse una carrera en la televisión estadounidense explicaba las “reglas” para escribir y vender tu guión. Este tipo de narración contrasta con la de Antonio Sánchez Escalonilla, Estrategias del guión cinematográfico (quien aborda la escritura contrastando las enseñanzas de maestros como Syd Field, McKee…), o de Jean Claude Carrière y Pascal Bonitzer, Práctica del guión cinematográfico, que plantean sus explicaciones a partir del estudio y la experiencia propia pero sin contar una historia en la que se erigen en héroes.

¡Y siempre me han parecido un poco rancios estos héroes del guión! Sobretodo aquellos que apenas se pueden considerar guionistas debido a su escasa producción, que te dicen en qué página exacta debes tener un punto de giro. Ese dogmatismo mata la creatividad…

 * * *

En los últimos seis meses he tomado dos talleres de actuación que abordaban la creación de personajes a partir del estudio del guión, uno con Natalia Lazarus y otro con Eduardo Arroyuelo. Ambos han estudiado con Syd Field y otro de sus referentes de peso es Blake Snyder y su ¡Salva al gato!.

Con Natalia Lazarus analizamos Fatal Attraction, película que cumple con el paradigma de Syd Field a pies juntillas. En alguna ocasión había leído sobre el midpoint o escena central -a la que no había hecho mucho caso, estará si es necesaria-, llamada así por encontrarse justo en el centro del guión y que divide el segundo acto en dos. Esta escena debe ser un revés de la fortuna y cambia la dirección de la historia (un punto de giro más, vamos) y evita que el segundo acto caiga en una rutina aburrida. Y repito, ¡tiene que estar en la mitad exacta del guión! Dogmatismo… En Fatal Attraction (spoiler) sucede cuando Glen Close le dice a Michael Douglas que está embarazada.

Un mes más tarde releía el guión de comedia que llevo entre manos, su tercera versión, y cuando llegué a la mitad di un salto como si hubiera visto un fantasma ¡tenía escrita la escena central! Cambiaba la dirección de la historia y no sólo para el protagonista, también había un punto de inflexión en los secundarios que le acompañan.

Syd Field siempre me ha dado hueva leerlo, sé sus enseñanzas por los talleres de guión y por el libro de Sánchez Escalonilla mencionado anteriormente. Pero recientemente leí ¡Salva al gato! por dos razones, el reciente taller tomado con Arroyuelo (que tanto insiste en él) y porque estoy asesorando a un guionista novel que ha seguido esta lectura para escribir su guión. Si algo me ha molestado de Blake Snyder son dos cosas:

1–    que se empeñe en valorar un guión por sus réditos económicos menospreciando un cine más libre y experimental porque no consigue llegar a un público masivo,

2–    y que al releer mis más recientes guiones encontrara muchas de sus enseñanzas aplicadas (mi orgullo es así) aún de forma intuitiva, o aprehendidas inconscientemente tras consumir mucho cine de Hollywood, sin saber la terminología que las definía.

La principal razón de que me encuentre de repente con que mis guiones cuentan con “imagen inicial” e “imagen final”, “punto intermedio” o “los malos estrechan el cerco”, por usar la terminología de Snyder creo que se debe en gran parte a que las últimas historias que he escrito tienen una vocación de llegar al gran público, dos por encargo y otra que empecé a escribir por puro entretenimiento pero que llegó a convertirse en una de las historias en las que más fe tengo depositada. El problema es que ahora cuando las leo siento que si les falta algo de lo que exige ¡Salva al gato! creo que debo bucear en la historia y reescribir para que lo tenga pues creo que ese dogmatismo que detesto, o más bien detestaba, sirve para el cine de masas. Incluso en alguna ocasión para cine de arte o minoritario como la maravillosa Buffalo 66 de Vincent Gallo.

A la hora de empezar a escribir una historia sólo creo en la regla inquebrantable de Carrière y Bonitzer: agarra al espectador por el cuello en la primera página y no lo sueltes hasta la última. Grandes películas que he visto recientemente como Arraianos (Eloy Enciso) y Los ilusos (Jonás Trueba) no aguantarían estos paradigmas y reglas. Quizá no logren rendimientos económicos del mainstream hollywoodiense pero te tocan en el alma sin sentimentalismos. Eso sí, si quieres escribir una película comercial lo que digan Black Snyder y Syd Field te será de gran ayuda pero no lo tomes como el único camino.

*Si estás pensando en dejar de fumar el libro fue Es fácil dejar de fumar si sabes cómo de Allen Carr.

CAMBIAR EL MUNDO O TAMPOCO TOCA HOY

Vuelve. Fue de las primeras firmas invitadas, y estamos convencidos de que si este garito cierra algún día, será de las últimas en irse. El Guionista con Ray Ban nos lleva siguiendo desde hace años (y nosotros a él). Y siempre no trae historias (guionísticas) de ultratumba. Leed, leed.

Por Guionista con Ray Ban

-Creo que estás harto de jugar con Luigi, le dije a Gab.

Me miró como si hubiese descubierto el más profundo de sus secretos

-No pasa nada, dije antes de que pudiera reaccionar. Cambiamos los mandos, puedes ser Mario. De verdad que no pasa nada. Es mi cripta y es mi NES, pero puedes ser Mario. Si con eso eres feliz, yo seré Luigi.

Pero Gab no cogió el otro mando de la Nintendo.

-Verás, Ray Ban… No es eso… ¿Sabes que llevamos tres años jugando al Super Mario?

-¡Tú bajaste a mi cripta, respondí!

-Pero bajé para que me contaras anécdotas de guionistas, no para que jugásemos hasta la eternidad con un videojuego antiguo

-¡Solamente me querías por eso! ¡Tengo ratas con más sentido de la amistad!, grité

-No, no… pero es que lo haces bien. Joder, en el rodaje de “El amor no es lo que era” le conté a Alberto San Juan la historia aquella que publicaste y se partía de la risa.

Enmudecí. Los ojos se me humedecieron -¿De… de verdad se la contaste a Alberto San Juan?

-No…

Me levanté hecho una furia. Estaba bien, si Gab quería contar anécdotas que fueran buenas, yo era el mejor, el más gracioso. Si algo bueno tiene ser el alter ego bloguero y muerto de un guionista es que tengo a patadas de eso en la cripta.

Alberto San Juan iba a saber quién es Guionista con Ray Ban.

Revolví los rincones más olvidados de la cripta.

-¡Tengo una!, le grité a Gab mientras sostenía el papel húmedo en el que la había escrito años atrás –Te va a encantar. Habla de una vez que no tenía dinero porque no me habían pagado.

-Ray Ban, por Dios ¡Publicamos sobre eso todos los días! Somos…

-…¿guionistas?

-Somos valencianos…

-Pero esta no la has escuchado nunca… Esta historia va sobre CAMBIAR EL MUNDO, dije levantando las manos hacia el techo y mientras descargas eléctricas me  acariciaban las puntas de los dedos.

-Adelante, pero solamente porque me da miedo decirte que no. Guionistas VLC es tuyo.

Me aclaré la garganta.

No tenía dinero. No tenía trabajo. No había visto un duro de varias cosas en las que me había dejado el alma. Tenía más deudas que Afinsa y Fórum Filatélico en una mañana de resaca. Tenía un problema.

Tocaba buscar trabajo. Mandé emails, invité a cafés, invité a cosas que no son cafés. NADA.

Todo hasta que un buen amigo, ante el temor a que un día apareciera pidiéndole dinero y el sofá de su salón, me remitió una oferta de trabajo que le había llegado.

Una agencia de comunicación. Es más, una agencia de comunicación 2.0 o 3.0 o vete a saber. Me hicieron una entrevista. Les gustaba lo de que fuera guionista y me ofrecieron cambiar el mundo con ellos.

Caminaba por la calle a dos palmos del suelo. Las chicas se giraban a mirarme y se tocaban a mi paso. Lou Reed, desde algún lado, cantaba canciones solo para mí. Iba a cambiar el mundo.

El director de la empresa había trabajado en el cine, o eso juraba. Mi jefa, tres cuartos de lo mismo. Todavía no entendía por qué al subdirector, un tipo encantador que de verdad había trabajado en el negocio y con el que hablaba de pelis de John Boorman, no le dejaban opinar. Me decían que el audiovisual español estaba como estaba porque hacía mal las cosas que ellos sabían hacer bien, que habían colaborado con Fresnadillo y que ni siquiera él había entendido bien el futuro, citaban a Steve Jobs hasta para cambiar el papel higiénico del baño y aseguraban que el éxito pasaría pronto por ser trasmedia, transmedia, o como Dios y la RAE quieran algún día que se escriba.

Cambiaría el mundo: Tramas en Twitter, personajes con Facebook, nudos de acción en Google+… Era perfecto. Adiós, audiovisual español. Algún día, dentro de décadas, alguien escribiría un tratado sobre ese nuevo arte y yo sería su George Méliès, su mago primigenio.

Daba igual que firmara un contrato por un sueldo diferente al que me habían dicho, que jamás me subieran de puesto como habían prometido hacerlo, que nunca fueran a pagarme más dinero según me dieran nuevos clientes o que se echaran broncas a los empleados con expresiones del tipo “Os estáis haciendo pajas” o “Voy a cortaros la cabeza”. Incluso daba igual que el “tráete tu propio ordenador unos días, mientras compramos uno nuevo” se alargara tantos meses como mi pobre ego necesitó para comprender que tenía que quejarse. Daba igual que todo fuera mentira. No puedes llamar mentiroso a alguien que pone en tu mano la llave de la inmortalidad. La vida no funciona así.

Pero antes de cambiar el mundo, había que comprender qué funcionaba mal. O al menos esa es la razón que encontré para justificar que me pusieran a los mandos de las redes sociales y el blog de una importante compañía de telecomunicaciones. “Vamos a cambiar el mundo” me decían por una oreja mientras por la otra me enseñaban todas las tácticas del mundo para dar largas a cualquier usuario que tuviera problemas con el servicio.

Engañé, timé y casi estafé a varios cientos de clientes de la compañía. Si alguno escribía en Facebook o en Twitter quejándose del servicio, yo les respondía que sus routers se arreglarían si hacían esto o aquello, que su cobertura funcionaría si remitían un correo a una dirección de email o que ponía su problema en conocimiento de algún departamento ficticio. En teoría me habían contratado para enganchar a la gente a los canales de comunicación de una empresa que facturaba millones, pero en la práctica lo habían hecho para que me convirtiera en el tipo más execrable de teleoperador.

Meses después, rodeado de llamadas fuera de horas de trabajo y cobrando una miseria, mi idea de que iba a cambiar el mundo empezó a flaquear. Me sentía mal por hacerlo, me veía como un falangista o un miembro del Opus Dei; alguien que se resiste al progreso y lo pone en duda. Tres días de cilicio me hicieron volver a pensar en cambiar el mundo. Los caminos del Señor son inescrutables y quién sabe, a lo mejor para construir el nuevo universo de narrativa era necesario tomarle el pelo a los clientes de una empresa de telecomunicaciones. Cogí fuerzas y me repetí que si ese era el plan que tenía para mí el Dios de Abraham, entonces yo sería su diluvio universal.

Los buenos propósitos no duraron demasiado. Un día nos reunieron a los trabajadores para darnos clases de narrativa. El modelo de ficción audiovisual que nos pusieron no era ni El Apartamento, ni El Padrino, ni siquiera Annie Hall. Claro, habíamos ido a cambiar el mundo. El modelo era un corto de tres minutos rodado con una MiniDV en algún punto del Cono Sur. Creo que a la creativo de la agencia, quien a pesar de tener 30 años quería ser guionista cuando fuera mayor (y futbolista, aunque esa es otra historia), le encantó la idea.

Nos presentaron un batiburrillo citando a McKee y Syd Field. Hablaban de conceptos como “Tesis” y “Tema” sin haber escuchado nunca hablar de Lajos Egri o de Howard y Mabley (y me temo que ni de Aristóteles), y para estar seguros de que había entendido la lección, me pidieron que les explicara la “Tesis” y el “Tema” de El Caballero Oscuro. Me inventé una cita falsa de Richard Matheson, dije dos estupideces y coló. Sé que en alguna parte de su cabeza, el subdirector de la empresa, ese señor al que le gustaba John Boorman, aplaudía el morro que acababa de echarle a la situación.

Después intentaron hacerme entender que todo guion tiene “minutados” sus puntos de giro, que se cumplen con disciplina matemática hasta el mínimo segundo y que eso puede comprobarse viendo cualquier película con un cronómetro en la mano. Syd Field murió unos días más tarde y siempre he pensado que fue por la alegría de comprobar que su plan de dominación mundial estaba completo tras ese razonamiento hecho en una oficina de Madrid. El ejemplo más claro, el cortometraje en MiniDV, puesto que tenía el primer punto de giro cuando la posición de cámara, que estaba en un tren en movimiento, adelantaba a una chica que caminaba junto a la vía.

Sí, eso último que has leído lo has leído bien. Aunque creas que no.

He hecho cosas peores que decir tonterías acerca de El Caballero Oscuro, pero que me intenten convencer de que un movimiento de cámara es un punto de giro y que un corto en MiniDV tiene presupuesto para hacer que un tren adelante a un personaje en un frame determinado, es forzar un poco la máquina. De modo que intenté hacerles entender que quizá, a lo mejor, pudiera ser, que no tuvieran razón.

Mi jefa gritó ante tal insolencia y amenazó con levantar el teléfono y llamar a Nacho Vigalondo para que me explicara a mí, pobre guionista, lo que era una estructura en tres actos. Yo respiré, pensé en los números de teléfono que había en mi móvil (Vigalondo entre ellos) y aún así pedí perdón por la osadía.

Mi ilusión sobre cambiar el mundo y la narrativa estaba hecha trizas. Había entendido que inventar una narrativa para el mundo 2.0 pasaba por citar mal apuntes de Comunicación Audiovisual.

Permanecí algunos meses más en la empresa, engañando a clientes, echando de menos al señor que sabía quién era John Boorman –le despidieron de un día para otro- y sin hacer nunca ninguna de las cosas que me habían prometido que iba a hacer. Una vez, en un ataque de eso que los talibanes del 2.0 llaman “proactividad” y que la gente que además lee libros llama “iniciativa”, en un ataque de eso, quería decir, propuse hacer una webserie al servicio de la compañía de telecomunicaciones. Pero en cuanto mi jefa me dijo, muy segura, “recuerda que para una serie necesitas siempre siete personajes”, maldecí haber tenido la idea de levantarme esa mañana. Creo que maldecí haber tenido cualquier idea desde que nací.

Cuando mis deudas estaban cubiertas, un guion en el que había trabajado en esos meses estaba vendido y cuando no me quedaban escrúpulos suficientes para engañar a una nueva viejecita que quería ADSL para que sus nietos hicieran los deberes en las visitas, cuando todo eso ocurrió, redacté una carta de renuncia al trabajo con una ironía que no entendieron (“Es la carta más elegante y con más clase que me han traído nunca”, me dijeron), cogí la puerta de la calle y me olvidé de cambiar el mundo.

-Y esa es la historia, Gab.

-¿Ya?, contestó con lágrimas en los ojos. ¿No hay más? ¿Ni una moraleja?

-La moraleja es que cualquiera que empieza diciendo que va a cambiar el mundo es en realidad un ignorante. Y también es un conservador disfrazado. Eso como poco.

-¿Pensar eso no es, a su vez, ser un conservador?, dijo Gab, tan agudo como siempre.

-Puede, aunque sobre eso mejor que cada uno de tus lectores saque su propia conclusión y te la diga en los comentarios. Y ahora, Gab, no voy a cambiar el mundo, pero sí el cartucho de la Nintendo.

Apreté el botón de EJECT de la vieja NES, saqué el Super Mario y metí otro juego.

-Ray Ban, pero ese videojuego es solamente para un jugador, dijo Gab.

– Claro, voy a jugar aquí otros tres años, pero yo solo. Tú, amigo, tú tienes que salir ahí fuera y estrenar “El amor no es lo que era”.

Gab miró un calendario y se dio cuenta de que se acercaba la fecha de estreno. Salió corriendo.

– ¡Estrena esa peli y cambia el mundo con ella! ¡Tú sí puedes hacerlo!, le grité mientras él ya estaba fuera y mientras se encendía la Nintendo.

PRESS START apareció en la pantalla.

POR DÓNDE EMPEZAR…

El guionista Jack Cunningham se enfrenta a la página en blanco. Foto: Paul Dorsey / Life. 1937

El guionista Jack Cunningham. Foto: Paul Dorsey / Life. 1937

Por Martín Román.

Siempre me pasa lo mismo, ¿soy el único? Vale, sí, hay un comienzo que es la página en blanco. Pero la forma en que nos aproximamos a ella siempre es distinto. No sé si fue Juanjo Ramírez Mascaró quien publicó en Twitter que lo mejor forma de perderle el miedo a la página en blanco era tomar una página amarilla. Pero ni siquiera este miedo existe siempre. A veces estás tomando un café y vuelcas una idea en una servilleta, o son dos o tres imágenes evocadoras que no sabes a dónde te llevarán. Olvidaste la libreta, o tu iPad, o tu portátil pero cuando llegas a casa vomitas sobre ellos. Empiezas a escribir ideas aparentemente inconexas que de repente descubren sus propios vínculos.

Otras veces lees una noticia. En ella están presentes claramente el planteamiento, nudo y desenlace. Te sientas y te sale una sinopsis con una estructura que sientes definitiva. Han aparecido nuevos personajes que refuerzan el tema. Lo tienes tan claro que tu siguiente paso es una escaleta, tratamiento y primera versión de guión.

Hoy te levantaste de resaca pero recuerdas la conversación de ayer en la fiesta. Tú no participabas en ella, te servías una copa en la cocina mientras dos chicas hablaban de sus problemas con sus novios. Te sientas y la reproduces. Esa escena te lleva a escribir un diálogo entre sus respectivos novios, no sabes dónde estaban, pero eso no importa, el punto de partida fue suficiente para que elucubraras una posible conversación.

Otras veces te dan el tema, un tema del que apenas sabes nada. Así que empieza una tarea previa de documentación. Empiezas a leer libros que crees que nunca leerías y a veces parecen inconexos entre ellos (ensayos de agricultura, de historia del siglo XX de México, de psicología y libros de autoayuda están siendo la base de un proyecto en el que me encuentro en estos momentos). Estás atorado y esperas que la musa deje de agasajar “al otro” y te haga un poco de caso a ti. De repente encuentras el dato que permite organizar la trama y todos los conocimientos acumulados cobran sentido y son la senda que darán coherencia a los personajes y la trama.

Y seguro hay más formas de empezar un guión tantas como dé la fórmula “quién es el guionista + su situación personal + su formación + historia + género + (x·posibilidades)n. Pero la mayoría de los manuales de guión aseguran que hay una serie de pasos que se han de seguir para conseguir un guión de hierro. Esa actitud reduccionista es sobre la que se ha basado la formación de la mayoría de guionistas de mi generación tanto si han pasado por una escuela como si su guía han sido los libros de Field, McKee o Seager.

Normalmente reviso cada cierto tiempo alguno de estos manuales. Sobretodo al inicio de proyectos y leo esas recomendaciones de tener clara la idea controladora o empezar por el story line, pero casi siempre acabo empezando de forma poco ortodoxa e inesperada. El cuerpo me pide escribir y dejar que sea la escritura quien me guíe. A veces sí sé el final pero no sé el camino para llegar a él. Otras ni siquiera sé como acaba. Si me atoro arranco con la biografía de personajes. Veo películas que puedan ser inspiradoras y sigo escribiendo. Otras veces me doy un par de días de reposo o una semana y escribo otra cosa, vuelvo atrás, descubro incoherencias o tal vez el elemento que hace clic y me empuja de nuevo hacia delante. Entonces, ¿por qué se empeñan en decir que hay una única forma de empezar a escribir un guión? ¿por qué crear fórmulas infalibles? ¿por qué esa necesidad de creérnoslas? ¿será esta homogenización el fin de la estandarización del formato? Son las preguntas que me estoy planteando los últimos días tras un encuentro muy inspirador y para las que todavía no tengo respuesta pero creo que en próximas entregas de este blog, no necesariamente mías, serán centro de debate. Estén atentos.

SECTA S.A.

Por Rafa Ferrero

Me estoy planteando muy seriamente montar una secta. Llámalo secta, llámalo religión minoritaria. He oído que este tipo de negocios son muy rentables y no me vendría mal ganar algo de pasta.

Tengo lo más importante, una milonga que contar y millones de personas deprimidas con ganas de que alguien les diga que son especiales y qué tienen que hacer para alcanzar la felicidad.

Pero lo mejor de todo es que, si me lo monto bien, prácticamente no tendría ni que inventar nada, ¡ya está todo escrito en los manuales de guión! Bastaría con “adaptar” un par de conceptos y ¡voilà! en un periquete tendría mi propio libro sagrado.

Os lo cuento, pero no me plagiéis. Me pido ser el líder espiritual de esta secta, que conste.

La idea consiste en convencer a cada fiel de que él o ella es la protagonista de su propia película. A partir de ahí lo que habría que hacer es descubrir en qué tipo de película vive, analizar en qué acto se encuentra y aconsejarle para que consiga reconducir la trama hacia el clímax del tercer acto.

Si os parece una chorrada quedáis excomulgados. Si habéis sentido la llamada, podéis seguir leyendo.

El principal problema de mucha gente es que viven la vida como un personaje mal construido, sin un objetivo ni un arco argumental bien definido. Viven sin saber por qué hacen lo que hacen. Cada día es una repetición del anterior y la historia no avanza. En estos casos sería necesario encontrar un detonante, algo que empujase al individuo a fijarse un objetivo por el que luchar, que diese sentido a su historia. Alguien que está a punto de lograr un objetivo es alguien motivado, alguien feliz, alguien que se siente bien consigo mismo.

El secreto de un personaje feliz es un objetivo lo suficientemente ambicioso como para que suponga un reto, pero lo suficientemente asequible como para que pueda alcanzarse. Durante el tiempo en que dure la persecución del objetivo, es decir, el segundo acto, ese personaje tendrá una razón por la que seguir luchando. Con suerte, el segundo acto se alarga y el individuo consigue ser feliz durante mucho tiempo mientras paga su cuota de seguidor de la secta.

El problema de otras personas, en cambio, es que ya consiguieron su objetivo. Llegaron al clímax demasiado pronto y, al contrario de lo que ocurre en las historias de ficción, su vida no acabó ahí, en alto, sino que siguió, pero ya sin rumbo porque se habían quedado sin objetivo. A esta gente habría que convencerla de que su historia no ha acabado, de que todavía les quedan objetivos que cumplir. Si ya han conseguido el que ellos consideraban su principal objetivo es que son triunfadores, no costará mucho que acepten otro reto. El truco está en convencerles de que la vida de una persona está compuesta por multitud de tramas y que haber cerrado una trama no significa haber acabado la historia. En definitiva, este segundo caso acaba pareciéndose mucho al primero. Hay que buscar o identificar un nuevo objetivo y poner al individuo a luchar por él. Mientras paga su cuota.

Saber convertir los clímax en detonantes es una estrategia de vida genial. Si tu objetivo es conseguir un trabajo, cuando lo consigas debes proponerte como nuevo objetivo el ascenso, por poner un ejemplo tonto pero fácil de entender. Es decir, que conseguir el trabajo o encontrar la media naranja o lo que sea que anhelábamos puede entenderse como el final de un historia, pero también como el inicio de otra. Hay que saber ponerle emoción a la vida.

¿Y qué hacemos con aquellos que se fijaron un objetivo demasiado ambicioso y fracasaron? A estos habría que convencerles de que lo que ellos habían identificado como la trama principal de su vida, en realidad, no era más que una trama secundaria, necesaria para iniciar la acción del protagonista en una dirección, pero secundaria al fin y al cabo. Un personaje amargado porque no consiguió esto o aquello es algo que puede valer para el primer acto, pero más pronto que tarde tiene que llegar algo que le saque de ese estado y le empuje a actuar. Las historias de superación son muy emocionantes y un fracasado tiene un oportunidad inmejorable de experimentar una de esas historias en primera persona ¡qué suerte!

Después habría que afrontar los casos de la gente que vive atrapada en un drama. Gente que se pasa el día llorando y sufriendo porque ese parece que es su papel. Estos serían casos difíciles, pero no imposibles. ¿Cuantas historias hay que, partiendo de situaciones dramáticas, acaban siendo comedia? Darle la vuelta a la situación, a veces, es sólo una cuestión de punto de vista, de actitud, de personalidad. Por eso, en los casos más extremos, aquellos en los que no funcionase nada de lo anterior, habría que recurrir al último recurso, la reescritura del personaje. Habría que sentarse delante del fiel en cuestión y decirle muy serio: “Tu vida no funciona porque tu personaje está mal definido. Tu historia necesita otro tipo de protagonista.” Y es que es verdad. Hay mucha gente que va por ahí sin haberse parado a pensar qué les hace ser quien son. Sin haberse parado a analizar si su forma de ser les conviene teniendo en cuenta su contexto. Algunos incluso admiten que no se gustan a sí mismos. Y otros hasta han aceptado voluntaria o involuntariamente que el suyo no es un papel protagonista y se han convertido en un secundario, o peor, en un extra sin frase.

Para corregir este despropósito lo primero que habría que hacer es analizar el personaje tal y como está. Siguiendo los preceptos Syd Field, uno de nuestros profetas, analizaríamos el interior y el exterior del personaje. Su biografía y su vida profesional, personal y privada. Y después estudiaríamos qué conviene cambiar para convertir al personaje en un protagonista atractivo capaz de soportar el peso de una gran historia.

La reescritura de la personalidad, por supuesto, sería el proceso más caro y sólo podría llevarse a cabo bajo la supervisión de alguno de los miembros más destacados de la secta.

AnalistaPor cierto, necesitaré algunos analistas de guión para poner en marcha el chiringuito. Los interesados ya podéis poneros en contacto conmigo. Habrá quien me llame mesías, pero vosotros podréis llamarme sencillamente líder.