MANERAS DE ESCRIBIR

La firma invitada de hoy es César Sabater, guionista y director de cortos como “Cinema y Verité” o “Cinespañol” y director del largometraje “El marido de mi hijo”.

Desde hace años creo que cierto desorden en la vida personal, las noches en vela, el desamor verdadero y otros topicazos del outsider favorecen a la creación de las buenas historias (ya sean guiones, cuentos, novelas o prospectos de medicamentos); creo que es importante para sus pilares, o por lo menos para los que a mí me interesan. Pero ojo, esto no pretende ser una oda al malditismo, algo tan despreciable como el culto al éxito.

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Hunter S. Thompson delatado por una vulgar Olivetti

De igual manera estoy seguro que la mayoría de los escritores de bestsellers llevan una vida formal, se levantan con el amanecer y se pasan varias horas sin levantarse del sitio escribiendo. A pan y agua. De lunes a domingo. Disciplina, trabajo y como recompensa el éxito. Algo lógico, justo e, incluso, recomendable si quieres ser el nuevo Ken Follet o el nuevo Juan Roig.

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Te adoramos, óyenos

Pero para mí, afortunadamente y después de varios lustros, escribir no es un trabajo; sigue siendo un placer, la chica más guapa que he conocido jamás y de la que aún no me he desenamorado. Una musa que, si de aquí a un mes me toca estar trabajando de reponedor en un Eroski –es posible-, seguirá ahí. Porque escribir es un goce diario y sin orden aparente. Porque creo que las riendas acaban matando todo; lo primero al amor.

Me gusta ser desordenado, rodearme de cierto caos controlado, no tener horarios y eso provoca una vida un tanto disoluta que choca frontalmente con tu familia, tu novia, tu jefe (si es que tienes curro fuera de hacer el primaveras con las palabras) o tu reflejo en el espejo, ese que te recuerda que ya tienes una edad y que todavía no has colocado un guión de largometraje. Sí, ese indeseable. Hablando de indeseables, la mayoría de escritores que conozco (porque los guionistas también son escritores) sigue estrictos procesos previos a la creación. Unos necesitan silencio monacal, otros se curran listas de música clásica inspiradora que comparten generosamente en Spotify (gracias, pero no), algunos se fuma medio Marruecos e incluso he conocido a algún compañero que escribía sobrio. Casos extremos y nada recomendables hay a puñados, como ejemplo una perla: Robert Louis Stevenson escribió “El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde” en dos semanas puesto de cocaína hasta las trancas.

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Cada uno tiene su método de enfocar sus orejas hacia las musas y escuchar. Porque yo sí que creo en las musas; aunque esté manido aquello que decía Picasso de “las musas me pillan siempre trabajando”, la mía me suele pillar en los preliminares, porque yo la voy a rondar todos los días.

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Mi musa y yo

Luego cada uno tiene sus manías; yo personalmente tengo un pequeño altar permanentemente montado, esperándome como la Geperudeta, virgen de los desamparados y por ende de los guionistas.

Pero lejos de oropeles vaticanos, mi liturgia es muy sencilla y solo tiene un par de mimbres: un sofá no demasiado cómodo y, ahora viene la vaca sagrada, mi secreto más íntimo que expongo hoy a la luz y que probablemente me va a costar perder más de una fan: la Table Mate ™.

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Mi musa y yo

Un invento digno de crear una secta a su alrededor que permite estar sentado en el sofá, con los pies en alto (dicen que es bueno para la circulación) y deja el sitio perfecto para el portátil, un vaso y un cenicero: ¿qué más quieres, Baldomero? Cada cual tiene su parafernalia y sus manías pero todo va encaminado a lo mismo: conseguir un estado mental. Porque creo firmemente que escribir (y no quiero vender ninguna moto mística) es un estado mental.

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Repito: no quiero vender ninguna moto mística

Algo que se alcanza con la práctica, con sustancias más o menos legales, con un menta poleo, con relajación o, incluso, con talento natural y sin hacer trampas. Sea como sea, ese estado mental es necesario para lograr entrar en la historia y hacerla tuya, personal y a la vez universal. Te permite estar dentro pero a la vez poder alejarte y tomar distancia. Y así, a lo mejor, consigues algo bueno y verdadero que realmente valga la pena leer. O, incluso, rodar.

SECTA S.A.

Por Rafa Ferrero

Me estoy planteando muy seriamente montar una secta. Llámalo secta, llámalo religión minoritaria. He oído que este tipo de negocios son muy rentables y no me vendría mal ganar algo de pasta.

Tengo lo más importante, una milonga que contar y millones de personas deprimidas con ganas de que alguien les diga que son especiales y qué tienen que hacer para alcanzar la felicidad.

Pero lo mejor de todo es que, si me lo monto bien, prácticamente no tendría ni que inventar nada, ¡ya está todo escrito en los manuales de guión! Bastaría con “adaptar” un par de conceptos y ¡voilà! en un periquete tendría mi propio libro sagrado.

Os lo cuento, pero no me plagiéis. Me pido ser el líder espiritual de esta secta, que conste.

La idea consiste en convencer a cada fiel de que él o ella es la protagonista de su propia película. A partir de ahí lo que habría que hacer es descubrir en qué tipo de película vive, analizar en qué acto se encuentra y aconsejarle para que consiga reconducir la trama hacia el clímax del tercer acto.

Si os parece una chorrada quedáis excomulgados. Si habéis sentido la llamada, podéis seguir leyendo.

El principal problema de mucha gente es que viven la vida como un personaje mal construido, sin un objetivo ni un arco argumental bien definido. Viven sin saber por qué hacen lo que hacen. Cada día es una repetición del anterior y la historia no avanza. En estos casos sería necesario encontrar un detonante, algo que empujase al individuo a fijarse un objetivo por el que luchar, que diese sentido a su historia. Alguien que está a punto de lograr un objetivo es alguien motivado, alguien feliz, alguien que se siente bien consigo mismo.

El secreto de un personaje feliz es un objetivo lo suficientemente ambicioso como para que suponga un reto, pero lo suficientemente asequible como para que pueda alcanzarse. Durante el tiempo en que dure la persecución del objetivo, es decir, el segundo acto, ese personaje tendrá una razón por la que seguir luchando. Con suerte, el segundo acto se alarga y el individuo consigue ser feliz durante mucho tiempo mientras paga su cuota de seguidor de la secta.

El problema de otras personas, en cambio, es que ya consiguieron su objetivo. Llegaron al clímax demasiado pronto y, al contrario de lo que ocurre en las historias de ficción, su vida no acabó ahí, en alto, sino que siguió, pero ya sin rumbo porque se habían quedado sin objetivo. A esta gente habría que convencerla de que su historia no ha acabado, de que todavía les quedan objetivos que cumplir. Si ya han conseguido el que ellos consideraban su principal objetivo es que son triunfadores, no costará mucho que acepten otro reto. El truco está en convencerles de que la vida de una persona está compuesta por multitud de tramas y que haber cerrado una trama no significa haber acabado la historia. En definitiva, este segundo caso acaba pareciéndose mucho al primero. Hay que buscar o identificar un nuevo objetivo y poner al individuo a luchar por él. Mientras paga su cuota.

Saber convertir los clímax en detonantes es una estrategia de vida genial. Si tu objetivo es conseguir un trabajo, cuando lo consigas debes proponerte como nuevo objetivo el ascenso, por poner un ejemplo tonto pero fácil de entender. Es decir, que conseguir el trabajo o encontrar la media naranja o lo que sea que anhelábamos puede entenderse como el final de un historia, pero también como el inicio de otra. Hay que saber ponerle emoción a la vida.

¿Y qué hacemos con aquellos que se fijaron un objetivo demasiado ambicioso y fracasaron? A estos habría que convencerles de que lo que ellos habían identificado como la trama principal de su vida, en realidad, no era más que una trama secundaria, necesaria para iniciar la acción del protagonista en una dirección, pero secundaria al fin y al cabo. Un personaje amargado porque no consiguió esto o aquello es algo que puede valer para el primer acto, pero más pronto que tarde tiene que llegar algo que le saque de ese estado y le empuje a actuar. Las historias de superación son muy emocionantes y un fracasado tiene un oportunidad inmejorable de experimentar una de esas historias en primera persona ¡qué suerte!

Después habría que afrontar los casos de la gente que vive atrapada en un drama. Gente que se pasa el día llorando y sufriendo porque ese parece que es su papel. Estos serían casos difíciles, pero no imposibles. ¿Cuantas historias hay que, partiendo de situaciones dramáticas, acaban siendo comedia? Darle la vuelta a la situación, a veces, es sólo una cuestión de punto de vista, de actitud, de personalidad. Por eso, en los casos más extremos, aquellos en los que no funcionase nada de lo anterior, habría que recurrir al último recurso, la reescritura del personaje. Habría que sentarse delante del fiel en cuestión y decirle muy serio: “Tu vida no funciona porque tu personaje está mal definido. Tu historia necesita otro tipo de protagonista.” Y es que es verdad. Hay mucha gente que va por ahí sin haberse parado a pensar qué les hace ser quien son. Sin haberse parado a analizar si su forma de ser les conviene teniendo en cuenta su contexto. Algunos incluso admiten que no se gustan a sí mismos. Y otros hasta han aceptado voluntaria o involuntariamente que el suyo no es un papel protagonista y se han convertido en un secundario, o peor, en un extra sin frase.

Para corregir este despropósito lo primero que habría que hacer es analizar el personaje tal y como está. Siguiendo los preceptos Syd Field, uno de nuestros profetas, analizaríamos el interior y el exterior del personaje. Su biografía y su vida profesional, personal y privada. Y después estudiaríamos qué conviene cambiar para convertir al personaje en un protagonista atractivo capaz de soportar el peso de una gran historia.

La reescritura de la personalidad, por supuesto, sería el proceso más caro y sólo podría llevarse a cabo bajo la supervisión de alguno de los miembros más destacados de la secta.

AnalistaPor cierto, necesitaré algunos analistas de guión para poner en marcha el chiringuito. Los interesados ya podéis poneros en contacto conmigo. Habrá quien me llame mesías, pero vosotros podréis llamarme sencillamente líder.

LOS NAVARROS

Por Gabi Ochoa

Los navarros son una especie rara de escritores que habitan en provincias. Difícilmente salen de ellas, pero cuando lo hacen prueban las mieles de la compañía. Los navarros tienen miedo a la clamorosa contundencia del aparato teórico, y por eso se parapetan en diversas lecturas de poesía, narrativa o novela gráfica, que es como llaman ahora al tebeo de toda la vida. En la capital existen un par de ellos (que yo conozca) como Natxo López y Dani Castro, pero a buen seguro que si te pones a rascar, encuentras a muchos más.

Me encontré con un navarro el martes pasado en Madrid. Sin querer y casi a empujones aparecí en las charlas de DAMA, los Martes de DAMA. La culpa de todo la tiene Carlos López. Y allí también sin querer, conocí a Michel Gaztambide. Yo no sabía que era navarro hasta que Michel nos definió, mejor dicho, se definió a si mismo: “Yo soy un guionistas de provincias”.

He de decir que desde hace tiempo, no sé si por apellido paterno (Ochoa) o por omisión, me reconozco navarro, pero sin querer.

El ser de provincias tienes sus pros y sus contras: todo lo miras con esa extrañeza que da una urbe como Madrid, con una ingenuidad que a veces sonroja. Pero también, todo te parece tan lejano, tan inaccesible, que temes no estar a la altura.

Y creo que Michel definió muy bien algunos de los síntomas del escritor navarro:

–       Miedo a los teóricos. No es miedo, es más bien lo apabullante que resultan las normas de Syd Field o Linda Seger o los principios de McKee. Parece que si no los sigues, estás gilipollas. Y te preguntas que qué pasó cuando Shakespeare, Calderón o Esquilo escribieron. A ellos se les entiende, no les hizo falta un McKee que les sonrojara.

–       Creer en el deseo como la clave de la creación. El punto de partida debe ser el sentido común, la intuición. Debemos escribir con una oreja pegada a la calle, porque allí están nuestras historias. Como decía Michel, no nos ocultemos detrás de un móvil o un Ipod cuando a dos metros de ti se está creando, entre esas dos señoras que hablan sin parar en la parada del bus, una buena ficción. Abramos las orejas, demos rienda suelta a las historias que vemos y oímos. Esa es la actitud.

–       Hay que aprender a leer fotografías. Aquí Michel me dejó patidifuso, aunque luego entendí lo que quería decir: el cine es imagen, escribamos en imágenes. Solo podemos fotografiar lo externo (decía Erice), y a través de lo externo, podremos entender el alma, las intenciones del ser humano. No sirve de nada que describamos todo aquello que le pasa por la cabeza al protagonista si eso no lo vemos en escena, no lo reconocemos en una intención, en un gesto. Y recordó: “nosotros escribimos con una cámara”.

–       Dio un consejo muy de navarro: Levantarse media hora antes, así los problemas no te esperan, los esperas tú a ellos.

–       Pero el mejor síntoma es este: “El cine es coito, no masturbación”. Hay una relación con el otro (espectador) y nos debemos a ella. Él quiere conocer qué les pasa a los personajes, porque se mueven y actúan como lo hacen. Demos lógica a sus movimientos, a sus acciones.

Tal vez algún navarro más me esté leyendo y quiera decir “yo también soy navarro. Y yo”. Adelante. Declararse navarro tiene sus beneficios. No tienes que hacer la pelota por twitter al productor ejecutivo de la serie que esté en boga en ese momento, tampoco tienes que rendir cuentas de si has visto tal o cual serie, o estar en esa cosa rara (y viscosa) que es “la pomada”. Simplemente lees, escribes, disfrutas de la vida, compartes amistad (si es fuera de Facebook es hasta mejor), y de vez en cuando te preguntas que es eso de la ficción, que mecanismos tiene, etc.

Ser navarro es tal vez un estado de ánimo. Pero yo no me doy cuenta.

LA PROCRASTINACIÓN COMO HERRAMIENTA DE TRABAJO

Nuestra firma invitada de hoy es Álvaro Loman, guionista, diseñador de juegos de rol y una de las firmas de guionistas canariosAdemás de colaborar en varias webseries como Pendiente de Título, 100 Calabazas, Canal Friki o Pigmalión está a punto de sacar el juego de rol El Fin del Mundo con Edge Entertainment. Juego del que es creador, escritor y diseñador.

Por Álvaro Loman

Llevo cosa de un mes escribiendo sobre mil y una maneras de cómo procrastinar mejor. Alimentar la bestia de la procrastinación con viajes a la cocina, paseos por el Facebook y demás absurdas acciones sin más intención que la de perder tiempo. Excusas y más excusas para poder seguir haciéndolo sin que te pillen, ampliar fechas de entrega y demás cosas que un buen guionista no debería hacer.

Digo yo, vamos.

Pero en el fondo, atrapado en el origen del chiste, creo que nos perdemos una cuestión importante. Que la procrastinación no sólo es útil, sino necesaria.

Supongo que lo primero debería ser explicar QUÉ es la procrastinación. Probablemente ya sabéis lo que es. Aún diría más, seguro que la estáis practicando en este momento. Procrastinar es posponer algo importante dándole prioridad a cosas que no deberían tenerla. Un error habitual es confundir la procrastinación con la vaguería. No es lo mismo.

Ser vago es no querer hacer nada que implique un esfuerzo, ser un procrastinador tiene que ver con no implicarte y punto. No sería la primera ni la última vez que alguien limpia su casa, ordena su cuarto, hace la compra o va al gimnasio con tal de no afrontar lo que sea que tenga que hacer. Ya sea escribir la enésima versión de un guión o declararse a la persona de la que está secretamente enamorado.

“Luego hago eso. Primero tengo que contestar a este mail”

Todos tenemos miedos y afrontarlos es jodido, así que dedicar tu mente a algo intrascendente es una manera cobarde, inefectiva, pero real de encararte a ellos. Sip. Procrastinar es una manera irracional de no enfrentarte a un problema, a base de apilar excusas delante hasta que resulte imposible encararlo.

Aun así, hay veces que la procrastinación puede ser un aliado. Es truco es controlarla y no dejar que te controle. Usarla en tu beneficio, como un barómetro que mida tu ansiedad, y poder así delimitar su espacio. He aquí unos consejos prácticos para que la procrastinación (cual ser mitológico imposible de derrotar) no intente cogerse más tiempo del que debería:

– Desconexiones periódicas: Estar siete, ocho o nueve horas seguidas metido en un guión (y quien dice guión, dice trabajo intelectual), notando como tu cerebro se va espesando no es bueno para nadie. Tu cerebro te pide echar el freno. Hay momento donde debes estar especialmente brillante y de repente te parece importantísimo buscar en imdb la película que te recomendó alguien, o comprobar si en 9Gag hanpublicado más mierda que ni siquiera te hará reír.

Bueno, eso es un síntoma de que debes parar. Tu cerebro no da para más y necesita refrescarse, así que te intenta distraer con chorradas. El problema es controlar cuando de verdad necesitas un descanso y cuando, simplemente, quieres ser vago.

Para mí el truco es hacer una operación matemática sencilla mentalmente. Si, por ejemplo, me cuesta multiplicar dos números de dos cifras significa que mi cerebro necesita parar. No voy a poder seguir en esa situación y forzarme a ello sólo va a servir para conseguir más estrés.

– Ejercicio físico: Cuando el cerebro te pida un respiro, pasar a otra actividad intelectual no es una buena forma de enfrentarlo. Ver un capítulo de Californication, por muy inspirador que pueda resultar, no te hará liberar tensión. La cabeza te seguirá yendo a cien por hora y no conseguirás realmente nada con el parón.

Algo de actividad física te vendría bien, y si te obligas a salir del cuarto para ello, mejor. Tampoco tienes por qué hacerte una maratón, pero un paseo de 15 minutos, hacer la compra, una ducha o esos ejercicios para fortalecer el tobillo que te mandó el médico son opciones perfectamente válidas.

No te engañes, si no haces algo físico en el tiempo muerto, gana la procrastinación.

– El horario es sagrado: Todo guionista trabaja horas de más para sacar adelante su proyecto maravilloso. Eso hay que asumirlo lo antes posible, para poder asimilarlo antes de que el productor de turno te recorte tus plazos a la mitad sin mayor explicación.

Ahora viene esa perogrullada que todos pensamos, que incluso comentamos entre cervezas y quejas, pero que no nos terminamos de creer: Que necesites la capacidad de trabajar a marchas forzadas no significa que debas hacerlo.

Es importante tener un horario y no salirte de él. Para lo bueno y para lo malo. Si tu horario es de 9 a 3 de lunes a viernes, curra como un cabrón todo ese tiempo. Si necesitas parones tómalos sin problemas, pero de 9 a 3 estás rindiendo todo lo que puedas. Esto es una verdad que debe funcionar en los dos sentidos. Si un domingo a las 5 de la tarde te entra la inspiración, no agarres el portátil y te pongas a escribir como si no hubiera mañana..

Tienes un horario por algo. Tu mente debe estar libre de preocupaciones laborales cuando dichas preocupaciones no deban estar ahí. Si divagando con tus amigos en un bar tienes una epifanía sobre cómo resolver un conflicto del segundo acto, felicidades. Apúntalo para que no se te olvide y sigue disfrutando de la fiesta. Vomita toda la idea el lunes a las 9.

Seguro que hay muchos usos positivos más para la procrastinación, pero supongo que todos ellos pasan por baremar tu reacción ante situaciones externas. Igual que todo sentimiento negativo, siempre es mejor no demonizarlo ni convertirlo en un monstruo que acecha debajo de la cama. Siempre es mejor sentarle en una silla e invitarle a una cerveza, a ver qué te cuenta.

LA BARBA DE LOS GUIONISTAS

Con una considerable trayectoria como guionista, analista de guión y creador de contenidos, Roberto Alfaro debutó en el cine el año pasado escribiendo el guión de “Ni pies ni cabeza”, de Antonio del Real. Actualmente se le acumulan los proyectos entre los que destaca la adaptación cinematográfica del cómic “De perros y de huesos”.

Por Roberto Alfaro

Bajo el techo del hogar, normalmente soy un tipo que tiende a la distracción y a procrastinar en un nivel experto-premium. Pero cuando salgo a la calle como un perrillo que tensa la correa y tira del amo como si no hubiera mañana, me convierto en un avezado observador. Supongo que esta condición viene de serie si nos queremos dedicar a juntar letras de una manera, por lo menos, medianamente decente. Por eso, bajo el prejuicio de la apariencia, suelo desconfiar de un guionista que habla más de lo que escucha, o que tiende a mirarme fijamente en los silencios antes que observar a la gente atractiva que pasa a su lado. O, ya el colmo, que simplemente pide “un café” sin reparar en que el camarero es una persona humana, y no entabla una conversación más empática del estilo “por favor, cuando puedas me traes un descafeinado con leche, de máquina, corto de café, con la leche muy caliente, en vaso, y con un vasito de agua, muchas gracias majo”.

Como veo que no acabo de explicar mi teoría de la observación, iré al grano: ¡¿Por qué coño casi todos los guionistas tenemos barba?! En serio, después de acudir a diversos actos de encuentro con compañeros y de tomar más de 470 cañas y 130 cafés (aproximadamente) empecé una tesis sobre el tema de la barba, pero a los pocos segundos la abandoné, y no por mi procrastinación innata sino porque era una auténtica chorrada de tesis. No me hacía falta perder el tiempo escribiendo folios y folios sobre un tema tan apasionante como la barba humana para coscarme de una máxima: los guionistas llevamos barba para imponer respeto. Alguna compañera del mundillo se sentirá rechazada, pero cuando hablo de barba también me refiero a bigote (más o menos poblado), perilla, pelusilla… y todas las acepciones que se os ocurran, así que todos y todas tenemos la opción (si nos da la gana) de entrar en el selecto club.

Al caso, me viene a la memoria el gran Pau Gasol. Una vez le escuché una anécdota que os relato: cuando Pau llegó a la NBA era un buen jugador que había conseguido títulos en Europa, pero aún no había explotado todo su talento en la competición de basket  más competitiva del mundo. Tenía cara de no haber roto un plato y de recibir collejillas de los All Stars. Era un fideíllo, un tirillas, y, lo peor, siempre se le veía afeitado de manera ejemplar. No jugaba mal, pero algo fallaba para triunfar en el entorno yankee: le acusaban de falta de carácter y de ser blando. Los pívots americanos se lo merendaban en el cuerpo a cuerpo. Pero entonces Pau encontró una solución: cogió kilos de musculatura, mala hostia, se atusó el pelo largo como Sansón, y lo más importante, se dejó barba. Al poco, le llegó la gloria. Ya no se amedrentaba, imponía a sus rivales, asustaba, y sobre todo, imponía RESPETO.

Gasol

Sinceramente creo que a los guionistas se nos ha perdido el respeto en esta España mía, esta España nuestra. Una buena pregunta sería saber si alguna vez lo llegamos a tener. Supongo que Azcona, sí. Pero el grado de valor actual, el que yo conozco al menos, es tirando a ínfimo.

Sabemos del poder del Sindicato USA, la labor de los agentes, la Black List, el poder de la INDUSTRIA americana, y demás. Vale, es otra liga, y es ridículo comparar. Es como pedirle al Rayo Vallecano que gane la Champions. Pero no veo tanto problema en copiar lo que funciona, en fijarnos en países como Reino Unido, Francia o Alemania, y sobre todo en dar valor a nuestra profesión. Además es gratis. No cuesta nada. Y ya no digo que nos dejemos barba (que también) para que nos respete el productor de turno o la cadena de siempre, sino para que nos respetemos y nos valoremos a nosotros mismos.

Debemos sentirnos orgullosos de lo que escribimos, sólo así no perderemos la dignidad cuando llegue la hora de negociar nuestro sueldo. Habrá veces que escribamos por amor al arte, algunas porque tenemos fe ciega en un proyecto, otras para pagar la hipoteca, y las menos para que nuestro nombre tenga un destacado en los libros de Historia del Cine/TV. Pero que todas ellas nos llenen, aprendamos, valoremos, e incluso disfrutemos con pasión y entusiasmo.

Tenemos que luchar por nuestros textos, moverlos por todas las vías posibles para que vean la luz, ser tremendamente activos, trabajar, trabajar, trabajar, ser constantes, y disfrutar del proceso. Todos hemos pasado por hacer trabajos gratis, por cobrar miserias, por escribir mierdas que nada tienen que ver con nuestro criterio de estilo, etc, etc, derrotismo, etc, etc, más derrotismo, etc, etc, etc… Pero recordad, estamos luchando día a día por lo que verdaderamente nos gusta, la mayoría de la gente no puede decir lo mismo, somos especiales, sintámonos orgullosos de ello.  

Un ejemplo. Uno, que es observador, se ha percatado de que en rarísimas ocasiones nos acordamos de nuestros propios compañeros en las entregas de premios. Creo que se vuelve a hacer patente la falta de valor a nuestro gremio. Aunque no lo comparto plenamente, me parece lícito que en estas ceremonias se critique al gobierno, a la situación del Tibet, al representante friki de Eurovisión, o al cuñado tocahuevos que no me ha pasado los langostinos en Nochebuena. Pero para treinta segundos de gloria que vamos a tener, en serio, me hubiera encantado que alguien se acordara de los propios guionistas o que se reivindicara nuestra profesión. Qué bonito sería acordarse de gente que nos inspira, que admiramos, que leemos con pasión, como Wilder, Allen, Kaufman, Goldman, Sorkin, y qué coño, Azcona, Alejandro, Guerricaechevarría, Gaztambide, y tantos otros.

Nos tenemos que citar más para darnos a conocer y conseguir romper el anonimato mediático. ¡“Guionista”, hay que decirlo más! Gente como Javier Olivares, Nacho Faerna, David Muñoz, Natxo López, Sergio Barrejón, Paco López Barrio… (que tenemos el gusto de leer por estos u otros lares), dignifican la profesión y son la punta de lanza con la que debemos asomar, aún más, la cabeza. Si os dais cuenta, ¡¡¡todos ellos con barba!!! Otros compañeros, entre los que modestamente me incluyo, como Salva Rubio, Raúl Serrano, Gabi Ochoa, Daniel Martín Novel… estamos luchando por hacernos un hueco y empezamos a saborear esas semillas que hemos ido plantando al cabo de los años. Y qué decir de aquellos que empiezan, hay talento y ganas de romper con lo establecido, y eso, estoy seguro, nos hará escribir mejores historias.

Aprovechemos que el mundillo del guión está más vivo que nunca gracias a la cantidad de vías que tenemos para mover nuestras historias y a las redes sociales: Alicia Luna es el alma máter de  #vinoguionistas, Daniel Castro y Juanjo Ramírez se han atrevido a escribir un guión en 24 horas y lo han publicado, éste último incita a que escribamos nuestro propio episodio de “Black Mirror” para demostrar nuestro potencial, con Fernando Hugo estuvimos charlando el otro día sobre una posible Black List española, guionistas patrios de postín cuelgan sus guiones en la red… y así un largo etcétera que suele venir avalado por unas simples cañitas o unos poleos para vernos las caras de vez en cuando.

Fuera de bromas, hay que seguir luchando y no desesperar a pesar de la que nos cae, estemos unidos, sin temor, sin negatividad, sin escusas, sin derrotismos. Nos dedicamos a lo que nos mola, no es ninguna cruz. Además, si la cosa no resulta, siempre nos queda la crucifixión, que no está tan mal, y silbar una alegre melodía. ¡Eric Idle simbolizaría a las compañeras guionistas (sin barba), y todos los demás a la legión masculina! Y, casualidad, ¡¡¡todos con barba!!! Os imagináis…

 

MACGUFFIN DE FRESA

Alejandro Portaz es director de un buen número de cortometrajes y el máximo responsable de Ochovideos, su productora. Es actor de la compañía Teatro Instantáneo y organizador de eventos lúdicos como subastas y cinefórums. Al respecto de esto último, acaba de publicar su primer libro y amenaza con escribir más.

portada macguffin

He escrito mi primer libro. Se llama MacGuffin de Fresa, o Sobre cómo hacer un buen cinefórum sin necesidad de hablar de las películas. Aunque el título completo, reflejado en su portada es MacGuffin de Fresa, o sobre cómo hacer un buen cinefórum sin necesidad de hablar de las películas, o sobre cómo crear un ciclo semanal al que nadie acude pero conseguir que la propia convocatoria al cineclub tenga más interés que el de las películas propuestas por muy interesantes, alternativas y selectas que estas sean y conseguir que una invitación hecha por correo electrónico tenga seguidores aunque no sea más que una excusa para visionar pelis incluso si al final resulta que son las películas la excusa para contar otra cosa más excéntrica y absurda para acabar haciendo un libro recopilatorio sobre cómo hacer un buen cinefórum sin necesidad de hablar de las películas.

El pretexto para escribir tal cosa, en cómoda edición de bolsillo, a dos tintas y repleto de ilustraciones (que no suelen ilustrar el texto, inaudito), fue el hecho, explicado en el título, de realizar un cinefórum. Este fue un éxito. Lo propuse en verano de 2010 e invité a un selecto círculo de amigos. Lo dicho, el primer día fue tremendo: la gente vino más o menos puntual, traían ganchitos, cocacolas, algo de chocolate, las populares palomitas de maíz y ganas de ver una película. Arrancamos con ¿Qué fue de Baby Jane?, precedida de un cortometraje. A mi me gustan las ceremonias cuando el evento reúne gente, comida y conversación. Y el ritual de estas sesiones era ver un cortometraje, seleccionado por mi de mi videoteca o de Internet, seguido de una cortinilla animada con referentes a carteles de cine y culminando con la proyección de la película elegida cada semana. El nombre de MacGuffin de Fresa, personaje atemporal que firma el invento, se quedaba fotoimpresionado en la pantalla hasta que comenzaba la peli. Todo ello en proyección de 72’’ sobre una pared blanca (no estucada, esto es esencial). Los invitados guardaban más o menos respeto durante el pase. Nos abastecimos convenientemente de bebidas y piscolabis y no fueron muchas las interrupciones para rellenar vasos, hornear más palomitas o silenciar comentarios excesivamente pesados y largos (en un evento social de esta clase, se puede hacer algún comentario sobre la peli, pero eso de estar de cháchara sin fin está algo feo, además, para eso está el forum posterior). Al terminar el pase, se aplaudió y tuvimos un coloquio bastante distendido.

Este fue el detonante de una rutina que yo pensé, sería del agrado de la muchachada. Así que continuamos con Giuletta de los espíritus, El Apartamento… La peculiaridad del resto de sesiones, y aquí es donde se gesta la idea de escribir MacGuffin de Fresa, es que mis invitados perdieron el interés por los ciclos programados. Muy extraño, pensaba yo, pues los géneros eran muy variados y, pensaba yo, lo chulo era poder disfrutarlos en comunidad y, pensaba yo, lo interesante era el coloquio posterior y, pensaba yo, ¡qué bueno era reunirse y ver cine! Pensé mal. Dejaron de venir.

Desde el primer día yo, o mejor dicho, Mr MacGuffin, acostumbró a redactar una invitación adecuada al tema y película elegida. Los invitados recibían esta convocatoria mediante correo electrónico. Sí, hace tres años ya éramos unos nostálgicos y el uso de Facebook para este tipo de cosas se nos hacía grandes. Usábamos el email. Pues el caso es que el tipejo MacGuffin es un socarrón y le gusta confundir sus divagaciones y dilataciones entre el ayer, el hoy, un kilo de plátanos y la erosión del zinc. Así era este señor con bigote al ralentí. Con un lenguaje retro-absurdo se dedicó a presentar el cinefórum sin necesidad de hablar de la película. O si lo hacía, era de soslayo. Y cuando no hablaba de esta, hablaba de cualquier cosa. En serio, muchas veces sin pies ni cabeza.

La propia convocatoria tuvo su aquel. Resultó tan atractiva que este fue el segundo factor que propició la elaboración del libro. Los invitados fueron cayendo uno a uno a medida que pasaban las semanas. Yo ya notaba algo extraño cuantas más sesiones pasaban: primero fueron quince, más tarde unos diez, luego seis, cuatro… Hasta que un día reparé en que estaba solo viendo La Soga, de Hitchcok, y que no era la primera vez que sucedía. De hecho, llevaba ocho meses de cinefórum en los que no había más espectador que un servidor. Y MacGuffin de Fresa, que a estas alturas, ya parece hasta mi mejor amigo imaginario. Tengo otros, no os creáis. Pero hasta estos dejaron de venir. Lo más curioso de la situación, y esto me hizo ponerme en marcha con las páginas del librito, es que, a nada que dejaba pasar una semana sin proponer ciclo, ahí que aparecían correos contestatarios de los desaparecidos invitados reclamando la convocatoria de Mr de Fresa. Con cierto punto de preocupación, me escribían rogando que siguiéramos escribiendo la propuesta semanal, pues era del agrado del personal. ¡Tan divertida sería que la aplaudían pero no eran capaces de hacer caso a la recomendación! ¿Qué era lo interesante? ¿Hablar de cine o hablar de un circo de pulgas bielorrusas? Pues bien, MacGuffin continuó escribiendo y programando su ciclo. El señor Hitchcok me hizo ver ese día que el nombre del personaje, y posteriormente del libro, no era una casualidad: el propio libro hablaba de una excusa para continuar un relato, el propio libro era la excusa para ver cine u oir hablar de él, el propio libro era un macguffin de sí mismo. El macguffin, o mcguffin, o magufin es un término cinematográfico creado por Hitchcok para introducir un elemento en el film que resulta anodino pero que es fundamental para hilar la historia… Y sí, es cierto, yo también pienso en magdalenas. ¡Esos muffins tan deliciosos!

El macguffin… una excusa para llegar al meollo de la historia. Consigue que la trama avance a través de sus personajes, pero no tiene mayor relevancia. Creo que nos dejamos llevar por cualquier elemento que despierte curiosidad o que sea un acento en el relato. Cuando nos queremos dar cuenta, nadie nos ha explicado el por qué de ese macguffin, pero ya estamos en otro lugar, con la historia más hilada, con los personajes evolucionados… Nos sorprendemos. En la vida real, esa que va paralela al cine, estamos rodeados de macguffins. Esas pequeñas excusas que hacen que la rueda de la vida siga girando.

¿De dónde saldrían aquellos espectadores? Incluso aquéllos que nunca asistieron al cinefórum… Personajes atentos a su bandeja de entrada esperando la invitación al ciclo como quien espera una postal o la newsletter semanal para compra online. Los creía desaparecidos. Pero ahí estaban: – Eh, tú, no he recibido la convocatoria para esta semana. Sí, sí, esa película a la que no asistiré jamás. Pues eso, escribe o me enfadaré. ¡Diviérteme! –. Espero que estés contento, ahora puedes ver todos los textos editados en un libro muy molón.

Quiero que haya una segunda parte de MacGuffin de Fresa. Lo que ocurre es que el motor de partida para ese futuro segundo volumen no parece ser el mismo que el que motivó el primero. De momento no hay programado otro cinefórum y la gente no lo demanda demasiado… Espero poder realizarlo pronto. En cuanto a ver cine, no me preocupa, yo sigo teniendo mi dosis de cine semanal, con o sin MacGuffin. Pero si es de Fresa, mejor.

Por cierto, presento el libro este viernes 22 de marzo en Azulcasirojo. Esto está en calle Sorní, 40, 4º, en Valencia. Os invito a que vengáis a oir hablar un poco más de él a eso de las 19.30. ¡En primicia leeré dos páginas al azar! Y a los cinco primeros que lo compren regalaremos muffins en imán o en posavasos, diseñados por las artistas Paula Aparici y Peli Pixel, respectivamente. ¿Firmaré ejemplares? Claro, ¿por qué no?

LA TERCERA VÍA FALLERA

 Por Rafa Ferrero

Estamos en fallas. Supongo que los que vivís en Valencia ya lo habréis notado…

Para algunos es una noticia cojonuda. Llevaban un año esperando que llegase este momento, otra vez, y ahora lo están disfrutando A TOPE.

Otros, en cambio, no le encuentran la gracia por ninguna parte. Estos son los sufridores, los renegados, los que cargan con todas las molestias que conlleva vivir en una ciudad ruidosa, abarrotada e incómoda, sin sacarle ningún partido. Muchos de ellos optan por marcharse. Aprovechan el puente festivo y huyen de la ciudad en busca de tranquilidad. Pero no todos pueden permitirse ese lujo. De hecho, son muchos los que se quedan atrapados en Valencia. Este post va dirigido a todos ellos.

Las fallas convierten Valencia en una ciudad irreconocible. Una ciudad en la que todo lo que pudiese parecer normal hasta hace dos semanas ha dejado de serlo y en la que suceden cosas imposibles de comprender en cualquier otro contexto.

Esto, queridos sufridores, nos brinda una oportunidad única. No es verdad que la fiesta de las fallas sólo se puedan amar u odiar, existe una tercera vía fallera. Deja de esconderte, sal a la calle y experimenta. Pero no te esfuerces en disfrutar, porque ese es el error. Aunque parezca mentira, pasarlo bien no es lo único que se puede hacer en fallas. La paleta de sensaciones es enorme y está ahí fuera esperando a que vayas a experimentarla. De hecho, para qué engañarnos, son muchos los que buscando pasárselo bien acaban experimentando cosas muy distintas. Miedo, alivio, asco, rabia, orgullo, impotencia, desorientación, hambre, náuseas, simpatía, odio… Sensaciones únicas e inolvidables de toda clase. Pues bien, si ellos pueden, tú también. Pero marca una diferencia importante, hazlo a propósito.

-Si quieres experimentar qué se siente siendo reportero de guerra, vete a un parque. Los hay de mayor y de menor intensidad, pero en prácticamente cualquier parque de la ciudad a prácticamente cualquier hora del día e incluso de la noche encontrarás un buen número de niños de todas las edades quemando toneladas de pólvora en cómodas dosis llamadas petardos. Habrá momentos en los que te sientas confiado. Aunque haya detonaciones todo te parecerá controlado. Pero, cuando menos te lo esperes, se desatará una escaramuza y tendrás la sensación exacta a la que se siente al quedarse en medio del fuego cruzado.

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Y si con eso no tienes suficiente, vete al río la nit del foc. La batalla no siempre se desata en el mismo sitio porque no es un evento oficial, pero cada año una hora antes del castillo de fuegos artificiales, un grupo de degenerados inicia una verdadera batalla campal lanzándose petardos de toda clase unos a otros. Si te atreves a meterte ahí en medio, probablemente salgas con quemaduras de segundo grado, pero después de eso podrás mirar a Arturo Perez Reverte a los ojos, como un compañero.

-Si quieres experimentar qué se siente al ser aplaudido por una multitud entregada, ve a la ofrenda de flores. Hay que conseguir estar lo suficientemente cerca y elegir bien el momento pero, si se hace bien, la experiencia puede ser única. Basta con gritar: “Visca la mare de Déu!” a pleno pulmón. Esa expresión despertará una reacción de júbilo inmediata en el público. Aplaudirán y gritarán como si acabases de soltar el mejor discurso de la historia. Pero si por alguna extraña razón no bastase con la primera frase, o si quisieras experimentar más a fondo esa sensación, siempre puedes añadir: “Visca la fallera major!”. Es probable que con esto consigas incluso provocar el llanto emocionado del respetable o que alguien quiera abrazarte. Disfrútalo.

-Si quieres experimentar qué se siente al llegar al mismo límite de tus fuerzas, trabaja como camarero. Como hay muchos, parece que cualquiera podría hacerlo, pero no es así. Ser camarero en fallas supone enfrentarse a un trabajo de alto riesgo que puede acabar física y mentalmente prácticamente con cualquiera. ¿Quieres vivir una experiencia límite? Pues coge una bandeja, un bloc de notas y no pares de servir mesas hasta que pase la marabunta.

-Si quieres experimentar qué se siente viajando en el metro de Tokyo en hora punta, viaja en metro en Valencia a las 13:30 en dirección a Colón o Xàtiva. La única diferencia es que puede que te encuentres una banda de música o una charanga tocando dentro del vagón, pero la proporción de seres humanos por metro cuadrado viene a ser la misma.

-Si quieres experimentar una sensación de alegría indescriptible, encuentra una plaza de aparcamiento en Ruzafa. Atreverse a hacer esto es arriesgado porque podría darse el caso de que, después de varios días al volante, tuvieses que aceptar la derrota. Pero si lo consigues, experimentarás la sensación de victoria y alegría más intensa de toda tu vida.

No importa si te conoces el barrio de Ruzafa como la palma de la mano o si no has estado allí en toda tu vida. Con la cantidad de calles cortadas por fallas, carpas, desfiles, charangas y mil razones indeterminadas más, saber si se puede girar a la derecha o no en el próximo cruce será un misterio seas quien seas.

Un consejo, lleva comida y agua para varios días en el coche y llena el depósito antes de empezar este reto. Buena suerte.

-Si quieres experimentar qué se siente al no poder dormir en una semana, alquila una habitación justo encima de un casal fallero. Si tienes la suerte de vivir encima de uno, enhorabuena, ya sabes de lo que te hablo. Los casales falleros son algo así como una discoteca no insonorizada donde se organizan verbenas cada noche hasta las tantas, despertás a primera hora de la mañana, paellas a medio día y charlas animadas en grupo y a pleno grito durante las 24 horas del día. Además, por supuesto, todo esto acompañado por un repiqueteo constante de explosiones pirotécnicas.

Habitar encima de algo así durante una semana, quince días en las fallas más animadas, supone enfrentarse al insomnio absoluto. A medida que pasen los días notarás que dejas de saber cuando es de día y cuando es de noche. Cuando logres echar una cabezada te despertarás sobresaltado por un petardo creyendo haber conseguido dormir una o dos horas seguidas, pero al comprobar el reloj descubrirás desesperado que no han pasado ni diez minutos desde la última vez que miraste la hora. Sobrevivir a algo así supone enfrentarse a una experiencia capaz de provocar que confundas realidad y ficción, sueño y vigilia, falleros y demonios.

En tus momentos de mayor debilidad, te preguntarás cómo es posible que los falleros puedan aguantar ese ritmo infernal y tú no. Ten cuidado, en esos momentos tu mente estará tan al límite que tratará de engañarte ofreciéndote una explicación muy sencilla que lo explica todo, los falleros no son humanos. Esta conclusión falaz, aunque poderosamente convincente, puede llegar a despertar en ti un impulso homicida irracional e irrefrenable. Si llegas a ese extremo, enhorabuena, estás viviendo la experiencia al límite, pero será mejor que pidas que te aten antes de que cometas alguna locura.

-Si quieres experimentar qué se siente al ser el blanco de ese impulso homicida irracional e irrefrenable, descalifica una falla delante de su presidente. Es arriesgado, pero como experiencia es impagable. Elije una falla, la que sea, pregunta por el presidente, seguramente no estará muy lejos de allí, y cuando aparezca dile: “Vaya mierda de falla”. Da igual lo que responda, si como única réplica te limitas a repetir la frase en cuestión tantas veces como sea necesario, antes o después, podrás ver en sus ojos ese impulso homicida irracional e irrefrenable. Vivir algo así supone ver el mal encarnado, supone experimentar en primera persona qué siente una gacela ante un león hambriento, supone comprender de una vez y para siempre qué se siente justo un segundo antes de fenecer.

Un consejo, a menos que también quieras experimentar qué se siente al recibir una paliza, huye nada mas veas esa expresión en sus ojos.

-Si quieres experimentar qué se siente al estar desnudo ante centenares de personas, ve a una mascletà. Si quieres experimentar algo así es que eres algo rarito, también te lo digo, pero eh! estamos en fallas, si eres rarito aquí te sentirás como en casa.

La operación es muy sencilla. Ve a una mascletà y colócate en medio de la plaza del Ayuntamiento. A falta de una hora de que empiece ya lo irás notando, pero cuando falten unos veinte minutos la oportunidad se hará evidente. La plaza se llena tanto de gente, pero tanto, que acaban todos unos encima de otros formando una auténtica marea humana. Es en ese momento cuando podrás bajarte los pantalones, o la falda o lo que lleves puesto hasta los tobillos sin que nadie se de ni cuenta.

Lo único que podrá verse de ti durante todo ese tiempo será la cabeza. Ni el que está pegado a ti respirándote en el cogote, ni Rita Barberá desde el balcón del Ayuntamiento podrán ver nada más de ti por mucho que se esfuercen. Por lo que tú podrás estar allí, en medio de toda esa gente, en pelotas y sin que nadie se de cuenta. Disfruta, degenerad@.

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-Si quieres experimentar qué siente un salmón al remontar un río, sal de una mascletà en dirección contraria. Aunque esta experiencia y la anterior tengan lugar en el mismo sitio a la misma hora, lo siento, no podrás realizarlas ambas el mismo día. Por suerte, se celebran mascletàs todos los días desde el día 1 hasta el día 19 de marzo, por lo que tienes muchas oportunidades de intentar cualquiera de las dos experiencias.

Para sentirte como un salmón, lo que tienes que hacer es ver la mascletà desde cualquiera de las calles adyacentes a la plaza del Ayuntamiento. Espera a que termine y justo en ese momento, mientras que todo el mundo aplaude, empieza a andar, o mejor dicho, empieza a intentar andar en dirección al Ayuntamiento. La cantidad de gente que anda en dirección contraria es tal que tratar de hacerlo te será prácticamente imposible. Pero con esfuerzo y práctica aprenderás las técnicas necesarias para conseguirlo. De hecho, si repites la experiencia varias veces, notarás que cada vez te sale mejor y, con el tiempo, puede que consigas fluir a contracorriente tal y como lo hacen los salmones río arriba. Cronométrate y trata de superar tus marcas. Quien sabe, puede que esto algún día se convierta en deporte olímpico.

-Si quieres experimentar qué se siente al consolar alguien totalmente hundido, pégate a una fallera mayor mientras se quema su falla. Esta es de las difíciles porque primero hay que ganarse su confianza, pero si se consigue, vivirás una experiencia similar a la que deben vivir los primeros bomberos que llegan al escenario de un desastre natural.

Pero si con esto no tienes suficiente, repite la operación año tras año hasta que un año la lluvia impida que la falla se queme. Ese año verás la desesperación en estado puro.

-Sí quieres experimentar donde está tu límite de ingesta de alimentos, compra buñuelos. Advertencia, esta es probablemente la experiencia más peligrosa de todas. Sal a la calle con dos o trescientos euros en el bolsillo y márcate un destino. Si es tu primera vez, te recomiendo que no te marques un destino muy lejano, cuatro o cinco calles más allá será suficiente. El reto consiste en lo siguiente: Cada vez que veas una churrería o puesto ambulante, acércate y compra media docena de buñuelos. Después de comértelo, reemprende la marcha. Hay tal cantidad de churrerías en las calles de Valencia durante estos días que la cifra de buñuelos ingeridos puede alcanzar cifras con varios ceros en pocos metros. Vomitar se considera trampa, pero tranquilo, si lo haces en plena calle no creo que nadie se sorprenda. Estamos en fallas.

Esta es sólo una breve selección de las infinitas experiencias que las fallas pueden ofrecerte. No te quedes en casa (a menos que vivas justo encima de un casal fallero). Sal a la calle, experimenta, inventa tus propias experiencias, supera tus propios retos. Y recuerda, no es necesario pasarlo bien, lo importante es vivir las fallas A TOPE.

Si eres guionista seguro que sabrás apreciar toda esta paleta de sensaciones que Valencia es capaz de ofrecerte en estos días mágicos. Está bien ser capaz de imaginar qué se siente en tal o cual situación, pero no hay nada como vivir las sensaciones en propia piel. Deja de quejarte del ruido, asume que no vas a escribir nada decente hasta que no acaben las fallas y sal a la calle a aprovechar el tiempo. La próxima vez que escribas una historia seguro que podrás echar mano de tus recuerdos falleros.

GALONES

Por Rafa Ferrero

Los guionistas parecen gente normal. Cuando pasean por la calle, la gente se cruza con ellos sin ni siquiera sospechar.

Un guionista, cuando no está sentado delante de su ordenador, es igualito que Superman cuando no va con los calzoncillos por fuera, o que Jack el destripador cuando no lleva un cuchillo ensangrentado en la mano. No se les nota nada.

De hecho, se les nota tan poco que incluso han llegado a darse casos en los que dos guionistas se han cruzado por la calle y no se han reconocido. Escalofriante.

Esto, evidentemente, es un problema. Genera toda clase de situaciones ridículas y malentendidos. Más de una vez, algún que otro guionista ha tenido que soportar la charla hueca y absurda de cinéfilos aficionados que se han permitido el lujo incluso de llevarle la contraria.

Corre el rumor de que una vez un guionista tuvo que oír, en medio de una conversación distendida, una crítica cruel de su propio trabajo por parte de alguien que le hablaba sin saber quien era y que, además, esperaba conseguir que le diese la razón. El rumor completo afirma que el guionista acabó dándole la razón entre risas y consiguió así llevársela a la cama.

Pero el chismorreo más pasmante de todos los que he oído jamás es el de un guionista principiante que, en un sarao de estos en los que se junta mucha gente de incógnito, quiso atribuirse méritos que no merecía y, al contarle a alguien que estaba trabajando en una serie de éxito, se encontró con la respuesta: ¿Sí? Pues yo soy la coordinadora del equipo de guionistas de esa serie y nunca te he visto por allí.

Esto no puede seguir así, tenemos que hacer algo. Pongámonos galones.

CarlosVIItoison
¿Os imagináis un ejército sin galones ni distintivos de rango? Los soldados rasos se cruzarían con los generales y no se cuadrarían. Es más, puede que ni saludaran. Y en los baños, por hablar de algo, acabarían haciendo comentarios a sus superiores sobre lo inútiles que son los mandos. Un desastre.

Por eso se inventaron los galones, por poner un poco de orden. ¿A qué esperamos para copiarles?

Que has escrito tu primer guión, una medallita. Que lo vendes, otra. Que es un éxito, subes de rango. Que te contratan en una serie, una medallita. Que acabas siendo el coordinador, subes de rango. Que la serie renueva, medallita por el coraje en batalla. Que te despiden, corazón púrpura.

Así todo sería más fácil. Con un sólo golpe de vista sabrías con quien estás tratando y además ya no tendríamos que enfrentarnos más a la pregunta ¿y tú qué has hecho? Para responder, bastaría con sacar pecho.

Cuando un guionista raso se encontrase meando codo con codo con un guionista general en el baño, se estaría calladito.

Cuando un guionista de alto rango dijese un chiste, los guionistas rasos se reirían y tomarían notas al mismo tiempo.

En caso de emergencia, el guionista de mayor rango tomaría el control y si este sufriese un accidente o un bloqueo mental que lo dejase inutilizado, el segundo guionista a bordo tomaría el mando.

Antes de participar en ninguna contienda habría un período de instrucción. Algo así como la mili pero con bolis en vez de rifles.

También habría que fundar las fuerzas especiales para aquellos casos en los que fuese urgente la intervención rápida de un equipo de guionistas. Puede incluso que se llegase a fundar la organización de los bolis azules para intervenciones pacíficas internacionales.

Estoy seguro de que funcionaría. Los uniformes nos quedarían genial, la entrega de condecoraciones serían la excusa perfecta para organizar saraos y los guionistas ya no pasaríamos desapercibidos por la calle. La gente vería nuestros galones y mostraría respeto. Quien sabe, puede incluso que de este modo los niños empezasen a decir que de mayor quieren ser guionistas.

No sé, es sólo una idea. Yo ahí lo dejo.

VIVO EN SPRINGFIELD

Nuestra firma invitada de hoy es Nacho Sánchez.


Hace ya muchos años que, para dolor de amigos y familiares, me convertí en un fan acérrimo de “The Simpsons”, la gran serie creada por Matt Groening.

A lo largo de ese tiempo (20 años ya), las vicisitudes de los habitantes de esa urbe ficticia me han acompañado y, me da la impresión, han moldeado el mundo a mi alrededor. Hubo primeros indicios que me hicieron sospechar, las noticias me recordaban a gags del programa:

Una grúa cae a la presa Maria Cristina al intentar taponar un agujero, por el que se había colado la bola con la que se tapaba:

La vicepresidenta presenta una subida de impuestos y suena exactamente como el “ajuste temporal reembolsable” que inventa una Lisa Simpson presidenta del Gobierno, para colarsela a los ciudadanos de Springfield (han descolgado de la red el video comparativo, divertidísimo).

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Por no hablar del comportamiento de Krusty y el “show-bussiness” real o Kent Brockman y los periodistas reales (cada vez que salía uno de los presentadores de Noticies Nou le veía a él, si alguien recuerda su nombre que lo diga!)

Así, llega un momento en que el mundo se me ha vuelto amarillo y, dubitativo como soy, me pregunto: ¿Es el mundo cada vez más parecido a Springfield o como es uno de mis referentes de ficción mi cerebro “amolda” el mundo dentro de Springfield?

Y aquí viene cuando la matan: ¿la ficción afecta a nuestra percepción del mundo? ¿El que más y el que menos es un pequeño Quijote a quien los relatos de caballería han vuelto loco?

Francamente, creo que todo es mucho más sencillo: los Simpson son un ejemplo muy claro de guión bien construido desde la disección crítica de la sociedad que le rodea. Es ese análisis vertido en los guiones lo que hace que los “veamos” a nuestro alrededor. Cuando te parece ver la corrupción de The Wire en las noticias diarias (demasiado a menudo en Valencia), es el análisis certero de la sociedad capitalista occidental lo que ves, no la obra de ficción.

Y es en este punto en que hay que insistir en la importancia de este análisis previo y su aplicación al guión. Demasiadas veces encontramos guiones y guionistas empeñados en trabajar sobre “personajes reales”, pero olvidan analizar y plasmar el mundo en que esos personajes se mueven. ¿Cuantas películas “sociales” se quedan en nada porque su visión del mundo es simplista y maniquea (y no pongo ejemplos, allá cada cual)? ¿Cuántos dramas se quedan en llantinas de mal serial por situar a sus personajes en entornos planos?

En fin, que estaré eternamente agradecido al señor Groening por su serie, y seguiré viendo el mundo de color amarillo, incluido yo mismo!

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RIÁMONOS TODOS

RajoyTV

Por Rafa Ferrero

¿Soy yo o Mariano se rió de mí el otro día? ¿Sí no? Me costó un poco darme cuenta porque, claro, tuve que verlo a través de una tele que estaba dentro de mi tele y eso, de tan absurdo, me despistó. Pero al tercer “es falso”, de repente, me di cuenta. Mariano se estaba descojonando en mi cara.

Igual pensáis que exagero, que me lo invento, que son cosas mías, que no debería tomármelo como algo personal. Pero no puedo evitarlo. Es más, siento tener que ser yo el que os lo diga, pero creo que Mariano no sólo se rió de mí. Llamadme loco, pero creo que también se rió de vosotros. De todos.

Reírse no es malo, al contrario, es muy sano. Saber afrontar la vida con humor es síntoma de inteligencia. Pero cuando es de ti de quien se ríen, la cosa cambia.

A veces lo mejor es dejarlo pasar, entre amigos es normal. Hoy se ríen de mi, mañana nos reímos de él y pasado quedamos a tomar unas cañas. Pero cuando el que recibe eres siempre tú, es que te has convertido en el tonto del grupo. Y cuando eso pasa, lo mejor que puedes hacer es replantearte si esa gente son realmente amigos tuyos.

¿Es Mariano amigo mío? No quiero responder esta pregunta a la ligera. Los buenos amigos no abundan y hay que cuidarlos. No seré yo quien rompa una amistad por una tontería. Pero si me pongo a hacer repaso de nuestra relación, me doy cuenta de que este hombre me ha dado muchos más disgustos que alegrías. De hecho, no recuerdo ninguna alegría, fíjate tú. Debe ser por eso por lo que noto cómo me sube el cabreo por momentos. Alguien que ni siquiera es amigo mío se está riendo de mí.

Llegados a este punto, sólo hay dos cosas que yo pueda hacer. Retirarle la palabra a Mariano o contraatacar riéndome de él.

¿De verdad me vais a hacer explicar qué opción prefiero? Soy muy de la broma, ya lo sabéis, ¿cómo iba a ignorar una provocación de ese calibre? Si Mariano no me toma en serio, si Mariano se ríe de mí, riámonos todos.

Es más, creo que esto de cachondearme de Mariano es casi una obligación.

Yo no soy periodista, mi trabajo no consiste en investigar e informar sobre casos de corrupción. Tampoco soy juez, mi trabajo no consiste en juzgar a los criminales. Soy guionista, mi trabajo consiste en entretener y hacer pensar a la gente. Y para eso, el humor es una de las mejores herramientas de las que dispongo.

Visto así puede parecer que nuestra función, la de los guionistas, es poco relevante. Pero os equivocáis. Nuestra profesión, en esencia, consiste en hablar a la gente. Ya sea a través de un actor, de una pantalla o de un texto escrito, nuestras palabras llegan a la gente. Nuestro trabajo influye y mucho en la opinión pública. Esto lo sabe muy bien Mariano, por eso no deja trabajar a cualquiera en TVE (la E es de España).

Pues bien, creo que tal y como están las cosas ahora mismo, los guionistas tenemos una responsabilidad. Espero que los periodistas y los jueces hagan su trabajo, pero no voy a quedarme de brazos cruzados esperando a ver si lo hacen o no, voy a empujar para que así sea.

Me comprometo aquí y ahora a escribir tantos textos como sea capaz, en todos los formatos que se me ocurran, para tratar de evitar que la opinión pública olvide la gravedad de lo que está pasando. Esa será mi contribución. Ese debería ser el objetivo de todos.

Hagamos que la presión sea insoportable. Aseguremonos de que se llega hasta el final de cada asunto porque la exigencia se convierta en un clamor en la calle. Consigamos que todo aquel que se haya estado riendo de nosotros se sienta ridículo, que sienta vergüenza de sí mismo, que descubra que, en realidad, el tonto del grupo siempre ha sido él.

No creo en la justicia divina. Es una pena, la verdad, porque lo de que el mundo es justo y siempre acaba poniendo a cada uno en su lugar es una idea hermosa. Me atrevería a decir incluso que es una idea bonita que te cagas. Pero no me lo trago, qué quieres que te diga. Estoy convencido de que hay mucho cabrón que acaba muriendo plácidamente de viejo, rodeado de lujos, sin ni siquiera sentirse culpable. Y después nada, ni San Pedro lo envía al infierno, ni resucita convertido en babosa. Si un cabrón no recibe su merecido en esta vida, ha ganado.

Por eso soy de la opinión de que, para ciertas cosas, es mejor no confiar en el destino y tomar cartas en el asunto.

Este país necesita cambios urgentes. Pregúntate qué puedes hacer tú para empujar en la dirección correcta y hazlo. Lo sano es protestar. Lo cuerdo es indignarse. Lo sensato es exigir cambios. Busca tu propio modo de hacerlo y hazlo. No permitas que nadie más se ria de ti. Riámonos todos.