AFORISMOS, IMPERTINENCIAS Y DESPEDIDAS.

yo_barcelonetapor Paco López Barrio

Pues bien, amigos, hasta aquí hemos llegado. Este blog se cierra después de habernos dado tantas alegrías. Como no me quiero poner sentimental, mejor me pongo “estupendo”. A ver qué dia nos vemos y nos tomamos una cerveza los que sigamos siendo amigos después de estos 35

AFORISMOS

1. Algunas historias son ficción. Algunas historias son mentira. No es lo mismo.
2. Hay historias con final feliz e historias con final falaz.
3. El cineasta es un artista, pero el cine no es un arte: es un contenedor de las demás artes.
4. Toda historia de amor lleva implícito un Deus ex Machina.
5. Si el final es bueno, el segundo acto no necesita tener ni pies ni cabeza. Funciona.
6. El crítico que “descubre” una influencia en una historia es un imbécil o un inculto. Una historia, sobre todo si es una buena historia, no tiene menos de 50 influencias. Y el autor es muy consciente de la mayoría de ellas.
7. Los protagonistas sociópatas y atormentados son un chollo: con ellos todo vale.
8. Escribir sobre gente corriente no está al alcance de cualquiera. Hay que tenerlos muy bien puestos para mirar fijamente a los ojos de un donnadie.
9. Por buena que haya sido una serie, de la tercera temporada en adelante se culebroniza sin remedio.
10. Intenta mirar con tus ojos de niño. Nunca fuiste tan salvaje como entonces.
11. La mayor virtud de un artista (pero el peor defecto de un artesano) es ser inconfundible.
12. Muchos actores que parecen malos en realidad son buenos, pero con las mierdas que les escribimos es un milagro que lo demuestren.
13. Ningún actor es tan bueno que no parezca malo haciendo publicidad.
14. Si aciertas con la atmósfera ya tienes más de la mitad del trabajo hecho.
15. La calidad media de la ficción aumentaría si se dejase fumar en las reuniones.
16. La gente de la calle habla con abundante subtexto. Menos cuando quieren impresionarnos: entonces hablan como en las películas mal dialogadas.
17. Era un dialoguista de puta madre: nadie escribía silencios como los suyos.
18. Lo más jodido de manejar es decidir quien sabe cada cosa y en qué momento. Y quien sabe o no sabe lo que los otros saben o no saben. Como en la vida real, vaya.
19. A efectos de escaletar, podemos considerar de época cualquier historia ambientada antes de la generalización del teléfono móvil.
20. Esmérate escribiendo los papeles de hijo de puta. Normalmente será mejor actor que el héroe.
21. En las historias que tratan de “cualquiera de ellos puede haber sido” es suficiente con ver el principio y el final. Todo lo que hay en medio ya sabemos que serán descartes.
22. Un director sensible podría sacarle más provecho a dos líneas de poesía en la descripción de una escena que a esa especie de plano de mueble de Ikea que solemos darle.
23. Las historias de superación son mucho más previsibles y alicortas que las de envilecimiento.
24. El verdadero reto no es sorprender al espectador, sino a los demás personajes.
25. Muchos pueden escribir buenas escenas de acción. Las buenas escenas de reacción están sólo al alcance de los elegidos.
26. Nunca debimos desterrar “donaire” y “filigrana” del vocabulario crítico.
27. A veces sospecho que estais haciendo manitas bajo la mesa italiana.
28. En la vida real la verdadera tensión sexual llega tras el primer polvo, no antes.
29. Si un personaje debe decir cosas ingeniosas, puedes fusilar a Kant, Wittgenstein o San Agustín que nadie lo notará. A Paulo Coelho no, te pillarán enseguida.
30. La prueba de que una historia con una premisa tramposa y mal estructurada puede ser un éxito es el chiste del perro Mistetas. Tengo otros ejemplos, pero ya tengo bastantes enemigos.
31. “Le ponemos música y emocionará” es el nuevo “Esto lo arreglamos en postpo”.
32. Las webseries son una excelente oportunidad para demostrar que tu también sabes escribir comedia casposa.
33. Todo es plagiable, menos una emoción.
34. De todos tus aburridos personajes, el que más me aburre eres tu mismo.
35. Algunos de estos aforismos son verdad, otros son mentira. Los que me conoceis jugais con ventaja.

RELATOS DE VERANO #2: PLÁSTICO FINO

Un relato breve de Rafa Ferrero

Plástico fino

Un plástico fino cayendo sobre el asfalto un caluroso día de verano a medio día. Eso, pensaba él, era lo más cerca que un ser inerte podía estar de representar el sufrimiento. Lo había visto una vez siendo todavía un niño y, no sabía muy bien por qué, esa imagen se le había quedado grabada.

Nada más tocar el pavimento, el plástico empezó a retorcerse, a plegarse sobre sí mismo deformándose, dando la sensación de que realmente era capaz de sentir dolor.

Fue un proceso lento y casi hipnótico que acaparó absolutamente toda su atención durante más de un minuto. Sesenta segundos en los que también se sucedieron al menos un par de movimientos bruscos, hacia el segundo quince aproximadamente, como si a aquel ser ya deforme acabase de desencajársele una articulación o estuviese sufriendo convulsiones.

En algún momento, tal vez en el segundo cincuenta y dos del proceso, incluso le pareció oír algo muy parecido a un grito agónico de voz aguda que se fue apagando a medida que la tortura terminó.

Desde aquel día pensaba que cualquiera que contemplase algo así con el estado de ánimo adecuado podría llegar a sentir compasión por aquel objeto. No importa que el plástico no pueda sufrir, cuando asistimos a una representación tan cercana al sufrimiento real, no podemos evitar sentir lástima, ese sentimiento empático que en realidad a penas enmascara algo mucho más fuerte, la sensación de alivio que se siente al no ser el que sufre.

Eso al menos era lo que pensaba él, que incluso un puto trozo de petróleo refinado era capaz de remover algo en las tripas de la gente. Por eso la idea de que su historia, la historia en la que llevaba trabajando meses, fuese incapaz de hacer sentir nada a nadie le atormentaba.

No había dejado que nadie la leyese, pero no era necesario, él sabía que aquello no funcionaba. Así que lo mejor que podía hacer era irse. Olvidar aquello una semana o dos y tratar de volver con la mente despejada. Tal vez, si pasaba el tiempo suficiente alejado de aquella historia, conseguiría perderle el respeto, mirarla con el suficiente desapego como para mutilarla por donde hiciera falta sin sentir remordimientos, incluso aunque el miembro amputado fuese su favorito.

Así que hizo la maleta y se prometió a sí mismo que dejaría de pensar en personajes y tramas durante al menos esas dos semanas.

El camping

En su bloque vivía una niña llamada Ariadna. Lo sabía porque había oído a su madre gritar ese nombre a eso de las 8:45 de la mañana decenas de veces. Él a esa hora ya solía estar trabajando frente al ordenador y, por lo oído, a aquella niña se le solían pegar las sábanas. Cada vez que Ariadna estaba a punto de llegar tarde al colegio él lo sabía. La madre de la niña no contaba con el don de la discreción, pero sí con una admirable capacidad pulmonar que no dudaba en usar para tratar inútilmente de disciplinar a su hija. Después de casi un año viviendo en aquel edificio aquellos gritos se habían convertido en algo cotidiano. Ariadna y su madre formaban parte de su día a día. Por eso le resultaba extraño, incluso incómodo, no tener ni idea de qué aspecto tenían.

Más de una vez se había asomado a la ventana que daba al patio interior a eso de las 8:44 tratando de cazar a la madre gritona, pero resultaba realmente complicado adivinar de qué ventana exacta provenían aquellos gritos. Parecía que salían del edificio de en frente, pero en los patios interiores los sonidos rebotan y, teniendo en cuenta el volumen al que esa mujer proyectaba el nombre de su hija, mientras él vigilaba las ventanas de enfrente Ariadna podía estar luchando con sus legañas cuatro pisos más arriba en su propia escalera.

Una vez incluso salió a la calle a eso de las 8:55 para intentar verlas. Dos minutos antes le había llegado la noticia por el canal habitual de que Ariadna iba a ponerse un jersey azul, por lo que decidió darse un paseo matutino en busca de la niña del jersey azul, pero no hubo suerte. El bloque de edificios era grande, tenía portales que daban a cuatro calles distintas y, teniendo en cuenta que no sabía por qué puerta iban a salir, el operativo de búsqueda compuesto por un solo efectivo resultó ser insuficiente.

Después de casi un año viviendo tan cerca, Ariadna seguía sin tener rostro y probablemente así seguiría por mucho tiempo, tal vez para siempre. Por eso le gustaba tanto ir de camping en sus vacaciones.

En la ciudad los vecinos comparten edificio durante años sin necesidad de verse las caras. Pero en los campings sucede todo lo contrario. A veces puedes saludar de tú a tú a tus nuevos vecinos incluso antes de plantar la tienda. La gente comparte espacio vital, las parcelas son como expositores abiertos al público, no hay paredes y si las hay, son de plástico fino.

Los nuevos vecinos

El kiosco estaba justo en la otra esquina del camping, por lo que cada mañana se daba un paseo de ida y vuelta hasta allí cruzando de punta a punta el recinto y observando el modo en que el hormiguero humano se ponía en marcha.

La mayoría de los días las noticias impresas eran mucho menos interesantes que lo que sucedía en la parcela 112 o lo que parecía haber ocurrido durante la noche en la 307.

Era habitual, por ejemplo, pararse un poco en la 74 a hablar con Gilbert, un abuelo francés que solía quedarse sólo en la parcela de buena mañana cuando su familia se iba a la playa a colocar la sombrilla en primera línea.

Pronto encontró su parcela favorita, la 24. Allí un cincuentón compartía una caravana con un adolescente. Parecían padre e hijo en todo excepto en el modo en que el hombre mayor tocaba al joven.

Tal vez sólo fueran imaginaciones suyas, el resultado deforme de su propia forma de observar. Pero aquella hipótesis hacía que cada mañana, al pasar por delante de la 24, sintiese que el pulso se le aceleraba. La idea de poder cazar cualquier pista que pudiese corroborar su hipótesis le emocionaba y cada mañana el paseo hasta el kiosco le proporcionaba una nueva oportunidad.

Si hubiese plantado su tienda en la 25 probablemente ya habría resuelto el misterio. Podría observarles disimuladamente mientras fingía que leía el periódico. Pero no, él estaba en la 235 y cuando fingía que leía, lo que observaba eran las discusiones de una pareja de jubilados alemanes. Por lo que, a priori, parecía que le había tocado en suerte la primera fila para un espectáculo de segunda. Pero pronto se dio cuenta de que aquella pareja podía llegar incluso a superar en suspense a la de la parcela 25.

Las discusiones de los jubilados alemanes eran siempre en un tono de voz moderado, discreto. Pero observándoles descubrió que la violencia que se desprendía de ellas resultaba brutal. El hombre era corpulento y la mujer parecía sentir un miedo sincero hacia él. No entendía una palabra de lo que decían, pero su expresión corporal hablaba por sí misma. Jamás les vio tocarse, la mujer guardaba las distancias y se comportaba como lo haría una sirvienta temerosa de su amo. El hombre aprovechaba cualquier torpeza de ella para machacarla. Más de una vez le pareció verla llorar, pero nunca estuvo seguro. Hasta que un día, sin más, la mujer desapareció y su mente de guionista dejó de estar definitivamente de vacaciones.

El zippo, el ajedrez y la madrugada del último día

¿Era el único que se había dado cuenta? Una mujer había desaparecido y su asesino seguía en el camping como si nada, aparentemente más tranquilo que nunca, como si se hubiese quitado un peso de encima, como si hubiese conseguido su objetivo.

Sabía que muy probablemente aquello sólo fuesen imaginaciones suyas. Tal vez la mujer había decidido volver por su cuenta y ya estaba en Berlín, en Bremen, en Landau o donde quiera que viviese, quejándose a su hija de lo cabezota que se había vuelto su padre con los años. Pero… ¿y si no era así?

Él sólo sabía que cada vez se pasaba más horas al día leyendo el periódico en su parcela y cada vez estaba menos al día de la actualidad nacional, mundial o deportiva.

A su vez, el alemán también parecía anclado a su parcela. A penas se movía de allí ni hacía nada más que beber güisqui, recargar una y otra vez su zippo y mover las fichas de un tablero de ajedrez de plástico como si jugase una partida contra sí mismo.

Mientras le observaba, su mente enferma no paraba de crear hipótesis. ¿Y si el cadáver de la mujer estuviese en la tienda? Tal vez por eso no se movía de su parcela, por miedo a que alguien lo descubriese.

Tenía que echar un vistazo. Era su último día de vacaciones y no podía irse de allí sin al menos intentar averiguar algo. Fue entonces cuando se le ocurrió una de sus estupideces. ¿Y si jugaba una partida de ajedrez con él? Sería una buena forma de acercarse, de pasar un rato en su parcela y, tal vez, echar un ojo al interior de la tienda. Y, si no descubría nada, al menos siempre recordaría aquel verano como aquel en el que jugó una partida de ajedrez con un asesino.

Le costó dar el primer paso, pero los otros tres vinieron solos. Para cuando quiso darse cuenta estaba a menos de un metro del alemán y señalando el tablero de ajedrez. El hombre le miró de arriba a abajo como descubriendo su existencia. Durante un par de segundos pareció dudar, pero después le hizo una seña dándole permiso para sentarse.

El hombre soltó la botella por un momento, cogió un peón de cada color escondiéndolos en aquellas manos enormes y le dió a elegir a él, a ciegas, el color con el que jugaría. Le tocó jugar con blancas.

La partida duró varias horas y ambos permanecieron en silencio todo ese tiempo. Ya de madrugada, cuando a penas quedaban diez piezas encima del tablero, tuvo una sensación extraña, la sensación de que en aquella partida estaba en juego algo importante.

El hombre no había dejado de beber desde que se habían colocado las piezas en el tablero y, aunque parecía buen jugador, había cometido varios de errores graves. Casi cualquiera, incluso sin tener grandes dotes como ajedrecista, podría haberle ganado la partida llegados a ese punto.

Se le pasó por la cabeza que tal vez lo habría hecho a propósito. Pero cuando el jaque mate estuvo claro, se dio cuenta de que no. Aquel hombre no quería perder, de hecho, parecía tener miedo a que la partida acabara. Pero acabó. El guionista, sin estar muy seguro de lo que hacía y sin saber qué consecuencias podía traerle aquello, tomó al rey negro con su alfil.

Entonces, aquel alemán enorme, sencillamente echó un último trago, cogió su zippo y la lata de combustible de encima de la mesa, se levantó y se metió en la tienda. Sin mirarle, sin decir una palabra.

El guionista se quedó allí sentado, tomándose unos segundos para asimilar un final tan decepcionante y preguntándose qué habría pasado si en vez de ganar hubiese perdido la partida.

Se levantó y se fue, pero ni siquiera había dado los cuatro pasos de vuelta que le separaban de su parcela cuando un fogonazo de luz le obligó a girarse. La tienda del alemán estaba en llamas.

No pudo hacer nada más que contemplar cómo la lona de la tienda empezaba a plegarse sobre sí misma atrapando en su interior al alemán.

Alguna vez había oído hablar de ese efecto. Al prenderse fuego en el interior de una tienda de campaña, las llamas consumen el oxígeno que hay dentro provocando que las paredes, casi siempre hechas de plástico fino, se peguen unas a otras haciendo imposible la escapatoria.

Ante él, aquella masa de plástico incandescente se retorcía dejando entre ver la silueta del alemán todavía vivo en su interior. Durante más de un minuto aquella visión acaparó absolutamente toda su atención, transportándole a aquel caluroso día de verano en el que, siendo todavía un niño, sintió lástima por un simple trozo de plástico fino y preguntándose por qué ahora no era capaz de sentir lo mismo.

La vuelta a casa

Al día siguiente los periódicos hablaban de que una pareja de jubilados alemanes había muerto tras incendiarse su tienda en un camping de la costa española. Pero nadie hablaba de eso en su edificio, la noticia más importante del día era que una de sus vecinas había sido ingresada en un psiquiátrico por paranoia. Al parecer, tenía la costumbre de hablar a gritos con una hija imaginaria.

Intentó escribir, reemprender aquella historia desde donde la había dejado, pero le costó volver a la rutina. Las mañanas ya no eran lo mismo sin Ariadna.

RELATOS DE VERANO #1: DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE NAZARET

Comenzamos una serie de relatos de verano en Guionistasvlc. Cada semana uno de ellos publicará un relato. Comienza el periplo gabkarwai.

 

Un relato breve de gabkarwai

A un policía de los de entonces, mi padre

A un periodista de los de ahora, Rodrigo Terrasa

“Creo con todas mis fuerzas que debo hacer por los demás lo mismo que hacen por mí. Bueno o malo, y me aseguro bien de que todos cuantos me rodean lo sepan también, porque déjame decirte algo: he descubierto que sea cual fuere la mierda a la que he de enfrentarme, sea cual fuere la conducta animal con la que he de luchar, eso mantiene mi decencia, hace que la gente a mi alrededor sea decente, y en los tiempos que corren la decencia, la simple decencia humana, está siendo tan rara como ver mear a una gallina, ¿de acuerdo?”

“El samaritano” Richard Price

1

La primera patada no le pareció excesiva. Desde el balcón todo se veía de lejos, todo parecía pertenecer a otra realidad. Luego vio como alguien le agarraba de los pelos y lo empujaba unos tres metros. Le siguió una patada en la boca del estómago y un empujón con la pierna que lo arrastró algunos metros más. Su cuerpo reventado se quedó en medio de la calzada. Después, voló una patada que le reventó literalmente la mandíbula. Vio sangre y dientes caer de la cara de aquel pobre diablo. Esa fue la primera vez que Juan apartó la mirada. Se creía un hombre con 17 años, pero aquella patada le devolvió a la realidad. Siguieron gritos “no lo matéis”, seguido de forcejeos, insultos, más patadas, más empujones. En uno de ellos logró entender algo sobre un robo. Rápidamente, por la conversación entre su madre y la vecina de al lado, comprendió que se trataba de un raterillo que lo habían pillado robando. No le quedó claro si un coche o en una tienda.

– No os mováis de aquí y no abras – dijo su padre mientras se metía la pipa tras el cinturón. Se bajó a la calle.

Cuando volvió a mirar, ya habían apoyado lo que quedaba de su boca en el bordillo. Y oyó su silbido.

– Guardia civil, manos en alto por favor.

Su padre se hizo valer y sacó la pipa para que quedará claro quien era. Aquellos toros pararon y el ambiente se calmó. La local no tardó en llegar.

Balance: el diablo al hospital (y más tarde a prisión) y aquellos salvajes aún están pendientes de juicio. Y solo declarará una persona: su padre.

Ese fue el comienzo del verano del 1997 en el barrio de Juan.

Juan recordaba todo esto quince años después mientras volvía de ese juicio con Antonio, su padre, que conducía su antiguo Opel Corsa por Nazaret. Llamar así a uno de los barrios más deprimidos de Valencia suena a guasa, casi a mala baba, pero allí pasó Antonio más de seis años, patrullando aquellas calles. Ahora está pre-jubilado. Bueno, lo “pre-jubilaron”.

Antonio le señala una zona derruida a Juan:

– Allí, de un pico, murió el Pipa, ¿te acuerdas de él?

Como no acordarse, piensa Juan. Jorge Raya, alias “El Pipa”, era uno de los mayores del barrio. Cuando era pequeño jugaba con él al básquet. Luego la progresión de muchos de ellos: discotecas, ruta del bakalao, fiesta, droga, picos, ataúd.

Hasta llegar al bar Manqui, Antonio saluda a dos o tres personas.

– El payo don Antonio. – le abraza uno que parece el patriarca de una familia gitana.

Almuerzan con un antiguo amigo de Antonio, Miguel. Les habla de la degradación del barrio, la pena que supuso que quitaran el cuartel, las romerías divertidas que hay algunas noches por allí,

– Lo importante es no perder la alegría. – dice, y luego sigue hablando de la Fórmula 1, aquello que oyen y nunca verán. Desde allí se puede ver el Assot d’Or o el “jamonero”, como se le llama comúnmente en Valencia. Es el puente de Calatrava que parece un escorpión. El problema es que con la crisis, se ha picado a si mismo y la ciudad muere de inanición.

Por un momento sale el nombre de Esteban Torró y los dos, Antonio y Miguel, dos viejos zorros disfrazados de antiguos guardias, guardan silencio. Eso mosquea a Juan. Los dos hacen como que pasan del tema, pero se les ve jodidos, molestos.

Cuando ya vuelven al barrio, en ese coche que no tiene aire acondicionado (porque Antonio decidió no ponérselo) a 37 grados a la sombra, Juan decide atacar.

– ¿Quién es Esteban Torró?

Como siempre hace, Antonio le mira por encima del hombro. Vuelve a mirar a la carretera y calla.

– Esteban Torró Moliner. Administrador del Grupo Avecom. Imputado por la trama Gürtel por la visita del Papa. Mi “pre-jubilación”.

Y calla.

2

Juan googlea: Esteban Torró Moliner. Nada, solo encuentra su relación con la trama Gürtel pero ni rastro de quién es. En google imágenes está lleno de fotos de El Bigotes y Correa, ahora tan demacrado. Juan decide investigar por su cuenta. Le manda un correo a un antiguo amigo del colegio, Roberto, que ahora trabaja de periodista en El Mundo. Tampoco le suena. Juan deja de insistir hasta que tres días más tarde Roberto le manda un enlace. Solo una frase en el mensaje: “Mira a ver si es ese, el que está al lado de la rubia de bote que está cogida al Bigotes”. Al verlo se le aparece un hombre de unos 50, trajeado, algo serio y con pocas canas porque usa, seguro, grecian 2000. Pero algo de su mirada le llama la atención, le recuerda a algo. Y sabe qué es.

Mayo del 2007, inauguración del Berklee College of Music. Juan acaba de sacarse la oposición como profesor de literatura de secundaria, aunque ha escrito alguna que otra obrita de teatro. Y por eso le invitan a la inauguración, como socio de SGAE, de la mega-institución musical. Delante de él, camino a la mega-carpa que han instalado, van un padre y su hijo trajeados. Juan se acerca a ellos para oír su conversación.

– Es que a mi, papá, la música no me mola.

– Y que te tiene que molar. Yo te presento a Enrique, que tiene contactos allí y cuando esté terminado un despachito para ti, ¿ok?

– ¿Y no podría ser en lo del cine, que me mola más?

– Tú entras ahí y luego ya veremos, no te jode. ¿Te piensas que yo soy el president de la Generalitat o qué?

Esto es Valencia. Esto y algo que deja anonadado a Juan y que seguirá investigando durante tiempo: la capacidad de oratoria del presidente de la Generalitat, Paco Camps, que embelesa al público. Y también el tú a tú de Rita y la grima que da Teddy Bautista. Estos tiburones saben bailar con la más guapa, pero también con la más fea. Juan piensa que espera no estar nunca delante de uno de ellos. Pero sigue pensando en ese padre e hijo que andaban delante suya. Al fondo distingue al padre saludando a diestro y siniestro. Es él, lo recuerda perfectamente: Esteban Torró Moliner.

Como lo que será el Berklee College of Music queda cerca de casa de sus padres, Juan decide comer con ellos. En el camino, se cruza con el Pipa.

– ¡¡Juaaaaan!!

El Pipa lo llama subido a un banco del parque. Juan lo saluda y le sale del alma.

– ¡Ese Pipa!

– Parapapipa paparopó, paparopó. – contesta el Pipa cantando. Y sonríe. Tres dientes sobresalen entre toda esa mugre.

En la comida los padres de Juan discuten sobre un tal Alberto.

– Pero, ¿quién es Alberto?

Antonio le explica, medio cabreado, que le ha entrado a su madre porque sabe que el piso de la yaya se ha quedado libre y le ha hecho una oferta de compra. Es un constructor del barrio que está comprando pisos a gó-gó. Sí, dice a “gó-gó” como el que utiliza el quizás. Y también suelta que no le cae bien, y punto. Asunción, la madre, espeta que el señor es muy atento y ha sido muy cortés, y que si Antonio es un cerril, ya tiene dos cosas que hacer: cabrearse y descabrearse.

Días después Juan lo conoce. Alberto Sabater, de la inmobiliaria CentroSA. En un bar del barrio, un amigo común los presenta. Juan reafirma aquello que su madre dijo: un señor cortés, y atento. Pero a él no se la dan, bajo esa capa de gomina se encuentra un depredador. A la segunda caña tira el anzuelo.

– El hijo del picoleto, ¿no?

– Bueno, nadie es perfecto. – contesta medio divertido Juan.

Alberto ya ha salido a la caza. Habla de lo cerrado que es Antonio y de lo fantástico que se está quedando el barrio, de las posibilidades del Parque Central, del piso de su abuela, “una gran mujer” remata. Juan, que lo prevé, hace un amago de llamada y se disculpa. – Mi mujer. Lío con los niños. Me voy. – Y zanja el ataque. Pero ya conoce a Alberto.

Una llamada rutinaria de Juan a su madre le deja con la mosca tras la oreja. Asunción le comenta, así de pasada, que su padre, Antonio, se ha ido a Ponferrada, por una investigación. Le ha pedido que no diga nada, pero está preocupada. Últimamente tienen algo gordo, se pasa el día diciendo “algo huele a podrido en la Generalitat” y no suelta prenda.

Juan cuelga y piensa: – ¿Ponferrada?

Como Juan trabaja en un colegio cercano a casa de sus padres, pasa cada cierto tiempo a verlos. Les dice que ha conocido a Alberto, el de CentroSA. Asunción mete cizalla:

– Pues Amparín ya ha vendido el de su suegra. Le van a soltar un pastizal. – Pero Antonio calla, no dice nada. Juan quiere saber algo de Ponferrada.

– ¿Y qué tal por León papá?

– Frío, que quieres que haga.

– ¿Y las gestiones?

Antonio termina de sorber la sopa y mira como Asunción se retira a la cocina.

– Hay un mamoneo en la Generalitat, que ni te cuento.

– Eso ya lo sabíamos papá.

– Pero están desviando dinero público ilegalmente.

– ¿Es lo que estás…? – pero llega Asunción. Los dos se callan y Antonio solo llega a decir, – Luego te cuento, que ya ha llegado la poli.

– Ya está tu padre con las conspiraciones.

Y siguen comiendo.

– La cosa consiste en lo siguiente: la visita del Papá se retransmite por Canal 9. Esta subcontrata el sonido a una constructora leonesa. Ahí saltó la liebre. Ahora estamos detrás de a quien subcontrata estos pájaros. Estamos hablando de más de un millón de euros.

– ¡Jo-der!

La conversación deriva en si no debería ser un concurso público y en cómo llega una constructora a llevarse semejante pastel.

– En eso estamos. Debe haber alguien gordo detrás.

Sentado en el parque Juan se lía su último cigarro del día. Quiere dejarlo, por eso se lo hace antes de llegar a casa. El Pipa llega allí muy excitado y bailando con un sobre en la mano.

– ¿La paga extra? – suelta Juan socarrón.

– Chaval, la comisión que me da el tito.

– No sabía que trabajaras.

– Uno tiene una reputación, jajaja. – y Juan le vuelve a ver esa dentadura picada. – va a caer un gramito antes de la cena y luego me voy a Los Bestias a cenar. Venga chaval, te invito.

– No gracias Pipa, mi mujer y los niños me esperan. Me termino este y me piro. ¿Y quién es el “tito”?

– El tito Alberto que le consigo clientes.

– ¿A CentroSA?

– Que va, el tito trabaja en un joldin’ d’esos, y se ha llevado de putas a todos. ¿Y quién les lleva el perico? – y se señala a si mismo mientras se ríe.

– Menudo estás hecho. – y el Pipa sigue riéndose.

– Y el peor es un figura con los bigotes largos. Menudo ficha nano, menudo ficha. Ese, uno calvo con perillita que sabe más que pesa, Pinillas, y el Torró, un señor de esos trajeados que seguro que es de lo que les gusta el sado. Como si lo viera. – y suelta otra carcajada.

Y mientras Juan recuerda la descripción del Pipa, busca rápidamente en internet una noticia donde el Bigotes estaba con una motaza y un tipo calvo: Bigotes y Pinillas y al fondo el tito Alberto, y de espaldas, Torró. Bingo.

3

– Siempre he pensado que la vida es como una canción de Eels: molesta, absurda, que habla sobre las miserias y algunas esperanzas sin dejarte nada claro. Como “Dog faced boy”. O “That’s not really funny”. – Eso piensa Juan mientras corrige exámenes. Tal vez sus últimos exámenes en el colegio donde da clases en Valencia. El año que viene lo trasladarán. Si tiene suerte acabará en Tavernes. Si no, más allá de Requena. Y él tiene suerte porque muchos de sus compañeros no volverán a trabajar. Se les llama interinos y han pagado la crisis. Y mientras piensa todo esto recibe una llamada de su padre:

– Han ingresado a mamá. Se asfixia.

En el pasillo del hospital, Juan y Antonio actúan como un padre y un hijo que nunca han sabido qué decirse.

– ¿Te sacaste las recetas? – dice Antonio.

– 14 euros las gotas ahora.

– Hijos de puta. Están reventando este país.

– Siempre ha sido así. – murmura Juan con la boca pequeña.

Y guardan silencio. Por el pasillo aparece Amparín, una de las vecinas.

– ¿Cómo está Asunción?

– Bien, ha sido un ataque, pero nos han pedido que guarde reposo sola.

– Ay, que susto hijo. –  La señora se sienta junto a Antonio y guarda silencio. Pero parece que algo la reconcome y tiene que explotar.

– Menudos ladrones. Ya no sé que hacer. ¿Tú Antonio no me podrías ayudar con los de centroSA? – pregunta nerviosa.

– Si ya cerró hace año y medio. Se lo dije a tu marido, que en paz descanse, que Alberto no era de fiar. Puedo hablar con los de judicial, pero no te prometo nada. Está en busca y captura.

– Un caradura. Un sinvergüenza. Un… mira me callo que me enciendo.

Juan sigue atentamente el cruce de frases entre Antonio y Amparín (porque aquello nunca será una conversación) y se entera que a la familia de la vecina le deben más de 75.000 euros. CentroSA fue una inmobiliaria que reventó el mercado pero nunca terminó de pagar los pisos que se quedó, una de las tapaderas de Lemon Market. Ahora algunos de los jefes están desaparecidos.

Es junio del 2007 y Juan ayuda a Antonio a cambiar la rueda pinchada del coche de Antonio. Cerca del lugar Antonio ha encontrado una jeringuilla reventada. Se nota que con ella intentaron pinchar la rueda. De hecho en la llanta se ha quedado restos de sangre. Antonio los recoge con parsimonia y los mete en un frasquito que lleva.

– 100 euros a que sé de quién es.

Y Juan también. Todos conocen al yonqui de la zona, pero se preguntan el porqué. A Antonio lo llama el Chispas, uno de los compañeros de Antonio de la brigada judicial en la que ahora trabaja. Le dice que le recoge en menos de cinco minutos. Y allí se planta.

– Pinchazo: Alonso Galindo, el de Ponferrada, ha hablado con un empresario de Torrent. Le ha llamado Steven, pero hemos logrado pillar la señal. Polígono industrial de la ciudad, cagando hostias.

– ¿Y el chaval? – pregunta Antonio.

– Que se venga, pero calladito.

Antonio, Juan y Chispas tiran hacia el polígono industrial. Al llegar cerca de la nave, aparcan el coche algo lejos. Se dividen en dos: Antonio y Juan por un lado, y el Chispas con su Canon por otro. Entran en la calle y lo primero que ven son dos BMWs negro metalizados. En la puerta de uno un tipo con traje, esperando. Antonio le hace una seña al Chispas diciéndole que se dirigen al bar del fondo. Al pasar delante del coche que custodia el hombre trajeado, Antonio mira de reojo para adentro. Solo consigue ver unos vaqueros. Pero es Juan quien sí ve a quien hay en aquel coche: el Pipa. Intenta girarse, pero Antonio le hace un ademán de “ni lo intentes”. Los dos oyen a gente salir del almacén.

– ¡Pásame el móvil, pásame el móvil! – le susurra rápido a su hijo.

-¿Para qué?

– ¡Rápido, venga rápido!

Juan se lo pasa y Antonio lo coloca ante sus ojos, buscando el reflejo de la pantalla. Y logra verlo un instante, mientras que pasan por la pantalla: Alberto el de centroSA con un hombre gris de unos 50 y un maletín. Y los deja de ver. Oyen el coche salir y se giran. El Chispas llega con el coche y suben raudos. Solo añade:

– Ni las fotos de la comunión de mi sobrino me salieron mejor. Los tengo. – Y todos salen en el coche del Chispas rápidamente.

Juan siempre recordará al Chispas por ese día. Y es que está a unos minutos de volverlo a ver después de casi 5 años. Va al antiguo cuartel de su padre a recoger un paquete que ha llegado a su nombre. El Chispas lo recibe con un gran abrazo.

– ¡Chaval, como has crecido! Si antes no tenías ni media hostia, mírate. Ahora el que no tiene media hostia soy yo. – y se ríe de una manera socarrona y particular. Lleva el pelo desgarbado, canoso y con el cigarro constante en la boca.

– Yo ya sé que aquí no se puede fumar, pero para lo que me queda, y tú no vas a decir nada, ¿no? ¿Cómo está tu madre?

– Bien, ya está estable, es una asfixia que le da en verano.

– Que nos hacemos mayores chaval.

El tiempo pasa para todos, y más para el Chispas. Cuando le da el paquete, Juan se atreve a preguntar.

– Oye, ¿te acuerdas aquel día que fui con vosotros… a un polígono industrial por Xirivella, Alaquàs,…?

– A Torrent sería. El caso Torró. Claro chato. Menudo pollo.

– ¿No tendrás las fotos que hiciste ese día? ¿Las puedo ver?

– Eso es secreto de sumario chaval… pero va, están digitalizadas, de aquí no salen, ¿ok, nano?

– Vale.

El Chispas lo lleva por pasillos y entran a un cuartito cochambroso. Hay cuatro ordenadores, y alguna taquilla. Esa es la unidad de policía judicial de Aldaia. El Chispas se pone a buscar en la base de datos.

– Aquí las tienes. Siéntate.

Conforme va pasando las fotos, Juan va viendo un apretón de manos entre Alberto Sabater y Esteban Torró, luego se llega a ver sacar la cabeza del Pipa del coche y como Alberto, su tío, se la vuelve a meter en el coche.

– Tío y sobrino. – señala Juan.

– El camello de toda la red y este, en busca y captura: Albertito. Menudo figura.

– Y Torró.

– Sí.

– ¿Por qué ese tío prejubiló a mi padre?

El Chispas da una calada al cigarro y lo apaga. Le mira y se levanta a cerrar la puerta.

– Tienes huevos, eh. Has salido al cabezón de tu padre.

– Dicen que me parezco más a mi madre.

– Tu padre metió la pata. Pero hasta aquí. Se hundió de mierda. – y se le congela la mirada.

– ¿Qué hizo?

– Que no tenía que haber hecho. Torró era el capo del pollo de la sonorización del Papa, ¿te acuerdas?

– Más o menos.

– El Bigotes era la cabeza visible, pero al subcontratar con Teconsa, la constructora leonesa, se tuvo que desviar en varias empresas “fantasmas” en Valencia.

– CentroSA.

– Por ejemplo. CentroSA dependía del grupo Avecom, del que el tal Torró era el capo. El juez no nos daba una orden para entrar a confiscarle los ordenadores. Pero tu padre entró por Alberto.

– ¿Y cómo desapareció?

– Por el sobrino, el Pipa. Le dio el chivatazo.

– Pero si era un pobre diablo.

– Al que tu padre reventó de una paliza. Le sacó toda la información y lo llevó directo a la UVI.

Juan se levanta sin aliento.

– Pero…

– Sí chaval, somos lo que podemos ser, no lo que somos. A tu padre se le fue la mano. Menudo idiota. El chaval salió del coma, pero para entonces Alberto lo sabía, y el Pipa ese era su ojito derecho. Y Torró se la tenía jurada a tu padre.

– ¿Y no teníais pruebas…?

– El juez nos dejó entrar a por Torró, pero le puso una condición al sargento: Antonio Aramendia ni se acerca, lo pones de patitas en la calle.

– Joder.

– El sargento se negó, pero no pudo. Solo pudo que pre-jubilar a tu padre.

Juan se seca unas lágrimas de rabia y coge el paquete.

– Gracias.

– Yo no te he dicho nada, eh.

Juan desaparece.

Juan abre la casa de sus padres. Deja el paquete en la entrada mientras mira a su padre haciéndose, mal que bien, una hamburguesa.

– ¿Te ha dado el paquete?

– Ahí lo tienes. ¿Y la mamá?

– Está bien. Pasa la noche allí y mañana está en casa. Es el asma crónico que tiene.

– Vale, me voy.

Juan se acerca a su padre y le da un beso en la mejilla. Se miran. Y en esa mirada vemos la rabia y la impotencia de Juan, la frustración y soberbia de Antonio.

– Adiós.

Juan ha llegado a casa, se ha puesto el chándal y ha bajado a correr. Es lo único que últimamente le abstrae de los mazazos de la crisis que se encuentra en cada esquina, en el rostro de cada amigo, vecino. Es julio del 2012 y mientras pasa al lado de un autobús de la EMT lleno de pegatinas (“Rita no paga a sus trabajadores”), oye de fondo, atronadora, la formula 1.

Se pone los cascos para concentrarse y en ese mezcladillo de temas dispersos suena la guitarra rasgada de Dan Auerbach en “Goin’ home”. Se encamina hacia Nazaret porque, azares del destino, vive al lado.

100 metros, y desidia, 200 metros, cheques en blanco, 300 metros, mayorías absolutas, 400 metros, clientelismo, 700 metros, dejadez urbanística, 1 kilómetro, corrupción, estafa y maniqueísmo, 2 kilómetros, imputados, malversación de fondos públicos y privatizaciones, 3 kilómetros, especulación, coches oficiales, asesores políticos y subcontratas, 4 kilómetros, medicamentazo, inflación, prima de riesgo, Bankia, preferentes, CAM, dietas astronómicas, Ecclestone, 5 kilómetros, Encuentro de las familias, Zero responsables, Alcublas ardiendo, la ciudad de la Euforia, ciudades de la Luz, de las Imágenes o de la Aurora Boreal si hace falta,… 10 kilómetros… ha corrido tanto que está fuera de Valencia.