¿Cómo tener ideas brillantes?

Por Rafa Ferrero

Este es mi último post para GuionistasVlc, así que he decidido romper la baraja.

Seamos claros, los blogs de guión llevamos años mareando la perdiz, dando consejos de todo tipo sobre cómo escribir, pero evitando a toda costa hablar de lo verdaderamente importante. Ya era hora de que alguien tirase de la manta. Siento tener que ser yo, pero es que no se me ocurría nada para este post y claro, al ser el último, quería acabar en alto.

Después de que esto se difunda, probablemente, todo hijo de vecino (hasta el del primero izquierda) empezará a escribir guiones o, al menos, sabrán que podrían hacerlo si quisieran, y los guionistas dejaremos de ser admirados por la sociedad.

Sí, amigos, este es el post que responde a la pregunta:

¿Cómo tener ideas brillantes?

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Con este título, imagino que muchos habréis llegado hasta aquí esperando encontrar fórmulas o consejos para ser más creativos. Tal vez imagináis técnicas capaces de catapultar la mente a un estado de hiperactividad o algo por el estilo. Pues no encontraréis nada de eso, al menos no de forma legal. El mensaje que os traigo es otro muy sencillo: Las ideas no brillan.

Buscar una idea brillante es como buscar una lámpara mágica. Puedes frotar todas las lámparas que quieras, jamás verás aparecer ningún genio.

Esto puede parecer decepcionante pero, si lo piensas bien, te darás cuenta de que en realidad resulta liberador, porque cambia las reglas de un juego en el que creías que ibas perdiendo. Ya no necesitas encontrar “la idea”, cualquier idea vale.

Los guionistas estamos obligados a parecer ingeniosos, creativos, ocurrentes, profundos… y toda una serie de adjetivos calificativos molones más. “Parecer” es la palabra clave de la frase. Nadie es todo eso. Es imposible. Vivimos de parecerlo, es lo que vendemos, así que nos hemos vuelto muy hábiles en esa tarea. Pero nadie sabe mejor que nosotros mismos lo delgada que es la línea en la que estamos practicando el equilibrismo.

Vendemos proyectos, trabajamos en equipos de guión, asistimos a reuniones y en todas y cada una de esas situaciones se espera de nosotros, cuando no se nos exige, que aportemos ideas brillantes. Convencer a todo el mundo de que somos capaces de conseguirlo una y otra vez es nuestro oficio. Pero la única forma de mantenerse en él y permanecer cuerdo es asumir que no son las ideas lo que brilla.

Si no me crees, prueba a hacer algo. La próxima vez que te cruces con un guionista, pregúntale en qué está trabajando y deja que hable. No hace falta que le escuches, lo que diga es completamente indiferente. Es más, procura no escucharle porque corres el riesgo de que consiga embaucarte y entonces el experimento fracasaría. Piensa en cualquier cosa y procura poner cara de “te estoy escuchando”. Cuando llegue el momento, y notarás que es el momento porque de repente se creará un silencio incómodo en el que él o ella esperará tu aprobación. En ese momento di: “Bueno, no está mal”. Dilo como sin ganas, como si le estuvieses haciendo un favor, pero dilo mirándole a los ojos porque en ese justo instante podrás ver la VERDAD. Verás inseguridad. Verás que nadie, ni siquiera el guionista más consagrado puede sentirse completamente seguro de ninguno de sus proyectos. Acaba de venderte la idea como si fuese la mejor que ha tenido la humanidad en toda su historia, pero si tú, que no eres nadie, no le das tu aprobación, la idea se tambalea. Todo se tambalea.

Solo los guionistas nivel jedi son capaces de recibir una mala crítica sin pestañear y mantenerse firmes. Su firmeza se apoya en una sola convicción, que ninguna idea es capaz de valerse por sí misma y que incluso las ideas de éxito, las que hoy en día se ponen como ejemplo, tuvieron los pies de barro en su momento y podrían haber fracasado, como cualquier otra.

Hay tantísimos factores que determinan el éxito o el fracaso de un proyecto, que la idea primigenia se diluye como uno más entre todos ellos. Toda idea es una apuesta, todo proyecto tiene posibilidades tanto de ser un éxito como de ser un fracaso y nadie puede saber realmente qué sucederá hasta que el proyecto no echa a andar por sí mismo. Por lo que vender proyectos es como mentir. El secreto está en que no se te note. Un buen guionista no es más que alguien capaz de mirarte a los ojos y decirte sin pestañear que cree ciegamente en su proyecto, a pesar de conocer mejor que nadie sus debilidades.

Deja de esforzarte tanto por encontrar la mejor idea posible y concéntrate en aprender a vender lo más cara posible la primera idea que se te ocurra. Tarde o temprano, una de esas ideas acabará siendo considerada brillante y podrás vender las siguientes aún más caras. De este modo, tal vez algún día, consigas vivir de escribir.

Deja de perseguir ideas brillantes. Coge cualquier idea y ponte a escribir. No le dediques ni un minuto a elegirla, cualquiera vale. Lo único que tienes que hacer es presentar esa idea de forma que sea entretenida, impactante, divertida… y sobre todo, que esté bien escrita, claro. Pero eso ya llevan años explicando cómo hacerlo los blogs de guión.

LOS AUTOENGAÑOS

Por Rafa Ferrero

La semana pasada fue de esas intensas. Entre otras cosas, porque participé en dos saraos muy distintos que, de algún modo, se acabaron complementando:

-Todas las tardes, de lunes a viernes, asistí a un taller de reescritura de guión organizado por la Fundación Autor de Sgae y EDAV, la asociación de guionistas valencianos, e impartido por el gran Joan Marimón.

-La tarde del martes participé en una charla que tuvo lugar dentro del marco de las actividades llamadas Making Of encuentros con cineastas del 27 Festival Internacional de Cine de Valencia, el CinemaJove. Fue presentado por el director del festival Rafael Maluenda, con Paco Plaza (REC) y Borja Cobeaga (Pagafantas) como ponentes y un servidor como moderador en representación de EDAV, coorganizadora de la actividad.

Si os la perdisteis y queréis ver la charla, sólo tenéis que seguir este link. Todas las charlas fueron emitidas en directo en streaming a través de la web del festival y los videos permanecen colgados on line, por lo que podéis ver de forma totalmente gratuita cualquiera de ellas en esta misma web. Os lo recomiendo, algunas fueron realmente interesantes.

Nuestra charla tenía por título El guionista visto por el director. La intención era hablar sobre el trabajo en equipo entre guionistas y directores, y aprovechar la presencia de estos dos brillantes directores/guionistas para que nos explicasen su punto de vista sobre este tema y nos regalasen algo de su experiencia.

En las casi dos horas que duró la charla dio tiempo a abordar el tema en profundidad, contar muchas anécdotas e incluso lanzar al aire alguna que otra reflexión interesante sobre cómo va esto de hacer películas. Pero de todas las cosas que se dijeron, hubo una idea que acabó siendo recurrente porque apareció en varios momentos de la charla: Cuando escribimos, muchas veces, nos engañamos a nosotros mismos.

Tanto Paco como Borja afirmaron que en el proceso de escritura de un guión de largometraje suele ocurrir que cuando detectamos un problema, por no atascarnos en él, nos engañamos a nosotros mismos diciéndonos que ya lo solucionaremos. Si estamos trabajando en la escaleta, pensamos que lo solucionaremos en el dialogado y si ya estamos dialogando, lo dejamos para la siguiente versión o directamente le pasamos el marrón al director. Por eso, cuando la película acaba teniendo algún problema (una secuencia que no funciona, un personaje mal definido…) “muchas veces miras atrás y te das cuenta de que el problema ya estaba en el guión”.

Todo aquel que se haya enfrentado al proceso de escribir largometrajes sabe que esta es una gran verdad. Como autores, conocemos los puntos fuertes y los puntos débiles de nuestras historias. Pero hay veces que, de forma consciente o inconscientemente, decidimos hacer la vista gorda.

Son muchos los motivos que nos llevan a hacerlo. Porque no encontramos nada mejor, porque si cambiamos eso se nos cae toda la historia, porque aunque sabemos que no funciona nos gusta y nos resistimos a aceptar que no puede ser, porque hemos ido posponiendo el momento de abordar ese problema directamente confiando en que se resolvería por sí mismo pero no ha sido así y llega un momento en que ya es demasiado tarde porque el guión se ha vendido o porque la producción necesita la versión definitiva YA.

La cuestión es que los problemas en el guión rara vez desaparecen por sí mismos durante el rodaje. Lo normal es que crezcan. Si el director, el productor y los actores se han embarcado en el proyecto es porque confían en el guión. Así que ellos, o no han visto el problema o también se están engañando a sí mismos…

Por eso, como guionistas, debemos ser capaces de mirar a nuestras historias a los ojos y decirles la verdad a la cara. Sería algo así como decirle a tu chica que el vestido que se quiere comprar para la boda de su hermana le hace el culo enorme. Cuesta decírselo, pero mejor hacerlo allí, en la relativa intimidad del probador de la tienda, que esperar a que todo el mundo se dé cuenta en el baile del convite.

Y si no eres capaz, lo mejor es buscar a alguien que lo haga. Hablo de encontrar los problemas en el guión, olvidaos de los culos y de los trajes de boda.

Pues bien, después de la experiencia de la semana pasada, he llegado a la conclusión de que no hay nada mejor que un taller de reescritura para encontrar los problemas de tu guión y, en muchos casos, encontrar también las soluciones.

Como os he comentado antes, el profesor del taller fue nada menos que Joan Marimón. Un guionista y director al que admiro, pero sobre todo, una excelente persona a la que aprecio mucho.

Una de las especialidades de Joan es crear un muy buen ambiente de trabajo en sus cursos. Todo el mundo se implica y las historias que cada alumno aporta acaban siendo un poco de todos. Es decir, que todos opinan sobre las historias de todos y tratan de aportar ideas para que todos los guiones mejoren. Dejando siempre la última palabra al autor de cada historia, por supuesto.

Por suerte, en este curso en concreto, el nivel de los alumnos y de sus historias fue excelente. Cada uno llegó con una historia completamente distinta a la de los demás y en momentos de desarrollo muy distintos.

Yo mismo decidí aprovechar el curso con una historia de la que todavía no tenía un tratamiento escrito. Llevo años trabajando en este guión (de forma muy discontinua), pero la historia me ha estado haciendo la cobra todo este tiempo. Por lo que mi objetivo no era tanto mejorar el guión, sino directamente identificar los problemas y tratar de encontrar soluciones.

Cuando uno explica su historia ante un grupo de gente dispuesta a opinar, se expone a su peor pesadilla. Los demás suelen ver cosas que tú te has estado ocultando, cosas que prefieres no ver. De repente es como si un desconocido que acaba de llegar a tu historia encontrase grietas y humedades por todas partes. Tú te habías acostumbrado a ellas, hasta te parecían bellas a su manera, pero en el fondo sabías que antes o después tendrías que repararlas.

A veces los problemas pueden solucionarse con una mano de pintura. El piso es el mismo, pero luce mucho más. En cambio otras veces no queda más remedio que echar a bajo el edificio y empezar a construir desde cero en el solar, aprovechando si acaso algo de ripio.

Lo que está claro es que después de pasar un test de estrés de ese calibre, cualquier guión sale reforzado. Las historias de mis compañeros del curso crecieron, evolucionaron, maduraron… y la mía, por fin, encontró su norte. Pude verla a través de los ojos de todos ellos y descubrí aspectos que no había visto nunca antes. Pero lo más importante de todo es que me regalaron tres o cuatro ideas brillantes que he podido incorporar y que la han mejorado considerablemente.

Para ser justos, he de mencionar aquí también a Guadalupe Sáez, que aunque no fue alumna del curso me regaló probablemente la idea que más necesitaba y que me permitió ver mi propia historia completa por primera vez.

Hay quien considera que el trabajo del guionista es un trabajo solitario. Desde luego, delante de un teclado sólo cabe uno. Pero las historias necesitan más de dos ojos.

Os recomiendo y mucho que asistáis a cursos de este tipo. Escuchar las historias de los demás y participar en su proceso creativo es muy enriquecedor. Que los demás valoren y critiquen tu historia es, además, muy útil.

Pero si no es en un taller, lo mismo da. Pídeselo a un par de amigos guionistas de confianza (a ser posible que sean mejores guionistas que tú) y a algún que otro amigo informático, tornero fresador o profesor de primaria (a ser posible que sea alguien inteligente y con poca tendencia a bienquedismo). Lo importante es que otros lean tu trabajo y opinen sinceramente sobre él. Así impedirás que los problemas lleguen a la versión definitiva del guión y que sean los espectadores los que acaben denunciándote por mal guionista.

Y para ilustrar un poco más esto que os digo, que tendemos a ver los problemas en los demás cuando muchas veces no somos capaces de verlos en nosotros mismos, os dejos este video que me he encontrado por casualidad pero que viene al pelo.

GONDOLERO EN EL DESIERTO

Por Rafa Ferrero

Cuando trabajas en una productora tienes fechas de entrega marcadas en rojo en el calendario o reuniones a las que hay que acudir con algo que enseñar debajo del brazo o, lo más motivador de todo, gritos desde el despacho del fondo. Todo esto son estímulos para escribir.

No digo que sea la mejor de las formas para motivarse, ni mucho menos, pero cuando tu sueldo depende de que cumplas con los plazos, sencillamente escribes.

Pero ¿qué pasa cuando nadie te está esperando? ¿cuando no hay plazos? ¿cuando nadie grita? ¿cuando no hay, ni siquiera, un proyecto sobre la mesa? Pues pasa que la tendencia natural de todo ser humano es dejar de escribir.

Los guionistas, aunque en algunos casos cueste creerlo, también somos seres humanos. Por lo que seguir escribiendo no siempre nos resulta fácil, ni mucho menos.

Sumemos a esto el hecho de que ser guionista en Valencia ahora mismo es casi como que ser gondolero en el desierto. Lo que mejor sabes hacer no te sirve de gran cosa.

Supongo que en esta situación lo lógico sería dedicarse a otro menester. Criar camellos, guiar rutas turísticas, construir haimas. Pero no. Cada día veo a mis compañeros guionistas trabajando en sus proyectos personales, remando en la arena.

Pues bien, hoy quiero darles las gracias por eso. Porque hay días en los que me apetece bajarme de la góndola, pero ellos no me dejan.

Por muy mal que me vayan las cosas no creo que deje de escribir nunca, pero una cosa es tomarse la escritura como un hobby, algo que se hace en los ratos libres después de trabajar, y otra muy distinta empeñarse en vivir de esto cueste lo que cueste.

Recuerdo que cuando estudié guión en la UIMP de Valencia, en un máster organizado por la desparecida FIA, nos dijeron que la principal virtud que debía tener un guionista era la constancia. Esto es una carrera de fondo, nos decían. En aquel momento no entendía hasta qué punto aquellas palabras eran una verdad absoluta.

Hay algo de inconsciencia en querer ser guionista, de salto al vacío, de apuesta por uno mismo y por lo que se quiere.

Nadie triunfa todo el tiempo. De hecho, lo normal es fracasar varias veces hasta que se consigue un éxito y después volver a fracasar. Perder la fe en ti mismo, llegar a la conclusión de que realmente no vales para esto, es algo a lo que tienes que enfrentarte a diario.

Cuando estás trabajando has de ser capaz de cumplir con los plazos, de superar las presiones, de vencer tus inseguridades… pero mientras tanto, como en tu contrato pone que eres guionista, eso no se cuestiona.

El problema viene cuando ya nadie te paga por escribir nada. Seguir sintiéndote guionista no siempre es fácil. Y sí, hablo de sentimientos porque esta es una profesión que los necesita. Hay muchas formas de ganar dinero y escribir guiones no es precisamente la más fácil, ni la más rápida. Me atrevo a decir que todos los que pretendemos dedicarnos a esto amamos la profesión. Sólo eso explica que cuando vienen tan mal dadas como ahora sigamos empeñados en escribir cada día. Sólo eso explica que cuando los que deberían encargarse de hacer todo lo demás para que nosotros pudiésemos dedicarnos sólo a escribir la fastidian, nos liemos la manta a la cabeza y nos pongamos a hacer su trabajo. Muchas veces mejor que ellos.

Viéndoos al final me he creído que el agua volverá al desierto. Parecéis tan capaces de conseguirlo que últimamente estoy remando más fuerte que nunca. Espero que la nube de polvo no me ahogue…

De hecho, me he convertido en un experto en tenderme emboscadas. Situaciones de las que sólo puedo escapar escribiendo.

Me invento mis propias fechas de entrega y os nombro jefes por turnos. Vosotros no lo sabéis, pero cada vez que quedamos a tomar un café, que leéis algo mío o que vamos al cine, nos estamos reuniendo, estamos valorando un proyecto o nos estamos documentando. No paramos de trabajar.

A veces, cuando me siento delante del ordenador sin ganas de escribir una palabra, cojo el teléfono y llamo a alguno de vosotros. Quedar esa misma tarde o al día siguiente, se convierte en un motivo para escribir. Porque sé que en algún momento hablaremos de aquello en lo que estás trabajando tú y que antes o después querrás saber cómo van mis proyectos. Odio no tener nada que contar.

Me estáis empujando a seguir y ni siquiera os lo he pedido. Así que nada, sólo quería deciros eso, que gracias. Seguid remando que yo os acompaño.

AMOR, SEXO, GUIONES Y RUTINAS

por Paco López Barrio

Hace unos dias publiqué en mi facebook este comentario: “Son manías mías? ¿O las tramas amorosas son, con diferencia, lo más flojo, flojo, flojísimo de la ficción televisiva española?” . Aunque era una de estas tonterias publicadas ya de madrugada y suelen pasar desapercibidas, sí recibí, en las horas siguientes, unos cuantos comentarios de compañeros. Los más activos fueron Natxo López y Javier Olivares.

Natxo dió una de las claves: “Supongo que tb. influye que las tramas amorosas suelen protagonizarlas los peores actores de todo el elenco (los protas guapos). Eso y que todo el mundo se cree con derechos y capacidad para opinar -e influir- en una historia amorosa, porque todos hemos amado y sufrido por amor (quizá con otro tipo de conflictos se cortan más)”. Y, más adelante, añade: “Si yo os enviara una escena de amor escrita por un afamado productor ejecutivo… lloraríais.”

De Olivares llegó esta otra reflexión: “A menudo, las situaciones y los diálogos carecen no ya de verdad, sino de intenciones y subtexto. Se dice lo que siente el personaje. Y esto, en la vida sólo ocurre en situaciones desesperadas. Nuestras series son muy poco adultas. Desde la historia. Y ésta, no nos olvidemos, suele atender a clichés de mercado. Es decir, lo que la cadena y la productora piensan que “funciona”. No obedecen a criterios de dramaturgia, de emoción o de verdad.” Y finalmente: “No hay profundidad de personaje. Tienen mentalidad de estudiantes no ya de COU, sino de catequesis general básica. Porque se creen que ése es el nivel del público. Y lo único que consiguen es que el público acabe teniendo ese nivel eternamente adolescente.”

Con las dos afirmaciones estoy completamente de acuerdo. Aún se dijeron unas cuantas cosas más y, al final, me quedé con ganas de hablar del tema con un poco más de extensión. Y aquí está.

Vaya por delante que no soy un experto en ficción española. No soy de esos que triunfarían en un quizz respondiendo preguntas sobre qué pasó en tal o cual capítulo. Es más, las series que menos me han gustado son también las que menos he visto. No creo que la “obligación profesional” de estar al dia deba sobreponerse a mi poca afición al masoquismo. Mi tiempo es limitado y no quiero perderlo con cosas que ni fú ni fa. En mi defensa diré que sí soy un fiel espectador de capítulos 1: siempre hay que dar una oportunidad. Si lo que veo no es infumable llego a ver el 2. A partir de ahí ya tiene que gustarme de verdad o no sigo. Pero, sin comerlo ni beberlo, sigo viendo cosas porque las cadenas son muy agresivas con sus promos y te gusten o no te encuentras con esos momentos que, en teoria, deben ser “lo mejor” de la serie.

Este es un post que corre un gran peligro de caer en la generalización. Lo sé. Advierto pues al lector para que no se tome las cosas demasiado literalmente. No hay un estudio estadístico ni nada parecido detrás de mis opiniones. Pero de una manera intuitiva he ido dándome cuenta de algunos factores que, en mi opinión, se repiten con una cierta frecuencia. Vamos allá:

LO IMPORTANTE ES PILLAR CACHO

Un buen número de estas tramas amorosas son tramas “de consecución”. Si chico conoce a chica, chico ha de conquistar chica. Y a partir de ahí se diseña todo un mapa de tramas cargado de intentos de acercamiento, de primeras citas, de malentendidos que dificultan el tema… hasta que, al final de temporada, llega la consumación: ambos caen en brazos del otro, superadas las dificultades. Trama cerrada. Porque una vez son felices y comen perdices no hay más agua que sacar del pozo.

Porque existe, por otra parte, una regla no escrita que dice que en las tramas de Tensión Sexual No Resuelta, hay que demorar al máximo el encuentro carnal de la pareja protagonista. “Una vez los metes en la cama, inevitablemente lo que venga después tiene menos interés”. Vale, en la propia definición está implícito: Cuando se resuelve deja de ser “no resuelta”. El esquema tiene una utilidad indudable dentro del género de comedia, y es incluso “obligatorio” en la sitcom. Este tipo de historias las suelen protagonizar perdedores: el feo, el tímido… y la comicidad viene con frecuencia del empecinamiento del protagonista en lograr aquello que queda fuera de su alcance. Capítulo tras capítulo nos reímos de los fracasos de alguien que jamás cambia ni aprende. Es la esencia del género.

Pero no hay ninguna necesidad de trasladar este esquema a otro tipo de historias. Nate y Brenda, de A dos metros bajo tierra, pegan su primer polvo en el almacén de un aeropuerto cuando aún no han pasado ni cinco minutos del primer capítulo de la primera temporada. Ni siquiera saben aún sus nombres. Y estaremos todos de acuerdo en que ahí empieza una historia de amor muy interesante, con combustible suficiente para aguantar cinco temporadas.

La diferencia está en que las tramas “de consecución” responden un patrón bastante universal, fácil de construir para el guionista y más fácil aún de asumir para el público. No necesitan una mayor exploración del interior de los personajes, basta con asumir toda la carga tópica del “chico conoce a chica” y ya funcionan. Aún con toda su mediocridad dramática el público las digiere bien y agradece. Y como los protas son jóvenes y guapos, mejor.

 LO QUE SUCEDE DESPUÉS DE LOS 35 AÑOS NO TIENE INTERÉS

Se da por supuesto que, a partir de cierta edad, el amor ya está conseguido. Si el personaje sigue desemparejado, es que algo raro le pasa (probablemente no es trigo limpio). Y si tiene pareja y está en crisis, esta crisis será pasajera y a la vuelta de unos capítulos volverá a la normalidad, con las heridas cerradas. Además esta crisis de la pareja no será trama principal, sino una dificultad añadida a otro tipo de trama “adulta”. Posiblemente acompañe a una crisis de negocios o similar.

Un alivio para el perezoso, porque el “amor en marcha” es mucho más dificil de trabajar. Las tensiones del dia a dia van más allá del “hoy me ha mirado, qué alegria”, sino que piden un terreno más profundo: la exploración de los abismos y las contradicciones de cada cual. Y eso, amigo, ya son palabras mayores. Ya no basta con plantear personajes arquetípicos sino que es obligatoria una construcción de personajes mucho más sólida. Es decir: obligan a pensar en el amor en términos más parecidos a Mad Men, que no en términos de Fisica o Química. Es mucho más curro para el guionista, los actores y el público. Y un terreno mucho más incómodo para el ejecutivo de la cadena, poco dado a entusiasmarse con problemas existenciales.

Así que, por seguridad, muchas series se aferran a una visión del amor completamente adolescente. Eso también empobrece la calidad de los conflictos.

CONFLICTO TIPO A: EL MALENTENDIDO

No sé si por incompetencia, por influencia del culebrón venezolano o por ambas cosas a la vez, se abusa del malentendido como fuente de conflicto: “la chica guapa con la que me viste en actitud cariñosa es mi prima” (situación que daría pie a una trama interesantísima, si ciertos asuntos no les diesen tanto miedo) , “no bailé contigo porque no te quiera, sino porque me salió un grano en el culo y preferia estar sentado”. Una vez explicadas estas embarazosas situaciones el agua vuelve a su cauce y los protagonistas se reafirman en su amor.

 CONFLICTO TIPO B: “NO ESTOY PREPARADO”

Lo más parecido a un conflicto interno es eso de “no me siento preparado/a para una relación”. O sea, un cliché tan grande como la Catedral de Burgos. Lo es en la realidad como lo es en la ficción: una escapatoria facilona para no tener que preguntarse: “¿Quien soy yo y qué quiero?”. Y en el fondo no deja ser ser también una solución encubiertamente moralista. El personaje no tiene huevos para decir: “En realidad es que lo que ahora deseo es lanzarme a una vida de promiscuidad y experimentación, en la que tú, persona convencional y sexualmente apocada, no cabes”. Ni aunque sea en subtexto. Porque los dos tienen que ser, siempre, “buenas personas”. Su maldad, si la hay, ha de ser aparente (el malentendido otra vez) o, si es real, debe dar pie a un proceso de “regeneración” en el la que la otra mitad de la pareja pueda lucir sus dotes de Teresa de Calcuta.

Es decir, que a toda costa se evita legitimar la “bajada a los infiernos” de ningún protagonista que no sea el villano. En cierta ocasión, uno de mis coordinadores al que propuse una reacción moralmente poco convencional de uno de los personajes (aunque luego rectificaba) me dijo algo así como: “no puede ser, porque ensuciaríamos al personaje”. Mensaje captado: la bondad de un personaje es tan poco recosible como un himen. Al menos en “su” serie. Yo sigo creyendo que sin bajada a los infiernos no hay educación sentimental completa.

 PUES ESO, BAJEMOS…

Echo de menos amores de ficción adultos, en los que no se tape el hecho de que la pasión puede llevar al desastre, en el que nos comeremos más de un sapo por amor, en el que descubramos hasta qué punto el amor puede volvernos malvados o cornudos, en el que un adulterio no sólo sea un acto reprobable que se resuelve con castigo y arrepentimiento, sino una via posible y legítima por la que el personaje da un giro a su vida, necesario y beneficioso, en la que las parejas se amplien de vez en cuando a trios sin que hayan necesariamente bofetadas, en el que no se huya del abismo que se abre bajo nuestros pies cuando decidimos mirarnos al espejo tal cual somos de verdad.

Eso si, que la contrapartida no sea Escenas de matrimonio, por favor.

Antes cité Mad Men y A dos metros bajo tierra, pero, como he visto más cine que series,  quiero recordar también algunas grandes películas que se han atrevido a transitar por estos caminos de la “diferencia”: Jules et Jim, de Truffaut, es una gozosa celebración del ménage à trois. Harold y Maud o Lolita exploran la pasión con grandes diferencias de edad, La pianista o La Pasión de China Blue tienen heroínas que exploran su lado oscuro, Lunas de Hiel o Las edades de Lulú plantean la búsqueda en pareja de otros modelos de relación, El declive del imperio americano o La tempestad recurren al intercambio de parejas, Belle de Jour se atreve a afrontar la fantasia de la burguesa que quiere vivir la experiencia de la prostitución, En Amantes y Therèse Raquin la pasión lleva al asesinato, El imperio de los sentidos nos advierte de que el amor tiene mucho de autodestrucción, Caniche nos recuerda que la zoofilia existe, como también existe el incesto… Y tantas otras: La pasión turca, Amantes, Ossessione, El cartero llama dos veces, La golfa, De aquí a la eternidad, La noche de la iguana, El último tango en París… algunas llevan ya muchos años rodadas y no se ha hundido el mundo por mostrarlo tal como es, por reconocer que estos asuntos también existen.

Olvidémonos de una puta vez de Dafnis y Cloe, Pretty Woman y La Bella y la Bestia, que es lo que estamos reescribiendo una y otra vez cuando necesitamos una trama amorosa. Asumamos la gran verdad de Woody Allen: “El sexo es sucio si se practica como es debido”. Sin el lado oscuro, cualquier historia de amor es falsa.

La ficción española ha sido capaz en los últimos años de idear escenarios y situaciones de partida muy audaces. Porque, reconozcámoslo, es audaz imaginar un barco lleno de gente joven y cargada de hormonas que se han librado del fin del mundo, mientras el resto de la humanidad ha perecido. Me imagino las consecuencias tan brutales que podría tener un hecho así sobre la sexualidad de los personajes, qué profundos cambios en su manera de ver las cosas… y todo lo que me dan a cambio es una especie de Gran Hermano flotante. ¡Por favor!.

Por supuesto que hay excepciones. Pero sólo han sido posible en cadenas con capacidad de riesgo, como TV3. La serie Infidels, de Javier Olivares , por ejemplo. Las protagomistas eran cinco mujeres en el tránsito de la juventud a la madurez. Las cinco adúlteras. Si entendí bien, el sentido de la serie venía a ser: “La infidelidad a la pareja es un mal menor, comparado con la pérdida de la fidelidad a una misma”. Años antes, el culebrón de mediodia Nissaga de poder se basaba en un doble incesto (entre hermanosy madre-hijo, éste último no consumado). Me cuesta imaginar un planteamiento así en Antena 3 o Tele 5. Aunque no será posible si ni siquiera se intenta. Ojo, ya sé que en estas series “spanish mainstream” también hay infidelidades y “cosas raras”, pero se presentan como una disfución, como algo a “rectificar”. O a condenar. Sin duda como algo que va a traer serios problemas. Nunca como una parte de una vida normal. O al menos de una vida encontrable a poco que busquemos entre nuestros amigos y conocidos.

De momento se reescribe sin cesar Física o Química. Se construye la narración en dirección al final feliz o, cuando menos, ejemplarizante. No hay otro punto de llegada. Y si, como guionista, me tendré que ceñir a lo que digan el coordinador o la cadena, almenos déjenme decir aquí que, como espectador, ya me empalaga tanta ñoñería, tanto infantilismo, tanta Catequesis General Básica. Me aburre. Lo que de verdad me gustaría saber es qué había en la caja del cliente japonés de Belle de Jour.

 

SÉ EGOÍSTA

Por Rafa Ferrero

Cada vez que en una reunión de la asociación de guionistas se habla de que es necesario captar más socios, me siento miembro de una secta. Me imagino rapándonos al cero y yendo casa de guionista por casa de guionista tocando la pandereta y cantando proclamas pegadizas para conseguir que se asocien. Por suerte, esta medida no se aprobó en la última junta, por un voto.

Hace años que pertenezco a EDAV (Escriptors de l’Audiovisual Valencià), por eso no acabo de entender por qué la gente prefiere ir por libre. Para tratar de comprenderlo he de remontarme al 2005, el año que pagué mi primera cuota de socio adherido. Acababa de terminar el máster de guión de tv en la UIMP y nos habían dado tanto la tabarra con que teníamos que asociarnos que prácticamente todos los alumnos de la promoción en bloque lo hicimos.

Cuando fuimos a la primera reunión, no me enteré de nada. Parecía que hablaban en clave. Todo eran siglas de instituciones y organismos que no conocía, no sabía para qué servían, ni a quien representaban. Los nuevos nos mirábamos entre nosotros de reojo, comprobando que el pasmo era general y apuntando en una libreta todo aquello para buscarlo luego en internet. Por supuesto, nunca llegué a hacerlo.

Otro motivo de gran decepción por mi parte fue que no conseguí trabajo.

No sé por qué me había hecho la idea de que en esas reuniones los guionistas veteranos, después de hacernos alguna novatada a los guionistas jóvenes, nos aceptarían como miembros de su grupo y nos confesarían los secretos de la profesión. Casi esperaba que alguno de aquellos guionistas canosos se me quedase mirando fijamente de repente y me dijese: Chico, ¿sabes escribir?

Yo diría: Sí. Tratando de parecer los más convincente posible y él respondería: Contratado.

Pero no, por increíble que parezca, eso no pasó.

Y por si fuera poco, en esa misma reunión también me enteré de que los convenios laborales eran algo muy importante y que nosotros no teníamos uno… Todo eran buenas noticias.

Poco después, recuerdo que me planteé seriamente darme de baja. Se me pasó por la cabeza que estar asociado no solo no iba a ayudarme a encontrar trabajo, igual hasta me lo ponía más difícil. Me imaginaba a un productor dudando entre dos guionistas y diciéndole a la jefa de producción: Llama al otro, al que no es de EDAV. Los de las asociaciones de guionistas les meten en la cabeza muchas chorradas a esos críos y dan mucho la brasa.

Con los años he ido comprendiendo de qué va todo esto y he llegado a la conclusión de que si hay guionistas que no se asocian es sencillamente por desconocimiento. Deben pensar cosas por el estilo a las que pensaba yo y sentencian el posible debate interno que puedan tener sobre si asociarse o no diciendo un rotundo: Yo paso de esos rollos.

A estas altura ya lo habréis notado, pero voy a decirlo abiertamente para que no se me acuse de estar haciéndolo subrepticiamente (desde que Martín usó esta palabra en su último post no me la quito de la cabeza). Este post tiene un objetivo claro, convencer a los guionistas que todavía no se han asociado de que lo hagan. Pero no lo voy a hacer apelando al bien común o a al corporativismo. Las asociaciones de guionistas no son ONGs ni tienen como objetivo salvar ninguna especie en peligro de extinción, aunque lo parezca. No buscamos gente altruista dispuesta a trabajar por los demás. Asociarse es lo más egoísta que podéis hacer. ¿Por qué? Porque pagando la cuota estaréis luchando por vuestros propios intereses.

No te engañes, no es una cuestión de recaudación. La cuota es importante, desde luego. Gracias a ellas las asociaciones pueden permitirse pagar coordinadores, asesorías jurídicas, asesorías legales y organizar actividades. Pero no es ni la mitad de importante que el hecho mismo de que haya un asociado más.

Cada vez que un representante de una asociación se sienta en una mesa a negociar cualquier cosa, su única baza es el número de guionistas a los que representa. Somos un colectivo importante y cuando pedimos algo justo suelen escucharnos. Pero alguien tiene que pedirlo, negociarlo y pelearlo hasta que se consigue y si todos vamos por libre no hay nadie legitimado para hacerlo. Por eso, que las asociaciones representen al mayor número posible de guionistas es tan importante, porque les legitima para hablar en nombre del colectivo y no de un grupo de ellos.

Ahora es cuando más de uno está pensando: Ya, tú lo que quieres es que pague mi cuota para que otros decidan lo que me conviene en mi nombre.

No. Nadie decide lo que te conviene. Lo que te conviene es lo mismo que nos conviene a todos los guionistas por el simple hecho de dedicarnos a esto. Las asociaciones priorizan sus acciones en función de lo que los socios demandan. Si hay algún tema que te preocupe especialmente, transmítelo a la junta directiva de tu asociación o pide entrar a formar parte de ella, seguro que te reciben encantados y, de repente, dispondrás de una plataforma ideal para afrontar el reto de cambiar o mejorar aquello que te preocupa.

Pero si no hay nada que te preocupe especialmente o prefieres pasar de estos rollos, tranquilo, aquí viene lo mejor. No tienes por qué hacer nada. Sencillamente asóciate y cuando tengas tiempo, lee los emails informativos que empezarás a recibir, ve a las reuniones cuando te apetezca, apúntate a los cursos y actividades cuando lo que se ofrece te interese y sigue escribiendo. Las asociaciones ya están en marcha y están trabajando en multitud de frentes que, cuando vayan logrando sus objetivos, te harán la vida más fácil y podrás sentirte orgulloso de haber colaborado en algo.

¿Qué se está haciendo? Trataré de ser muy muy breve.

Primero una aclaración: EDAV, la asociación valenciana de guionistas, pertenece a FAGA, el Foro de Asociaciones de Guionistas Audiovisuales que reúne a las asociaciones de los guionistas gallegos AGAG, vascos EHGEP, catalanes GAC y valencianos EDAV (El tema de las siglas no lo solucionaremos nunca). Por lo que hablaré tanto de las iniciativas que se están llevando a cabo a nivel autonómico como a nivel nacional.

– Situación del Guionista. Las asociaciones realizan estudios sobre la situación del guionista para tratar de detectar los principales problemas y carencias de la profesión. Aquí podéis echarle un ojo al último estudio que realizó EDAV, pero ahora mismo está en marcha la realización de un nuevo estudio a nivel nacional.

– Régimen de Artistas/Autores. ¿No os ha pasado nunca que habéis ido a daros de alta como autónomos para trabajar como guionistas y el funcionario de turno no sabía en qué epígrafe inscribiros? Ya va siendo hora de que los guionistas tengamos un régimen de cotización a la seguridad social propio que se adapte a las peculiaridades de nuestra profesión.

– Elecciones SGAE. Pronto habrá una nueva junta directiva en SGAE y desde FAGA se está haciendo fuerza para que haya guionistas en ella que nos representen desde dentro y velen por nuestros intereses.

– Ley de la propiedad intelectual. El nuevo gobierno tiene previsto llevar a cabo una reforma de la ley de propiedad intelectual que podría, por fin, regular el entorno digital. Los guionistas tienen mucho que decir al respecto. FAGA ya se ha puesto en contacto con el ministro.

– El futuro de las televisiones autonómicas. Es un tema que preocupa y mucho al sector audiovisual, especialmente en Valencia. FAGA ha convocado una jornada de trabajo a nivel nacional en la que representantes de los principales colectivos del sector abordarán este tema.

Convenio guionistas. Aunque sea totalmente inverosímil a estas alturas seguimos sin tener uno. Es una batalla de largo recorrido, pero hay que seguir ahí.

– La visibilidad del guionista. ¿Se han publicado las bases de un premio o concurso para guionistas con alguna cláusula abusiva? ¿Eres el guionista de una película o de una serie y no se te menciona en los créditos o en una crítica cinematográfica? ¿Has ido a un festivas y has observado que había premios para todos menos para los guionistas? Informa a FAGA.

Encuentros de guionistas. Muchos habéis estado en las dos primeras ediciones ¿no? Pues eso.

Me dejo muchos temas, como los cursos, talleres y seminarios que se organizan desde las asociaciones. EDAV, por ejemplo, ya tiene una propuesta muy interesante para este año aprobada, con presupuesto y organizándose.

Espero que con estas pinceladas os haya servido para haceros una idea de la envergadura de los temas en los que se está trabajando. Cada vez que se consigue uno de los objetivos todos nos beneficiamos y si no existiesen las asociaciones nada de esto sería posible.

La semana pasada este blog se llenó de razones para desesperarse… hoy os he hablado de una forma de hacer algo para que todo esto cambie. La mejor forma.

Tal y como están las cosas, si eres guionista, no puedes permitirte el lujo de ir por libre. Cada guionista que no se asocia está dificultando la tarea de las asociaciones, es decir, está yendo en contra de sus propios intereses. Sé egoísta, asóciate.

SOMOS GUIONISTAS

Nuestra firma invitada de hoy, X. Henrique Rivadulla Corcón, es un guionista con una extensa experiencia en televisión y Presidente del Foro de Guionistas del Audiovisual.

En el primer encuentro de guionistas celebrado en Valencia nació la frase, a modo de grito reivindicativo: “somos guionista”. Era evidentemente un auditorio de guionistas, por lo tanto la afirmación podría parecer innecesaria.

Cuando celebramos, en Madrid, el segundo encuentro, volvió a sonar la frase aparentemente obvia. Volvimos a decirnos a nosotros mismos “somos guionistas”.

¿Pero siendo obvia esta afirmación por qué es necesaria? La explicación, paradójica, es que la frase se le dice a un grupo de guionistas, muchos de ellos profesionales consolidados de larga trayectoria, y justamente por eso no es cierto que sea obvia. La cuestión es que cuando hablamos de que se nos hace de menos dentro de la industria audiovisual, siendo como es, y admitido, el guión el pilar básico de esta industria, los primeros en ser culpables de esta situación somos nosotros, que parecemos no ser conscientes de quienes realmente somos, y por esto es necesaria la frase.

Somos, sin duda, el cerebro del cuerpo audiovisual. Otros son el corazón, las manos, el vientre… pero los guionistas somos el cerebro, y nosotros somos los primeros que tenemos que creérnoslo, y a veces parece que no es así. No gastemos más energías en quejarnos. Demostremos que somos realmente el cerebro, ejerciendo nuestra función de dirigir las acciones de nuestro cuerpo, y a un cuerpo no le queda otra que obedecer los dictados del cerebro.

Entender que somos el cerebro pasa por conocer bien cuál es la función de un guión en el proceso de una producción audiovisual, tanto para cine, televisión u otros medios. El guión no es solo un documento necesario para la grabación o rodaje, hay quien tiene esta consideración errónea. El guión es la herramienta básica que se necesita desde el inicio hasta que la producción está estrenada.

Cuando se decide llevar adelante una producción, alguien tiene una idea abstracta de lo que se pretende, puede ser un productor, un directivo de cadena, un director o un guionista, pero sea quien sea, el primero que va a convertir lo abstracto en concreto es el guionista, o guionistas. Salvo los contratos, el primer documento que se crea es el guión, en este sentido también podríamos decir que es la célula madre embrionaria. A partir de la existencia del guión irá surgiendo todo lo demás. El productor ejecutivo que tendrá que buscar financiación o conseguir un contrato en una cadena, va a utilizar el guión, tiene que preparar un proyecto, pero este estará basado en el guión. El presupuesto, el casting, la dirección artística, todo se va a desarrollar por profesionales que buscaran en las páginas del guión los elementos necesarios para decidir cómo será cada aspecto del diseño de producción, nadie tomará una decisión sin antes leerse el guión y comprenderlo. Y el propio proyecto contendrá el guión, y quien decida sobre la financiación tendrá que decidir a partir del interés o no de ese guión. Cuando el proyecto esté financiado entrará en juego el equipo del director de producción, y los ayudantes de dirección, que tendrán, unos que localizar, conseguir permisos y cerrar contratos y otros elaborar un plan de rodaje, todo esto siguiendo escrupulosamente lo que pone en el guión, y ya rodando es evidente que actores y director se deben al guión, igual que el montador en su sala de montaje. Y todo esto hace evidente el paralelismo entre lo que es un cerebro en un cuerpo y lo que es el guión en una producción.

Necesitamos ser muy conscientes de esto, de que somos el cerebro, y actuar en consecuencia. Esto pasa porque sabiendo que el guión es el documento que guía todo un proceso de producción de principio a fin, escribamos desde esa perspectiva, es decir tenemos que escribir guiones que no solo sean herramientas de grabación o rodaje, que sean herramientas de producción. Y aquí los guionistas tenemos una gran responsabilidad, y es la de la calidad de nuestro trabajo, si este no tiene calidad, si nuestro cerebro es defectuoso, nuestro cuerpo, nuestra producción será defectuosa. Pero tener calidad no implica solo escribir contenidos de calidad, implica escribir de tal forma que desde nuestro guión se faciliten todos y cada uno de los procesos necesarios de la producción, y esto incide en nuestra formación, el guionista debe tener una formación integral. Es un especialista en una faceta de la producción, pero debe tener conocimiento suficiente de todas las demás. En este sentido los guionistas tenemos que ser serios y responsabilizarnos con nuestra formación integral sobre lo que es una producción. No tenemos que ser especialistas más que en guión, pero si tener conocimientos básicos de los demás aspectos. Este conocimiento, además, nos otorgará autoridad a la hora de discutir sobre nuestro guión, a la hora de defenderlo. Nuestros argumentos en defensa del guión podrán referirse a como ese guión sustenta toda la producción.

Tenemos que lograr esa autoridad moral que nos dará ejercer como cerebro de una producción, porque esto derivará en el respeto que nuestra profesión necesita, y en el respeto individual que cada guionista debe tener dentro de un equipo global de producción. Ser respetado significa, entre otras cosas, ser tenido en cuenta, ser escuchado, y hace que los demás sean prudentes en las apreciaciones y acciones sobre nuestro trabajo.

Es evidente que tenemos que decirlo: SOMOS GUIONISTAS. Ser guionista es algo muy importante en la industria audiovisual de todo el mundo. Tanto como es el cerebro para la existencia de nuestra especie.

EL MAKING OF DEL ENCUENTRO


Por Gab Kar Wai.

Ya ha pasado más de una semana del II Encuentro de Guionistas en Madrid. La verdad que fueron tres días intensos. Muchas fueron las grandes frases, los titulares de los periódicos (que si “guionistas del Apocalipsis”, que si “la rentabilidad social de las autonómicas”, que si purgar a los analistas de guión, etc), pero yo me voy a quedar con las pequeñas anécdotas, los chascarrillos, las tonterías.

La ministra fue, besó el santo (es decir dijo su discurso) y se largó. Luego la vimos a la hora de la comida departiendo con sus habituales, porque ella al final al cabo, también es guionista (dicen que a partir del 20-N escritora).

Las agrupaciones a la hora de comer, cenar, beber, parecían en mapa autonómico: creo que no había hablado durante tanto tiempo con tanto guionista valenciano. Pero igual los catalanes con los suyos, los gallegos y los vascos, etc. Vamos, que faltaba mezcla autonómica.

Creo que todos los trapos sucios y marrones que le pueden pasar a un guionista le han pasado a David Muñoz. O los atrae él o su vida será llevada al cine en el 2057. La dirigirá Gore Verbinski.

Se rumoreaba que Risto Mejide iba a estar en una mesa. Habría repartido estopa para todo cristo. Los tweets habrían sido trend topic. Y Antonio Albert habría abandonado el plató, perdón la sala.

Se confirma que Corcón es la santísima trinidad del guión, padre, hijo y espíritu santo: abre el Encuentro, es ponente en la mesa de no ficción y modera la mesa de los derechos de autor.

Sorprende que la gente te conozca por tu perfil de facebook, pero si no es mi nombre! “hola yo soy… porque tú eres…”.

Antonio Castelo es un showman y divertido, como lo era el guiñol de Luis Fernández (¿os acordáis?). Ahora, yo no me creo que fuera borracho. Él es así. Es nuestro Andy Kaufman, o mejor, nuestro John Belushi. Espero que no encuentre a su Robert De Niro y a su Robin Williams, porque la pueden liar parda.

Algunos lo comentamos, y dudábamos de si Antonio Albert traía el micro de casa o del plató de “Supervivientes, el debate”. ¿Por qué siempre lo tenía!?

No voy a decir quien, pero un guionistasvlc se durmió. Varias veces.

Se rumoreaba que había un guionista del PP.

En el momento que Javier Olivares citó a un analista (al que puso a caer de un burro) y dijo que estaba en el público, pensé que habría duelo a muerte. No sabía si con espadas o en plan Bud Spencer, a hostia limpia.

¿Lo de que fuera en un sala cedida por Mapfre es una indirecta para que nos hagamos un seguro de vida? ¿Quién ha sido el productor que lanzó la indirecta?

Los de bloguionistas eran más de chascarrillos en twitter. Yo palmé la batería de mi móvil en las conclusiones. Lloré de risa 2 veces.

José A. Pérez vino, dijo cuatro verdades y se fue a montar un video industrial. Y creo que fue ese el orden. Un gran tipo. Y vasco.

Paco Cabezas es más andaluz que mi abuelo. Dijo nosequé de que “los guionistas somos putas baratas”. Y no tengo claro si la frase podría ser al revés: las putas baratas somos guionistas.

En una cena Barrejón me comentó que sentía envidia (sana, of course) por mi estancia en Buenos Aires. Yo no le dije nada, pero yo sí que envidio que él viva temporadas en Berlín. Y la mía no es sana, cabrón!

Y reparto odio porque Ana Sanz-Magallón se va también allende nuestra fronteras a analizar un guión. ¿He dicho Irlanda? (pásatelo mu’ bien Ana).

Los canapés muy buenos. Mejor que el año pasado.

Por cierto, Juanjo Moscardó parecía sacado de una peli de Vigalondo. Espero que haya descansado, porque se pegó un curro… y ya que suelto felicitaciones reparto a mis queridísimas Virginia y Teresa de EDAV y Marta de FAGA, por el currazo.

Salí una vez al servicio y vi a José A. Pérez diciendo una palabra rara (no recuerdo cuál) a la cámara de Anuska. No digo más O.o

Por cierto, ¿dónde estaba Valentín Fernández-Tubau? El año que viene pido a la organización lucha en el barro con Antonio Albert. Venga!

Cuando volví a Valencia, me dormí en el tren. Ronqué, creo.

LES LLAMÁBAMOS SINDICATOS… Y TAL VEZ NO LO ERAN

por GuionistasVlc

Hace un par de dias nos pasó por encima un Ómnibus, en forma de ley. Nos despertamos de golpe y magullados. Llevábamos ya un año soñando un bonito sueño: los guionistas empezábamos a contar, a ser alguien con voz propia. El Encuentro de Valencia le dió un buen empujón al Gremio. Nos sirvió para conocernos a muchos que andábamos desperdigados, nuestras asociaciones recibían la incorporación de muchos nuevos afiliados y – sobretodo- estrechaban relaciones entre ellas. Se planteaban retos de futuro comunes. Empezamos a vernos ya por fin como un colectivo vertebrado. Y en muy pocos días, en Madrid, vamos seguir profundizando en todo aquello que se puso en marcha en Valencia.

Tampoco eran buenos tiempos: ya teníamos encima un crisis asfixiante que había agravado los problemas endémicos de este oficio. Pero sentíamos la unión que nunca habíamos tenido antes. Quizá ya no estuviese lejos el día en que tuviésemos la fuerza suficiente para sentarnos a una mesa con productoras y cadenas y pactar con ellos unas condiciones de trabajo dignas, en beneficio de todos pero, muy especialmente, de los compañeros más desprotegidos. Eso que con tanta normalidad – y aún con los lógicos desencuentros puntuales – hacen Patronal y Sindicatos. Y mientras tanto poco más se podía hacer: difundir y dignificar nuestro trabajo y empezar a intentar conseguir unas remuneraciones mínimas: por grande que sea la crisis no podemos trabajar a cambio de un puñado de gominolas y alguna palmada en la espalda. Nos gusta imaginar mundos y poblarlos de héroes y aventuras. Pero también nos gusta pagar las facturas a final de mes. Y que aún sobre un poco para poder darnos algunos pequeños caprichos como ir al cine, comprar un libro… no somos gente con grandes pretensiones.

Pero se nos había pasado desapercibido que en 2009 se había aprobado la llamada Ley Ómnibus. Este curioso nombre le viene porque en realidad es una ley-contenedor que venia a unificar un conjunto de medidas para estimular la economía. Algunas de estas medidas tenían como objetivo el facilitar la competencia en la prestación de servicios. Y una de las maneras de hacerlo era evitar que los prestadores de estos servicios acordasen precios abusivos para el consumidor. Un empeño loable: a ninguno nos gustaría que los fontaneros se juramentasen para cobrarnos 500 euros por cambiar un grifo. A partir de ese momento se empieza a considerar que la publicación de baremos o tablas de honorarios contraviene la Ley. Aún cuando sean una mera recomendación, no vinculante. Los colegios profesionales, en consecuencia, se apresuraron a retirar de sus páginas web este tipo de información.

Los compañeros de ALMA, por desconocimiento o despiste, seguían teniendo esa información colgada. Una denuncia ante el organismo de control competente motiva la apertura de un expediente, que puede acabar en una severa sanción. Lo que en ningún caso ha habido, estamos seguros, es mala fe. Desde hace tres días los teléfonos de los abogados de las asociaciones de guionistas echan humo. Y todas se han apresurado a retirar de sus web este tipo de documento que nadie había imaginado que pudiese ser ilegal. Hasta aquí los hechos.

¿Qué significa todo esto? ¿Qué sabor de boca nos deja? Para empezar, nos da la impresión que lo que “ha estado mal” no es el hecho de publicitar unas tarifas (no tendría mayor importancia, se le pueden enviar por correo a quien quiera consultarlas) sino el propio hecho de que estas tarifas existan. Y que sean fruto de un pacto colectivo. El que nos pongamos de acuerdo en decir que por tal tipo de trabajo nadie debería cobrar menos de tanto… ya es, para la ley, una presión sobre la libertad de mercado, una traba a la competencia y, por tanto, merecedora de castigo. Si esto está así… difícilmente vamos a poder sentarnos nunca con la patronal de nuestro sector a negociar colectivamente. ¡Con la falta que nos hace!.

La administración ha pasado por encima de las peculiaridades del sector. La profesión de guionista tiene unos condicionantes que se avienen mal con las fórmulas de “café para todos” con las que el legislador suele dar los problemas por cerrados, aunque sea cerrarlos en falso.

Los guionistas no trabajamos directamente para el consumidor. Aunque tengamos millones de espectadores no tenemos millones de clientes potenciales. Trabajamos para productoras y cadenas de TV. Es decir, para un número muy escaso de compradores directos de nuestro trabajo. Las relaciones entre nosotros no son de igual a igual, ni mucho menos. No tenemos la capacidad que puedan tener en otros oficios para “extorsionar” al cliente con precios abusivos. Más bien al contrario: somos nosotros quienes escuchamos con frecuencia eso de “en la puerta tengo cien como tú dispuestos a hacerlo por el precio que yo les diga”.

La gran trampa es que, queriéndolo o no, casi todos somos “empresarios”. Quien nos da el trabajo nos suele exigir que nos demos de alta como autónomos. Así, cuando contratamos con un productor estamos hablando “de empresario a empresario”, como si nos moviésemos en un mismo plano. Nuestros contratos, en la mayoría de los casos, no son pues laborales, sino mercantiles. Y ahí hay derechos que, por principio, no se pueden hacer valer. El derecho de huelga, por ejemplo. Cualquier acción nuestra en ese sentido, seria un simple “incumplimiento de contrato”. Llevaríamos las de perder y el productor podría incluso reclamarnos una indemnización fuera de nuestro alcance.

Cierto que hay compañeros que, por sus circunstancias, prefieren ser autónomos que asalariados. Esto está bien cuando tienes una buena racha de trabajo y realizas encargos para muchos empleadores distintos, incluso simultáneamente. Es una elección personal muy respetable. Lo que no está tan claro es que para los demás se convierta en una imposición desde la productora. Y mucho menos para encubrir relaciones laborales convencionales. No olvidemos que además una gran parte de este trabajo se realiza como “autónomo dependiente”. O sea aquel que obtiene al menos el 75% de sus ingresos de una sola empresa.

Ya hace mucho tiempo que a casi nadie nos ponen delante un contrato “de los de toda la vida”. Y eso que siempre eran contratos temporales o por obra, fáciles y baratos de rescindir cuando al patrón deje de interesarle. Siendo así, ¿a qué viene esta reticencia al contrato laboral? No por ahorrar dinero: como autónomos solemos cobrar un poco más para compensar el pago de cuotas de la Seguridad Social, que serán íntegramente pagadas por nosotros. No suelen tener problema en mejorar un tanto la remuneración para compensarnos por éste inconveniente.

La verdadera razón, nos tememos, es que ser autónomos nos recorta prácticamente todos los derechos que como asalariados podríamos tener. Y nos sitúa en un falso plano de igualdad que sólo pueden creerse los más fanáticos del neoliberalismo. No, no somos iguales: hay un débil y un fuerte, hay unas relaciones de poder preestablecidas que juegan en nuestra contra. Y el mayor recorte no lo sufrimos en dinero o en horarios leoninos… la obligación de ser autónomos nos priva toda capacidad de acción colectiva.

Y eso, precisamente, es que lo queda flotando en el aire tras este asunto del expediente a ALMA. Un sindicato puede publicar sin problemas el Convenio Colectivo de su sector. Es más, la administración es testigo y garante, en cierto modo, de este acuerdo. Nosotros no podemos publicar unas tarifas mínimas recomendadas (aunque puede haber mil formas de trampear esta prohibición). Es que ni siquiera podemos plantearnos un pacto entre nosotros, ni mucho menos una negociación colectiva. Esa imagen que sugeríamos líneas atrás, la de los representantes de las asociaciones de guionistas reunidos con los representantes de la patronal del Audiovisual, es una fantasía fuera de lugar mientras no estén representando a trabajadores asalariados.

 

Nuestras asociaciones podrán llamarse sindicatos, pero no podrán actuar de verdad como tales mientras sus representados no sean lo que deben ser los representados: trabajadores por cuenta ajena.

Esperemos que el asunto de ALMA no llegue a mayores, que sus abogados tengan una buena linea de defensa, que la autoridad aprecie la ausencia de mala fe, que incluso se pida perdón por el despiste, si es necesario, y el caso termine archivado… pero la cuestión de fondo está ya sobre la mesa y va mucho más allá de este incidente puntual. Y es así de simple: de poco nos sirve un sindicato si el principal derecho sindical, la negociación colectiva, le está negado por ley a la mayoría de sus afiliados. Ése es el tema que a largo plazo habremos de resolver: que no seremos nadie mientras no exista algo parecido a un Convenio Colectivo de sector. Y decimos de sector porque además no hay ninguna gran empresa que tenga en nómina a cientos, ni siquiera docenas de guionistas. Lo que encontraremos con más frecuencia será tres aquí y cuatro allá. Y aunque los acuerdos de empresa sean deseables debe ser el conjunto del sector el que debe empujar para que esta presión sea eficaz.

¿Qué hacer? Pues aquí ya van a ser necesarias las aportaciones y las ideas de todos. A vuela pluma y a falta de un estudio más a fondo, seria bueno instar a la administración a matizar con más tino los efectos de la Ley Ómnibus en nuestra profesión, teniendo en cuenta sus peculiaridades y huir de ese café para todos que a nadie beneficia. También convendría ir convenciendo a las productoras para que al menos den la opción a elegir si queremos ser autónomos o asalariados, sin dar por obligatoria ninguna de las dos opciones.

Esto nos plantea, pues, tres frentes: el diálogo con la administración, el diálogo con las empresas y, sobretodo, la adecuación de las asociaciones que nos representan a ésta realidad, de la que no éramos del todo conscientes, y de la que acabamos de ver su verdadero rostro.

Por supuesto éste artículo no soluciona el tema… pero esperamos que abra el debate y que algunas de las consideraciones que hemos dejado caer sean útiles.

Y, compañeros de ALMA, estamos a vuestra disposición en lo que podamos ayudar.

SI LOS GUIONISTAS FUÉSEMOS SUPERHÉROES

Chon González

 Tendríamos una identidad secreta.

Si los guionistas fuésemos superhéroes, si utilizáramos nuestra habilidad para cuidar y hacer feliz a la sociedad y poner a los supervillanos en su sitio, es evidente que, como Peter Parker, Clark Kent o muchos otros, deberíamos tener un alias, un segundo nombre para nuestro alter ego justiciero que protegiera nuestra verdadera identidad de posibles venganzas y represalias de enemigos y supervillanos.

Pero nada de nombres tipo; Escrito por, Pianista en un burdel o Gabkarwai, tendríamos poderosos títulos como Supertrama, Capitan turning point, Brainstorman, Mr Gag, o Escaletaman.

Nos moveríamos a supervelocidad.

Tendríamos la habilidad de movernos súper rápido, a una velocidad casi imperceptible para el ojo humano. Cosa que nos permitiría tareas épicas como ser los primeros en llegar a una barra libre o, levantándonos de la cama sólo 5 minutos antes de la hora, llegar a trabajar a un polígono de la periferia sin que nadie fuera capaz de advertir cualquier signo de tardanza. En ese mismo sentido, podríamos estar tomando una cañas en el centro de la ciudad segundos después de terminar nuestra jornada laboral.

Podríamos volvernos invisibles.

Don que nos sería de gran utilidad en las fiestas de rodaje para que nadie del equipo se percatara de nuestra presencia y nos agobiaran como, efectivamente, sucede. Podríamos ir a estrenos de películas o series que hemos escrito sin que nadie, ni tan sólo la prensa especializada, se diera cuenta de que el guionista está allí e incluso que después de estrenada una película, esta se conozca por ser de tal director o cual actor permaneciendo así nuestro poder de invisibilidad en el tiempo.

Podríamos también estar más de un año enviando curriculums y pruebas de guión sin que ninguna productora fuera capaz de detectar nuesta existencia. Fascinante, ¿no?

Poseeríamos capacidad de cicatrización.

Al igual que Lobezno, podríamos curarnos heridas y cicatrices en tiempo récord. En unas horas regeneraríamos el desgarro de un navajazo de  productor ejecutivo o delegado en forma de nota de guión tipo “¿esto lo ha escrito un mono?” o “no sabía que se pudiera teclear con el culo, pero se ve que sí”. Curar esas heridas en pocas horas sintiendo apenas una fugaz punzada de dolor, como los superhéroes de verdad.

Veríamos el futuro.

Ese poder de clarividencia, ese saber cómo va a acabar una historia… Si fuéramos superhéroes dispondríamos de tal habilidad y nos anticiparíamos a los acontecimientos que, siendo sorprendentes para el resto de los mortales, se mostrarían diáfanos ante nuestros ojos.

Si un inquietante psicólogo acompaña a un no menos inquietante niño, nos anticiparíamos a adivinar que el fulano es un fantasma; si el asesino fuera esa chica de aspecto inocente y desvalido, lo tendría jodido para engañarnos atendiendo a nuestro poder de ver el futuro; si el bueno se hace malo o el malo es el director del museo con una careta de scooby doo, lo anticiparíamos sin duda. Como a los buenos héroes, sería muy difícil sorpredernos.

Subiríamos por las paredes.

Ante situaciones de peligro o embarazosas como, por ejemplo, que un supervillano tire abajo todo nuestro trabajo de semanas y haya que rehacerlo en cuestión de horas o cuando un conocido archienemigo, por maldad o estupidez, nos desprestigiara públicamente ante los ciudadanos de nuestra Gotham City particular, la fuerza surgida de nuestra propia desesperación nos haría trepar por las paredes que tuvieramos más  a mano. Sé que cuesta de imaginar, pero debería sucedernos.

No nos jubilaríamos.

Todo el mundo sabe que los superhéroes no se jubilan. De hecho podríamos decir que son una especie de freelance.  Mes que no salvo a la humanidad mes que no como, o algo así.  Pues eso nos pasaría si tuvieramos su status.

Atendamos al hecho de que muchas de sus acciones heroicas no tienen retorno económico, las hacen por amor al arte “ por amor a la humanidad al bien y a la justicia” como dicen ellos, cuando no son manipulados por un supervillano y acaban trabajando sin saberlo para el enemigo y sin una mala ambrosía que llevarse a la boca. Así es dificil ir ahorrando, claro,  y además todos sabemos cómo está el tema de la seguridad social, mucho se habla de los parabienes del  epígrafe artístas, toreros y superhéroes  pero en realidad na de na. Resultado, un superhéroe muere, pero no se jubila. Ese sería nuestro destino.

Nunca nos quedaríamos con la chica.

Así es. Al contrario de lo que sucede en la realidad (que los guionistas no paramos de ligar), si tuvieramos superpoderes, una identidad secreta y un compromiso con la humanidad, sería difícil estar por el “tema” y aunque todo nuestro halo de misterio fuera magnético, sucedería, como les sucede a casi todos los héroes, que nos resultaría imposible consumar y probablemente los réditos de alcoba de nuestras valientes gestas fueran aprovechados por otros miembros de la comparsa, por poner un ejemplo al azar, por los actores.

Por suerte, los guionistas, no somos superhéroes y nada de lo aquí explicado sucederá jamás.