DE TAN MALO ES BUENO

Por Rafa Ferrero

Si criticar fuese deporte olímpico, el equipo de la selección española tendría el banquillo más profundo del mundo. Cualquier españolito de a pie podría defender los colores nacionales en una final sin despeinarse y ganando de calle a cualquiera que se le pusiera por delante. Criticar se nos da bien y nos encanta. Eso, entre otras cosas, explica la aparición de un fenómeno como el del espectador social y la repercusión que está teniendo en este país. El concepto lo explica mucho mejor Teresa Díez en esta entrevista, yo me limitaré a decir una serie de chorradas una detrás de otra, que ya sé que os encanta.
Un espectador social es básicamente alguien que no se limita a ver algo en la tele, sino que además lo comenta en las redes sociales. Pero este fenómeno no se queda ahí. No se trata solamente de que la gente haya encontrado una nueva vía para comentar sus programas favoritos, este fenómeno ha evolucionado hasta tal punto que ya ha empezado a influir en la programación de los canales. Porque una cosa es ver algo y después decir a los cuatro vientos si te ha gustado o no, y otra muy distintas es comentar algo en directo, mientras lo estás viendo. Esta segunda modalidad es la que me resulta realmente interesante.
Cuando estás viendo algo que te gusta, el capítulo de una serie por ejemplo, que alguien hable o (peor) que te pida que le escuches, puede ser motivo de discusión. Toda tu atención está puesta en el monitor, el mundo que te rodea ha dejado de importarte y da igual qué se esté quemando, puede esperar.
La cosa cambia cuando lo que estás viendo no te gusta. Lo normal sería cambiar de canal, o incluso apagar la tele y buscar otra actividad (hay quien lo hace, en serio). Pero no. Gracias a las redes sociales hemos encontrado un modo de seguir viendo la tele incluso cuando lo que estamos viendo no nos gusta. Hemos perfeccionado el arte de criticar y hasta le han puesto un nombre en inglés, que siempre luce más, el Hate-Watching lo llaman.
Hace años, cuando compartía piso, creamos casi sin darnos cuenta un evento semanal que consistía básicamente en cenar y ver Operación Triunfo. En esas veladas, el volumen de la televisión solía estar bajo, para que no molestase. Porque lo realmente importante no era lo que allí se dijese o cantase, era lo que nosotros teníamos que decir. Y, la verdad, de vez en cuando se escuchaba un “Pues esta chica canta bien”, pero siempre iba seguido de un comentario del tipo “Sí, pero habla como un camionero búlgaro y se le entiende menos”. Lo de criticar ya estaba inventado.
La gran diferencia entre nuestros eventos semanales y los hashtag de hoy en día no es que los que están criticando no puedan pasarse las patatas fritas entre ellos porque no están en la misma habitación, sino el tipo de programa que están descuartizando. De un tiempo a esta parte ha aparecido una nueva clase de contenidos audiovisuales, una nueva raza mutante de programas que ha elevado la vergüenza ajena a la categoría de arte.
Los triunfitos, e incluso los grandes hermanos de las primeras ediciones, se tomaban en serio el programa y su papel en él. Y lo que es más importante, el programa los tomaba en serio a ellos. Pero eso, obviamente, ya no ocurre en Princesas de barrio, ni en Granjero busca esposa, ni en Un príncipe para Corina, ni en Mujeres ricas, ni en ¿Quién quiere casarse con mi hijo?, etc.

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Puede que haya algún concursante despistado que haya acabado en el programa pensando que se le iba a tratar como a una ser humano, pero claramente se equivocaba, de pleno. Todo aquel que acepta participar en semejante esperpento está aceptando tácitamente llevar una diana en el pecho y convertirse en el blanco de los afilados comentarios de miles de twitteros empujados por una sola obsesión: Ser el autor del comentario más gracioso. Y como todo el mundo sabe, no hay nada como un buen comentario hiriente para triunfar.
Admitámoslo, lo que llamamos televisión social, en algunos casos, se parece mucho al bullying. Todos nos aliamos para poner a parir a alguien y aquel al que mejor se le da es el más guay de todos. Como en el cole, pero sin bocadillos de mortadela para el recreo.
Todo muy divertido, pero detengámonos un momento. No se me quita de la cabeza el hecho de que en algún momento del proceso alguien se paró y dijo a su equipo: “Vamos a hacer un programa malo, pero tan malo, que de malo sea bueno.” Y lo consiguieron.
Nunca he tenido la suerte de trabajar en uno de estos programas (me encantaría vivir la experiencia desde dentro, al menos una vez), pero me he tragado algunos como espectador y reconozco que me sorprenden. Siempre me queda la duda de si la magia casposa que consiguen en algunos momentos nace gracias al casting (Debe haber por ahí auténticos expertos en encontrar frikis kamikazes), a los guionistas y redactores (A veces las emboscadas son evidentes, pero otras veces surgen situaciones locas de forma tan aparentemente natural que te imaginas al equipo de guionistas arrodillándose y dando las gracias al cielo por hacerles el trabajo gratis), o al montaje (Aquí he de quitarme el sombrero. El montaje de algunos programas, el modo en que seleccionan y manipulan los cortes, es sencillamente magistral, digno del mismísimo Satanás. En algunos programas, para mi gusto, han rebasado el límite editando en exceso. Pero en general, estos programas son lo que son gracias a que se montan buscando contentar a su público más fiel, las hienas hambrientas de twitter, y no tienen ningún tipo de contemplación ni miramiento hacia los pobres concursantes. Van a acabar devorados, así que mejor servirlos bien troceados).
En definitiva, aunque la audiencia social se esté empezando a estudiar y cuantificar ahora, creo que ya llevamos unas cuantas ediciones de programas que nacieron, consciente o inconscientemente, para el consumo y disfrute de un público capaz de apreciar lo genial en lo mediocre. Siempre habrá quien califique estos programas de basura, no todo el mundo tiene estómago como para soportar según qué cosas, eso hay que comprenderlo. Pero, por escondido que esté, hay que reconocerles cierto mérito a este tipo de programas.
Un servidor seguirá entrenando, por si algún día, por fin, criticar se declara deporte olímpico. Tal vez como deportista de élite me vayan mejor las cosas.

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