¿Cómo tener ideas brillantes?

Por Rafa Ferrero

Este es mi último post para GuionistasVlc, así que he decidido romper la baraja.

Seamos claros, los blogs de guión llevamos años mareando la perdiz, dando consejos de todo tipo sobre cómo escribir, pero evitando a toda costa hablar de lo verdaderamente importante. Ya era hora de que alguien tirase de la manta. Siento tener que ser yo, pero es que no se me ocurría nada para este post y claro, al ser el último, quería acabar en alto.

Después de que esto se difunda, probablemente, todo hijo de vecino (hasta el del primero izquierda) empezará a escribir guiones o, al menos, sabrán que podrían hacerlo si quisieran, y los guionistas dejaremos de ser admirados por la sociedad.

Sí, amigos, este es el post que responde a la pregunta:

¿Cómo tener ideas brillantes?

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Con este título, imagino que muchos habréis llegado hasta aquí esperando encontrar fórmulas o consejos para ser más creativos. Tal vez imagináis técnicas capaces de catapultar la mente a un estado de hiperactividad o algo por el estilo. Pues no encontraréis nada de eso, al menos no de forma legal. El mensaje que os traigo es otro muy sencillo: Las ideas no brillan.

Buscar una idea brillante es como buscar una lámpara mágica. Puedes frotar todas las lámparas que quieras, jamás verás aparecer ningún genio.

Esto puede parecer decepcionante pero, si lo piensas bien, te darás cuenta de que en realidad resulta liberador, porque cambia las reglas de un juego en el que creías que ibas perdiendo. Ya no necesitas encontrar “la idea”, cualquier idea vale.

Los guionistas estamos obligados a parecer ingeniosos, creativos, ocurrentes, profundos… y toda una serie de adjetivos calificativos molones más. “Parecer” es la palabra clave de la frase. Nadie es todo eso. Es imposible. Vivimos de parecerlo, es lo que vendemos, así que nos hemos vuelto muy hábiles en esa tarea. Pero nadie sabe mejor que nosotros mismos lo delgada que es la línea en la que estamos practicando el equilibrismo.

Vendemos proyectos, trabajamos en equipos de guión, asistimos a reuniones y en todas y cada una de esas situaciones se espera de nosotros, cuando no se nos exige, que aportemos ideas brillantes. Convencer a todo el mundo de que somos capaces de conseguirlo una y otra vez es nuestro oficio. Pero la única forma de mantenerse en él y permanecer cuerdo es asumir que no son las ideas lo que brilla.

Si no me crees, prueba a hacer algo. La próxima vez que te cruces con un guionista, pregúntale en qué está trabajando y deja que hable. No hace falta que le escuches, lo que diga es completamente indiferente. Es más, procura no escucharle porque corres el riesgo de que consiga embaucarte y entonces el experimento fracasaría. Piensa en cualquier cosa y procura poner cara de “te estoy escuchando”. Cuando llegue el momento, y notarás que es el momento porque de repente se creará un silencio incómodo en el que él o ella esperará tu aprobación. En ese momento di: “Bueno, no está mal”. Dilo como sin ganas, como si le estuvieses haciendo un favor, pero dilo mirándole a los ojos porque en ese justo instante podrás ver la VERDAD. Verás inseguridad. Verás que nadie, ni siquiera el guionista más consagrado puede sentirse completamente seguro de ninguno de sus proyectos. Acaba de venderte la idea como si fuese la mejor que ha tenido la humanidad en toda su historia, pero si tú, que no eres nadie, no le das tu aprobación, la idea se tambalea. Todo se tambalea.

Solo los guionistas nivel jedi son capaces de recibir una mala crítica sin pestañear y mantenerse firmes. Su firmeza se apoya en una sola convicción, que ninguna idea es capaz de valerse por sí misma y que incluso las ideas de éxito, las que hoy en día se ponen como ejemplo, tuvieron los pies de barro en su momento y podrían haber fracasado, como cualquier otra.

Hay tantísimos factores que determinan el éxito o el fracaso de un proyecto, que la idea primigenia se diluye como uno más entre todos ellos. Toda idea es una apuesta, todo proyecto tiene posibilidades tanto de ser un éxito como de ser un fracaso y nadie puede saber realmente qué sucederá hasta que el proyecto no echa a andar por sí mismo. Por lo que vender proyectos es como mentir. El secreto está en que no se te note. Un buen guionista no es más que alguien capaz de mirarte a los ojos y decirte sin pestañear que cree ciegamente en su proyecto, a pesar de conocer mejor que nadie sus debilidades.

Deja de esforzarte tanto por encontrar la mejor idea posible y concéntrate en aprender a vender lo más cara posible la primera idea que se te ocurra. Tarde o temprano, una de esas ideas acabará siendo considerada brillante y podrás vender las siguientes aún más caras. De este modo, tal vez algún día, consigas vivir de escribir.

Deja de perseguir ideas brillantes. Coge cualquier idea y ponte a escribir. No le dediques ni un minuto a elegirla, cualquiera vale. Lo único que tienes que hacer es presentar esa idea de forma que sea entretenida, impactante, divertida… y sobre todo, que esté bien escrita, claro. Pero eso ya llevan años explicando cómo hacerlo los blogs de guión.

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DETRÁS DE CADA CARICATURA, UN GUIONISTA.

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Por Martín Román.

Hoy desperté con la noticia de los asesinatos en París. Doce muertos por un tiroteo perpetrado por tres integristas islámicos. Un atentado que persigue castigar a los “infieles” e instaurar la censura en las redacciones y la autocensura en los creadores, una censura que pese tanto como el plomo con que se fabrican las balas. El delito de los caricaturistas de la revista de humor satírica Charlie Hebdo fue criticar y denunciar la utilización de símbolos religiosos como excusas para ejecutar atentados y atrocidades. Al final el atentado lo sufrieron ellos.

No creo en Dios, y menos todavía en un dios que no tenga sentido del humor. Pero claro, el dios en que se amparan los integristas siempre es un dios censor, que censura con quien te puedes casar y acostar, de qué te puedes reír, de qué puedes hablar, sobre qué puedes opinar y te dicta qué debes creer y obedecer, los más obtusos, odiosos y peligrosos también creen que les señala a quién pueden y deben matar.

Hablo de integristas, en este caso han sido integristas islamistas. Tras el atentado, empiezan a aparecer twitts y comentarios en Facebook de gente que critica que tengan libertad de culto en Europa o que puedan construir mezquitas. Muchos de los que elaboran estas críticas deben ser buenos cristianos que consideran musulmán como igual a terrorista olvidando que en 2006 Leo Bassi fue amenazado por integristas cristianos  llegando a poner una bomba en su camerino en el Teatro Alfil de Madrid que afortunadamente no llegó a explotar. También integristas cristianos lanzaron una guerra injusta contra Irak. Ni por un caso ni por el otro considero a mis amigos cristianos o musulmanes terroristas. Pero tanto en ciertas iglesias como en ciertas mezquitas se pueden encontrar a quienes alimentan el odio. Cuando no se matan entre ellos convierten en víctimas a personas que tratan de vivir su vida (11S, 11M) o aquellos que tratan de poner un poco de cordura a través del humor (Charlie Hebdo), el cine (Jafar Panahi) o la literatura (Salman Rushdie). Además de los muertos, un atentado islamista en Francia trae mayores peligros si tenemos en cuenta que por un lado se desvía la atención de los recortes sociales hacia el terrorismo y por otro lado se alimenta el odio xenófobo y la islamofobia que representa la ultraderecha del Frente Nacional. Un fenómeno que se contagia y aumenta en los países del bloque.

“Detrás de cada caricatura, un guionista”, reza el título de este artículo. En algunas ocasiones dibujante y escritor del chiste son la misma persona, a veces uno pone la idea y otro el dibujo. En 9 viñetas o en tan solo una, los caricaturistas nos cuentan una historia con la que nos hacen reflexionar. A veces con una frase tan contundente que funciona como desenlace o detonante y el lector/espectador construye a su alrededor el planteamiento, el nudo y el desenlace de la historia. Nos hacen reír por no llorar. Es un trabajo muy difícil sacar una viñeta buena diaria o una buena revista cada semana, hay que ser muy creativo y tener una imaginación afilada para lograr en tan poco espacio tanta reflexión.

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“Se ha puesto tan serio el mundo que el humor es una profesión de riesgo”, dice Erlich en su viñeta. Contar historias comprometidas y que señalan a los que dañan la sociedad siempre ha conllevado sus peligros. Vivamos peligrosamente, no permitamos que nadie nos censure, démonos una buena bofetada cuando seamos nosotros mismos quienes la ejerzamos contra nuestro trabajo.

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PS: Comparto tres títulos sobre el integrismo religioso y sectario (trailers pinchando en los títulos), agradezco en comentarios compartan películas al respecto sobre el fanatismo en cualquier religión.

OPERACIÓN 2015

Por Héctor Beltrán

Y llegó el 2015. Piensa guionista novel, tienes un año entero por delante, nuevo, a estrenar y todo para ti. Todavía huele a coche nuevo, aunque ese enigmático y tóxico olor desaparecerá en unas semanas y será febrero. Ten en cuenta que vas a pasar doce meses viajando en el coche que tú elijas, así que más vale que hayas pensado en el modelo que vas a conducir, es decir, en lo que vas a escribir.

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Robert Zemeckis y Bob Gale eligieron este modelo de coche para viajar durante 1980.

Seguramente habrás coqueteado con los propósitos para el año entrante. Y no me refiero a los ya manidos, apuntarse al gimnasio, dejar de fumar y perder peso. Me refiero a los propósitos profesionales. Si no te has preguntado, en qué voy a invertir mi tiempo el año que viene, deberías preocuparte, pero calma, la respuesta a esa cuestión, en gran medida, depende de ti. Todavía tienes tiempo para pensar. De momento, puedo contarte mis propósitos para este año. Miento, no son propósitos. Son objetivos.

Escribir dos guiones de largometraje, escribir dos obras largas de teatro, desarrollar un proyecto de serie más el piloto dialogado, dirigir un cortometraje y presentarme a todas las ayudas y/o concursos —serios y profesionales— que se pongan a tiro. Todo eso, como mínimo, es lo que voy a escribir en 2015. Es cierto, que muchos de esos proyectos son coescritos, cosa que ayuda a avanzar más rápido. De todas formas, no creo que sea una cantidad exagerada de trabajo, es más bien la concreción del año anterior. Ya hay una escaleta trabajada de los largos, de las obras, etc. Simplemente se trata de acabar esos proyectos porque creo que uno de los principales errores de los guionistas noveles, es la falta de finalización de los proyectos. Además, nunca sabes cuándo te van a preguntar por tus proyectos, así que mejor tenlos preparados para sacarlos al mercado en cualquier momento.

Aunque también es cierto que si se tienen demasiados proyectos se puede caer en la desazón al ver que avanzan muy poco a poco, así que primero céntrate en un par, organízate y ve superando objetivos. No creo que aporte nada nuevo pero es que es totalmente cierto, escribir es como una carrera de fondo. Cada paso que des estarás más cerca de la meta. Habrá días en los que te habrás sentado a escribir y no habrás avanzado nada, pero no es verdad. Una muy buena actriz —y amiga— siempre me dijo que de cada siete ensayos solo se avanza realmente en uno. Es la media. Y para avanzar en uno hay que hacer los otros seis. Escribir es lo mismo, hay que generar mucho material para quedarse con lo mejor.

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Esto es lo que ocurre cuando un guionista novel le pregunta a un guionista, con años de experiencia, cuántos proyectos ha desarrollado.

Otro de los vicios, en mi opinión, de los guionistas noveles es que no se piensa antes de escribir. Y no lo digo por no pensar en cómo escribir la escena o en qué voy contar,  sino que es algo relacionado con lo anterior. La planificación y los objetivos.

Me explico, piensa que vas a invertir mucho tiempo en ese proyecto que tanto te apasiona. Piensa en que te puede dar el proyecto y que no. Piensa en el tiempo que vas a invertir y cuál es el porcentaje de beneficio, económico o de visibilidad, que puedes llegar a conseguir.

Lo sé, es una manera de ver la cosa un tanto práctica pero creo que un guionista profesional debe preguntárselo todo antes de sentarse a teclear. Más que nada porque Youtube es un cementerio de webseries inacabadas, de cortos desechados por el Notodofilmfest y de cosas peores como webseries para el Notodo.

De todas formas, animo a todos los guionistas noveles —grupo en el que me incluyo— a escribir sin parar, incluso sin pensar. Igual que un ruso puede beber chupitos de vodka en Nochevieja en la Plaza Roja de Moscú. Sin parar y sin pensar.

Pero hay que ser realista, es verdad que la cosa está difícil pero cada vez que escucho a los guionistas más mayores —deporte muy saludable para el que quiera vivir de esto— tengo más claro que siempre ha sido igual. Así que, propongo que cada mañana, como si de un mantra se tratase, un guionista novel recitase, antes de sentarse a escribir, lo siguiente:

1.- Nadie me va a llamar.

2.- De cada diez proyectos sale uno.

3.- No lo voy a petar con mi primer (o algunos más) corto.

4.- No voy a vender mi primer guión de largo.

5.- Las pruebas para series no existen.

¿Entonces?

Entonces, lo que hay que hacer es ponerse a escribir. Igual que los matemáticos se van a pasar toda su vida intentando resolver los siete problemas del milenio, un guionista novel debe demostrar, sistemáticamente, que todo eso es falso. Aunque parezca imposible se puede. Si no que se lo digan al ruso, Grigori Perelmán, que en 2002 resolvió uno de los siete problemas matemáticos que atormentaba a la humanidad.

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Grigori anotando dos cosillas que le han venido a la cabeza.

Hay que escribir, lo que sea y no desanimarse. Hace dos años que salí del Máster y ya tengo compañeros que han decidido apearse del tren. Creo que no se debe tanto a que no haya oportunidades, si no a que hay que hacer muchas cosas para ir quemando etapas. Igual que el proceso de aprendizaje en un Máster es diferente para todo el mundo, una vez estás fuera, sigue siendo diferente. Por eso, quema todas las etapas cuanto antes y sigue avanzando. Piensa que  tienes que escribir ahora mismo para poder trabajar en unos meses. Apuesta, invierte y muévete para genera tu trabajo.

Si te quedas quieto te será más complicado. Esto funciona justo al contrario que unas arenas movedizas. Intenta moverte y hacer el máximo ruido. Si es posible, búscate compañeros para gritar al máximo y hundiros lo antes posible en esas arenas movedizas. Lo idea es crear una red de trabajo entre vosotros para generar proyectos y nunca estar sin gritar ni escribir.

Así que ponte el casco de guerra, extiende el mapa en la mesa y traza un plan. Empieza la operación 2015, y tal vez este año, saquéis los vasos de chupito como hizo Grigori Perelmán, que era aquel borracho que gritaba en la Plaza Roja de Moscú el día de Nochevieja. Había resuelto la hipótesis de Poincaré. Ahora ya podía volver a su presente en el Delorean.

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Mis compañeros de piso y yo planeando el 2015.

P.S. Este es mi primer post en el blog. Olvidad todo lo que habéis leído. Cuestionad todo lo que habéis leído. Haced caso a gente más mayor y con más experiencia. Piensa. Escribe. Reescribe.

DE TAN MALO ES BUENO

Por Rafa Ferrero

Si criticar fuese deporte olímpico, el equipo de la selección española tendría el banquillo más profundo del mundo. Cualquier españolito de a pie podría defender los colores nacionales en una final sin despeinarse y ganando de calle a cualquiera que se le pusiera por delante. Criticar se nos da bien y nos encanta. Eso, entre otras cosas, explica la aparición de un fenómeno como el del espectador social y la repercusión que está teniendo en este país. El concepto lo explica mucho mejor Teresa Díez en esta entrevista, yo me limitaré a decir una serie de chorradas una detrás de otra, que ya sé que os encanta.
Un espectador social es básicamente alguien que no se limita a ver algo en la tele, sino que además lo comenta en las redes sociales. Pero este fenómeno no se queda ahí. No se trata solamente de que la gente haya encontrado una nueva vía para comentar sus programas favoritos, este fenómeno ha evolucionado hasta tal punto que ya ha empezado a influir en la programación de los canales. Porque una cosa es ver algo y después decir a los cuatro vientos si te ha gustado o no, y otra muy distintas es comentar algo en directo, mientras lo estás viendo. Esta segunda modalidad es la que me resulta realmente interesante.
Cuando estás viendo algo que te gusta, el capítulo de una serie por ejemplo, que alguien hable o (peor) que te pida que le escuches, puede ser motivo de discusión. Toda tu atención está puesta en el monitor, el mundo que te rodea ha dejado de importarte y da igual qué se esté quemando, puede esperar.
La cosa cambia cuando lo que estás viendo no te gusta. Lo normal sería cambiar de canal, o incluso apagar la tele y buscar otra actividad (hay quien lo hace, en serio). Pero no. Gracias a las redes sociales hemos encontrado un modo de seguir viendo la tele incluso cuando lo que estamos viendo no nos gusta. Hemos perfeccionado el arte de criticar y hasta le han puesto un nombre en inglés, que siempre luce más, el Hate-Watching lo llaman.
Hace años, cuando compartía piso, creamos casi sin darnos cuenta un evento semanal que consistía básicamente en cenar y ver Operación Triunfo. En esas veladas, el volumen de la televisión solía estar bajo, para que no molestase. Porque lo realmente importante no era lo que allí se dijese o cantase, era lo que nosotros teníamos que decir. Y, la verdad, de vez en cuando se escuchaba un “Pues esta chica canta bien”, pero siempre iba seguido de un comentario del tipo “Sí, pero habla como un camionero búlgaro y se le entiende menos”. Lo de criticar ya estaba inventado.
La gran diferencia entre nuestros eventos semanales y los hashtag de hoy en día no es que los que están criticando no puedan pasarse las patatas fritas entre ellos porque no están en la misma habitación, sino el tipo de programa que están descuartizando. De un tiempo a esta parte ha aparecido una nueva clase de contenidos audiovisuales, una nueva raza mutante de programas que ha elevado la vergüenza ajena a la categoría de arte.
Los triunfitos, e incluso los grandes hermanos de las primeras ediciones, se tomaban en serio el programa y su papel en él. Y lo que es más importante, el programa los tomaba en serio a ellos. Pero eso, obviamente, ya no ocurre en Princesas de barrio, ni en Granjero busca esposa, ni en Un príncipe para Corina, ni en Mujeres ricas, ni en ¿Quién quiere casarse con mi hijo?, etc.

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Puede que haya algún concursante despistado que haya acabado en el programa pensando que se le iba a tratar como a una ser humano, pero claramente se equivocaba, de pleno. Todo aquel que acepta participar en semejante esperpento está aceptando tácitamente llevar una diana en el pecho y convertirse en el blanco de los afilados comentarios de miles de twitteros empujados por una sola obsesión: Ser el autor del comentario más gracioso. Y como todo el mundo sabe, no hay nada como un buen comentario hiriente para triunfar.
Admitámoslo, lo que llamamos televisión social, en algunos casos, se parece mucho al bullying. Todos nos aliamos para poner a parir a alguien y aquel al que mejor se le da es el más guay de todos. Como en el cole, pero sin bocadillos de mortadela para el recreo.
Todo muy divertido, pero detengámonos un momento. No se me quita de la cabeza el hecho de que en algún momento del proceso alguien se paró y dijo a su equipo: “Vamos a hacer un programa malo, pero tan malo, que de malo sea bueno.” Y lo consiguieron.
Nunca he tenido la suerte de trabajar en uno de estos programas (me encantaría vivir la experiencia desde dentro, al menos una vez), pero me he tragado algunos como espectador y reconozco que me sorprenden. Siempre me queda la duda de si la magia casposa que consiguen en algunos momentos nace gracias al casting (Debe haber por ahí auténticos expertos en encontrar frikis kamikazes), a los guionistas y redactores (A veces las emboscadas son evidentes, pero otras veces surgen situaciones locas de forma tan aparentemente natural que te imaginas al equipo de guionistas arrodillándose y dando las gracias al cielo por hacerles el trabajo gratis), o al montaje (Aquí he de quitarme el sombrero. El montaje de algunos programas, el modo en que seleccionan y manipulan los cortes, es sencillamente magistral, digno del mismísimo Satanás. En algunos programas, para mi gusto, han rebasado el límite editando en exceso. Pero en general, estos programas son lo que son gracias a que se montan buscando contentar a su público más fiel, las hienas hambrientas de twitter, y no tienen ningún tipo de contemplación ni miramiento hacia los pobres concursantes. Van a acabar devorados, así que mejor servirlos bien troceados).
En definitiva, aunque la audiencia social se esté empezando a estudiar y cuantificar ahora, creo que ya llevamos unas cuantas ediciones de programas que nacieron, consciente o inconscientemente, para el consumo y disfrute de un público capaz de apreciar lo genial en lo mediocre. Siempre habrá quien califique estos programas de basura, no todo el mundo tiene estómago como para soportar según qué cosas, eso hay que comprenderlo. Pero, por escondido que esté, hay que reconocerles cierto mérito a este tipo de programas.
Un servidor seguirá entrenando, por si algún día, por fin, criticar se declara deporte olímpico. Tal vez como deportista de élite me vayan mejor las cosas.

MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA GUIONISTAS FRACASADOS

Por Rafa Ferrero

Pero vamos a ver alma de cántaro, ¿a ti quien te ha dicho que eres un fracasado?
Si fue tu madre, no le hagas ni caso. Ella solo quiere lo mejor para ti y es obvio que ser guionista no es lo que más te conviene. Puede que sus formas no sean las mejores, pero algo tenía que intentar la mujer para que dejases esta profesión. Cuando ganes un premio se lo dedicas y santas pascuas.

Si fue tu jefe, hazle menos caso que a tu madre. Este solo quiere lo mejor para él mismo. Cuando triunfes olvida que algún día le conociste de nada, ignórale cuando se te acerque en algún sarao tratando de hacer ver que siempre creyó en ti y asegúrate de que todo el mundo lo vea.

Si fue un compañero… No me obligues a decir esto. Si a estas alturas no has pillado la dinámica puede que tu madre tuviese razón.

Nadie puede decirte que eres un fracasado, solo tú puedes decidir convertirte en uno. Si te lo dicen y te lo crees, estás perdido.

Cualquiera que lleve siendo guionista más de dos horas y media ha oído al menos 237 veces eso de que “el guión es una carrera de fondo”. Pues bien, imagina un corredor de fondo que empezase a correr pensando “esta carrera no la acabo ni de coña”. ¿Qué pasaría? Pues obviamente que ese tipo no acabaría la carrera ni de coña. Al primer síntoma de agotamiento abandonaría, porque ya se había convencido a sí mismo de que eso era exactamente lo que iba a pasar.

En la salida tienes que estar convencido, no de que vas a llegar a la meta, sino de que vas a ganar la puta carrera. Si no tienes ese tipo de mentalidad, no sirves para esto.

Todo depende de ti, de tu mentalidad. Tienes que estar convencido de que vas a escribir el mejor guión de la historia incluso cuando todo el mundo se ría leyendo un guión que escribiste intentando hacer un drama. Tienes que seguir convencido de que eres el mejor guionista de todos los tiempos incluso cuando un compañero al que hace tiempo que no ves te pregunte a qué te dedicas ahora. Tienes que ser capaz de amar esta profesión sobre todo cuando no tengas ni puñetera idea de cómo vas a pagar el alquiler el mes que viene.

Un guionista ha de ser como un samurai, como un guerrero jeday, como una roca de adamantium. Creedme, conozco a unos cuantos. En Valencia hay gente que sigue escribiendo guiones al mismo ritmo que antes de que cerrasen la tele. Es como si la banda del Titanic siguiese tocando a 2.000 metros de profundidad y sin perder el compás. Espectacular, escalofriante, sencillamente la élite de la locura mundial.

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Pero tranquilo, cualquiera puede alcanzar ese nivel aunque no sea valenciano. Solo tienes que seguir fielmente una serie de pasos. Si eres constante, llegará un momento en que serás capaz de mirar al mismísimo J. J. Abrams a los ojos sin pestañear y conseguir que se mee en los pantalones. (Merecido lo tiene.)

Primero: No reconozcas nunca que has fracasado. Da igual la edad que tengas, no importa lo mal que haya funcionado lo último que has escrito. Tienes que convencerte a ti mismo de que lo próximo que vas a escribir será la obra maestra que llevas toda la vida persiguiendo.

Segundo: Por muy seguros de sí mismos que parezcan los otros guionistas no olvides nunca que están tan perdidos como tú, o más. Si ellos son capaces de disimularlo, tú también puedes.

Tercero: Da igual lo que tú pienses sobre ti mismo, lo importante es lo que piensen los demás. Si todos creen que eres genial te lloverá el trabajo aunque seas un inútil. Dedica tiempo a cuidar tu imagen de triunfador.

Cuarto: Haz amigos en el gremio. Tiene múltiples ventajas y solo un inconveniente, que a veces, cuando les conoces bien, descubres que algunos son buena gente.

Quinto: Una cosa es trabajar y otra muy distinta ganar dinero. Tu trabajo es escribir y tu objetivo ganar dinero haciéndolo. Mientras no lo consigas puedes buscar otras formas de ganar dinero, pero nunca puedes dejar de trabajar.

Sexto: Preséntate a todas las ayudas, premios, concursos, rifas, sorteos, vales descuento y rasca y gana que puedas. No es solo por la ayuda económica, lo importante es autoconvencerte a ti mismo de que el universo entero conspira para que tú sigas siendo guionista. Eso debe ser lo primero que se te pase por la cabeza cuando ganes un premio.
Anda que no he oído veces eso de: “Iba a dejarlo, a abrir una tienda de cupcakes o algo, porque los cupcakes lo van a petar ¿sabes? Pero como me han dado este premio, voy a seguir escribiendo.” Bueno, en realidad el plan de negocio varía según la persona, pero ya me entendéis.

Séptimo: (Aportación de Juanjo Ramírez Mascaró) Cuando todo parezca negro como la boca de un callejón sin salida, vuélvete a ver Golpe en la Pequeña China. Ya sabes lo que le dice Jack Burton a la tormenta: “Dime lo que quieras, nena. No me enfadaré.”

Octavo: Un guionista con un encargo es como un agente secreto con una misión especial. Nadie ni nada puede ser más importante que eso.

Noveno: Enamorarse es una opción, querer formar una familia una posibilidad, pero llevar una vida “tradicional” es una utopía. No te lo tomes como una renuncia, convéncete a ti mismo de que has elegido vivir al límite. O cásate con alguien rico evitando la separación de bienes.

Décimo: Si te vas a morir ya y todavía no has triunfado, no te rindas. Van Gogh triunfó después de muerto ¿por qué tú no? Todavía no se ha dado el caso en un guionista, pero tú procura dejar un cajón bien repleto de guiones, por si acaso. Escribe hasta el último de tus días.

Solo una última cosa. No hay nada peor que un tonto sobremotivado, así que antes de venirte arriba procura averiguar si eres tonto. Es sencillo, si has leído este post creyendo que realmente contenía las claves para triunfar, no hay duda, eres tonto.

CAMBIAR EL MUNDO O TAMPOCO TOCA HOY

Vuelve. Fue de las primeras firmas invitadas, y estamos convencidos de que si este garito cierra algún día, será de las últimas en irse. El Guionista con Ray Ban nos lleva siguiendo desde hace años (y nosotros a él). Y siempre no trae historias (guionísticas) de ultratumba. Leed, leed.

Por Guionista con Ray Ban

-Creo que estás harto de jugar con Luigi, le dije a Gab.

Me miró como si hubiese descubierto el más profundo de sus secretos

-No pasa nada, dije antes de que pudiera reaccionar. Cambiamos los mandos, puedes ser Mario. De verdad que no pasa nada. Es mi cripta y es mi NES, pero puedes ser Mario. Si con eso eres feliz, yo seré Luigi.

Pero Gab no cogió el otro mando de la Nintendo.

-Verás, Ray Ban… No es eso… ¿Sabes que llevamos tres años jugando al Super Mario?

-¡Tú bajaste a mi cripta, respondí!

-Pero bajé para que me contaras anécdotas de guionistas, no para que jugásemos hasta la eternidad con un videojuego antiguo

-¡Solamente me querías por eso! ¡Tengo ratas con más sentido de la amistad!, grité

-No, no… pero es que lo haces bien. Joder, en el rodaje de “El amor no es lo que era” le conté a Alberto San Juan la historia aquella que publicaste y se partía de la risa.

Enmudecí. Los ojos se me humedecieron -¿De… de verdad se la contaste a Alberto San Juan?

-No…

Me levanté hecho una furia. Estaba bien, si Gab quería contar anécdotas que fueran buenas, yo era el mejor, el más gracioso. Si algo bueno tiene ser el alter ego bloguero y muerto de un guionista es que tengo a patadas de eso en la cripta.

Alberto San Juan iba a saber quién es Guionista con Ray Ban.

Revolví los rincones más olvidados de la cripta.

-¡Tengo una!, le grité a Gab mientras sostenía el papel húmedo en el que la había escrito años atrás –Te va a encantar. Habla de una vez que no tenía dinero porque no me habían pagado.

-Ray Ban, por Dios ¡Publicamos sobre eso todos los días! Somos…

-…¿guionistas?

-Somos valencianos…

-Pero esta no la has escuchado nunca… Esta historia va sobre CAMBIAR EL MUNDO, dije levantando las manos hacia el techo y mientras descargas eléctricas me  acariciaban las puntas de los dedos.

-Adelante, pero solamente porque me da miedo decirte que no. Guionistas VLC es tuyo.

Me aclaré la garganta.

No tenía dinero. No tenía trabajo. No había visto un duro de varias cosas en las que me había dejado el alma. Tenía más deudas que Afinsa y Fórum Filatélico en una mañana de resaca. Tenía un problema.

Tocaba buscar trabajo. Mandé emails, invité a cafés, invité a cosas que no son cafés. NADA.

Todo hasta que un buen amigo, ante el temor a que un día apareciera pidiéndole dinero y el sofá de su salón, me remitió una oferta de trabajo que le había llegado.

Una agencia de comunicación. Es más, una agencia de comunicación 2.0 o 3.0 o vete a saber. Me hicieron una entrevista. Les gustaba lo de que fuera guionista y me ofrecieron cambiar el mundo con ellos.

Caminaba por la calle a dos palmos del suelo. Las chicas se giraban a mirarme y se tocaban a mi paso. Lou Reed, desde algún lado, cantaba canciones solo para mí. Iba a cambiar el mundo.

El director de la empresa había trabajado en el cine, o eso juraba. Mi jefa, tres cuartos de lo mismo. Todavía no entendía por qué al subdirector, un tipo encantador que de verdad había trabajado en el negocio y con el que hablaba de pelis de John Boorman, no le dejaban opinar. Me decían que el audiovisual español estaba como estaba porque hacía mal las cosas que ellos sabían hacer bien, que habían colaborado con Fresnadillo y que ni siquiera él había entendido bien el futuro, citaban a Steve Jobs hasta para cambiar el papel higiénico del baño y aseguraban que el éxito pasaría pronto por ser trasmedia, transmedia, o como Dios y la RAE quieran algún día que se escriba.

Cambiaría el mundo: Tramas en Twitter, personajes con Facebook, nudos de acción en Google+… Era perfecto. Adiós, audiovisual español. Algún día, dentro de décadas, alguien escribiría un tratado sobre ese nuevo arte y yo sería su George Méliès, su mago primigenio.

Daba igual que firmara un contrato por un sueldo diferente al que me habían dicho, que jamás me subieran de puesto como habían prometido hacerlo, que nunca fueran a pagarme más dinero según me dieran nuevos clientes o que se echaran broncas a los empleados con expresiones del tipo “Os estáis haciendo pajas” o “Voy a cortaros la cabeza”. Incluso daba igual que el “tráete tu propio ordenador unos días, mientras compramos uno nuevo” se alargara tantos meses como mi pobre ego necesitó para comprender que tenía que quejarse. Daba igual que todo fuera mentira. No puedes llamar mentiroso a alguien que pone en tu mano la llave de la inmortalidad. La vida no funciona así.

Pero antes de cambiar el mundo, había que comprender qué funcionaba mal. O al menos esa es la razón que encontré para justificar que me pusieran a los mandos de las redes sociales y el blog de una importante compañía de telecomunicaciones. “Vamos a cambiar el mundo” me decían por una oreja mientras por la otra me enseñaban todas las tácticas del mundo para dar largas a cualquier usuario que tuviera problemas con el servicio.

Engañé, timé y casi estafé a varios cientos de clientes de la compañía. Si alguno escribía en Facebook o en Twitter quejándose del servicio, yo les respondía que sus routers se arreglarían si hacían esto o aquello, que su cobertura funcionaría si remitían un correo a una dirección de email o que ponía su problema en conocimiento de algún departamento ficticio. En teoría me habían contratado para enganchar a la gente a los canales de comunicación de una empresa que facturaba millones, pero en la práctica lo habían hecho para que me convirtiera en el tipo más execrable de teleoperador.

Meses después, rodeado de llamadas fuera de horas de trabajo y cobrando una miseria, mi idea de que iba a cambiar el mundo empezó a flaquear. Me sentía mal por hacerlo, me veía como un falangista o un miembro del Opus Dei; alguien que se resiste al progreso y lo pone en duda. Tres días de cilicio me hicieron volver a pensar en cambiar el mundo. Los caminos del Señor son inescrutables y quién sabe, a lo mejor para construir el nuevo universo de narrativa era necesario tomarle el pelo a los clientes de una empresa de telecomunicaciones. Cogí fuerzas y me repetí que si ese era el plan que tenía para mí el Dios de Abraham, entonces yo sería su diluvio universal.

Los buenos propósitos no duraron demasiado. Un día nos reunieron a los trabajadores para darnos clases de narrativa. El modelo de ficción audiovisual que nos pusieron no era ni El Apartamento, ni El Padrino, ni siquiera Annie Hall. Claro, habíamos ido a cambiar el mundo. El modelo era un corto de tres minutos rodado con una MiniDV en algún punto del Cono Sur. Creo que a la creativo de la agencia, quien a pesar de tener 30 años quería ser guionista cuando fuera mayor (y futbolista, aunque esa es otra historia), le encantó la idea.

Nos presentaron un batiburrillo citando a McKee y Syd Field. Hablaban de conceptos como “Tesis” y “Tema” sin haber escuchado nunca hablar de Lajos Egri o de Howard y Mabley (y me temo que ni de Aristóteles), y para estar seguros de que había entendido la lección, me pidieron que les explicara la “Tesis” y el “Tema” de El Caballero Oscuro. Me inventé una cita falsa de Richard Matheson, dije dos estupideces y coló. Sé que en alguna parte de su cabeza, el subdirector de la empresa, ese señor al que le gustaba John Boorman, aplaudía el morro que acababa de echarle a la situación.

Después intentaron hacerme entender que todo guion tiene “minutados” sus puntos de giro, que se cumplen con disciplina matemática hasta el mínimo segundo y que eso puede comprobarse viendo cualquier película con un cronómetro en la mano. Syd Field murió unos días más tarde y siempre he pensado que fue por la alegría de comprobar que su plan de dominación mundial estaba completo tras ese razonamiento hecho en una oficina de Madrid. El ejemplo más claro, el cortometraje en MiniDV, puesto que tenía el primer punto de giro cuando la posición de cámara, que estaba en un tren en movimiento, adelantaba a una chica que caminaba junto a la vía.

Sí, eso último que has leído lo has leído bien. Aunque creas que no.

He hecho cosas peores que decir tonterías acerca de El Caballero Oscuro, pero que me intenten convencer de que un movimiento de cámara es un punto de giro y que un corto en MiniDV tiene presupuesto para hacer que un tren adelante a un personaje en un frame determinado, es forzar un poco la máquina. De modo que intenté hacerles entender que quizá, a lo mejor, pudiera ser, que no tuvieran razón.

Mi jefa gritó ante tal insolencia y amenazó con levantar el teléfono y llamar a Nacho Vigalondo para que me explicara a mí, pobre guionista, lo que era una estructura en tres actos. Yo respiré, pensé en los números de teléfono que había en mi móvil (Vigalondo entre ellos) y aún así pedí perdón por la osadía.

Mi ilusión sobre cambiar el mundo y la narrativa estaba hecha trizas. Había entendido que inventar una narrativa para el mundo 2.0 pasaba por citar mal apuntes de Comunicación Audiovisual.

Permanecí algunos meses más en la empresa, engañando a clientes, echando de menos al señor que sabía quién era John Boorman –le despidieron de un día para otro- y sin hacer nunca ninguna de las cosas que me habían prometido que iba a hacer. Una vez, en un ataque de eso que los talibanes del 2.0 llaman “proactividad” y que la gente que además lee libros llama “iniciativa”, en un ataque de eso, quería decir, propuse hacer una webserie al servicio de la compañía de telecomunicaciones. Pero en cuanto mi jefa me dijo, muy segura, “recuerda que para una serie necesitas siempre siete personajes”, maldecí haber tenido la idea de levantarme esa mañana. Creo que maldecí haber tenido cualquier idea desde que nací.

Cuando mis deudas estaban cubiertas, un guion en el que había trabajado en esos meses estaba vendido y cuando no me quedaban escrúpulos suficientes para engañar a una nueva viejecita que quería ADSL para que sus nietos hicieran los deberes en las visitas, cuando todo eso ocurrió, redacté una carta de renuncia al trabajo con una ironía que no entendieron (“Es la carta más elegante y con más clase que me han traído nunca”, me dijeron), cogí la puerta de la calle y me olvidé de cambiar el mundo.

-Y esa es la historia, Gab.

-¿Ya?, contestó con lágrimas en los ojos. ¿No hay más? ¿Ni una moraleja?

-La moraleja es que cualquiera que empieza diciendo que va a cambiar el mundo es en realidad un ignorante. Y también es un conservador disfrazado. Eso como poco.

-¿Pensar eso no es, a su vez, ser un conservador?, dijo Gab, tan agudo como siempre.

-Puede, aunque sobre eso mejor que cada uno de tus lectores saque su propia conclusión y te la diga en los comentarios. Y ahora, Gab, no voy a cambiar el mundo, pero sí el cartucho de la Nintendo.

Apreté el botón de EJECT de la vieja NES, saqué el Super Mario y metí otro juego.

-Ray Ban, pero ese videojuego es solamente para un jugador, dijo Gab.

– Claro, voy a jugar aquí otros tres años, pero yo solo. Tú, amigo, tú tienes que salir ahí fuera y estrenar “El amor no es lo que era”.

Gab miró un calendario y se dio cuenta de que se acercaba la fecha de estreno. Salió corriendo.

– ¡Estrena esa peli y cambia el mundo con ella! ¡Tú sí puedes hacerlo!, le grité mientras él ya estaba fuera y mientras se encendía la Nintendo.

PRESS START apareció en la pantalla.

BENDICHO & BELTRÁN: MADRID DAYS

Esta es la historia de dos guionistas, jóvenes, valencianos, en los madriles. Héctor Beltrán y Vicent Bendicho llevan ya un tiempo allí y nos hacen su crónica de esos Madrid days.

Por Héctor Beltrán y Vicent Bendicho (Firmas invitadas)

Corría el año 2013, era verano y el sol brillaba en el cielo de Madrid, o al menos eso pensábamos cuando nos bajamos del autobús. Efectivamente, era 2013 y era verano en Madrid, pero desgraciadamente el sol se escondía detrás de una nube de polución casi tan densa como las dudas que nosotros, dos estudiantes de guion valencianos, teníamos sobre o dentro de nuestras cabezas. Llevábamos poca ropa en las maletas, no demasiadas monedas en los bolsillos y algo de esperanza en nuestros corazones; no literalmente, claro, ya que no se puede guardar nada en un corazón —al menos uno que funcione—.

(Nosotros nada más llegar a Madrid. Las chaquetas eran por si refrescaba por la noche, nunca se sabe).

(Nosotros nada más llegar a Madrid. Las chaquetas eran por si refrescaba por la noche, nunca se sabe).

Después de discutirlo mucho, creemos recordar que así fue como llegamos a Madrid. Si Sherlock Holmes y el doctor Watson tuvieron su aventura aquí, nosotros también.

Así empezarán nuestras extensas memorias si algún día nos decidimos a escribirlas y a editarlas en tapa dura; pero como Ana Rosa no nos atiende el teléfono, hemos decidido contar a vuela pluma y por nuestra cuenta, algunas de las experiencias que como guionistas, valencianos y personas decentes (cita requerida) hemos vivido en Madrid. Esperemos que os resulte útil, sobre todo a los más jóvenes y aventureros que deciden venir a buscar una oportunidad ya que en nuestra tierra nos la han arrebatado.

La verdad es que de un día para otro pasamos del ambiente controlado y seguro del Máster de Guion de Salamanca a buscar piso en Madrid. Nos habían seleccionado, a nosotros dos y a Andreia, compañera del Máster, a través de una prueba de guion, para ser becarios en un programa de entretenimiento. Sí, habéis leído bien, el animal mitológico favorito de muchos guionistas: una prueba de guion.

Bueno, el caso es que tras una búsqueda de pocos días, conseguimos un piso no muy caro —y no muy nuevo— cerca de la productora y en el centro neurálgico de… San Sebastián de los Reyes. Vivíamos en el centro. En el centro de la periferia. Además, al llegar al piso, que habíamos alquilado por teléfono desde Salamanca, nos dimos cuenta de que las habitaciones tenían moqueta. Recordad que corría el verano del 2013 en Madrid. VERANO. MOQUETA.

Pero estos pequeños contratiempos no nos iban a hundir. Así que, con el ímpetu de los jóvenes ignorantes, cogimos fuerzas y nos dirigimos a la productora. Estábamos felices, contentos, radiantes. Nada más llegar, entramos a una paradisíaca recepción presidida por el gran logo de la productora. La gente pasaba y dejaba mensajes a la recepcionista o hablaba de las audiencias de la noche anterior. Por el fondo se escuchaban risas. En algún momento, alguien pasó con una gran pizarra con lo que parecían mapas de tramas. Definitivamente estábamos en el paraíso.

Por fin, tras esperar poco más de una hora en unos cómodos sofás, apareció la jefa de producción y, con extrema amabilidad y una gran sonrisa en la boca, nos comentó que el programa se había cancelado. ¿Cómo? ¿Cancelado? ¡Si no se había emitido! ¿Habíamos sido nosotros? ¿Estábamos malditos? Ya nadie nos iba a contratar para ningún programa nunca más…

(Antes de la noticia Vicente tenía pelo.)

(Antes de la noticia Vicente tenía pelo.)

Nos habían avisado pero parecíamos futbolistas en una rueda de prensa: la tele es así, nunca se sabe hasta el último momento, lo fácil es llegar y lo difícil es mantenerse, la tele son once contra once…

Pero no todo fueron malas noticias, acto seguido la productora nos dijo que no pasaba nada, que nos movían a la serie Con el culo al aire. Tuvimos el cuidado de esperar a que las puertas del ascensor se cerraran para gritar de alegría. ¡Nos habían cancelado un programa y acto seguido nos movían a una de las mejores series nacionales! Todo en diez minutos. Volvíamos a estar en la cresta de la ola. Los chicos de San Sebastián de los Reyes estábamos de vuelta.

Más tarde, nos enteramos que los guionistas de la serie trabajaban en un piso en el centro de Madrid. Y nosotros habíamos buscado un piso cerca de la productora en San Sebastián de los Reyes para no perder una hora yendo y viniendo del trabajo. Es decir, que todo el plan que teníamos preparado se había ido al traste. Y por si fuera poco, el universo se cebó con nosotros. Descubrimos que debajo de la moqueta de las habitaciones, ¡había otra moqueta! Recordad, era verano en Madrid y teníamos moqueta DOBLE.

Pero pasó el tiempo y nos rehicimos. Nos introdujeron en el engranaje de la serie, pudimos ver cómo eran las tripas de una serie de éxito. Conocer de primera mano todo lo que nos habían contado, la metodología de escritura, los equipos de trabajo, la figura del coordinador y del productor ejecutivo, la nevera, la máquina de café y los tickets Gourmet (aunque estos últimos solo los vimos de lejos). Tuvimos que ponernos al día. Leer y ver todos los capítulos no emitidos hasta alcanzar al resto. Empezamos haciendo los avances y los previos, eso que a tu madre se lo explicas diciéndole “lo que va antes y después del capítulo” y completas con “no mamá, los anuncios no”.

No era nada fácil, la verdad —ni la tarea ni explicársela a nuestras madres—. Nunca antes habíamos reparado en el trabajo de síntesis que exigían esas piezas que iban antes y después de los capítulos y que no eran los anuncios. Era un trabajo de bisturí en el que teníamos que medir cada parlamento para que los espectadores no perdieran el hilo de ninguna trama y que a la vez tuvieran un sentido dramático. Y dejarlo en alto. Siempre dejarlo en alto.

En realidad, al principio éramos elefantes en una cacharrería, un iceberg en el Atlántico Norte, Charlie Kaufman en una fiesta de cumpleaños. Hubiéramos muerto de desesperación si no hubiese sido por el apoyo de todos los compañeros guionistas, especialmente de Patri, que nos ayudó hasta el punto donde sólo llegan las hermanas mayores y nos corrigió con mucha mano izquierda. Además, tanto ella como los otros compañeros, llegaron a compartir con nosotros los tickets Gourmet.

(Típicos guionistas comiendo de menú.)

(Típicos guionistas comiendo de menú.)

 Los días pasaban y seguíamos aprendiendo, intentamos vender algunas tramas, dialogamos algunas escenas (a todos los personajes, en contra de lo que pensarían nuestras madres) pero hubo un pequeño trabajo que nos resultó curioso y satisfactorio: pensar acciones para los nuevos personajes que aparecían en la nueva cabecera. La verdad es que, al igual que con los avances y los previos, nunca habíamos pensado en eso hasta que nos lo pidieron. Definir a cada personaje con una acción de pocos segundos parecía una tarea fácil, pero estuvimos varias horas pensando. Durante ese tiempo, nos dimos cuenta de la importancia de las acciones, un aspecto muchas veces infravalorado en un guion, donde a menudo lo que brillan son los diálogos, como aquellos que te explican el significado de Like a Virgin o los que te recuerdan que algún día un capo italoamericano te pedirá un favor de vuelta.

Poco a poco empezamos a hacer las cosas más o menos bien e incluso aprendimos a manejar la fotocopiadora y la máquina del café con cierta soltura. Eran los días de vino y rosas, pero de repente —en la tele todo ocurre de repente, según nuestra experiencia—, nos necesitaban en un programa que nuevo: España a ras de cielo. De repente —en las cabezas jóvenes e inexpertas todo es de repente— sentimos una mezcolanza de sensaciones. Por un lado nos daba pena dejar Con el culo al aire en el momento en el que empezábamos a entender cómo dialogar a los personajes, la mecánica de la creación de tramas y la técnica del capuchino con espuma; pero por el otro, íbamos a ser partícipes de la creación de un programa desde el principio. Además, por su nombre, presumimos que sería un programa de helicópteros o de aviones comerciales, o quizá era un programa sobre expediciones de intrépidos montañeros a inhóspitas cimas. Nuestra imaginación volaba a mayor altura de la que nunca reconoceríamos ante un tribunal. Nos veíamos de personal fijo de la productora en unos meses, de jefes de equipo en unos años y de showrunners de nuestra propia serie antes de los cuarenta.

Cuando vimos entrar a Francis Lorenzo en la productora supimos que todo iba en serio. Al instante conocimos al equipo de redactores del programa, una figura que sabíamos que existía pero que no teníamos claro cuál era su trabajo. Pronto, y a la fuerza, ya que a los cinco minutos ya estábamos todos hablando por teléfono con posibles protagonistas del programa, descubrimos el oficio de redactor. Allí pasamos muy buenos momentos, como cuando se cerraba una entrevista o cuando descubríamos algún personaje fascinante, pero también pasamos algún momento regular. Era un mundo duro y exigente. Admirábamos a nuestros compañeros por su profesionalidad y sus habilidades periodísticas, pero también por su capacidad de trabajo. Nosotros llegábamos a casa —a San Sebastián de los Reyes—, exhaustos. Completamente fundidos. Estuvimos dos meses y medio hablando por teléfono con todo tipo de personas, desde responsables de grandes empresas o figuras públicas hasta pastores, guardabosques o taxistas rurales. Incluso llegamos a ponernos en contacto con el sobrino del Coronel de la Wehrmacht que planificó un atentado contra Hitler. Cuando el contrato de prácticas finalizó, nos despedimos con una comida de equipo y unos capuchinos con espuma.

Apenas una semana después, nos pusimos en contacto con la productora, esta vez para presentar nuestro propio proyecto, un programa de sketches que habíamos diseñado junto a nuestros amigos Sergio Granda y Alberto P. Castaños, compañeros del máster, también. El jefe de ficción nos contestó y muy amablemente nos concedió un pitch. Por primera vez, nos íbamos a enfrentar a un pitch profesional. Nos pasamos los días previos a la cita estudiando sobre qué partes hablaría cada uno y cuál iba a ser nuestra estrategia. Del target hablaría Sergio. En cuanto al formato y la producción, Héctor tendría que sacar las castañas del fuego y por último, Vicente (ya con algo de pelo después del disgusto de la cancelación del programa) explicaría los puntos fuertes del diseño de los personajes. Si nos ofrecía algo de beber, le diríamos que sí, agua, gracias. Estaba todo calculado al milímetro.

Lo que pasó es lo que pasa cuando lo tienes todo tan calculado, sobre todo en el mundo de la televisión. Exacto, en el minuto uno, un imprevisto nos derribó el castillo de naipes que con tanto esmero habíamos construido en nuestra casa con doble moqueta. Este imprevisto tenía la forma de un hombre de mediana edad y llegó en moto. Coincidimos con él en la entrada y se presentó como el jefe de ficción de la productora. Bien, muy bien. Subimos al ascensor con él e intentamos hablar del tiempo en los interminables segundos que todos sabemos que se pasan en cualquier ascensor del mundo (de hecho, suponemos que la Paradoja de los Gemelos de Einstein se gestó en un ascensor), pero más o menos a los tres segundos empezamos a hablar del proyecto. Continuamos en su despacho, bajo la curiosa mirada de nuestros excompañeros. El trato que recibimos fue la antípoda del que esperábamos. Ni rastro de la tensión o de la hostilidad que nuestras cabezas nos habían prometido. Salimos muy contentos del pitch y lo más importante: salimos por nuestro propio pie y en el momento en el que lo decidimos, lo cual ya era un triunfo. Sin embargo, el programa no tenía cabida en la parrilla del momento ni casaba con los planes inmediatos de la productora. Así que bien pero mal. Una experiencia más a la mochila y una oportunidad menos de ser ricos y famosos.

Otra vez, llegamos a la casa de la doble moqueta con una sensación agridulce. Y con una mudanza que hacer, ya que habíamos decidido trasladarnos al rovellet de l’ou, al centro de la metrópolis, para así estar más cerca de los lugares donde se cuece algo (aunque perdiéramos el privilegiado balcón desde el que veíamos los encierros de Sanse). Así que por no empezar con la mudanza, y por tener una excusa para quedarnos en Madrid, empezamos a escribir unos microteatros. En un alarde genial de la teoría del embudo, entre tres, escribimos dos y nos seleccionaron una.

Nos seleccionaron la obra en la que menos tiempo habíamos invertido, lo cual nos llevó a pensar que cabía la posibilidad de que tal vez el arte no se regía por valores puramente matemáticos. Cuando nos dieron la recaudación, después de un mes, comprendimos que al final, las matemáticas sí que eran importantes.

Durante ese mes, frecuentamos el local de Microteatro por Dinero donde coincidimos, aunque ellos no lo supieran, con gente como Concha Velasco, Nadia de Santiago o Paco Plaza. También engañamos a algunos profesores nuestros del máster, como Sergio Barrejón, Diego San José o Carlos Molinero para que entraran a ver nuestra función.

(El culpable, de tan buenas fotografías, fue Carlos de Pando.)

(El culpable, de tan buenas fotografías, fue Carlos de Pando.)

Esta experiencia nos sirvió para motivarnos a seguir intentando ser ricos y famosos pero sobre todo para conocer a Cecilia Solaguren, a Ricardo Reguera y a Ilargi Agirre, compañeros que se convirtieron en amigos y que nos están ayudando mucho con nuevos proyectos, obviamente, para hacernos ricos y famosos.

Y éste es el relato de unos pocos meses en la capital. Esperamos que esta serie de catastróficas desdichas –y algún pequeño triunfo- haya sido medianamente instructiva para aquellos jóvenes aventureros que se atrevan a venir a la jungla de asfalto.

Un profesor me dijo una vez  —parafraseando a Voltaire— que la suerte es una mezcla de preparación y oportunidad. Tenía toda la razón pero también es cierto que el fracaso siempre va a estar ahí, cerquita, dándote calor, haciéndote cueva con las manos para que te enciendas un cigarro en un día lluvioso. Lo complicado es vivir en esa fina línea, que no se ve pero se intuye. Así que al final aprendes que toda experiencia es enriquecedora, ya sea buena o mala. Bueno, menos para el personaje de Sherlock Holmes que después de Madrid Days ha pedido una orden de alejamiento para José Luis Garci.