PERO, ¿QUÉ QUERÍAS CONTAR?

Por Gabi Ochoa

Cuando esa lucha incesante entre tu parte creativa y tu parte analítica cesa, es que has parido una historia. Los cabos están atados (aunque sean con pinzas), las ideas están ordenadas y las causas y efectos están unas delante de las otras (eso que suele pasar en todo proceso aristotélico, ¿por qué somos tan aristotélicos en la ficción audiovisual?).

Pues no. No acaba ahí la cosa. Ahora viene ese momento que todos odiamos pero que acaba de ensamblar todo el proceso. La pregunta del millón.

¿Qué querías contar?

Recuerdo perfectamente cada vez que me la han hecho y en qué momento. Recuerdo incluso ir preparado para la ocasión, y con ella bien pensada. En la última, por ejemplo, en una cadena nacional, y me pasó lo que siempre me pasa: no atisbo a destilar el espíritu de la gran pregunta en la respuesta.

¿Y por qué?

Creo que uno de los grandes retos de los guionistas, y de los guiones, es tratar algo realmente profundo y que sin embargo no vemos. Todos escribimos por algo. Y escribimos esa historia para algo. Y cuando me refiero a profundo no es “trascendente”, sino que es nuestra manera de alzar la voz para decir lo que nos gusta, disgusta, agrada o no, lo que sea, algo (que palabra más extraña “algo”).

Creo que todos recordamos el arranque de 500 days of summer. Ahí estaba claro porqué escribían esa historia. Lo decían al inicio, bien clarito: venganza por un amor despechado.

Pero muchas veces esa información no aparece en pantalla, está en tu hipotálamo, en tu subconsciente, inconsciente o vete a saber. Está en algún sitio.

También es verdad que otras veces escribes por encargo, y ahí la pregunta ¿Qué querías contar? Se responde de una manera muy fácil: por el dinero que recibo. Obviamente no es siempre así, ya que cuando estás en ella intentas llevarla a tu terreno (otro concepto extraño “terreno”).

Pero dejando de lado los chistes, hay en la pregunta un lado perverso.

“¿Qué querías contar?” pone al que la emite en una posición cómoda, no se moja, no se plantea un reto, se lo plantea al que responde.

“Quien transmite la noticia de una muerte se ve a si mismo muy importante. Su sensación le convierte –en contra incluso de cualquier lógica- en mensajero del reino de los muertos. Pues la comunidad de los muertos es tan gigantesca que hasta quien sólo anuncia una muerte, advierte su presencia.”

“Dirección única” de Walter Benjamin

Estoy de acuerdo con Benjamin: el que sufre después de esa noticia, como el que está esperando la pregunta “¿Qué querías contar?” teme no saber contestarla, no saber ser sincero y sensato con su historia.

Pero luego resulta que tienes más claro la pregunta que la historia en si. Me ha pasado otro buen puñado de veces. ¿Sobre qué querías hablar? “Sobre la perversión del dinero” o “sobre la importancia del bien común y la sanidad como ese bien”, son dos premisas que están dentro de algunos de mis últimos trabajos escritos. Lo que siempre dudo es si he logrado destilar eso en el documento (léase tratamiento, guión o biblia) que he entregado.

Y por eso regresamos a las ficciones que nos han marcado, y que encierran dentro suyo, como un secreto, la esencia de ¿qué queremos contar?

Dos ejemplos:

Una serie que seguí con gran pasión, pero que se me borró de la mente nada más verla. Se trata de “The Following”, de un siempre inspirado Kevin Williamson. Tengo que reconocer mi pasión por este hombre desde sus homenajes (velados o no) al cine de los ochenta en “Dawson crece”. Pero en el caso de “The Following” ha primado tanto la pirotecnia del contar en pos de qué quería contar. Porque su argumento es entendible a la primera: malos y buenos, sectas y policías. Pero la reflexión que hay detrás… dudo cuál es. Si algún lector la sabe, por favor, están los comments para ello.

En el caso diametralmente opuesto está “House of cards” una ficción que me está destrozando. Amo a ese adorable hijo-de-la-gran-puta que es Frank Underwood, porque todos tenemos algo de Underwood, porque en el qué querían contar, el creador inoculó Macbeth y la perversión del poder. Una frase me dejó marcado en el capítulo 9: “Un gran hombre dijo una vez que todo en la vida tiene que ver con el sexo. Salvo el sexo. El sexo tiene que ver con el poder”.

A veces el “¿qué querías contar?” es la falacia más grande de todas, no hace falta contestarla. Otras es importantísima para el devenir de la historia. Pero es la historia la que te lo marca. Es importante que estemos atentos a ella, a lo que quiere contar, no a lo que nosotros queremos contar por ella. Tal vez así no nos hagan falta preguntas, sino historias.

EL GUIONISTA, EL EXCEL Y EL PRODUCTOR EJECUTIVO

Por Fernando Hugo (Firma invitada)

Fernando Hugo Rodrigo (@fernanhugo) es guionista, lector de guiones y ahora se ha pasado al mundo de la producción, trabajando en departamentos de desarrollo.

Participar en el máster Mega Plus de la Media Business School ha sido de una intensidad que requiere perspectiva. Dejaré para otro momento y lugar uno o dos posts sobre “cómo sobrevivir al Mega” porque la cosa tiene miga. Además, ustedes estarán más interesados en temas profesionales.

En España, el guionista, en general, no se permite el lujo (o el vicio) de encerrarse en su mundo, pegar la vista a su pantalla de ordenador, y vivir entre tarjetas escritas y rescritas con escenas y diálogos. En mi caso, se trataba de levantar la vista del ordenador un poco más hacia arriba. O más hacia el fondo, según se mire. Para descubrir el misterio oculto tras las palabras “productor ejecutivo”.  No lo es tanto ya, claro. Es un camino abierto por Javier Olivares, Nacho Faerna, o, me lo recuerdan las crónicas del III Encuentro de Guionistas, Xabi Puerta  (el primero que me dio una oportunidad, por cierto).

“Un productor ejecutivo es un guionista que le ha perdido el miedo a la hoja de Excel” dijo Puerta, según twitearon. Muy cierto. Este curso, con sus contenidos dispuestos y divididos en módulos, te recuerda que cualquier profesión, también ésta, se basa en conocimientos y habilidades concretas. Que se pueden aprender. Los que defendemos que escribir guiones es un trabajo más ya sabíamos que lo del guión también tiene normas, reglas.

A la vez, y ahí está la sabrosa contradicción, al igual que el guionista, el productor trabaja entre una serie de abstracciones que proporcionan el mismo potencial grado de ansiedades varias.

Christophe Vidal, representante de la rama de un banco (francés, claro) que financia películas, nos disparó la primera salva. El cine no es una industria. No producimos en serie. Producimos prototipos. Ahí estaba: avisando de la máxima que gravitaría sobre todas y cada una de las clases. Nadie sabe nada. No tenemos ni idea de qué va a funcionar.

No me entiendan mal. Muchos de los expertos que acudieron dicen saberlo. Nadie oferta un servicio a un cliente diciéndole “bueno, vamos a poner toda nuestra experiencia y conocimiento, pero oiga, con esto nunca se sabe”. Ya en el primer mes, era comentario común entre mis compañeros. Cuando cambiábamos de experto era como cuando uno ve una noticia en distintos canales. Una película diferente. Quien hablaba de televisión, crowdfunding, transmedia, remakes, defendían lo suyo, a veces sólo lo suyo, como la tabla de salvación del audiovisual. “Comedy does not travel”, pero confirmé que Los hombres de Paco se vendió y se vio mucho en Bulgaria. Rodar en inglés te asegura más ventas internacionales… pero el mercado estadounidense le puso las cosas difíciles incluso a The Impossible[i]. El “murder mystery”  (sobre todo, con giro “oscuro”) tiene audiencias fieles en Alemania y los países escandinavos también en televisión, pero hay casos de éxito y casos de fracaso. Un buen “package”, con director y actores populares, es la mejor carta de presentación, y nos encanta hablar de House of Cards, que parece que justifica su éxito por Kevin Spacey o David Fincher. Pero se nos olvida que, en el mismo Netflix, Hemlock Grove también ha tenido su efecto en las audiencias, sin cast conocido. Y con malas críticas, por cierto. Porque eso también se nos olvida. El éxito o el fracaso no tiene nada que ver con la (tan subjetiva) calidad.

Normal, que en el máster en algunos momentos nos tentara gritar a pleno pulmón: ¿pero entonces qué demonios es “seguro”?

Supongo que a muchos les hubiera gustado más coherencia. Más “las cosas son de esta (única) manera”. A mi que en parte las reglas sean endebles, subjetivas, parciales, me encanta. Me estresa, a ratos, es verdad. Pero me pasa como cuando, como (deformación profesional) guionista escuchaba y observaba cómo una acción o unas palabras de un compañero eran juzgadas por los otros de maneras tan distintas. Perspectivismo, que creo que se llama. El Mega lo que facilita es el “saque usted sus propias conclusiones”.

“Nadie sabe nada” es una canción que lleva sonando décadas. Pero es como si la música se aceptara pero la letra, el pie de la letra, se ignorara a propósito. Ahora ya no es tan fácil. La piratería, el descenso de las ventas de DVD/BlueRay[ii], las tendencias diferentes (a veces opuestas) de consumo de cine en distintos países, y de consumo de televisión, con las dobles pantallas, lo ha cambiado todo. Tras este terremoto, hasta el más sordo se ha parado a escuchar la letra de la canción. Un segundo, claro. En un negocio que mueve billones a nivel mundial, la singularidad tiene que absorberse. Que forme parte del paradigma.

“Ok. La industria ha cambiado. Aceptamos barco. Y ahora, por favor, ¿podemos seguir funcionando aunque sea con una nueva pila de reglas?”

Un compañero, un tipo inteligente, definía este ejercicio. Coger cada black swam, cada cisne negro, cada “irregularidad” que prueba que lo que decíamos ayer que era “la norma” es “bullshit” (mi compañero es británico), y asimilarlo al sistema. No sea que se nos venga abajo el castillo de naipes.

Ahora es fácil afirmar que The Walking Dead iba a ser un fenómeno. Pero el agente internacional de ventas de esta serie, uno importante, con una sinceridad aplastante[iii], nos reconoció que leyó el guión del piloto que le enviara AMC. Y su primera conclusión fue “Esto está muy bien, pero es producto de nicho”. Para frikis, para el fandom que se pirra por algo que no es sino un subgénero. Creo recordar que leí a alguien en Bloguionistas (diría que David Muñoz) contando la anécdota de que hace unos años un productor le dijo que eso de los vampiros no tenía salida.

Pero es que es imposible anticipar que querrá el público. Ahora, y más, dentro de tres años, la media para que una película consiga la financiación. Con las series de las cadenas en abierto, sí, los tiempos son menores (por eso, hay quien juzga la tele más cerca del concepto “convencional” de “industria”), pero saber que hasta las cadenas de cable americanas requieren años y complicadas negociaciones, te hace darte cuenta. Cuánto de intuición, de irracionalidad, tiene el proceso de crear un producto audiovisual.

Spielberg estuvo a punto de hacer Lincoln para televisión. Kathryn Bigelow tuvo que acudir a una heredera millonaria para financiar Zero Dark Thirty . La otra broma que hacíamos en el Mega es preguntarnos qué contendría el project proposal, el dossier, que elaboraran los productores de The Artist. Uno de los requisitos exigidos para este documento que entregamos al final de máster es el análisis de comparables: películas o series similares, que demuestren que ese género, ese tono, ese tipo de historia, ha tenido éxito, en taquilla o índices de audiencia. ¿Se imaginan qué “comparables” usaron los autores de una película muda en blanco y negro? Yo tampoco.

Es esa contradicción. No producimos para una cadena de montaje, pero igualmente necesitamos dinero: cash-flow (nuestra pesadilla durante el máster, por cierto). Tenemos que convencer a banqueros, cadenas de televisión, fondos privados (en España, no los hay; en el mundo, algunos) y fondos públicos que nuestra apuesta se sostiene sobre argumentos racionales.

¿Cómo se resuelve esta posición tan ilógica? Fácil. “Nadie sabe nada”, ya lo decía, no se escucha al pie de la letra, pero su música sigue siendo asumida por todos. Lo saben los distribuidores locales, los agentes de ventas internacionales, los exhibidores, las cadenas de televisión, los fondos privados o públicos.  No lo admitirán en público; tal vez ni siquiera a nivel consciente. Pero lo saben. Las cifras y los datos son una mera excusa. Las previsiones de “revenues” en tal país son entelequias. Apostar porque una tendencia (pongamos la ciencia ficción, ahora en alza) va a mantenerse en los próximos años es eso, una apuesta. Tan segura como jugar a la lotería.

Los mejores expertos que acudieron al Mega Plus defendían lo opuesto a lo que sugieren ciertos gurús (por cierto, normalmente ajenos al cine) que leo en Twitter o en blogs. Eso de “primero veamos qué quiere el público, y a partir de ahí, creemos el producto que están buscando”. No. Es el camino inverso. Primero, encontremos una propuesta de película o de serie que nos apasione. Luego busquemos cómo convencer a los demás. Un posible truco puede ser que abramos el abanico y busquemos esa gente más allá de nuestras fronteras.

En todo caso, si te vas a tirar tres años empujando un proyecto, que sea por algo en lo que creas. Los datos y cifras apoyarán mejor o peor tus argumentos, pero, al cabo, lo que quieren oír es pasión. Por una historia, por cierto. Lo crean o no, fuera de España lo que tiene mucho pero que mucho peso es el guión. Una buena historia. Una historia bien contada.

Algunos me dirán que exagero. Bueno. Aceptemos barco. Seguro que hay un mínimo de normas comunes de qué puede y qué no puede funcionar. Seguro. A ver quién las encuentra.


[i] Vean las recaudaciones en Estados Unidos, y las que hizo en el mercado internacional. Pareciera que el “package” con actores de renombre ayudan a vender al mundo, pero no tanto en el gigante americano.

[ii] Por cierto, menos acusada en Estados Unidos de lo que muchos creerían. El fenómeno es más propio de Europa.

[iii] Tanto que, por cierto, descubrimos con cierta grima el grado de hijoputez supina que este brazo del proceso puede llegar a tener; por ejemplo, haciendo teasers/trailers engañosos, para vender películas a distribuidores locales que no ven el producto completo.