CÓMO SE ESCRIBEN LOS CULEBRONES EN LATINOAMÉRICA

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por Nacho Cabana*

El sistema de organizar la escritura de series diarias en España difiere radicalmente del utilizado en Latinoamérica, especialmente en México. He trabajado en este formato a ambos lados del Atlántico y, ante la masiva emigración de colegas hacia América, quiero exponer cuáles son las principales diferencias entre ambos.

Tanto aquí como allá existe una división entre escaletistas y dialoguistas con dos personas que coordinan cada área. El rol de showrunner (que actúa por ende como contacto con la cadena) puede ser asumido por el coordinador de diálogos o directamente por el productor. Usualmente, o el coordinador de diálogos o el escaletista es el creador de la serie.

En México el trabajo, por días, se reparte como sigue:

Día 1: Al igual que en España, se reúne todo el equipo para hacer el “diagramado” de la semana. Habiendo escrito previamente (durante la fase de biblia) una “sinopsis novelada” (el argumento general de la novela como si de un cuento se tratara con una longitud que puede ir de los 15 a los 20 folios) se procede a detallar lo que va a pasar cada día de la semana en cada una de las tramas. No se trata de una escaleta, sino de los hechos que van a acaecer en cada episodio independientemente de cómo se estructure luego cada trama. Se le puede dedicar dos jornadas.

Día 2: Un escaletista (o a lo sumo dos) escribe la escaleta del episodio del lunes, reparte las secuencias entre los tres o cuatro dialoguistas (usualmente por tramas) y se la manda a éstos.

Día 3. Los tres o cuatro dialoguistas escriben cada uno los diálogos que les corresponden del capítulo del lunes y los remiten a final del día (o de la madrugada) al coordinador de diálogos. Mientras, el / los escaletista(s) redactan la escaleta del martes.

Día 4. El coordinador de diálogos pega lo que le han enviado los dialoguistas y unifica contenidos del capítulo del lunes (y se lo remite al showrunner o al productor si él no asume ninguno de esos roles). Los dialoguistas escriben los diálogos del capítulo del martes. Los escaletistas redactan la escaleta del miércoles.

Día 5. El showrunner da el ok final al capítulo del lunes. El coordinador de diálogos pega y unifica el capítulo de martes. Los dialoguistas redactan los diálogos del capítulo de miércoles. Los escaletistas redactan la escaleta del jueves.

Día 6: El showrunner da el ok final al capítulo del martes. El coordinador de diálogos pega y unifica el capítulo de miércoles. Los dialoguistas redactan los diálogos del capítulo del jueves. Los escaletistas redactan la escaleta del viernes.

Día 7: El showrunner da el ok final al capítulo del miércoles. El coordinador de diálogos pega y unifica el capítulo de jueves. Los dialoguistas redactan los diálogos del capítulo de viernes.

Día 8: El coordinador de diálogos pega y unifica el capítulo del viernes.

Lógicamente el final de un ciclo y el principio del siguiente se suelen solapar aunque para ello el coordinador de diálogos falte (completa o parcialmente) a la sesión de diagramado.

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La principal ventaja de este sistema latino es que todo el equipo está constantemente al tanto de cada detalle de la trama, evitándose la fase de lectura que tanto tiempo consume en el sistema utilizado en nuestro país. En España, una persona puede escribir la escaleta o el diálogo de, por ejemplo, todo el capítulo del lunes. Si a la semana siguiente le toca redactar escaleta o diálogo del capítulo correspondiente al viernes, ha de leerse las 8 escaletas que hay entre medias (más la del episodio que va detrás del suyo, o sea 9). Si además, el escritor es especialmente disciplinado, ha de repasar también todos los guiones ya cerrados de la semana anterior (con lo que en su cabeza se mezclan presente, futuro y pasado).

Considerando que una escaleta tiene una media de 8 páginas y cada guión, 40; el showrunner se encuentra cada semana manejando 240 páginas nuevas cada siete días. Si la telenovela se prolonga un mínimo de 13 semanas, al final de la misma se habrán generado ¡3120 páginas de guión!

Es muy fácil, por tanto, perderse en algún detalle de la historia sobre todo cuando estos pueden (como es lógico) cambiar cuando se dialoga la escaleta y cuando se da el ok a la versión definitiva. Y que la narrativa de un diario no es, no puede ser, sintética.

Lo que se suele pedir en España a los dialoguistas es que no cambien ni uno solo de los acontecimientos que se detallan en la escaleta por muy ilógicos que les parezcan. Un cambio no previsto por parte de los dialoguistas o una intromisión a destiempo de la cadena pueden provocar el caos organizativo.

La desventaja de este sistema latinoamericano es que cada capítulo, al ser escrito por tres o cuatro pares de manos diferentes, tiene menos unidad. Y que un retraso en cualquiera de las fases iniciales provoca trabajar los fines de semana.

En México todos los guionistas cobran de todos los episodios, hayan escrito cinco secuencias o doce (se tiende a igualar en el reparto; al que le tocan menos escenas en un capítulo le tocan más en el siguiente y viceversa) Pero no todos cobran lo mismo, según la experiencia se cobra una cantidad u otra. Escaletistas y coordinador de diálogos ganan considerablemente más.

Yo he trabajado de ambas formas y creo que se tiene menos tendencia al caos en el sistema latinoamericano que en el español.

En Colombia, las series diarias suelen ser más complejas de producción que las mexicanas por lo que resulta imposible aplicar ninguno de los dos sistemas de escritura. El truco organizativo es que desde que la cadena aprueba una serie hasta que se empieza a grabar, pasa aproximadamente un año. 365 días que no se dedican a reescribir compulsivamente el piloto como si éste se fuera a emitir todas las semanas, sino a generar (más o menos) diez episodios mensuales escritos, tanto escaleta como diálogos por el mismo guionista (o pareja de guionistas). Hay al inicio del mes una reunión de diagramado de los capítulos correspondientes a dos semanas y luego se aplica el mismo sistema de escritura que en las series semanales. Cada guionista escribe su escaleta, que es oportunamente revisada por el showrunner y, una vez aprobada, pasa a se dialogada por él mismo en un periodo de dos o tres semanas. La cadena cuenta, por tanto, con un gran número de episodios cerrados con mucha antelación al inicio de la grabación lo que permite al equipo de dirección y producción agrupar secuencias de muchos episodios para optimizar el rodaje y poder hacer capítulos tan espectaculares como el piloto de la segunda temporada de “El Capo”

* Nacho Cabana (Madrid, 1968) es guionista profesional desde 1993 habiendo sido creador, escritor y/o productor ejecutivo de series como Policías en el corazón de la calle, Compañeros, Cuenta atrás, Médico de familia, UCO, Simuladores, Colegio Mayor, El porvenir es largo, SMS, El sexo débil, La teniente y así hasta sumar más de 300 guiones grabados en España y México. En el país azteca dirigió la película documental sobre lucha libre Tres Caídas (Loco Fighters) estrenada en el Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Sitges 2006 y presente en numerosos certámenes internacionales. También ha coescrito los guiones de los largometrajes No debes estar aquí (2002) y Proyecto dos (2008)

En 1993 se hizo con el premio Ciudad de Irún de cuento en castellano gracias a Los que comen sopa; en 2003, su novela Momentos robados es considerada la mejor de las presentadas en el mismo certamen y en 2014 es galardonado con el Premio L´H Confidencial por La chica que llevaba una pistola en el tanga.

Es miembro de la Academia Española de Cine así como jurado de los International Emmy Awards.

Actualmente colabora en la revista cultural Tarántula (www.revistatarantula.com).

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#GoodbyeBreakingBad

Walter/Heisenberg

Walter/Heisenberg

Por Martín Román.

I

 

Empiezo a escribir el artículo a escasas horas de ver el último capítulo de Breaking Bad. Hay mucha emoción y cierta tristeza al ver el final de esta serie. Pero creo que no merecería alargarla más, ya sabéis la máxima del guión: entra cuando esté empezado y sal antes de que termine. Los últimos meses vivo esquivando spoilers, tratando de llegar virgen a cada uno de los visionados. Hasta hoy lo he logrado. Si tú, lector, no estás al día con la serie (¿a qué esperas?) te recomiendo dejes de leer aquí porque algún spoiler va a caer.

 

No sé nada pero intuyo que Walter White va a morir.  Es el destino del personaje, en el primer episodio le diagnostican cáncer de pulmón, lo que es prácticamente una condena. La duda es cómo va a morir, dudo mucho que sea la enfermedad, hay varios candidatos que le tienen más inquina: Jesse Pinkman, Marie, Skyler, Lydia, la DEA… Si no muere creo que me decepcionaré.

 

Veo a Walter White como el protagonista de la primera gran tragedia del siglo XXI. Es un personaje que se adelantó a la crisis de Europa y de España, ahora que con la excusa de los recortes el (mal)gobierno está convirtiendo la sanidad en un negocio podemos entender mucho mejor su situación. En EEUU padecer una de estas enfermedades te convierte en pobre y te condena a morir o a endeudar a tu familia si no tienes un seguro que cubra todos los gastos (¿en España ahora también, no?). Esto empuja a un anodino profesor de química, del que luego sabremos que podía haberse convertido en un químico reputado, a “cocinar” metanfetamina en forma de cristales azules, la mejor metanfetamina que nunca ha llegado a las calles. Hay aquí una gran crítica al sistema que se articula bajo la máxima de que el neoliberalismo empuja a las personas a convertirse en criminales para sobrevivir.

 

Días antes de que empezara esta última temporada, mis compañeros de piso (los editores Sam Baixauli y Sonia Sánchez) y yo, con quienes comparto adicción, vimos el primer capítulo de todos. Queríamos saber si realmente la evolución de los personajes estaba planteada desde el principio. No nos quedó duda de que así era. Heisenberg vivía enterrado bajo la personalidad de un anodino Walter White, Jesse Pinkman, tenía todas las papeletas para destruir su vida y lo va haciendo capítulo a capítulo aunque intente lo contrario. Hank es un fanfarrón que se toma su vida trabajo muy en serio, Skyler vive preocupada por su hijo y la hija que vendrá dispuesta a todo por protegerlos.

 

La serie se ha dividido en cinco temporadas (en realidad seis), seis años para narrar un tiempo dramático que ocupa dos años en la vida de los personajes. Físicamente han cambiado mucho, especialmente Flynn y Jesse, pero los personajes están tan bien armados, es tal su su complejidad, que lo olvidas enseguida.

 

Atrás quedan ya Mike, Gus Fringe, Tuco, Jane, Gale Boetticher… muchos cadáveres que pesan sobre Walter Withe y Jesse Pinkman, aunque de manera más dolorosa para el segundo. A pesar de los muchos crímenes, nos mantuvimos del lado de Walter incluso cuando fue capaz de amenazar a Skyler y dejarle claro que es él “the one who knocks”. Se sostuvo esa querencia hasta que delató a Pinkman ante Todd y los nazis. Ahí empezamos a odiar a Walter White tanto como amamos a los guionistas que son capaces de llevarnos de un lado a otro de las emociones. A pesar de esta traición a Jesse, que seguro Walter/Heisenberg asume que él fue delatado primero a la DEA, estoy convencido de que la transformación del protagonista en este último capítulo va a ser completa y volveremos a estar de su lado y lloraremos su muerte. En breve saldré de dudas. Ahora apago las redes sociales y el móvil para darle al play. En un rato acabo el artículo.

 

 

II

 

Y no decepcionó. Walter afrontó su destino, asumió sus culpas y murió sintiéndose bien consigo mismo. Tanto él como los guionistas cerraron todos los cabos sueltos. El personaje se redimió, creo que lo que sucedió es que Walter aprendió a dominar a Heisenberg, supo tomar de él lo bueno, inteligencia, valor y determinación, y sumárselo a aquél profesor de química que fue preocupado por su familia y por el conocimiento. Ha destruido su familia pero sabe que Skyler, en el fondo, lo ha perdonado. Tal vez tiene la esperanza de que Flynn algún día haga lo mismo. Y el cristal azul desaparece de las calles, Jesse no cocinará nunca más y Walter se lleva su secreto a la tumba. En el último plano parece que Vince Gilligan decidió enviarlo al cielo al dejarlo tendido en el suelo con una sonrisa de satisfacción y elevarse la cámara como si fuese su alma. En paz descanse. #GoodbyeBreakingBad y gracias.

 

Postdata:

Siempre he dicho que Breaking Bad sería la mejor serie de televisión a excepción de The Wire. No soy el único que lo cree.

 

 

¿LA FIESTA DEL CINE MEXICANO?

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Por Martín Román.

Ayer, martes 28 de mayo, se celebró la 55 Ceremonia de Entrega del Ariel, los homólogos a los Goya de la Academia del Cine Mexicano. A punto de cumplir mi primer año en DF tenía muchas ganas de verlos pues además conocía a algunas de las personas nominadas. Con mis compañeros de piso, Sam Baixauli y Sonia Sánchez (editores de cine) preparamos una cena a base de botana (así se le llama al picoteo en estas tierras) a la que se sumó mi amiga Mariana Martínez (actriz y productora con quien adapté la obra Casting Porno) para plantarnos ante la tele como si fuéramos futboleros ante una gran final.

Como no tenemos antena de televisión nos pusimos a buscar la retransmisión on-line del evento. Buscábamos y buscábamos pero no lo encontrábamos, lo intentamos incluso en rojadirecta.com, pero ni por esas. Dejamos mensajes en Facebook y Twitter por si alguien tenía el link correcto. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que otras personas estaban en la misma situación que nosotros, no había retransmisión. Habíamos escuchado que Canal 22 lo iba a retransmitir, sí, pero será el jueves 30 en diferido, ¿españoles, os imagináis una final de Copa del Rey en diferido? ¿mexicanos, os imagináis que retransmitieran hoy la épica final del América contra Cruz Azul? ¿A quién le puede importar cuándo ya se saben los resultados? Teníamos la cena, unas cervezas… y Twitter, así seguimos la gala. Nos llevamos alegría por los premios de Carlos Hidalgo, fotógrafo de la película que están montando en estos momentos Sam y Sonia, el de Afredo “El Tigre” Mora, por mejor maquillaje y a quien pude conocer en Microteatro México con su debut en la actuación, y el de Roberto Sosa a mejor actor, primo de Mariana. Ahora estamos deseosos de ver El Premio, la puesta de largo de la reputada guionista Paula Markovitch, la gran triunfadora de la noche cuyo trailer pueden ver a continuación:

Probablemente una gala de estas características no vaya a ser un evento de máxima audiencia pero si las televisiones no apuestan por el cine mexicano tal vez la Academia debería suplir esta falta de interés. En la era de Internet se puede lograr la retransmisión a un bajo coste, recordemos que el 15-M estuvo retransmitiendo en directo desde la calle la Acampada de Sol. No soy técnico pero no debe ser muy complicado, sobretodo para una Academia de Cine con expertos en este campo en sus filas.

No sé si el cine mexicano vive su mejor momento, pero sé seguro que no está en el peor como es el caso de España (mal momento por nuestros políticos, a nivel creativo es otra cosa). Dos años seguidos han recibido premios importantes en Cannes películas como Post Tenebras Lux (Carlos Reygadas), Después de Lucía (Michel Franco) y Heli (Amat Escalante), y la taquilla acaba de ser reventada con la comedia Nosotros los nobles (Gary Alazraki). Es buen momento para sacar pecho y la mejor manera es dando difusión a sus premios. Me podrán decir que la Gala sí fue retransmitida, pero fue en televisión de pago. Todos hemos escuchado la queja de que la gente no va a ver cine mexicano (creo que sólo estadounidenses, ingleses y franceses van a ver su cine patrio) entonces ¿alguien es tan iluso para creer que van a pagar por ver la gala? ¿no sería mejor que se le pusiera en bandeja al espectador la gala y que se quedara con el gusanillo de cómo estará El Premio, El Fantástico mundo de Juan Orol, La demora, La vida precoz y breve de Sabina Rivas o Cuates de Australia? Aunque vayan a comprarlas luego piratas, tal vez si descubren que sí les gustan la próxima vez que vayan a un cine opten por ver una mexicana.

Pinchando AQUÍ pueden ver la lista de galardonados, felicidades a todos.

VIVO EN SPRINGFIELD

Nuestra firma invitada de hoy es Nacho Sánchez.


Hace ya muchos años que, para dolor de amigos y familiares, me convertí en un fan acérrimo de “The Simpsons”, la gran serie creada por Matt Groening.

A lo largo de ese tiempo (20 años ya), las vicisitudes de los habitantes de esa urbe ficticia me han acompañado y, me da la impresión, han moldeado el mundo a mi alrededor. Hubo primeros indicios que me hicieron sospechar, las noticias me recordaban a gags del programa:

Una grúa cae a la presa Maria Cristina al intentar taponar un agujero, por el que se había colado la bola con la que se tapaba:

La vicepresidenta presenta una subida de impuestos y suena exactamente como el “ajuste temporal reembolsable” que inventa una Lisa Simpson presidenta del Gobierno, para colarsela a los ciudadanos de Springfield (han descolgado de la red el video comparativo, divertidísimo).

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Por no hablar del comportamiento de Krusty y el “show-bussiness” real o Kent Brockman y los periodistas reales (cada vez que salía uno de los presentadores de Noticies Nou le veía a él, si alguien recuerda su nombre que lo diga!)

Así, llega un momento en que el mundo se me ha vuelto amarillo y, dubitativo como soy, me pregunto: ¿Es el mundo cada vez más parecido a Springfield o como es uno de mis referentes de ficción mi cerebro “amolda” el mundo dentro de Springfield?

Y aquí viene cuando la matan: ¿la ficción afecta a nuestra percepción del mundo? ¿El que más y el que menos es un pequeño Quijote a quien los relatos de caballería han vuelto loco?

Francamente, creo que todo es mucho más sencillo: los Simpson son un ejemplo muy claro de guión bien construido desde la disección crítica de la sociedad que le rodea. Es ese análisis vertido en los guiones lo que hace que los “veamos” a nuestro alrededor. Cuando te parece ver la corrupción de The Wire en las noticias diarias (demasiado a menudo en Valencia), es el análisis certero de la sociedad capitalista occidental lo que ves, no la obra de ficción.

Y es en este punto en que hay que insistir en la importancia de este análisis previo y su aplicación al guión. Demasiadas veces encontramos guiones y guionistas empeñados en trabajar sobre “personajes reales”, pero olvidan analizar y plasmar el mundo en que esos personajes se mueven. ¿Cuantas películas “sociales” se quedan en nada porque su visión del mundo es simplista y maniquea (y no pongo ejemplos, allá cada cual)? ¿Cuántos dramas se quedan en llantinas de mal serial por situar a sus personajes en entornos planos?

En fin, que estaré eternamente agradecido al señor Groening por su serie, y seguiré viendo el mundo de color amarillo, incluido yo mismo!

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LES REVENANTS: LA INTIMIDAD DEL ZOMBI

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por Paco López Barrio

Quien me iba a decir a mí que terminaría disfrutando – y mucho – con una serie protagonizada por muertos vivientes. Normalmente la habría dejado pasar, aún con sus buenas críticas. Pero, en esta ocasión, la recomendación venía de parte de Pablo Olivares. Aquí debe haber algo más… pensé. Y si, lo había. Tanto que hasta he sentido la necesidad de escribir un post, yo que no soy nada aficionado a reseñar series. Allá va…

A mi los zombis, en general, me dan mucha pereza. Me aburre ver tipos con las carnes medio descompuestas colgando, que caminan con los brazos hacia adelante, tambaleándose y murmurando una especie de “uhhh” gutural, y que no tienen otra obsesión que comerse nuestros cerebros. Para mi gusto son los personajes de terror menos atractivos: carecen del glamour del vampiro, de la solera histórica de la momia, de la épica del hombre lobo. Son carne, verdosa y putrefacta, de subgénero, pura serie B. Para parodiar, en todo caso. Y que me perdone Martín Román por este alegato anti-zombi.

Pero Les revenants es otra cosa. Una reseña reciente en el blog Todo Series llevaba este titular: Cuando los zombies comen croissants. Me parece una excelente síntesis. Tanto que he sentido la tentación de robarlo como título de este post. La sinopsis oficial de la serie es esta:

En Annecy, durante el mismo día, gente de diferentes edades y clases sociales, todos ellos desorientados, intentan entrar en sus casas. No saben que han estado muertos durante varios años, que no han envejecido y que nadie les está esperando. Sin embargo, están decididos a recuperar un sitio que ya no es suyo. Pronto descubrirán que no están solos en ese vuelta, y que su regreso está causando más de un problema en la región. ¿Y si sólo es el principio de una convulsión mucho mayor?

La gran diferencia entre Les Revenants y los otros subproductos del género es que no se trata, a priori, de ninguna invasión de fuerzas del mal, no hay (al menos hasta el final) batalla campal entre la luz y la sombra… lo que hay son pequeñas historias completamente cotidianas, intimistas incluso. Más allá de su premisa fantástica inicial, es la pura condición humana lo que se examina, con toda su secuela de relaciones personales, familiares, sentimentales… la figura del zombi se me aparece como un recurso para someternos a examen a nosotros mismos. Pero un nosotros mismos dinámico: somos aquello que el tiempo ha hecho de nosotros.

Los retornados a ese pequeño pueblo no son, de entrada, una figura amenazante. Son la gente que quisimos, aquella por la que tan amargamente lloramos cuando nos dejaron. Su vuelta nos produce una alegría inmensa… pero también nos crea una serie de dificultades no esperadas. Cada uno ha aprendido a vivir con sus presencias y sus ausencias: la falta de una persona querida es dolorosa, pero con el tiempo el ser humano recompone su realidad y tras la pérdida alcanza un nuevo equilibrio. Así que, tras la alegría inicial por el reencuentro, se ponen sobre la mesa las asignaturas pendientes.

Quiero ser muy cuidadoso con los spoilers por no fastidiar a quien aún no la haya visto (que sereis la mayoria), pero pondré un ejemplo, procurando no ir más allá del cap. 1:

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Tenemos a dos hermanas gemelas, de esas tan unidas que cuando pellizcan a una la otra tambien siente el dolor. Una de ellas muere a los 15 años. Cuando regresa, su hermana tiene ya 19. ¿Y que sucede? Varias cosas: dos chicas que han crecido juntas y tan estrechamente unidas se desfasan en edad y vivencias. La “mayor”, Lena, ha aprendido cosas que la “menor”, Camille, aún no ha vivido. Lena, que había tenido que aprender a vivir sin su hermana (un aprendizaje doloroso), se ve ahora como esos hermanos mayores que se sienten lastrados por la presencia del pequeño. A su vez, Camille sigue sintiéndose como una igual a Lena, aunque ahora es todavía una chiquilla y la otra ya una mujer, y se resiste a un papel subalterno o tutelado.

Por otra parte, Claire y Jerôme, su padres se han separado en este tiempo. Camille conoció a una familia feliz y unida, Lena vivió paso a paso la desintegración de la pareja. Además su relación con su padre se ha vuelto muy conflictiva, mientras que Camille aún tiene intacta la confianza en él.

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Con estos elementos ya podemos darnos cuenta de que el eje central de Les revenants está mucho más cerca de una serie de ambiente cotidiano de la BBC (White Heat, por ejemplo que es también una serie de retornos y heridas) que de los films de George A. Romero. Como no he seguido Walking Dead no puedo comparar, pero quizá algún lector pueda aportar este referente en comentarios.

¿Qué es pues Les Revenants? Pues una historia de la intimidad de las personas, de cual es el sentido del duelo y la ausencia. Pero también del “lugar en el mundo” de cada cual. No es un tema menor. Nuestro “estar aquí” depende de tal entramado de interacciones con los otros que cualquier interrupción hace muy difícil volver a la situación anterior, nada vuelve a ser como fue. Es más, podemos pasar de ser alguien “necesario” a ser un estorbo. De sentirnos dueños de nuestro mundo a sentirnos unos extraños a los que nada les encaja ya. O dicho de una manera castiza: “El que se fue a Sevilla, perdió su silla”. No hace falta morir y resucitar para darnos cuenta de esto. Cualquiera que haya intentado retomar una vieja amistad – y no digamos ya un viejo amor- se habrá dado de narices con esta cruda realidad.

Al menos esto es así en los primeros 6 capítulos. En los dos finales se produce no ya un giro sino un cambio de registro radical. Lo íntimo deja paso a lo épico cuando las resurrecciones empiezan a convertirse en masivas. Y digo épico porque el cap. 8 tiene momentos que me remiten a “El Álamo” o “Solo ante el peligro”. Ya estábamos avisados en la sinopsis inicial: “¿Y si sólo es el principio de una convulsión mucho mayor?”. Un detalle: hasta ese momento los capítulos llevaban como título el nombre de alguno de los personajes. El 8 se titula, es significativo, La horda.

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La apoteósis final del 8, con guiños de western grande, me deja con la sensación de que ya estoy viendo otra serie. Y que la segunda temporada (que no veremos antes de 2014) va a tocar otros palos muy diferentes. No digo que esté mal, no digo que no lo vayan a hacer con maestría (porque hay que decirlo: me descubro ante la realización y las interpretaciones). Pero temo que me vayan a sacar de este rico universo de  asuntos familiares y locales para meterme en una batalla generalizada entre el bien y el mal. Que seguramente será cojonuda y la disfrutaré mucho… pero no es lo que me ha hecho enamorarme de esta serie.

Este giro de los dos capítulos finales me impide darle el sobresaliente “cum laude” y lo dejo en sobresaliente muy alto. Pero no descarto conceder ese cum laude si en la segunda temporada me convencen de que el giro ha sido para bien.

El final deja muchos interrogantes en el aire. Pero algunos no necesitan, para mi gusto, explicación. Me da igual que no me expliquen el porqué de estas resurrecciones. O los extraños sucesos del pantano. Han sucedido y basta. Lo importante es a dónde nos ha llevado este hecho, el cómo resolveremos los conflictos creados. En ese sentido, más que de final abierto hablaría de principio abierto: ¿Qué más da el origen de todo esto si lo que que importa es qué haremos a partir de ahora? Y si, por supuesto, se quedan en el aire bastantes preguntas que sí espero se resuelvan posteriormente. Pero no son del tipo explicación científica de nada, sino de destinos humanos: ¿quien es Pierre, por ejemplo, realmente? Pero prefiero no comentarlos hasta que la serie no esté emitida en España. Que yo sepa aún no se ha anunciado, pero es lógico pensar que, siendo una producción de Canal +, acabaremos viéndola aquí también.

Resumiendo: merece la pena verla. Mucho. Para disfrutar como espectadores pero también para tomar nota de algunos modos de hacer que echo mucho de menos en la ficción española. En primer lugar la contención. Pese al fuerte contenido emocional de la trama no se cargan las tintas artificiosamente. Si hay que llorar se llora, pero sin sobreactuar. También el uso de las elipsis, de las ambigüedades… Les revenants deja que el espectador sume por si mismo que 2+2=4. Y es de agradecer.

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Habría mucho más que comentar, pero me resulta imposible hacerlo sin destripar las tramas. Solo adelantar que el relato avanza tanto por los sucesos presentes (que los hay y muy interesantes) como por las revelaciones de sucesos pasados, con una construcción dramática impecable . Personalmente me parece mucho más difícil y meritorio este manejo de información pasada que la creación de giros en presente. En este sentido es una serie perfecta para servir como lección práctica de qué es la ironia dramática, o sea el juego de lo que saben unos y otros y lo que sabe el espectador.

A destacar la utilización inteligente de la banda sonora. La música, del grupo escocés Mogwai, se utiliza con gran mesura, casi nunca para enfatizar emociones (las series españolas últimamente vienen muy sobrecargadas de chinchinpum). Además el volumen permanece discretamente bajo. Sí se le da un uso muy eficaz como ayuda a las transiciones entre escenas, pero han tenido el buen juicio de mantenerla alejada de los diálogos. En Les revenants los silencios son silencios. Y los personajes se miran a la cara, se acarician, se desafian… sin que suene otra cosa que su respiración. El resultado no es ningún vacio, es pura expresión.

Esta música y estos silencios refuerzan una impresión general de “frialdad” que es una decisión de estilo consciente, junto con los colores frios y apagados. La unidad de estilo es, más allá de una cuidada dirección de producción, el resultado de una circunstancia afortunada: el creador y guionista principal, realizador de la mayoría de los capítulos y productor ejecutivo es una misma persona, Fabrice Gobert. Un lujo que aquí y ahora no nos dejan permitirnos.

He disfrutado mucho con Les Revenants y he sentido una sana envidia por todo aquello que las inercias, tabús y demás leyes no escritas de la ficción española no nos dejan experimentar. Si disfrutasteis con las magnificas series danesas recientes, esta francesa os va a dar también muchas alegrías. La recomiendo sin ninguna duda.

CUANDO LA REALIDAD PLAGIÓ A LA FICCIÓN

Por Rafa Ferrero

Este artículo sigue la misma línea que una de las clases del curso de Mensajes ocultos del lenguaje audiovisual que estoy impartiendo. Para explicar esto utilicé dos horas en las que mi exposición se intercaló con el debate con los alumnos y el visionado de fragmentos de un documental. Leyendo este el post os parecerá mentira, pero la clase fue divertida.

Hoy en día todos somos espectadores, consumimos ficción televisiva y cinematográfica a diario, por lo que todos, incluso los que no saben qué es eso, conocen multitud de tramas arquetípicas.

Una trama arquetípica no es otra cosa que una linea argumental que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia y que se ha convertido en un modelo. Cuando una de esas tramas se inicia todo el mundo sabe a qué atenerse porque tiene referentes.

Pero esto no sólo ocurre en la ficción, en la vida diaria también. Las tramas arquetípicas son usadas continuamente por los medios de comunicación que supuestamente venden verdad porque contar las cosas siguiendo estos modelos ayuda a hacer inteligible la realidad.

Pero a veces incluso ya no se trata sólo de una forma de contar lo que ocurre, sino que se da un paso más y se hace lo que sea necesario para que la realidad se ajuste al arquetipo.

Como ejemplo, veremos qué ocurrió en los medios de comunicación a partir del momento en que un par de aviones chocaron contra las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001.

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El atentado de las torres gemelas fue ideado a la medida de la televisión. Se emitió en directo a todo el mundo ofreciendo un espectáculo que recordaba enormemente a una larga lista de películas apocalípticas que habían elegido Manhattan como escenario emblemático ideal para representar la destrucción en estado puro. A través de la gran pantalla ya habíamos visto antes cómo Manhattan era arrasado por olas gigantes, por fragmentos de meteorito e incluso por rayos de naves extraterrestres. El cine ha imaginado mil y una formas de destruir esa isla. Por eso no es de extrañar que aquel día los informativos, envenenados ya hace años por la necesidad de conseguir audiencia, aprovechasen al máximo la espectacularidad de la noticia.

Los ejemplos con los que el imaginario colectivo contaba para medir aquello eran cinematográficos y eso, en muchos casos, provocó que el sentido del espectáculo se sobrepusiese a la sensibilidad y la objetividad. Teníamos la sensación de estar viviendo una película y por eso no fuimos capaces de entender realmente la dimensión de lo que estaba pasando hasta días después.

Fue entonces cuando llegó la reflexión y la gran pregunta: ¿Cómo es posible que alguien haga esto? Y, como era de esperar, las respuestas simplistas se impusieron.

Al mismo tiempo que nacían con fuerza multitud de historias que animaban a recuperar la fe en la humanidad, sobre todo historias de bomberos y policías que corrieron en dirección contraria a todo el mundo aquel día, aparecía la figura del terrorista islámico como la explicación de todo.

Aquel atentado era el final de una larga historia. Un grupo de terroristas suicidas se había estado instruyendo para perpetrarlo y detrás de ellos, posibilitando toda la infraestructura necesaria, aparecía la figura del MALO por excelencia, Osama Bin Laden.

Ese personaje encajaba a la perfección con el arquetipo de malo de película. Un millonario excéntrico con un odio visceral hacia la humanidad.

Personalmente dudo mucho que en el mundo real haya existido alguna vez a lo largo de la historia de la humanidad alguien así. Los malos sin matices sólo existen en la ficción, más concretamente en la ficción mal hecha. Si Osama hizo lo que dicen que hizo no fue porque sí, sus motivos tendría y muy probablemente serían comprensibles para cualquiera de nosotros desde un punto de vista sentimental (ver la primera temporada de Homeland, por ejemplo, puede ayudar). Y si Estados Unidos fue el objetivo elegido, lo sano y lo inteligente habría sido pararse a pensar por qué. Hubo quien lo hizo, pero fue una corriente minoritaria. Los grandes medios de comunicación se emplearon a fondo en crear la falsa idea de que el 11S era responsabilidad en exclusiva de un loco que actuaba empujado por un odio irracional. Era importante difundir el mensaje: Nosotros no hemos hecho nada malo, sencillamente hay gente malvada en el mundo.

Las imágenes de los cadáveres se eliminaron de la televisión y la imagen de las torres gemelas desapareció del cine. Se borraron de películas que todavía no se habían estrenado, se reescribió a toda prisa el guión de algunas que todavía no se habían rodado e incluso se retrasó durante meses el estreno de alguna otra. En definitiva, se hizo todo lo que se consideró necesario para cuidar la sensibilidad del público. Y algo importantísimo para que esa sensibilidad se repusiese era recuperar la sensación de seguridad. Identificar al malo no era suficiente, había que hacer algo para reponer el equilibrio.

Muchas películas empiezan mal. Alguien mata a alguien, algo malo pasa, una amenaza surge… esto es lo que lleva a los protagonistas a actuar. Durante todo el segundo acto los personajes avanzan en esa dirección sin desfallecer a pesar de las dificultades y en el tercero se lleva a cabo la consecución de su plan con gran éxito.

Este tipo de trama arquetípica provoca gran satisfacción y sensación de seguridad en el espectador. El mensaje que transmiten es: Da igual lo que nos amenace, siempre encontraremos la forma de combatirlo. Por lo que era un esquema que encajaba a la perfección con lo que Estados Unidos y la civilización occidental en general necesitaba en ese momento.

Para reproducir ese patrón en el mundo real lo primero que había que hacer era marcar un objetivo. Osama Bin Laden funcionaba bien como enemigo a batir, pero no se le puede hacer la guerra a una organización terrorista. Al menos no el tipo de guerra que se necesitaba. Por eso se atacó Afganistán e Irak, para escenificar la guerra al terrorismo.

Esta guerra se luchó en dos bandos, en el frente y en los medios de comunicación. Y en lo que a lo segundo se refiere, la guerra se ganó el día que el ejército americano consiguió derrocar la estatua de Sadam Hussein en la plaza Firdos de Bagdad.

A STATUE OF PRESIDENT SADDAM HUSSEIN FALLS IN CENTRAL BAGHDAD

Fue una imagen buscada, preparada y cuidada. Simbolizaba la victoria, era el final feliz que la película necesitaba. Desde un punto de vista argumental la guerra había terminado.

Lo que en un primer momento parecía el final de una historia en la que los terroristas habían ganado, se había convertido en el principio, en el detonante de otra historia con un final y un mensaje completamente distinto: Los buenos siempre ganan y los buenos somos nosotros.

No imagino a George W. Bush frente a una mesa repleta de señores con galones cosidos a sus americanas gritando algo así como: ¡¡Necesitamos un punto de giro y un final en alto para la guerra!! Pero obviamente los medios de comunicación afines a él sí debieron utilizar estos términos u otros parecidos.

Vivimos en un mundo en el que lo real y lo verosímil se confunden intencionadamente. No dejarse llevar por la versión de los hechos que nos ofrecen sin más, es la obligación de cada uno. Seamos espectadores con sentido crítico.

LA QUE LIÉ CUANDO MATÉ A LILÍ

Gilda Santana, nuestra firma invitada, es docente de guión y guionista cubana. Después de su trabajo como story editor con el guión de la película Fresa y Chocolate, se va a Venezuela donde se vincula al mundo de las telenovelas. En 1999 se traslada a España donde se incorpora al equipo del primer Gran Hermano. Sobre su experiencia como coordinadora de contenidos y guionista en programas de realidad, publica en 2012 su libro Diez años en Gran Hermano: Diario de una guionista.

Por Gilda Santana

Hace unos días Natxo López publicó en Bloguionistas un post titulado “33 MANERAS DE PUTEAR A ACTORES DE TV SUBIDITOS (SI ERES UN GUIONISTA RENCOROSO)”. Aunque no soy una guionista rencorosa y la mayor parte de mis amigos son actores, me hizo muchísima gracia, así que, sin pensarlo y por primera vez en mi vida, dejé un comentario en un blog ajeno. Lo que puse decía:

Un punto entre el 32 y el 33: Matar a tu personaje en off. Lo hice en una telenovela. La actriz (más villana en la vida que en la historia) traía por el camino de la amargura a todo el equipo, desde guionistas a vestuaristas: lo cuestionaba todo, chantajeaba, gritaba, humillaba… Me pidieron que la matara pero me advirtieron que lo más seguro era que se negara a grabar cuando supiera que iba a morir.

Entonces decidí matarla “en off”. Sólo los guionistas y la productora ejecutiva conocíamos su “sentencia de muerte”. Escribí cuatro subjetivas en las que alguien la seguía, que repartí en 2 capítulos. En los tres capítulos siguientes medio mundo la buscaba, pero nadie sabía de ella. Mientras, yo preparaba una “villana de relevo” a marcha forzada.

El sexto día apareció un cadáver flotando en el río: era ella. Producción estaba tan feliz que no tuvo reparos en darme un exterior con lluvia de noche para ver cómo trasladaban el cuerpo tapado en una camilla mientras los de informativos de la cadena hacían un cameo para “reportar” el hallazgo. Ella se enteró de que había muerto cuando vio el capítulo por la tele: el pelo rubio y largo que chorreaba agua bajo la manta, no podía ser otro que el suyo. Y ya, de paso, metí una subtrama policial que implicó a casi todo el elenco y que nos dio grandísimas satisfacciones de audiencia. Eso sí, pasé meses escondiéndome de la actriz. Todavía debe andar buscándome.

Como no estoy acostumbrada a comentar, tampoco lo estoy a dar seguimiento a los comentarios, así que en cuanto escribí aquello, me olvidé del tema. Unos días más tarde, sin embargo busqué el post para leérselo a una amiga y vi, con sorpresa, que había cinco comentarios a mi comentario. Uno de ellos, en particular, me llamó la atención. Decía (copio y pego): “La noticia es portada de menéme (sic) y allí QEREMOS SABER de qué serie se trata.” Como ni sabía lo que quería decir “meneme” ni iba a revelar el nombre de la actriz, lo olvidé unos minutos después.

La cosa vino unos días más tarde. Después de cinco meses sin abrir mi blog, decidí regresar. Allí, en las estadísticas, entre escuálidas barritas que reportaban las visitas diarias, resaltaba una, del 3 de noviembre, que marcaba 122. Pero ¿qué había pasado para que un blog abandonado desde junio recibiera 122 visitas en un día? Me vino a la cabeza Decisiones, aquella entrada del 7 de abril que había recibido más de 30 mil visitas y 261 comentarios. “Quizás alguien la ha compartido de nuevo”, pensé, y lo dejé estar. Tampoco soy de las que da muchas vueltas a las cosas.

Y hace apenas tres días, por una de esas casualidades de la vida, mientras rastreaba una información, descubrí que existía Menéame. Sí, soy la última en enterarme de muchas cosas, lo admito. El caso es que ya que estaba, retrocedí hasta encontrar, publicado con fecha 3 de noviembre, el post de Natxo López. Alguien que firmaba “Maroto”, había escrito “Buenísimo este comentario en el post” y a continuación había copiado mi comentario, al pie del cual aparecía la cifra 777 y luego “92 votos”. Aunque no conseguí entender la mecánica de la página y sigo sin saber qué significan las cifras al pie, una cosa sí me quedó clara: el comentario que citaba mi comentario había dado pie, a su vez, a muchos comentarios más. La mayoría quería saber a qué actriz me refería. Alguno intentó averiguarlo indagando quién era yo. Había una referencia a mi paso por Zeppelin, a mi libro sobre Gran Hermano y a mi pasado en el mundo de las telenovelas. Entonces algo hizo “clic” en mi cabeza y entendí que las visitas a mi blog abandonado habían sido en busca de alguna pista acerca de aquel crimen que durante años no había vuelto a recordar.

Y aquí se impone un flashback.

Fue en 1996. Entonces yo trabajaba para la gerencia de dramáticos en RCTV*, la cadena de televisión más antigua y una de las dos más potentes de Venezuela. Mi trabajo consistía en estudiar los proyectos que se presentaban y colaborar en su desarrollo hasta que estaban al aire. A veces, ya en emisión, una trama o un personaje no estaban funcionando y había que decidir cómo cambiarlos o sacarlos de la historia. Un buen día, al volver de vacaciones, mi jefe me dijo que la novela del prime time se hundía. Era una historia que no había pasado por las manos de nadie antes de entrar a producción porque era “una decisión de arriba”. Yo no había visto nada, porque acababa de regresar de España, adonde había venido a dar uno de mis cursos de guion a la UIMP de Valencia. Me dio los vídeos con las diez horas emitidas, los libretos de las diez siguientes y me pidió soluciones.

Cualquiera que haya trabajado en una telenovela sabe que, por mal que vaya, no se saca del aire nunca. La inversión inicial para un producto que cuenta con una media de 40 personajes es muy alta y la curva de gastos solo baja en la medida en que logras mantenerlo en pantalla durante los meses previstos con una audiencia razonable. Da lo mismo si tienes que matar personajes, cambiarlo todo, casar de nuevo a la protagonista porque el galán no gusta, dejar en coma al que guarda el secreto porque el actor pidió aumento de sueldo o traer a una prima glamorosa y malvada, que está dispuesta a estropear frenos y preparar pócimas venenosas. Todo vale, menos sacar la novela del aire.

En cuanto empecé a verla tuve clara la causa del desastre. Allí había un producto que renegaba de su origen y de su género y pretendía ser intelectual y lo único que conseguía era ser aburrido. No había historias de amor ni nada vital en juego para nadie. Las tramas estaban sueltas y no se integraban a la trama principal que, por otra parte, se intuía cuál era porque los protagonistas tenían el primer crédito, no porque tuviera relevancia alguna. No había conflicto y los personajes eran en su mayoría cuarentones políticamente correctos. Nadie era malo, ni inescrupuloso, ni arribista, ni falso, ni iracundo, ni mediocre, ni envidioso. Y lo más parecido a una villana era Lili, una chica que estaba embarazada del marido de la protagonista. Aquello era como Caperucita sin lobo, Cenicienta sin madrastra o Bambi sin el cazador.

Dos días más tarde volví con mi informe. No sabía que unas horas antes el equipo de guion, hartos de la presión que les caía encima cada mañana cuando llegaban las audiencias, había renunciado en pleno. Así, sin más. Y su producto estaba al aire, con emisiones de una hora de lunes a sábado, y había libretos solo para 8 capítulos más. Mi jefe no me estaba esperando solo. En su salón de reuniones había siete personas más para ofrecerme una herencia.

Para los que no están familiarizados con la dinámica de la producción de telenovelas quiero aclarar que estas herencias son una práctica bastante común. En Venezuela, cuando se firma un contrato como “escritor” (allí no nos llaman “guionistas”, porque ese término se reserva para el cine, así que si uno está en televisión es “libretista” o “escritor”) se le ceden todos los derechos a la productora, que es la propia cadena. Y cuando digo todos, quiero decir todos, porque te obligan a firmar una clausula donde renuncias expresamente a tus derechos de autor, así que trabajas por un (mal) sueldo fijo previamente acordado y no hay más. Si tu novela se vende a otros países (cosa que siempre ocurre, por muy mala que sea), hasta el último actor cobrará royalties, pero los guionistas, no. El trabajo como coordinador (“jefe de equipo”, allá) consiste en crear el argumento y luego hacer la escaleta de cada día (tampoco se le llama escaleta, sino diagramación), lo que traducido a 48 minutos netos de lunes a sábado (sí, el sábado también hay novela) quiere decir que cada semana te inventarás contenidos que luego escaletarás en seis capítulos que harán un total de 240 a 270 escenas (entre 40 y 45 por capítulo). En el equipo, además del coordinador, habrá entre tres y cuatro dialoguistas. Ninguno verá un céntimo así se venda la novela a 150 países o se negocien los libretos para que otro país la produzca. Y todos son autores solo mientras funcione el invento. Si la novela empieza a irse a pique, vienen las tropas de ocupación, intervienen, y otros se encargan del trabajo. Así que casi todo el mundo ha pasado por la experiencia de salir de un equipo cuando un producto no funciona y entrar en otro como parte de la operación salvación.

Total, que acepté. Puse tres condiciones, que Lili, lo más parecido a una villana que tenía, no estuviera embarazada como la había escuchado decir la noche antes; que me dejaran meter un par de actores con los que pudiera desarrollar dos historias de amor (iba sobrada de buenas actrices pero aquello parecía Lisístrata); y elegir a mis cuatro dialoguistas. Me dijeron que sí a las tres. A cambio, me redujeron a cinco los siete decorados básicos y me pidieron que renunciara a los exteriores durante dos semanas.

Lo del embarazo era lo más preocupante. Yo necesitaba una villana que sudara azufre y una mujer embarazada no me servía. Como, por suerte, Lili se había limitado a decir lo del embarazo, aún estaba a tiempo, así que de la reunión me fui a la sala de edición a asegurarme de que no se incluyeran en el capítulo de esa noche dos escenas ya grabadas donde el médico se lo confirmaba. Desde allí mismo llamé a mis cuatro magníficos y los cité para mi casa una hora después. Teníamos el fin de semana para decidir cómo girar el portaviones. El lunes debíamos proponer nuevas líneas argumentales y el martes había que escribir el capítulo que se grabaría el miércoles para emitir el jueves. A esa velocidad se hacen las cosas por allá.

Fue un fin de semana trepidante en el que dedicamos la mayor cantidad de horas a crear unos conflictos que involucraran a la mayoría de los personajes. El lunes, mientras contaba las nuevas tramas a mi jefe y a la productora ejecutiva, sonó el teléfono y ella nos indicó, por señas, que era la actriz que hacía a Lili. Cuando menos lo esperábamos entró por la puerta. La escena era surrealista: estaba tan alterada que siguió hablando por el móvil aunque ya nos tenía delante. Cuando al fin se dio cuenta y colgó, siguió chillando. No podía entender que se hubieran cortado sus dos escenas con el médico. Si viéramos cómo le había quedado de bonitas. Cuando el doctor le confirmó su embarazo se había emocionado tanto que se había puesto a llorar y el director no había dado el corte, de lo emocionado que estaba él también. Es que ella misma estaba loca por tener un bebé y en esa escena lo había puesto todo… “Es que no estabas preñá”, dijo mi jefe. “Haciendo oposiciones para la ONU”, pensé. “¡¿Qué?!”, gritó ella, mientras yo miraba inútilmente a mi jefe y pensaba “que no me presente, por favor”. “Mira, esta es Gilda. Es quien escribe ahora la novela”. La chica me miró con cara de asco. “Y ahora vas a ser la mala”, añadió mi jefe agregando méritos a su carrera diplomática. “¡¡¡¿Quééé?!!!”. “Que vas a ser la mala. Que no estabas preñá y se lo habías dicho a Miguel Ángel pa que dejara a su mujer”. “Es que yo nunca haría eso”, volvió a chillar. En vistas de que tenía delante a alguien incapaz de diferenciar entre ella y su personaje, decidí ponerme didáctica. Le expliqué que no teníamos villano y que el villano es el personaje más importante de una telenovela. Le dije que tendría más escenas y que podría lucirse. Le conté todas las cosas nuevas que habíamos estado tramando para ella. Ni por esas. Seguía insistiendo en que ella no era así. Cuando vi que nunca iba a entenderme, me excusé y me fui. Media hora más tarde, mi jefe se presentó al salón de escritores para darme una orden: “A esta, mátala. Me tiene hasta las bolas ya”.

Uno de mis problemas es que soy conciliadora y siempre pienso que se puede negociar. De nada valió que mi jefe me dijera que la chica traía por el camino de la amargura a todo el equipo desde antes de empezar a grabar. Era una desconocida a quien le había llegado su primer personaje medianamente importante y se creía una estrella de Hollywood. Encima era una actriz pésima, con un rictus de asco permanente, pero a mi eso me gustaba para su personaje. Si era capaz de entender mínimamente la cosa, podía conseguir despertar miedo y rechazo en el espectador, y de eso se trataba. Insistí en que cuando viera el giro que tomaría su personaje iba a colaborar. De eso nada. No contenta con gritarle a todo el que tenía alrededor, agregó la dinámica de subir cada día a hacer reclamaciones al salón de escritores. Aunque estábamos literalmente blindados tras dos puertas de seguridad, un par de veces me pilló camino al baño y el mismo par de veces tuve que dejarla gritando sola en el pasillo. Hasta que un día se negó a grabar dos escenas. Cuando los de la unidad de exteriores llamaron, mi jefe habló con ella, la convenció, y luego pasó a darme la orden terminante: “La matas ya. No me la calo más”.

Y entonces vino lo que conté en el comentario al post de Natxo. Como no se me ocurría quién la mataría ni por qué, necesitaba que muchos tuvieran razones para hacerlo, así que la puse a hacerle perrerías a todo el mundo. Mientras tanto, a dos semanas de la “intervención” ya habíamos duplicado las cifras de audiencia. Aunque matarla tenía la ventaja de que podría girar la trama principal hacia una investigación policial y eso me daba oxígeno para reorganizar todo el tema sentimental, yo no quería renunciar a ella. Pero mi jefe no quería una movida más en un equipo que grababa seis horas de exteriores y nueve o diez de plató cada día sin chistar. Allí no había tiempo ni lugar para contemplaciones y la orden de muerte ya era inapelable. El inconveniente, me dijeron, es que seguramente no se presentaría a grabar si sabía que iba a morir. Y ahí fue que les propuse matarla en “off”. Su cadáver aparecería flotando en el río Guaire una noche de lluvia. Estaban tan contentos con la solución que me dieron el Exterior/Noche de lluvia sin protestar. Nunca la volví a ver aunque supe que pedía mi cabeza. Mi jefe, el diplomático, no habrá tenido el valor de decirle que los culpables de su muerte fueron primero ella y luego él, y que yo fui solo un sicario. El resultado, en todo caso, fue que la audiencia siguió subiendo mientras yo me pasaba otras dos semanas sin decidir quién la había matado. La solución llegó con la noticia del embarazo de otra actriz. Pero ese es otro cuento muy largo para contarlo hoy.

Ah, y por cierto, no recuerdo su nombre, aunque de recordarlo, tampoco lo diría. No fue algo que me gustara hacer y tampoco me gusta dar el nombre de alguien de quien no tengo nada bueno que decir.

*RCTV fue cerrada por el gobierno de Hugo Chávez el 27 de mayo de 2007, tras 54 años de emisiones. En la actualidad emite por cable para el resto de América. En Venezuela su señal se recibe solo a través de la web.