LOS NAVARROS

Por Gabi Ochoa

Los navarros son una especie rara de escritores que habitan en provincias. Difícilmente salen de ellas, pero cuando lo hacen prueban las mieles de la compañía. Los navarros tienen miedo a la clamorosa contundencia del aparato teórico, y por eso se parapetan en diversas lecturas de poesía, narrativa o novela gráfica, que es como llaman ahora al tebeo de toda la vida. En la capital existen un par de ellos (que yo conozca) como Natxo López y Dani Castro, pero a buen seguro que si te pones a rascar, encuentras a muchos más.

Me encontré con un navarro el martes pasado en Madrid. Sin querer y casi a empujones aparecí en las charlas de DAMA, los Martes de DAMA. La culpa de todo la tiene Carlos López. Y allí también sin querer, conocí a Michel Gaztambide. Yo no sabía que era navarro hasta que Michel nos definió, mejor dicho, se definió a si mismo: “Yo soy un guionistas de provincias”.

He de decir que desde hace tiempo, no sé si por apellido paterno (Ochoa) o por omisión, me reconozco navarro, pero sin querer.

El ser de provincias tienes sus pros y sus contras: todo lo miras con esa extrañeza que da una urbe como Madrid, con una ingenuidad que a veces sonroja. Pero también, todo te parece tan lejano, tan inaccesible, que temes no estar a la altura.

Y creo que Michel definió muy bien algunos de los síntomas del escritor navarro:

–       Miedo a los teóricos. No es miedo, es más bien lo apabullante que resultan las normas de Syd Field o Linda Seger o los principios de McKee. Parece que si no los sigues, estás gilipollas. Y te preguntas que qué pasó cuando Shakespeare, Calderón o Esquilo escribieron. A ellos se les entiende, no les hizo falta un McKee que les sonrojara.

–       Creer en el deseo como la clave de la creación. El punto de partida debe ser el sentido común, la intuición. Debemos escribir con una oreja pegada a la calle, porque allí están nuestras historias. Como decía Michel, no nos ocultemos detrás de un móvil o un Ipod cuando a dos metros de ti se está creando, entre esas dos señoras que hablan sin parar en la parada del bus, una buena ficción. Abramos las orejas, demos rienda suelta a las historias que vemos y oímos. Esa es la actitud.

–       Hay que aprender a leer fotografías. Aquí Michel me dejó patidifuso, aunque luego entendí lo que quería decir: el cine es imagen, escribamos en imágenes. Solo podemos fotografiar lo externo (decía Erice), y a través de lo externo, podremos entender el alma, las intenciones del ser humano. No sirve de nada que describamos todo aquello que le pasa por la cabeza al protagonista si eso no lo vemos en escena, no lo reconocemos en una intención, en un gesto. Y recordó: “nosotros escribimos con una cámara”.

–       Dio un consejo muy de navarro: Levantarse media hora antes, así los problemas no te esperan, los esperas tú a ellos.

–       Pero el mejor síntoma es este: “El cine es coito, no masturbación”. Hay una relación con el otro (espectador) y nos debemos a ella. Él quiere conocer qué les pasa a los personajes, porque se mueven y actúan como lo hacen. Demos lógica a sus movimientos, a sus acciones.

Tal vez algún navarro más me esté leyendo y quiera decir “yo también soy navarro. Y yo”. Adelante. Declararse navarro tiene sus beneficios. No tienes que hacer la pelota por twitter al productor ejecutivo de la serie que esté en boga en ese momento, tampoco tienes que rendir cuentas de si has visto tal o cual serie, o estar en esa cosa rara (y viscosa) que es “la pomada”. Simplemente lees, escribes, disfrutas de la vida, compartes amistad (si es fuera de Facebook es hasta mejor), y de vez en cuando te preguntas que es eso de la ficción, que mecanismos tiene, etc.

Ser navarro es tal vez un estado de ánimo. Pero yo no me doy cuenta.