DE ÁNGELES, VOCES Y TALLERES

creacion

por Paco López Barrio

Yo soy el Ángel Necesario de la Tierra, porque en mis ojos se ve de nuevo la Tierra”. Lo escribió, a mediados del siglo pasado, el poeta norteamericano Wallace Stevens. El verso pertenece a Las Auroras de Otoño, uno de sus libros fundamentales, y de él tomó el título – El ángel necesario- para una interesantísima recopilación de sus ensayos sobre la imaginación del artista. Hay que decir que Stevens no se refiere a sí mismo, que se consideraba un simple amanuense del ángel, sino a esa poderosa energía que transforma cualquier material del que podamos servirnos en una visión renovada del mundo y de nuestro paso por él.

También yo me di en mi juventud a ese vicio solitario: la poesía. Y aunque no se me daba del todo mal -publiqué un par de libros- terminé disfrutando muchísimo más como lector. Creo que no hay ningún poeta importante, de los siglos XIX y XX en las principales lenguas, del que no tenga como mínimo alguna pequeña referencia. Eso son muchas horas de lectura y, sobretodo, una enorme variedad de universos personales visitados.

De esas lecturas, y de los consejos de algún maestro, me quedé con una lección fundamental: No se es poeta hasta que no se encuentra la propia voz. Y eso no quiere decir técnica -que bienvenida sea y cuanta más mejor- ni temática. La voz es otra cosa: es algo más que el simple estilo o la frecuentación de determinados tópicos. Es una forma de estar frente al papel, de mirar a las cosas y a las gentes, es un gesto personal e intrasferible de hacerle un guiño al mundo, de acariciar lo que nos rodea, es un conjunto de estrategias de aproximación al texto que no vienen descritas en ningún manual de estilística. Es simplemente “la voz”, esa manera de decir y construir que hemos hecho nuestra trabajándola durante años y que se distingue de cualquier otra voz ajena.

No sé si yo llegué a tener mi propia voz o hasta qué punto estuve cerca de tenerla. Antes de que la poesía y yo nos abándonasemos mútuamente (y de forma muy civilizada pues más que bronca hubo olvido) ya andaba yo metido en este otro oficio de ahora. Aunque no aún en la ficción: durante años mi campo de trabajo fue el documental. Allí no tenía mucha ocasión para preguntarme por esta voz, simplemente intentaba reflejar la realidad de la manera más exacta y estimulante posible, pero ateniéndome siempre a hechos que alguien había vivido realmente. Quizá no tenía “voz”, pero si “mirada”. Que no es exactamente lo mismo, pero sí es el principio necesario. Ahora ya me dedico más a inventar las historias. Y, tal vez por eso, no hace mucho, volví a preguntarme por “la voz”.

¿Podemos los guionistas, los de ficción especialmente, permitirnos tener una voz? ¿De la manera que la tienen los poetas? Todo parece jugar en contra: nuestro trabajo, las más de las veces es un encargo que nos llega con los parámetros muy definidos. Y porque, sea encargo o empeño personal, siempre implica equipo. Y donde hay un equipo no ha lugar a expresiones personales sino a consensos, pactos y compromisos. Y, ciertamente, ganaremos en perspectiva en ese trabajo común, al sumar la imaginación de cada uno. Sin duda perderemos en capacidad de expresión personal. Luego intervienen otras lógicas imposibles de obviar: los productos de nuestra imaginación son costosos de poner en pie. Y el que ha invertido en ellos querrá recuperar su dinero. Además, a diferencia del lector que se basta a sí mismo para imaginar los escenarios que le proponemos sobre el papel, el espectador necesita que alguien construya, materialmente, esos decorados, elija a unos actores, los vista, maquille e ilumine… y habrá tantas posibilidades de alejarse de lo imaginado por nosotros como combinaciones de equipos técnicos puedan intervenir. La literatura, afortunada ella, no entiende de presupuestos: el mismo dinero cuesta escribir una batalla de diez mil soldados en la China feudal como la conversación de una pareja en un bar del Barrio del Carmen.

Por mucho que nos consideremos a nosotros mismos artistas – y tenemos todo el derecho y toda la razón para hacerlo- no contamos con las bazas con que cuentan los practicantes de otras artes. La mayor de ellas la libertad personal casi – entiéndase lo de “casi” en su justa medida- absoluta. El guionista está más proletarizado, aunque los contratos como autónomo lo disimulen. Hay división del trabajo como en las factorías: argumentistas, escaletistas, dialoguistas… hay normas y hay plazos. Y, sobre todo, hay un patrón y nosotros somos marineros. Además, no nos engañemos, la carga de trabajo que puede suponer una serie es inviable para una persona sola.

Tal vez sea ésta una buena razón para que tantos guionistas se estén lanzando por su cuenta a la escritura de novelas, de teatro: para salir de la fábrica. O una más de ellas: hay que hacer algo mientras no hay otros encargos. También porque apetece probar cosas nuevas. Quizá habrá casos en los que se pretenda ganar, con la novela o el teatro, un prestigio personal que suba nuestra cotización a la hora de volver al guión… no es ninguna totería: así funciona el pedigree.

O quizá simplemente porque es en esos otros territorios donde podemos encontrar y desarrollar esa voz personal, tan necesaria, pero que tan incómoda resulta en una fábrica de guiones.

Lo reconozco, el post de hoy parece muy pesimista. De lo leído hasta aquí podría deducirse que no habrá esperanza para nosotros – como dueños de nuestra propia voz- mientras no abandonemos este oficio de putas. Por pura incompatibilidad metafísica entre lo que significa ser creador y las exigencias de la industria audiovisual. Y digo metafísica porque este desajuste no responde a problemas coyunturales sino, al parecer, a la propia e inmutable naturaleza de las cosas.

Pero este pesimismo tiene mucho que ver con un determinado enfoque del problema. Lo que lo hace irresoluble no es tan sólo el poder -evidente- de la industria, sino en gran medida una cierta actitud romántica y residual: estamos demasiado acostumbrados a pensar en el creador como individuo. Solo frente al mundo y -peor aún- aislado de los otros individuos. Pero ¿debemos descartar radicalmente la posibilidad de una voz colectiva? O dicho de otra manera: ¿pueden surgir productos de gran calidad, interés y originalidad de un trabajo común? Me refiero a productos reconocibles por su origen y estilo, por su “sello inconfundible”, que son como son porque los ha hecho quien los ha hecho y si no serían de otra manera.

Creo que si es posible en la medida en que seamos capaces de acercarnos a un cierto modelo inspirado en los talleres renacentistas. Pero eso supone algunas exigencias:

El Médici de turno – la cadena- encarga directamente al taller: no es un intermediario el que reune, casi al azar, a profesionales que muchas veces no han trabajado juntos ni se conocen. Y es el jefe del taller el que responde de su propio personal.

El taller es, a la vez que un centro de trabajo, un centro de formación. La enseñanza “reglada” hoy por hoy es bastante deficiente como vivero de profesionales. Porque el guión es sólo una asignatura entre cincuenta más y muchas veces la imparten profesores que jamás ejercieron. Vale como formación preliminar, pero donde de verdad se aprende es en el taller y con trabajos reales, no prácticas de estudiante.

La pertenencia al taller es deseable que sea a largo plazo – con las salvedades que haya que hacer con quien “no funcione” o prefiera seguir otro camino- pero la tendencia debe ser a la formación de equipos estables y bien compenetrados.

El taller tendrá a gala el desarrollar un estilo propio (con toda la versatilidad que la variedad de proyectos implique y sin cerrar la puerta a la experimentación) pero con unos modos de hacer fundados en la autoexigencia. Y con su propio control de calidad.

Y que haya muchos talleres, no un oligopolio en el que sólo dos empresas se llevan las tres cuartas partes del pastel

Estamos hablando de “talleres de guionistas”, con un maestro-showrunner a la cabeza. Que creen estilo y creen escuela. Y que se entiendan directamente con quien tenga que financiar: o sea, asumiendo la producción ejecutiva.

En esas condiciones si puede crearse, con el tiempo, un perfil de guionista que no se sienta ahogado por tener que ir siempre de Herodes a Pilatos, trabajando hoy con unos y mañana con otros. O peor aún: obligado a trabajar siempre con el mismo, al que detesta, porque no hay otro. Al que el trabajo en equipo le haga brillar más que trabajar solo, porque no es un equipo casual, sino con el que comparte una visión de las cosas que avanza en la misma dirección. Un equipo en el que pueda ser algo más que un empleado coyuntural e intercambiable, sino un co-creador que se sienta orgulloso de lo hecho junto a sus compañeros, a quienes les une algo más que compartir pagador.

Tiene mucho de utópico, desde luego. Y más en la situación actual de debilidad del colectivo dentro de una industria también débil. Pero lo que nos queda, si no, es la resignación y el sálvese quien pueda. Así que, por dificil que sea y por duras que sean las resistencias es el modelo por el que valdría la pena unirnos y luchar. Sobre todo porque en una primera fase (la consolidación de equipos de escritura) depende sólo de nosotros mismos. Aunque sea coescribiendo cosas que de momento no vendamos. Pero sin estos proyectos a fondo perdido tampoco tendríamos ningún argumento con el que pedir un cambio de actitudes en la industria.

Un grupo de guionistas bien avenidos que trabajase así, si tendría una voz personal y reconocible frente a otras voces. Y en sus historias se vería de nuevo el mundo, que es lo que pretendemos cada vez que escribimos. Y si se ve de nuevo el mundo, con miradas renovadas, ya nadie nos podría discutir eso que en el fondo intentamos ser: ángeles necesarios.

2 pensamientos en “DE ÁNGELES, VOCES Y TALLERES

  1. Anoche justo veía un documental sobre el genio de los tebeos Stan Lee. Su gran época como creador coincide con el momento en que en Marvel se asocia con distintos dibujantes para crear los personajes que le convertirían en leyenda. Lo gracioso es que el defiende que es co-creador, y que ningún personaje existiría sin el dibujante que le ayuda a darle forma. Así, se crea un “universo” en que muchos trabajan y se crea una única “voz”: Marvel Cómics. Si el tebeo, mundillo en aquel entonces brutal e industrial (ver “Los Profesionales”), lo pudo hacer, el audiovisual también debería!
    Bien post, Paco

    P.D.: Mis referentes no son tan “elevados”, pero es que soy de Produccion…

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