EMPEZANDO

Por Gabi Ochoa

Uno siempre piensa que está empezando en esta profesión. Tiene verdaderos momentos de bajón y no sabe si lo que hace va en una dirección o de verdad aquello que escribe es pura basura y lo mejor que podría hacer es retirarse a tiempo.

He de decir que con la moral baja me fui a las I Jornadas de guión de Televisión. Baja por la situación, mía y de nuestro colectivo en Valencia, y por que cada cierto tiempo me pregunto, ¿por qué escribo?

O sea que el Gabi que estaba en Madrid fue una especie de Charlie Kaufman cuando va a ver a Robert McKee preguntándose si de verdad su guión está bien estructurado o es una basura. Así estaba yo.

Y lo primero que me encontré es más de 60 personas como yo. He de decir que para mi gusto las jornadas estaban muy masificadas, y que fui perdiendo autoestima cuando alguien me preguntaba: ¿Pero de verdad eres guionista, trabajas de guionista?

Sí, gran parte de las personas que había allí eran estudiantes o gentes que tenían otro oficio. Parece que escribir está en desuso. Somos una especie en peligro de extinción. Curiosa paradoja. De hecho en una comida me encontré hablando con alguien de las licitaciones de aeropuertos, porque esa persona había diseñado un proyecto para uno de ellos O.o

Anécdotas aparte (que haberlas ahílas y muchas, y curiosas), mi idea eran desgranar algunas perlas de los ponentes que por allí pasaron.

Me gustó mucho como arrancó Manuel Ríos San Martín al hacernos ver que siempre hay que baremar nuestro impulso creativo con el coste de oportunidad: escribir tirando a dar, sabiendo que puedes colocarlo en algún sitio, teniendo claro tu producto. Y es que esa fue la máxima de su primera charla (Manuel fue la estrella del encuentro), reflexionar sobre lo que escribimos, y mucho, sobre el concepto, algo que siempre pasamos por encima (este post suyo sobre la peripecia y el tema es revelador).

Me gustó sobre todo cuando hizo hincapié que escribir es pensar, y que antes de escribir, pensemos. Siempre diciendo que hay que teclear mucho y alguien sensato nos dice que por lo menos escribamos sabiendo lo que hacemos. Un 10 para él.

En el primer día gentes como Juan Carlos Cueto o Alberto Grondona nos explicaron como se desarrollaron series donde han trabajado. El primero en “Águila roja” y “Tierra de lobos” y el segundo en “El tiempo entre costuras”. Pero creo que todo el mundo se quedó con los trallazos de verdad de Olivares, que fueron comentados durante varios días. Yo tengo aún uno grabado en el hipotálamo:

Parece que hemos borrado la “emoción” de nuestro acerbo guionístico. Es más importante saber palabrejos nuevos (Grondona por ejemplo nos habló del capítulo bottle, que es aquel que es prácticamente todo hablado con pocos personajes), que pararse en lo más básico: llegar al espectador con emoción.

Esa perla más esta otra:

Creo que fueron suficientemente valiosas para una charla que empezó sin concesiones, ni siquiera a si mismo: hablar de su vida, de aquello que hizo de “Isabel” saliera de las entrañas, no tiene precio.

Al día siguiente, ya el sábado 7, empezó Noel Ceballos y le siguió Victoria Dal Vera. Tal vez lo que Noel nos relató no me venía de nuevo, y algo parecido con Victoria, aunque vino bien para refrescar, y sobre todo, en el caso de la charla sobre personajes sirvió para asentar muy bien la idea de que el conflicto tiene que ir siempre a la esencia del personaje, como señaló insistentemente Victoria.

Valentín y Javier Reguilón hablaron de diálogos y escenas. Lo que Valentín nos comentó es más o menos un avance de lo que suele desarrollar más profusamente su taller on-line de diálogos. Tal vez lo que más se me quedó fue la relación entre la comunicación verbal y no verbal. Por suerte salí corriendo de allí para comprobar empíricamente aquello que habían dicho los dos: fui a ver la increíble “La vida de Adele”. Me dejó sin aliento, sin palabras, y casi sin pantalones. Tremenda!

El último día arrancó Natxo López con la comedia, aunque como él mismo dijo, la primera regla para la comedia es no hablar de ella a las 9:30 horas de un domingo.

Cuanto queremos a nuestros personajes y cuanto nos da por defenderlos, ¿no? Creo como Natxo que en los errores están los aciertos. Y sobre todo en las contradicciones.

Tras dos charlas interesantes con Mariano Baselga y Eduardo Zaramella (de las más claras y esquemáticas la de Eduardo, sobre el fantástico y el terror), llegó un pequeño traspié por parte de María José Rustarazo. Y personalmente no creo que sea culpa de ella, sino de quien la mandó, porque empezó mal Valentín cuando la presentó diciendo que Cristóbal Garrido y Ramón Campos la mandaron a ella (¿qué no podían venir ellos?). O esto es lo que entendí. Si no fue así, los comments están para algo.

Mª José explicó muy bien como se desarrolló “Hispania”, una serie que dio mucho que hablar en las jornadas, pero me dejó helado cuando en el power point que tenía a sus espaldas sentenciaba algunas de las ficciones de Bambú con una frase. Si “Gran Hotel” era “un juego con la Historia”, lo de “Galerías Velvet” era cuanto menos curioso: “dejar de lado lo político”.

Y aquí me tengo que parar porque, pese a que iba a decir allí algo, preferí no cortar su intervención (interesante, no lo dudo) y comentarlo pausadamente aquí.

¿Podemos obviar “lo político” en una serie enmarcada en los ’50, en los ’60 en la España franquista? ¿Y sobre todo, debemos?

No sé, se me plantean muchas dudas éticas y/ morales. Unos años jodidos en este país, con la dictadura en sus momentos más duros como para obviar “lo político”. ¿De verdad pensamos que el espectador es tonto, que no recuerda su historia? Estoy convencido que  “Galerías Velvet” será un exitazo (los mimbres son buenísimos), pero me parece un error de comunicación, de planteamiento, de desarrollo, o de lo que sea, obviar lo que somos y porqué lo somos. No es la primera serie que lo hace, pero la contundencia con la que la dijo María José me dejó muy frío.

La última parte corrió por cuenta de Manuel Ríos para hablar de mini-series y tv-movies y de Virginia Yagüe y Pablo Tobías hablándonos de series diarias. Las dos tremendamente interesantes.

Y el broche final Manuel y Virginia nos hablaron de la realidad del aquí y ahora.

Me quedo con dos pinceladas que dejó Virginia en este final y que me gustaron:

– Sé crítico con lo que haces, con lo que escribes (yo diría, con lo que ves y con el oficio)

– Insértate en el oficio, para después mostrad tu voz.

Seguro que me dejo, por error y/u omisión muchas reflexiones interesantes, pero espero que alguno de mis compañeros, ponentes, o gentes en general pueda ampliarlo en los comments.

Volví a Valencia pensando en nuevas historias e ideas, en cambiar aquello o aquello otro, en crear. Y pensando que pese a que continuamente estamos empezando, comenzar ya es un buen signo.

 

A VUELTAS CON EL CULEBRÓN

por Javier Olivares

Tras nueve capítulos ya emitidos de “Isabel”, serie de la que -como director argumental de la misma- ya escribí en esta casa (Isabel: la Historia, las historias…), hay dos temas que me han llamado la atención de entre los muchos comentarios que ha suscitado la serie. Uno, la acusación de falta de rigor histórico. Dos, la catalogación de “Isabel” como un culebrón.

Sobre el primer tema decir que mi principal temor al empezar a crear los argumentos de la serie era que los historiadores se me lanzaran a degüello. No sólo no lo han hecho, sino que guardo mensajes, comunicados e incluso críticas de historiadores y asociaciones de dicho gremio alabando el trabajo documental realizado. Una serie que se somete a una second screen que cuenta los datos históricos reales de todo lo que se va contando mientras se emite, es porque dispone de una documentación férrea. Y hasta aquí puedo leer.

Respecto al segundo tema (el del culebrón), creo que merece la pena extenderse un poco más, hablando de “Isabel” e incluso abarcando el tema en general, porque creo que hay muchos equívocos al respecto que convienen ser debatidos. Empiezo por lo general.

ENTRE LO DESPECTIVO Y LO FRIKI: HISTORIA DE UN CONCEPTO

Culebrón” es un término peyorativo. Cuando el fichaje de un futbolista se alarga en exceso se dice “continúa el culebrón”. El juicio sobre el expolio de Marbella es un culebrón (con personajes típicos del mismo, por cierto). Habitualmente, denominamos así a las series diarias de origen latinoamericano, producciones de gran cantidad de episodios a lo largo de los cuales se establecen intensas relaciones sentimentales de amor/odio y venganza entre muchos personajes. Ojo, las denominamos así nosotros, porque allí las llaman telenovelas o sencillamente novelas, términos más técnicos y respetables para unas producciones que han pasado ya de los sesenta años de vida como nacimiento del género (herederas del serial radiofónico).

Pero, además, también se llaman así a aquellas series que, sin ser diarias, plantean historias de poder, ambición y amores imposibles y personajes radicalmente opuestos en cuanto a su bondad o a su maldad, ambas impermeables. En este sentido, históricamente, hay dos escuelas: la inglesa (con obras como La línea Onedin, Poldark, Arriba y abajo…) y la norteamericana, que prefiere residir en lo contemporáneo y huir de épocas pasadas (salvo Norte y Sur). Ejemplos claros: Dallas, Falcon Crest, Dinastía. Personalmente, prefiero el melodrama británico por tener más matices, hablar de paisajes como la revolución industrial, las clases sociales (en este sentido, la excelente Downton Abbey es heredera directa de Arriba y Abajo) y tener unos diálogos, interpretación y realización también más matizada, con elipsis, subtexto… sin el remarcamiento verbal o el excesivo fruncir de cejas de las americanas (aunque hay excepciones, como la excelente Hombre rico, hombre pobre o, a un nivel muy inferior, El Pájaro Espino).

Tan exageradas eran las historias de Dallas o Falcon Crest, que hasta entraron en el lenguaje popular con frases como “eres más mala que Angela Channing”, con chistes abundantes sobre su criado chino y hasta con un rap divertidísimo que Pepe Da Rosa dedicó a J.R. Y aquí entramos en el terreno de lo friki. Mientras amas de casa esperaban anhelantes y crédulas cada capítulo, éstos eran seguidos también por un público que esperaba su emisión para “estar al día” en sus relaciones sociales. Para hacer chistes y bromas sobre tan desaforadas historias. El hecho de que el culebrón también adaptara nuevos géneros (sobre todo juveniles) cerró el círculo entre lo despectivo y lo friki, del que hay ejemplos actuales tan evidentes como Revenge, pasando por las mil bromas sobre los nombres compuestos venezolanos.

Sin embargo, este análisis tan simple no debe hacernos olvidar grandes obras de la inicial telenovela latina. Nunca me gustó Delia Fiallo, pero he encontrado pocos escritores tan brillantes, analizando las emociones, como José Ignacio Cabrujas. Una de sus obras teatrales (El día que me quieras, 1979) es una de las obras magnas del teatro escrito en castellano. Sin duda. Habla de la última actuación de Gardel antes de su accidente en avión, creo que en Colombia. Para pasar desapercibido, se aloja en una casa de una familia con varias hermanas solteronas. Pocas veces he visto una disección tan emocionante del fenómeno del fan, de ese tipo de mujeres que serían sin duda (varias décadas más tarde) seguras espectadoras de sus telenovelas.

Otro hito de la telenovela (para otros culebrón) es Por estas calles de Ibsen Martínez (que colaboró con Cabrujas en otras producciones), donde la dicotomía buenos-malos se definía en corruptos empresarios y explotados trabajadores. Un anticipo de los tiempos, sin duda.

Tampoco conviene olvidar la excelente producción de la telenovela brasileña con obras maestras como Roque Santeiro (con una cabecera espectacular para su tiempo). Nadie como los brasileños para manejar la telenovela haciendo historias de época, contemporáneas, históricas, policiales e incluso de ciencia ficción. Añaden algo que me llama especialmente la atención: la ironía y el humor.

Por último, no podemos olvidarnos de la escuela catalana, con Poble Nou como origen. Joan Bas convenció a José Maria Benet i Jornet para diseñar una historia cercana que generó un modelo de narración y un modelo de producción: el de lo que luego sería (junto a Jaume Banacolocha) Diagonal TV. Series como Temps de Silenci y luego la mismísima Amar en Tiempos Revueltos son herederas directas. En ellas, lo cotidiano, lo social… se hacía televisión. Bien es cierto que Benet tiene una tendencia a la truculencia que no comparto (y que nos costó una profunda discusión cuando trabajamos juntos), pero es un maestro indiscutible de la creación de personajes. Si a eso añadimos la suma de Rodolf Sirera -otro maestro- y de Antonio Onetti, entenderemos las excelentes primeras temporadas de ATR. O las tramas, más recientes, del cura pederasta. O la humanidad y la ironía popular del bar El Asturiano. Eso es lo que la ha hecho grande, además de algo tan innovador como cambiar a la mayoría de sus personajes de una temporada a otra.

No quiero abandonar este repaso a la telenovela española sin citar dos series. Una, para mí, una obra maestra en sus primeras temporadas (de la mano del excelente Lluís Arcarazo): El Cor de la Ciutat. La otra, una sorpresa reciente: El secreto del Puente Viejo. Tomando el modelo Diagonal, han hecho una obra en la que todo fluye natural, con un casting excelente y con un arriesgado salto en el tiempo.

En definitiva, no soy un detractor del culebrón. Hay unos que me gustan mucho, otros menos y algunos, nada (Dallas, Falcon Crest… nunca pude con ellas, tampoco la escuela Fiallo ni la factoría Televisa). Soy un detractor de lo maniqueísta, lo simple y lo truculento por lo truculento. Y considero un error llevar el género al prime time. Porque con el avance de la ficción como arte narrativo, el culebrón, en su sentido más negativo y aplicado al prime time, es una evasión (sea de época o no), una simplificación guionística en historias de personajes buenísimos y otros malísimos. Un paso atrás derivado de creer que cuando más simple es la historia (por muy bien producida que esté, aunque se vista de seda, culebrón se queda) más audiencia va a tener. Algo que, los últimos datos parecen desmentir como regla incuestionable.

CONFUSIONES DE GÉNERO

Creo que el mundo, la vida, es algo complejo, como para contar las cosas de manera simple. Que un ciudadano anónimo pasa por pruebas cotidianas que ya quisieran muchos héroes mitológicos, vive una vida “líquida” que definiera Bauman. Y que la ficción tiene que hablar de ello, de manera popular pero adulta, en vez de edulcorar la realidad en universos de bondad impoluta y maldad a prueba de bombas. Creo, también, que se tiende a confundir “melodrama” con “culebrón”. Y que el mismo “culebrón” se ha regenerado con ejemplos magistrales y modernos, dejando de serlo. Y sin necesidad de dicotomías maniqueístas. Citaré dos series.

Una es un ejemplo de reconstrucción del género que llega a ser una de las mejores series de todos los tiempos: Dos metros bajo tierra. ¿Su metodo? La reconstrucción de las emociones, la ironía, la fragmentación y búsqueda de identidad de sus personajes… Y el hecho de trasladar el añadido del “oficio”: una funeraria. Por ello trasciende del género (cosa que no hace True Blood por muchos vampiros que muerdan).

Otra es Call the Midwife, ambientada en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial en Londres. Reúne todos los elementos típicos para hacer un culebrón típico. En manos de algunos productores patrios se habría convertido en una interminable saga queriendo imitar Amar en Tiempos Revueltos. Al contrario (y a espera de un especial la próxima Navidad) se ha conformado con seis excelentes capítulos en los que sí, hay una historia de amor imposible… pero no se ve jamás al hombre por el que la protagonista sufre. Sí, hay otro joven que la quiere a ella… pero su historia se elipsa y no llega a un final feliz.

Call the Midwife parece una historia para amas de casa ya entradas en años. Pero (y todo mi respeto hacia ellas: son un público tan digno como cualquier otro) es algo más. Es una historia cuyo tema esencial es la bondad y la solidaridad en tiempos difíciles. Y es la narración del origen del servicio de salud pública británico. Hablar de ese tema hoy es, en época de recortes y privatizaciones, revolucionario. Otra genialidad: no hay malvado malísimo personalizado en nadie. La maldad es la miseria y la incultura. Y es otra obra maestra, porque huye de simplificaciones y maniqueísmos. Si antes de su estreno alguien me llega a decir que me emocionaría tanto una historia de monjas y parteras, le hubiera llamado loco.

Y es que no es tiempo de simplezas (por mucho que la LOGSE y sus herederos y ministros de la talla ínfima de Wert insistan en ello). No puede serlo cuando en Luther el protagonista tiene como principal colaboradora a una psicópata asesina. Cuando en Breaking Bad un padre de familia enfermo y frustrado trafica con droga. Cuando, ya desde Expediente X, conocemos la teoría de la conspiración. Cuando Dexter la protagoniza un asesino en serie (que da la vuelta a lo que es bondad y es maldad) y Damages una bruja maravillosa como Glenn Close. No después de Broen, Forbrydelsen (con protagonistas femeninas asociales y en la primera un asesino que es apreciado en redes sociales), Homeland (donde no se sabe quién es el verdadero terrorista), The Good Wife (donde todos son unos cínicos), Boss (donde nadie es bueno)… Mientras los tiempos avanzan, no es cuestión de quedarse quieto.

VOLVIENDO A “ISABEL”

La primera vez que se tachó a “Isabel” de ser un culebrón fue en el programa “La Script”, en la cadena SER. La última ha sido recientemente. En concreto en un blog (chicadelatele), en dos posts sucesivos sobre Isabel y sobre qué es un culebrón, éste último casi dedicado a mi persona, honor que sin duda no merezco.

Lo primero que llama la atención (tanto en el comentario de “La Script” como en el primero de los textos reseñados del blog) es pensar que las tramas contadas en “Isabel” son inventadas para ajustarlas al género del culebrón. Es como cuando te dicen que “Isabel” bebe de “Juego de Tronos”, cuando una tiene como base la Historia y la segunda la mera invención (excelente por cierto y basada, quiero recordar, en el estudio de textos medievales). Es como si no hubiera vida más allá del propio conocimiento. Como si el mundo hubiera nacido en la fecha que naces tú. El carro delante de los caballos. La simpleza y el maniqueísmo aplicada al análisis (¿) de una serie.

Se dice en el blog, en el primer post referido, que la remontada en audiencia de “Isabel” viene dada “no solo por la indiscutible calidad de la serie sino también por el elemento culebronesco de la historia en el punto en el que se encuentran las tramas. Hechos históricos aparte, lo ocurrido con Isabel justo antes de contraer matrimonio, las decisiones tomadas, los impedimentos que surgían y especialmente la manera en que han sido contados y explotados para el dramatismo de la historia, son dignos de cualquier serial rosa que se precie y han servido para incrementar el interés y la tensión dramática de una historia cuyos detalles objetivables ya conocíamos”.

Agradeciendo el piropo inicial, dudo que quien escribe esto supiera de esos detalles objetivables que todo el mundo parece que conoce. Porque no los conocía ni yo (y soy historiador de carrera). Porque una de las sorpresas durante el trabajo de documentación fue encontrarme con tramas reales que jamás recibí en clase de una época que se desconoce, como bien apuntó el historiador Pascual Tamburri en una crítica a la novela que escribí sobre Isabel. Porque me gustaría remarcar que no hay “hechos históricos aparte”: son los hechos que se pueden leer en libros de Historia escritos por afamados historiadores como Fernández Álvarez, Joseph Pérez… Y que no van “aparte”. No se han añadido para generar un estilo “culebrón”. Son los que son.

Cuando dice que “son dignos de cualquier serial rosa”, también discrepo. “Isabel” cuenta el ascenso al poder de un personaje histórico. De hecho, mis principales discusiones a la hora de producir la serie fueron defender ese concepto. Siempre tuve claro que “Isabel” debía ser un proyecto más cercano a “Yo, Claudio” que a “Los Tudor” (eso escribí en el documento de venta a TVE), algo de lo que más de uno (como Antonio Rico) se ha dado cuenta. Y que las referencias no son precisamente Dallas o Revenge, como parece que también se ha dado cuenta Marcos Ordóñez. Y no cito a dos señores que empiezan en estas lides.

Es cierto que “Isabel” es una serie y no un documental. Y que, por lo tanto, hay que “inventar”. La trama de Gonzalo Fernández de Córdoba es, por poner un ejemplo, la más ficcionada. Pero el hecho de que Fernando, tras la muerte de Isabel en 1504, se deshiciera en cuanto pudo de Gonzalo (cuando las famosas Cuentas del Gran Capitán) y que Isabel y Gonzalo se conocieran desde niños me dio pie a ello. Pero ojo, siempre en una dirección: de Gonzalo a Isabel. No hay amor imposible para los dos. Isabel tiene como ambición ser reina y en cuanto conoce a Fernando se queda impactada, como muestran sus episodios de celos y tristeza como esposa, históricamente certificados. Y se corta la historia de Gonzalo: no hay triángulo que continúe, como se haría en cualquier culebrón.

A continuación, se añade: “No quiero con esto restar mérito a la producción de Diagonal, que no se me malinterprete, al contrario, creo que han sabido explotar a la perfección los elementos únicos de una historia que al principio era de la de unos pobres niños abandonados, manipulados y desgraciados para luego convertirse en historia de amor y poder, de ambición y lucha, elementos básicos de cualquier narración que, en este caso, pasa por un contexto histórico que nos resulta cercano y bastante atractivo en tiempos en los que, como país, seguramente añoremos aquellos años en los que éramos poderosos”.

Insisto, la historia de niños abandonados está en los libros y en cartas de la propia Isabel. La negociación de su boda con Fernando es un tema de supervivencia política y también documentada. Y ella misma duda de ella antes de aceptar el enlace, como se ve en la serie. Insisto, aún más, NO HEMOS ESCRITO ESTA HISTORIA PARA SERVIR A UN GÉNERO, SINO PORQUE SON LOS HECHOS REALES. Y aunque pudieran parecer propios de un culebrón, diálogos, escaletas, estructuras se alejan del género. Por completo. Creo que una de las claves de la serie es, pese a su título, que es una serie coral. Una niña no puede ser la protagonista de intrigas tan complejas porque no estaba preparada. Chacón, Pacheco, el rey Enrique… acaban siendo tan protagonistas como Isabel. Y si quisiera haber escrito un culebrón, Fernando habría aparecido desde el primer capítulo de manera constante. O habríamos empezado la serie con los previos de la boda.

Otra de las claves es que NINGÚN CAPÍTULO COMPARTE ESTRUCTURA DRAMÁTICA frente a una reiteración estructural básica del culebrón. En “Isabel” hay capítulos que cubren cuatro años. Otros, apenas una semana. Otros son una road movie (el viaje de Fernando), otros son un puro debate político (el próximo 12, con Borgia de protagonista), otros tienen como protagonista –y de forma autoconclusiva- a un personaje anónimo que nunca vuelve a aparecer más en la serie (como el asesino de Pedro Girón en el 3, en puro género de thriller). Es decir, cada capítulo se cuenta en espacios temporales diferentes, en estructuras que puede ser de tres actos o de cuatro… En capítulos multitrama y otros más básicos…. Si hay algo que define un culebrón (uno bueno) es que la sorpresa está en los giros, pero nunca en el cambio de su estructura.

Y si hay otra cosa que define un culebrón es la simplificación de sus personajes: por un lado los buenos, buenísimos. Por otro los malos, malísimos. No es mi estilo. Ni como espectador ni como guionista ni como productor ejecutivo. Procuro no escribir personajes estereotipados, básicos, sin aristas. Busco que el bueno tenga su lado oscuro. Que el malo tenga sus razones para hacer lo que hace y el público lo entienda. Evitar la simplificación. Siempre. Y no verbalizar. Manejar la elipsis y el subtexto (algo poco habitual en el culebrón). Y, sobre todo, escribir las escenas dramáticas de la manera más corta posible. Como las escenas amorosas. Y si el azúcar es excesivo, descaramelizar inmediatamente. Y eso, no es culebrón.

Un buen ejemplo es el personaje de Enrique IV y sus dudas (gran acierto de Jordi Frades en la elección de Pablo Derqui)… La creciente ambición por el poder de una niña como Isabel que aprende bien pronto a mentir para su beneficio, la frialdad y capacidad de tergiversación de Fernando (atención al capítulo 11 o en la trama de la boda en la que le busca una amante a Gonzalo)… E, incluso en un personaje como Pacheco (al que se han reducido sus acciones malignas: históricamente era aún peor) se le ha visto con su hija, esperanzado en casarla con un rey… en la muerte de su esposa… En situaciones en las que se le pudiera ver su humanidad. Como ocurre en Juana de Avis, especialmente en el capítulo 10.

Y eso, tampoco es un culebrón. Ni siquiera una tele novela. Con todo el respeto para unos y para otros. Incluso la admiración. Porque yo nunca escribiré tan bien como Cabrujas. Soy incapaz de lograr una maestría en ese género como la de Arcarazo en sus temporadas de El Cor de la Ciutat. O la de Benet en Mirall Trancat. No tengo la capacidad de invención mezclada con organización de biblia de un Sirera. Por eso, tal vez, me dedico a hacer otras cosas. Lo que pasa es que ellos, si se identifica culebrón con simpleza y dicotomía buenos-malos, tampoco escriben culebrones. Escriben estupendas series de televisión.

Eso aspira ser Isabel (y hablo de lo que a mí me toca: ésta primera temporada, la única que haré), lejos de los parámetros del culebrón, cerca de un público que, lejos de huir de complejas intrigas políticas, parece disfrutar de ellas. Tal vez porque nuestra Historia tenga relatos tan apasionantes como éste, sin necesidad de inventar demasiado sobre ellos. Tal vez porque les recuerde que los que mandan ahora no son tan distintos de los que mandaban en el siglo XV. Tal vez porque, como decía Shakespeare hay emociones que siempre moverán al ser humano mientras éste exista, como el amor, el sexo, el poder y la muerte. Y se puede hablar de ellas sin necesidad de hacer un culebrón.

ISABEL: LA HISTORIA, LAS HISTORIAS…

Ficcionar hechos reales impone algunas reglas inevitables: El guionista no puede inventarse giros a su capricho y esto complica su tarea. ¿Cómo afrontan su trabajo los guionistas de una gran serie histórica? Nos lo cuenta Javier Olivares, director argumental de ISABEL, la gran apuesta de TVE para el 2012.

por Javier Olivares

Cuando recibí de Diagonal TV el encargo de dirigir argumentalmente “Isabel”, lo primero que pensé fue lo extraño que resultaba que hayamos llegado al año 2011 y nuestra industria televisiva (e incluso diría la cinematográfica moderna) y no se haya contado ya esta historia (o Historia).

Sin duda, en un momento en el que las series históricas (tipo “Los Tudor” o “Los Borgia”) están de moda, como lo están otras no tan históricas pero sí de época (“Los pilares de la tierra” o “Juego de Tronos” –sí: está basada en una novela de género fantástico, pero es a veces medievalmente más pura que todas las citadas antes, en su primera temporada-), Isabel la Católica es un personaje de una importancia no ya nacional sino mundial que bien merecía ser protagonista de una serie. De una importancia, sin ir más lejos, muy superior a la de Enrique VIII o al propio Rodrigo Borja (Borgia para los italianos) nombrado papa como Alejandro VI.

A continuación doy cuenta de los pasos dados hasta la construcción final de los guiones de la primera temporada de “Isabel”, no sin ates citar a quienes han colaborado en este proyecto: Anaïs Schaaff y Jordi Calafí (que han elaborado los argumentos conmigo). Y la propia Schaaff, Joan Barbero, Salvador Perpiñá y, sobre todo, Pablo Olivares –autor o co-autor de 6 de los 13 guiones), como guionistas. Contamos, en los inicios, con la ayuda del maestro Ignacio del Moral, pero otros proyectos le obligaron a dejar de la serie.

ARCO TEMPORAL DE “ISABEL” (PRIMERA TEMPORADA).

La primera temporada de “Isabel” abarca desde 1461 a 1474. En términos históricos, desde que con diez años es raptada junto con su hermano Alfonso y llevada a la Corte de Segovia por orden de Enrique IV (hermano de padre, que no de madre, de Isabel y Alfonso) hasta su coronación con apenas 23 años.

Es la historia menos conocida de Isabel y, para mí, la más sorprendente. Muchos espectadores creerán, viendo los capítulos, que “inventamos” demasiadas cosas. Nada más lejos de ello. Gran parte de nuestra misión ha sido dar orden a los hechos que ocurrieron para que puedan ser comprendidos y, además, disfrutados, dramáticamente. Porque hay hechos que, por muy fantasiosos que pudieran parecer, pasaron. Y son los que no nos han contado nunca en clase de Historia (y esto lo escribe un licenciado en esa carrera).

Isabel se asocia, evidentemente, a Fernando. Y a la Santa Inquisición. Y a la expulsión de los judíos. Y al descubrimiento de América. Y a la toma de Granada… Esos son sus hitos continuamente repetidos.

En esta primera temporada, de todos ellos, sólo se cuenta su encuentro con Fernando, su boda y su coronación, como hechos conocidos popularmente.

¿Nos quedaba poca cosa que contar? En absoluto. Porque en esta primera temporada se cuenta cómo se formó Isabel como futura reina desde niña, quienes fueron sus maestros y sus compañeros de viaje, cómo se va endureciendo su carácter (de por sí bastante fuerte), cómo defiende hasta el límite su condición de mujer que puede reinar en un mundo de hombres… Temas todos ellos apasionantes.

Si a eso le añadimos que, jalonando estos conceptos, estos diez años son testigos del rapto ya dicho, el abandono obligado de su madre (a la que adoraba) –en una especie de fractura de su mundo infantil y feliz-, una guerra civil, la muerte de su hermano, su negativa a casarse con quien le imponían hasta tres veces (una de ellas a punto estuvo de costarle la vida), una boda secreta a espaldas del rey (sí, la suya con Fernando, que tuvo que viajar de Aragón a Castilla disfrazado de criado), choques y reencuentros con su hermano el rey Enrique IV… hasta llegar a su coronación (para algunos lógica y justa, para otros un verdadero golpe de estado porque la heredera natural hubiera sido –para sus críticos- Juana la Beltraneja), llegamos a la conclusión de que es un material de primer orden.

Como se ve, hechos tan asombrosos que, ¿para qué ponerse a inventar historias si la Historia ya nos las ofrecía?

Porque si todo guión se basa en historia y narración (lo que se cuenta y cómo se cuenta), estos, además, debían contar con otro factor: la propia Historia. Por eso hemos procurado que “Isabel” sea una serie con rigor histórico, propio de la calidad de la cadena que encarga el proyecto (TVE) y de la productora para la que trabajamos (Diagonal TV), un lugar idóneo para aquellos guionistas que queremos contar historias. Porque la libertad narrativa y el respeto al texto que he encontrado en mis colaboraciones con ella es máximo. Son tantas las veces que los guionistas nos quejamos que cuando hay motivo de alegría, también es obligado decirlo.

FASES DEL TRABAJO

Todo empezó en octubre del 2010 con el análisis del proyecto anterior que no lograba convencer a la cadena. Un proyecto con el que (salvo una línea argumental ampliamente cambiada y alguna imagen) el presente no guarda relación ni en concepto, ni en estilo. Como se ve, mucho tiempo no ha habido (sobre todo si añadimos que el equipo de argumentistas estábamos creando otra serie para TV3 –“Kubala, Moreno y Manchón”, de la que somos autores Anaïs Schaaff y yo), pero se ha aprovechado al máximo y con método. Concretamente, el siguiente.

Tras plantear un nuevo proyecto basado en el rigor histórico, un punto de vista concreto (basado en la figura de Gonzalo Chacón, tutor de Isabel desde niña, como “constructor” del proyecto de reina que es Isabel) del que luego hablaré y plantear un arco general de la primera temporada, llegó la labor de documentación y biblia.

Fueron tres meses y medio encerrados (el equipo de argumentistas antes citado) desgranando qué y por qué pasaba lo que pasaba en cada capítulo. Lo hicimos a través de la lectura de una amplia bibliografía del tema y sus satélites (no sólo sobre Isabel, sino sobre Fernando, Enrique IV, la época, etc). Los tres leímos los mismos libros, tesis doctorales especializadas, documentos históricos a los que nos lanzaba la documentación de los libros leídos… y cruzábamos notas. Y, lo más importante, almacenábamos frases que las crónicas –a sabiendas que se escribían a favor de quien las pagaba- y documentos (sobre todo cartas autógrafas) ponían en boca de nuestros personajes. No hay capítulo en los que no se oiga no menos de una docena frases sacadas de ahí, para dar mayor empaque histórico a la serie.

Luego vino la documentación de los personajes… Y la selección de los mismos. Todos los que estuvieron, no están, evidentemente. Por ejemplo, Quintanilla, un colaborador esencial de Isabel fue refundido en el personaje de Gutierre de Cárdenas… O el entorno infantil de Isabel quedó drásticamente reducido… Y así unos cuantos más, para hacer producible la serie y, también para no sumar tantos personajes reales que acabaran confundiendo al público.

Resultado de todo esto fue una doble biblia (“Concepto de la serie y sinopsis” y “Personajes”, en las que pusimos incluso imágenes halladas en grabados o pinturas de los propios protagonistas históricos). Una doble biblia exhaustiva (sumaba cerca de 400 páginas) y, probablemente, excesivamente historicista… Si hubiera habido tiempo, lo ideal hubiera sido construir una segunda más “emocional”, con más dramaturgia, en la que incluir los espacios necesarios (que se montaron gracias al esfuerzo de la productora en paralelo)… Pero el objetivo estaba cumplido.

Y el objetivo no era otro que los guionistas no tuvieran que “documentarse” ni leer libros (que lo hicieron, como buenos guionistas… pero no estaban obligados a ellos, tal era el volumen documental). Porque no había tiempo y, también, porque no convenía tomar derroteros distintos para distorsionar el estilo ni el hilo narrativo.

Simplemente les ofrecíamos un material para que sólo tuvieran que aplicar su punto de vista, su estilo, su brillantez… sin necesidad de perder tiempo en inventarse casi nada ni en documentarse., porque todos los elementos del juego, se los poníamos en la mesa.

PREMISAS NARRATIVAS Y CONCEPTUALES

1. Historia vs Ficción: más del 80 % de lo que contamos en la serie está documentado ampliamente. Por lo tanto, “Isabel” es una serie que se basa en hechos reales, pero no nos olvidemos de una cosa: es una serie de ficción, no un documental.

Para ello, nuestra principal misión ha sido ordenar de manera lógica y entendible para el espectador una sucesión de hechos reales y, a la vez, en buscar el perfil psicológico que mueve a nuestros personajes a hacer lo que hacen.

En la relación ficción-Historia hemos mantenido una máxima: todo aquel hecho que apareciera en dos textos o documentos era susceptible de ser utilizado si nos parecía interesante, aunque en otros se dijera lo contrario (llama la atención como los propios historiadores tienen tesis tan distintas)… Y, puntualmente, hemos hecho caso a leyendas y rumores de la época que poseían una fuerza emocional y visual indiscutible.

Pero que quede claro: en los libros de Historia se cuentan los hechos (insisto: a veces fuentes distintas manejan datos opuestos… no olvidemos que la Historia la suelen escribir quienes ganan las batallas y detentan el poder). En ficción, es misión nuestra imaginar lo que pasó entre ellos a nuestros protagonistas y qué les movió a actuar de una manera u otra

2. El punto de vista. Aunque esencialmente es el de nuestra protagonista, cambia… convirtiendo a otros personajes en ejes de la historia. De hecho, el motor y arco de toda esta primera temporada, junto a la propia Isabel, como ya dije antes, es Gonzalo Chacón, tutor de Isabel, que, por motivos tanto políticos como de venganza personal, educa a Alfonso e Isabel para que lleguen a ser los futuros reyes de una Castilla distinta a la que hasta ahora ha sufrido en sus propias carnes, una Castilla en la que los nobles campaban por sus respetos sobre la voluntad del rey. Muerto Alfonso, Isabel (alumna más aplicada sin duda) encarna esa “venganza”. La aparición de Fernando a mitad de temporada supone la aportación de un nuevo y potente punto de vista, sin duda alguna.

3. Una mirada moderna. Tanto en lenguaje, como en construcción de los capítulos y en su estilo, he tenido la obsesión –y esto si lo digo en primera persona- de que, aparte de ver la historia de Isabel, el espectador la pueda contemplar sin perderse en un lenguaje arcaico ni en tribulaciones antiguas. La historia que se cuenta: lucha por el poder, intrigas, política, el pundonor de una mujer por ser considerada en un mundo de hombres, la difícil lucha entre el amor y el deber… son temas que a día de hoy siguen vigentes. Personalmente, cuanto más me documentaba, más paralelismos veía con la actualidad… Sobre todo en dos temas tan diversos como la propaganda política y la relación de amor (que lo hubo) entre Isabel y Fernando. Una relación compleja y nada edulcorada. Y, francamente, apasionante.

.En la construcción de los capítulos, hay 3 (el 3, el 8 y el 12) que tiene estructuras casi de tv movies, independientes, incrustadas en el desarrollo de la serie. Uno con estructura de thriller, otro a modo de road movie (que cuenta cómo Fernando se juega la vida viajando de incógnito a Castilla para casarse con Isabel) y el último que tiene de protagonista esencial a Rodrigo Borja (sí, el papa Borgia), decisivo en el futuro de Isabel, en un capítulo de intrigas y engaños casi mafiosos (pero documentados palmo a palmo). Estos tres capítulos pretenden aligerar, sorprender al espectador. Evitar caer en todo atisbo de folletín. Divertir cambiando el ritmo de la continuidad.

4. Huir del maniqueísmo. Hablar de Isabel es hablar de una figura adorada por una historiografía muy concreta (la de la España Una, Grande y Libre, el yugo y las flechas). Y, a la vez, en un personaje vilipendiado por quienes no comulgan con historiografía ni esa ideología. En definitiva un personaje histórico que despierta prejuicios evidentes… de los nos hemos alejado radicalmente.

Porque “Isabel” plantea perspectivas abiertas, personajes más poliédricos que se expresan desde sus emociones y necesidades. Enrique IV, por ejemplo, es masacrado por muchos historiadores (impotente, homosexual… bueno, más bien maricón sin tapujos) casi por el hecho de ser enemigo de Isabel. Sin embargo, muchos de esos conceptos tienen una base científica endeble. Sin embargo, tenía unos planteamientos pacifistas y una humanidad (de carácter tan sensible como débil y contradictorio) que nos permiten no sólo tratar sus aspectos negativos sino otros que, a día de hoy, serían entendidos de manera menos despectiva.

La propia Isabel, más allá de adoradores y críticos, es un personaje que con apenas 15 años se niega a casarse con quien le imponen. Que, pese a su religiosidad, tiene una lucha moderna por los derechos de la mujer… en el siglo XV. Que albergaba en su cabeza una idea política que luego es vital para entender lo que luego sería España, aún con todas sus contradicciones… Y no hay que olvidarse de ello… Pero también veremos sus emociones como mujer (una mujer que apenas tuvo derecho a ser adolescente), sus pasiones como esposa, cómo va forjando el carácter hasta un pragmatismo y una dureza evidente, cuando es necesario…

Y, sobre todo, veremos cómo todos son capaces de intrigar y utilizar cualquier medio para su beneficio.

DESPEDIDA Y CIERRE

Sabemos, desde que empezamos a crear el proyecto, que, con una protagonista como Isabel la Católica, serán muchas y variadas las opiniones. Bienvenidas (si son desde el respeto y la profesionalidad) todas ellas. Buenas o malas. Porque lo que nunca hemos querido es marcar la visión del espectador en una sola dirección, hacerle ver las cosas de una sola manera.

Porque creemos que el espectador es inteligente y la caja tonta es bastante lista si se la usa con sensibilidad y cariño. Con eso (sensibilidad y cariño) hemos hecho esta serie. Con el objetivo de emocionar, divertir y demostrar que nuestra Historia tiene hitos, momentos y personajes que deben ser conocidos. Y que conocerlos puede ser muy entretenido.

Ahora, que la audiencia y la crítica nos juzgue, que para eso trabajamos.