CANCIÓN TRISTE DE HILL EDAV ó LA SERIE DE LOS GUIONISTAS

La firma invitada de hoy es Nacho Sánchez. Nacho ha trabajado en infinidad de equipos de producción como jefe y director de producción. Entre sus trabajos destacan “Faltas leves”, “Alan muere al final de la película” y “Orson West”.

I

El otro día, pensaba en el gran Paco López Barrio y su afición al montañismo. La verdad es que acostumbrado a la imagen del deportista fibroso y un poco chulo (sí, tengo prejuicios con la gente que está en forma), Paco no parecía representar el estereotipo. Su imagen sosegada, un poco de profesor de literatura clásica, no invitaba a imaginar un hobby así. Pensando en ello, me di cuenta que daría para un gran personaje: un comisario de policía en la brigada de delitos monetarios con actitud tranquila y aspecto de profesor. Ya la habíamos liado, porque estas cosas sabes como empiezan pero nunca como acaban, los Gedankenexperiments se te van de las manos en cuanto te descuidas.

Porque un personaje así está en una serie, y era fácil construir el escenario a su alrededor. Dejaremos de lado al posible némesis de nuestro personaje (¿Un malvado defraudador de dinero público aficionado a los relojes y con apoyo político?), esa brigada y la gente a su alrededor iban apareciendo casi solos: el joven que llega con mucho ímpetu, ideas y diferentes formas de ver el trabajo: Rafa Ferrero. Ese trabajador incansable y honesto, Gabi Ochoa, que se atreve con casos grandes y pequeños, e incluso está empezando a colaborar con Homicidios (que tienen más presencia en los medios y más glamour). Todo el trabajo de la brigada siempre se debe presentar ante el fiscal para saber si hay caso, y ahí estaría Juanjo Moscardó, asegurándose que la investigación tiene base y avanza bien. El pobre Martín Román es el eterno undercover, siempre metido en líos y lejos de los suyos. Y cuidado con el departamento de Delitos Informáticos, capitaneado por Toni García.

Por supuesto, no pueden faltar las chicas en la brigada, Joana Ortueta y Ada Hernández, que empezaron en Tráfico pero ahora están en esta brigada. Especializadas en lo más duro, son capaces de llevar adelante cualquier trabajo: igual te saca una confesión que te baten las calles buscando a un sospechoso en pocos días. Pero no todos los personajes pueden ser miembros de la brigada, alguno puede ser ese detective privado que ha dejado la policía pero aún les ayuda, como César Sabater.

Llegados a este punto, la analogía se dispara y empiezo a ver todo el organigrama de las Fuerzas de Seguridad: la gente de Homicidios, importantes y muy venerados por la opinión pública, como Pau Martínez o Rafa Montesinos. La policía Científica, con su tecnología y sus avances, tanto de campo con Miguel Llorens o Jose Sospedra, como en el laboratorio donde trabajan casi a oscuras Ivan Martínez-Rufat y Carles Candela.

Narcóticos y sus excentricidades, representados por Charly Ramón o Uxúa Castelló; y los pobres que siempre se llevan lo peor, la abnegada gente de Tráfico: Araceli Isaac y Jordi Llorca.

II

Homenajes y bromas aparte, creo que este pequeño retrato hecho de la profesión en Valencia podría ser extrapolable a cualquier gremio en cualquier ciudad de cualquier país occidental. Y es en este momento en que entiendes un poco mejor el funcionamiento interno de las llamadas “series profesionales”. Desde aquellos inmensos trabajos de Stephen Bochco en los 80 hasta ejemplos más recientes como “Mad Men” o “The Wire”, vemos como el entorno laboral se ha convertido en fuente de arquetipos que nos permiten identificarnos con rudos policías, sofisticados creativos publicitarios o abnegados cirujanos e implacables abogados.

Más allá de las series “facilonas”, que recaen en la repetición de tramas sea cual sea la profesión representada (¿Fue HomoZapping quien hizo el sketch de “Mecánicos”?), sí que es cierto que la buena ficción sobre profesiones parece estar aportando nuevos arquetipos al catálogo clásico. El entorno laboral es una gran fuente de conflicto (base para la creación de historias) en nuestra sociedad productivista, y en ausencia del conflicto aristocrático clásico (con sus guerras, asesinatos e intrigas palaciegas) nos permite un amplio campo en el que mostrar las luchas, victorias y derrotas del día a día de cualquier persona, incluido el espectador. Cuando alguien ve a un personaje rebajar su dignidad para medrar económicamente y “ayudar” a su empresa puede ver los pequeños sacrificios y renuncias que cada uno hace a diario, aunque lo que vea sea a Joan acostándose con el rijoso representante de Jaguar. Los tejemanejes internos para medrar en cualquier serie policiaca son fácilmente extrapolables a todos esos momentos en que uno debe decidir si hacer su trabajo simplemente o empezar a manejar recursos para que el resultado del mismo sea más visible y poder medrar en su propia profesión.

Y no sólo situaciones, ¿quien no tiene en su entorno laboral a un caradura mal trabajador pero encantador con quien no te puedes enfadar, como Arturo Valls en Cámera Café?

¿Quien no ha sufrido a un jefe duro y despótico que al final demuestra ser quien saca lo mejor de nuestro trabajo, como Don Draper y Peggy? ¿O quien no ha visto medrar a un vendido que ha perjudicado a gente a su alrededor por llegar más alto? Y tantos y tantos otros ejemplos que vemos capítulo a capítulo y que tantos ecos despiertan en la mente del espectador.

O quizá sean sólo reinterpretaciones de estos arquetipos clásicos, como el hierofante o el bufón actualizados a nuestro particular panteón arquetípico, y, como muchos sospechamos, llevamos cinco mil años contándonos las mismas anécdotas y los mismos chistes.

CARTA DE AMOR A MATTHEW WEINER

Por gabkarwai

La primera vez que leí tu nombre seguramente fue en algún capítulo de “Los Soprano”. Siempre me fijo en quién ha escrito qué, aunque luego con el tiempo, suelo olvidarlo. No me lo tengas en cuenta.

Creo que me di cuenta de esto tan impúdico finalizando la primera temporada de “Mad men”. Algo se adentraba muy hondo en mi: la simpatía y repulsión por Don Draper, la fascinación por un mundo alejado del nuestro, pero a la vez tan cercano, la mirada felina sobre la publicidad y las relaciones.

Matthew, quisiste explicarnos una época y diste en el clavo. Nos contaste como eran los ’50 y los ’60 con sus conflictos generacionales (brillante el personaje de Peggy Olson, la relación con su madre, y sus relaciones en general) y raciales, y con eso llegaste a definirnos una época con pequeños detalles: cómo afecta a los personajes cuando muere Kennedy o uno de los momentos brillantes de la 4ª temporada cuando en un alarde de bravuconería Draper hace publicar un anuncio dando a entender que su agencia SCDP no discrimina; un final de capítulo memorable con Pryce (precisamente él) recogiendo los currículums de las posibles secretarías negras.

Pero no fue solo el marco temporal. Has implantado una manera de ver ficción, y has borrado la arrogancia del high concept. Si J.J. Abrams y sucedáneos se empeñaron en decirnos que una premisa brutal sería el futuro de las series (el reventón de un avión de “Lost” -no pasé de la primera temporada-, o ayudar a tu hermano a salir de la cárcel como en “Prison break”), tú y el estilo David Chase (papá de “Los Soprano”) habéis vuelto a las bases, al conflicto interno del personaje. ¿Qué hay más atrayente que un hombre, Dick Whitman, que en verdad está encerrado en otra identidad, Don Draper?

La identidad, la matriz del ser humano, vista desde un personaje que se nos hace atractivo y repulsivo a la vez. Todos nos ponemos en su piel, pero todos despreciamos lo que hace día a día, como trata a Peggy o ese machismo latente con el género femenino.

Pero cuando pasamos de eso, cuando simplemente te abandonas al quehacer diario de los Draper y de la agencia Sterling & Cooper (más tarde Sterling, Cooper, Draper & Pryce), me fascina tu habilidad por encontrar personajes con una fuerte cara B, hombres y mujeres que quieren ser algo que no pueden. Roger Sterling es uno de ellos. Se me quedó grabada esta frase de él en 01×03: “Cada generación piensa que la siguiente acabará con todo”. Más tarde, queramos o no, ha sido premonitorio para su devenir y la relación que mantiene con Pete Campbell. Dos personajes que han dado completamente la vuelta (¿Soy yo o cada vez me cae mejor Campbell? y, ¿soy yo o cada vez me parece más imbécil Sterling?).

En otros casos, nos has pincelado (tú y tu gran equipo, no me olvido), unos secundarios de lujo. ¿Qué recordamos todos de Bert Cooper? Su excentricidad: todos tienen que entrar en su despacho descalzos. Pero una frase también le definirá en 01×12: “Nunca se sabe de donde nace la lealtad”. Bert se autodefine, la lealtad, y define, de hecho en ese momento a Campbell.

Las frases, las réplicas, motor esencial de la publicidad, también los son en tus diálogos, tus conversaciones, sin querer. Lo importante es la cotidianeidad con que le das. No buscan ser relevantes, pero lo son. Eso que a lo largo de los tiempos han hecho Shakespeare, Pinter, Hare o Simon, ahora “Mad men” regresa al momento crucial de la narración: el valor de la palabra.

Dicen Draper en 03×05: “Algunas serpientes tardan meses en comer, y cuando lo hacen, tienen tanta hambre que se ahogan”.

Por otro lado, me encanta ver cómo los personajes progresan (o no), como meten la pata, como se desdicen, como mienten. Harry Crane, por ejemplo. Él logra montar su propio departamento, progresa. Aunque luego siempre es un pusilánime con miedo a los demás (cuando cede su despacho de Campbell es todo un ejemplo).

Y como del cerdo, que nos gustan hasta los andares, hay algo de tu creación, “Mad men”, que me resulta revelador. Es esto.

Una cabecera tan sugestiva como reveladora. ¿No da la sensación que te ha explicado toda la serie –incluso su final- sin destripártela? Creo que es el mejor anuncio de Don Draper, perdón, de Matthew Weiner.

Reconoces una gran serie, una gran ficción, cuando esto afecta a tus hábitos. Y no me refiero a que la vea con más asiduidad, no. En la 4ª temporada hubo un capítulo que arranca con Don lanzándose a la piscina. Una simple acción que dice mucho de él y de cómo ha llevado su vida. Días después, influenciado por ese piscinazo, he vuelto a la brazada. Hacia como 6 años que no hacia deporte, y era algo que inconscientemente estaba latente. Don me puso las pilas.

Esta pretendía ser una carta de amor hacia la última serie que me ha cogido el corazón. No sé si lo he conseguido.

Termino con una canción de amor, porque eso es lo que siento por “Mad men”. No podría expresar de otra manera que con estos acordes y este vídeo: la música la pongo yo, esa pantalla en negro es tu imaginación.

“El mundo sigue sin nosotros. No nos lo tomemos como algo personal” Don Drapper. Mad men 02×13

 



NO HACE FALTA CORRER PARA LLEGAR

Por gabkarwai

Imaginemos un futuro, lejano. No sé el 2127. Una humanidad post-apocalíptica (como decía Carlos Molinero). Todo arrasado. Y solo dos personas, allí, sentados. Sin TVE. Ni Canal 9. Tienen barbas. Indistintamente si son hombres o mujeres. Bueno allí, con sus barbas, su cara perpleja, sin saber qué hacer. Ocurriría algo así:

– Joder no.

– Sí. Tú y yo. Aquí.

– Sí.

Silencio

– ¿Tú conocías a Miguel?

– No. (…) ¿Miguel Salcedo?

– ¡Sí!

– No, no me suena.

– Bueno, da igual, tengo una historia sobre él con la que vas a flipar.

Sí, aunque no hubiera nada, aunque se hubieran quedados solos, se contarían historias. Lo harían. Porque somos seres racionales (de los que toman raciones en los bares…)

Ahora trasladémonos un momento al pasado. Año 1993 o 1994. Tom Cruise debe ser el actor de moda, no recuerdo. Spike Lee, uno de los directores en boga, y este que escribe un pardillo aprendiz a teclista. Quería hacer periodismo pero en Valencia no era pública. Irse fuera era imposible para la economía de mis padres y mandarme a la privada (algo que intenté), también. Así que me inscribo en Relaciones Laborales. Pero mientras tanto, tengo un plan. Quiero escribir, desarrollarme, contar. El plan consistía en ahorrar. Y vosotros diréis, ¿para qué? Yo también me lo pregunto ahora, pero en aquel momento lo tenía más claro: iba a producirme un corto. En 35 mm. Así, de repente. Estuve así como unos 2 años. Iba ahorrando poco a poco. Llegué a tener unas 300.000 pesetas. No sabía como, pero mientras tanto escribía un guión. Bueno escribí varios, pero mi profesor de guión me los tumbó casi todos. Al salir de la “escuela de cine” ya en el ‘95 (Videomax se llamaba la mía), servidor y Xavi Sala decidimos seguir escribiendo juntos. Él se fue a Madrid, trabajó en “Periodistas”, yo me quedé aquí, hice una prueba pésima para “7 vidas” (con 18 añitos), y seguimos escribiendo en la distancia “Un día más y otro”, el corto aquel que quería producir. De hecho subí un par de veces a Madrid para que retocáramos el guión. Pero aquello no se rodó.

No sería hasta años después, en el 2003, cuando rodaría mi primer corto en cine: “Birth, school, work, death”. De hecho, el guión no era mío.

Había una necesidad, sí, pero había también algo que con el tiempo he encontrado indispensable: no tener prisa, saber reconocer los tiempos de los proyectos.

Todo el mundo quiere rodar. La gente se compra cámaras sin parar: 5D, 7D, Epic, Red One, la-madre-que-pario-peneque, pero las historias no son tan fáciles de comprar. Hay que parirlas, hay que pensarlas. Incluso hay que errarlas.

Siempre he pensado que la poca prisa que he tenido, en general, en los proyectos propios. Es verdad que desarrollo muchas y muy diversas actividades, pero cuando tengo que dedicarle tiempo a una obra de teatro o a un proyecto audiovisual personal (corto, documental, peli), intento cuajar los tiempos para que tengan ese periodo de reflexión. Porque esto surge de la necesidad de contar, y eso, tiene sus etapas.

La gente se enamora de sus ideas, sin pensar aquello que decía Woody Allen, que a la idea hay que matarla una vez escribes.

Y ese tiempo es para no bajar la guardia. Para perseverar. Para verle otro enfoque a tu historia, para dudar, para probarla. Veo muchos compañeros que bajan la guardia, se relajan, yo, de hecho, en ocasiones lo he hecho, me he relajado. Las noticias no son nada alentadoras. Instan a coger las maletas para unos y cambiar de profesión para otros.

Pero el otro día dos pequeñas gotas de esperanza me inundaron:

– Ver que un grupo de alumnos ha montado un texto de Ravenhill en un piso, y descubrir lo brillante del resultado. Decía Roger Sterling en “Mad men” una de esas frases que se te queda en el hipotálamo: “Cada generación piensa que la siguiente acabará con todo”. Que acaben con todo. Que lo rompan de una vez.

– Beberme una fanta naranja con un amigo, e ilusionarme con un proyecto pequeño, minúsculo. Y en ese momento me di cuenta de algo tan aparentemente sencillo: no hace falta correr para llegar, o lo que es lo mismo,  pese a lo jodido está todo, no os lo creáis: vuestras historias valen oro, y siempre habrá flores debajo de los asientos.