CAMBIAR EL MUNDO O TAMPOCO TOCA HOY

Vuelve. Fue de las primeras firmas invitadas, y estamos convencidos de que si este garito cierra algún día, será de las últimas en irse. El Guionista con Ray Ban nos lleva siguiendo desde hace años (y nosotros a él). Y siempre no trae historias (guionísticas) de ultratumba. Leed, leed.

Por Guionista con Ray Ban

-Creo que estás harto de jugar con Luigi, le dije a Gab.

Me miró como si hubiese descubierto el más profundo de sus secretos

-No pasa nada, dije antes de que pudiera reaccionar. Cambiamos los mandos, puedes ser Mario. De verdad que no pasa nada. Es mi cripta y es mi NES, pero puedes ser Mario. Si con eso eres feliz, yo seré Luigi.

Pero Gab no cogió el otro mando de la Nintendo.

-Verás, Ray Ban… No es eso… ¿Sabes que llevamos tres años jugando al Super Mario?

-¡Tú bajaste a mi cripta, respondí!

-Pero bajé para que me contaras anécdotas de guionistas, no para que jugásemos hasta la eternidad con un videojuego antiguo

-¡Solamente me querías por eso! ¡Tengo ratas con más sentido de la amistad!, grité

-No, no… pero es que lo haces bien. Joder, en el rodaje de “El amor no es lo que era” le conté a Alberto San Juan la historia aquella que publicaste y se partía de la risa.

Enmudecí. Los ojos se me humedecieron -¿De… de verdad se la contaste a Alberto San Juan?

-No…

Me levanté hecho una furia. Estaba bien, si Gab quería contar anécdotas que fueran buenas, yo era el mejor, el más gracioso. Si algo bueno tiene ser el alter ego bloguero y muerto de un guionista es que tengo a patadas de eso en la cripta.

Alberto San Juan iba a saber quién es Guionista con Ray Ban.

Revolví los rincones más olvidados de la cripta.

-¡Tengo una!, le grité a Gab mientras sostenía el papel húmedo en el que la había escrito años atrás –Te va a encantar. Habla de una vez que no tenía dinero porque no me habían pagado.

-Ray Ban, por Dios ¡Publicamos sobre eso todos los días! Somos…

-…¿guionistas?

-Somos valencianos…

-Pero esta no la has escuchado nunca… Esta historia va sobre CAMBIAR EL MUNDO, dije levantando las manos hacia el techo y mientras descargas eléctricas me  acariciaban las puntas de los dedos.

-Adelante, pero solamente porque me da miedo decirte que no. Guionistas VLC es tuyo.

Me aclaré la garganta.

No tenía dinero. No tenía trabajo. No había visto un duro de varias cosas en las que me había dejado el alma. Tenía más deudas que Afinsa y Fórum Filatélico en una mañana de resaca. Tenía un problema.

Tocaba buscar trabajo. Mandé emails, invité a cafés, invité a cosas que no son cafés. NADA.

Todo hasta que un buen amigo, ante el temor a que un día apareciera pidiéndole dinero y el sofá de su salón, me remitió una oferta de trabajo que le había llegado.

Una agencia de comunicación. Es más, una agencia de comunicación 2.0 o 3.0 o vete a saber. Me hicieron una entrevista. Les gustaba lo de que fuera guionista y me ofrecieron cambiar el mundo con ellos.

Caminaba por la calle a dos palmos del suelo. Las chicas se giraban a mirarme y se tocaban a mi paso. Lou Reed, desde algún lado, cantaba canciones solo para mí. Iba a cambiar el mundo.

El director de la empresa había trabajado en el cine, o eso juraba. Mi jefa, tres cuartos de lo mismo. Todavía no entendía por qué al subdirector, un tipo encantador que de verdad había trabajado en el negocio y con el que hablaba de pelis de John Boorman, no le dejaban opinar. Me decían que el audiovisual español estaba como estaba porque hacía mal las cosas que ellos sabían hacer bien, que habían colaborado con Fresnadillo y que ni siquiera él había entendido bien el futuro, citaban a Steve Jobs hasta para cambiar el papel higiénico del baño y aseguraban que el éxito pasaría pronto por ser trasmedia, transmedia, o como Dios y la RAE quieran algún día que se escriba.

Cambiaría el mundo: Tramas en Twitter, personajes con Facebook, nudos de acción en Google+… Era perfecto. Adiós, audiovisual español. Algún día, dentro de décadas, alguien escribiría un tratado sobre ese nuevo arte y yo sería su George Méliès, su mago primigenio.

Daba igual que firmara un contrato por un sueldo diferente al que me habían dicho, que jamás me subieran de puesto como habían prometido hacerlo, que nunca fueran a pagarme más dinero según me dieran nuevos clientes o que se echaran broncas a los empleados con expresiones del tipo “Os estáis haciendo pajas” o “Voy a cortaros la cabeza”. Incluso daba igual que el “tráete tu propio ordenador unos días, mientras compramos uno nuevo” se alargara tantos meses como mi pobre ego necesitó para comprender que tenía que quejarse. Daba igual que todo fuera mentira. No puedes llamar mentiroso a alguien que pone en tu mano la llave de la inmortalidad. La vida no funciona así.

Pero antes de cambiar el mundo, había que comprender qué funcionaba mal. O al menos esa es la razón que encontré para justificar que me pusieran a los mandos de las redes sociales y el blog de una importante compañía de telecomunicaciones. “Vamos a cambiar el mundo” me decían por una oreja mientras por la otra me enseñaban todas las tácticas del mundo para dar largas a cualquier usuario que tuviera problemas con el servicio.

Engañé, timé y casi estafé a varios cientos de clientes de la compañía. Si alguno escribía en Facebook o en Twitter quejándose del servicio, yo les respondía que sus routers se arreglarían si hacían esto o aquello, que su cobertura funcionaría si remitían un correo a una dirección de email o que ponía su problema en conocimiento de algún departamento ficticio. En teoría me habían contratado para enganchar a la gente a los canales de comunicación de una empresa que facturaba millones, pero en la práctica lo habían hecho para que me convirtiera en el tipo más execrable de teleoperador.

Meses después, rodeado de llamadas fuera de horas de trabajo y cobrando una miseria, mi idea de que iba a cambiar el mundo empezó a flaquear. Me sentía mal por hacerlo, me veía como un falangista o un miembro del Opus Dei; alguien que se resiste al progreso y lo pone en duda. Tres días de cilicio me hicieron volver a pensar en cambiar el mundo. Los caminos del Señor son inescrutables y quién sabe, a lo mejor para construir el nuevo universo de narrativa era necesario tomarle el pelo a los clientes de una empresa de telecomunicaciones. Cogí fuerzas y me repetí que si ese era el plan que tenía para mí el Dios de Abraham, entonces yo sería su diluvio universal.

Los buenos propósitos no duraron demasiado. Un día nos reunieron a los trabajadores para darnos clases de narrativa. El modelo de ficción audiovisual que nos pusieron no era ni El Apartamento, ni El Padrino, ni siquiera Annie Hall. Claro, habíamos ido a cambiar el mundo. El modelo era un corto de tres minutos rodado con una MiniDV en algún punto del Cono Sur. Creo que a la creativo de la agencia, quien a pesar de tener 30 años quería ser guionista cuando fuera mayor (y futbolista, aunque esa es otra historia), le encantó la idea.

Nos presentaron un batiburrillo citando a McKee y Syd Field. Hablaban de conceptos como “Tesis” y “Tema” sin haber escuchado nunca hablar de Lajos Egri o de Howard y Mabley (y me temo que ni de Aristóteles), y para estar seguros de que había entendido la lección, me pidieron que les explicara la “Tesis” y el “Tema” de El Caballero Oscuro. Me inventé una cita falsa de Richard Matheson, dije dos estupideces y coló. Sé que en alguna parte de su cabeza, el subdirector de la empresa, ese señor al que le gustaba John Boorman, aplaudía el morro que acababa de echarle a la situación.

Después intentaron hacerme entender que todo guion tiene “minutados” sus puntos de giro, que se cumplen con disciplina matemática hasta el mínimo segundo y que eso puede comprobarse viendo cualquier película con un cronómetro en la mano. Syd Field murió unos días más tarde y siempre he pensado que fue por la alegría de comprobar que su plan de dominación mundial estaba completo tras ese razonamiento hecho en una oficina de Madrid. El ejemplo más claro, el cortometraje en MiniDV, puesto que tenía el primer punto de giro cuando la posición de cámara, que estaba en un tren en movimiento, adelantaba a una chica que caminaba junto a la vía.

Sí, eso último que has leído lo has leído bien. Aunque creas que no.

He hecho cosas peores que decir tonterías acerca de El Caballero Oscuro, pero que me intenten convencer de que un movimiento de cámara es un punto de giro y que un corto en MiniDV tiene presupuesto para hacer que un tren adelante a un personaje en un frame determinado, es forzar un poco la máquina. De modo que intenté hacerles entender que quizá, a lo mejor, pudiera ser, que no tuvieran razón.

Mi jefa gritó ante tal insolencia y amenazó con levantar el teléfono y llamar a Nacho Vigalondo para que me explicara a mí, pobre guionista, lo que era una estructura en tres actos. Yo respiré, pensé en los números de teléfono que había en mi móvil (Vigalondo entre ellos) y aún así pedí perdón por la osadía.

Mi ilusión sobre cambiar el mundo y la narrativa estaba hecha trizas. Había entendido que inventar una narrativa para el mundo 2.0 pasaba por citar mal apuntes de Comunicación Audiovisual.

Permanecí algunos meses más en la empresa, engañando a clientes, echando de menos al señor que sabía quién era John Boorman –le despidieron de un día para otro- y sin hacer nunca ninguna de las cosas que me habían prometido que iba a hacer. Una vez, en un ataque de eso que los talibanes del 2.0 llaman “proactividad” y que la gente que además lee libros llama “iniciativa”, en un ataque de eso, quería decir, propuse hacer una webserie al servicio de la compañía de telecomunicaciones. Pero en cuanto mi jefa me dijo, muy segura, “recuerda que para una serie necesitas siempre siete personajes”, maldecí haber tenido la idea de levantarme esa mañana. Creo que maldecí haber tenido cualquier idea desde que nací.

Cuando mis deudas estaban cubiertas, un guion en el que había trabajado en esos meses estaba vendido y cuando no me quedaban escrúpulos suficientes para engañar a una nueva viejecita que quería ADSL para que sus nietos hicieran los deberes en las visitas, cuando todo eso ocurrió, redacté una carta de renuncia al trabajo con una ironía que no entendieron (“Es la carta más elegante y con más clase que me han traído nunca”, me dijeron), cogí la puerta de la calle y me olvidé de cambiar el mundo.

-Y esa es la historia, Gab.

-¿Ya?, contestó con lágrimas en los ojos. ¿No hay más? ¿Ni una moraleja?

-La moraleja es que cualquiera que empieza diciendo que va a cambiar el mundo es en realidad un ignorante. Y también es un conservador disfrazado. Eso como poco.

-¿Pensar eso no es, a su vez, ser un conservador?, dijo Gab, tan agudo como siempre.

-Puede, aunque sobre eso mejor que cada uno de tus lectores saque su propia conclusión y te la diga en los comentarios. Y ahora, Gab, no voy a cambiar el mundo, pero sí el cartucho de la Nintendo.

Apreté el botón de EJECT de la vieja NES, saqué el Super Mario y metí otro juego.

-Ray Ban, pero ese videojuego es solamente para un jugador, dijo Gab.

– Claro, voy a jugar aquí otros tres años, pero yo solo. Tú, amigo, tú tienes que salir ahí fuera y estrenar “El amor no es lo que era”.

Gab miró un calendario y se dio cuenta de que se acercaba la fecha de estreno. Salió corriendo.

– ¡Estrena esa peli y cambia el mundo con ella! ¡Tú sí puedes hacerlo!, le grité mientras él ya estaba fuera y mientras se encendía la Nintendo.

PRESS START apareció en la pantalla.

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