BENDICHO & BELTRÁN: MADRID DAYS

Esta es la historia de dos guionistas, jóvenes, valencianos, en los madriles. Héctor Beltrán y Vicent Bendicho llevan ya un tiempo allí y nos hacen su crónica de esos Madrid days.

Por Héctor Beltrán y Vicent Bendicho (Firmas invitadas)

Corría el año 2013, era verano y el sol brillaba en el cielo de Madrid, o al menos eso pensábamos cuando nos bajamos del autobús. Efectivamente, era 2013 y era verano en Madrid, pero desgraciadamente el sol se escondía detrás de una nube de polución casi tan densa como las dudas que nosotros, dos estudiantes de guion valencianos, teníamos sobre o dentro de nuestras cabezas. Llevábamos poca ropa en las maletas, no demasiadas monedas en los bolsillos y algo de esperanza en nuestros corazones; no literalmente, claro, ya que no se puede guardar nada en un corazón —al menos uno que funcione—.

(Nosotros nada más llegar a Madrid. Las chaquetas eran por si refrescaba por la noche, nunca se sabe).

(Nosotros nada más llegar a Madrid. Las chaquetas eran por si refrescaba por la noche, nunca se sabe).

Después de discutirlo mucho, creemos recordar que así fue como llegamos a Madrid. Si Sherlock Holmes y el doctor Watson tuvieron su aventura aquí, nosotros también.

Así empezarán nuestras extensas memorias si algún día nos decidimos a escribirlas y a editarlas en tapa dura; pero como Ana Rosa no nos atiende el teléfono, hemos decidido contar a vuela pluma y por nuestra cuenta, algunas de las experiencias que como guionistas, valencianos y personas decentes (cita requerida) hemos vivido en Madrid. Esperemos que os resulte útil, sobre todo a los más jóvenes y aventureros que deciden venir a buscar una oportunidad ya que en nuestra tierra nos la han arrebatado.

La verdad es que de un día para otro pasamos del ambiente controlado y seguro del Máster de Guion de Salamanca a buscar piso en Madrid. Nos habían seleccionado, a nosotros dos y a Andreia, compañera del Máster, a través de una prueba de guion, para ser becarios en un programa de entretenimiento. Sí, habéis leído bien, el animal mitológico favorito de muchos guionistas: una prueba de guion.

Bueno, el caso es que tras una búsqueda de pocos días, conseguimos un piso no muy caro —y no muy nuevo— cerca de la productora y en el centro neurálgico de… San Sebastián de los Reyes. Vivíamos en el centro. En el centro de la periferia. Además, al llegar al piso, que habíamos alquilado por teléfono desde Salamanca, nos dimos cuenta de que las habitaciones tenían moqueta. Recordad que corría el verano del 2013 en Madrid. VERANO. MOQUETA.

Pero estos pequeños contratiempos no nos iban a hundir. Así que, con el ímpetu de los jóvenes ignorantes, cogimos fuerzas y nos dirigimos a la productora. Estábamos felices, contentos, radiantes. Nada más llegar, entramos a una paradisíaca recepción presidida por el gran logo de la productora. La gente pasaba y dejaba mensajes a la recepcionista o hablaba de las audiencias de la noche anterior. Por el fondo se escuchaban risas. En algún momento, alguien pasó con una gran pizarra con lo que parecían mapas de tramas. Definitivamente estábamos en el paraíso.

Por fin, tras esperar poco más de una hora en unos cómodos sofás, apareció la jefa de producción y, con extrema amabilidad y una gran sonrisa en la boca, nos comentó que el programa se había cancelado. ¿Cómo? ¿Cancelado? ¡Si no se había emitido! ¿Habíamos sido nosotros? ¿Estábamos malditos? Ya nadie nos iba a contratar para ningún programa nunca más…

(Antes de la noticia Vicente tenía pelo.)

(Antes de la noticia Vicente tenía pelo.)

Nos habían avisado pero parecíamos futbolistas en una rueda de prensa: la tele es así, nunca se sabe hasta el último momento, lo fácil es llegar y lo difícil es mantenerse, la tele son once contra once…

Pero no todo fueron malas noticias, acto seguido la productora nos dijo que no pasaba nada, que nos movían a la serie Con el culo al aire. Tuvimos el cuidado de esperar a que las puertas del ascensor se cerraran para gritar de alegría. ¡Nos habían cancelado un programa y acto seguido nos movían a una de las mejores series nacionales! Todo en diez minutos. Volvíamos a estar en la cresta de la ola. Los chicos de San Sebastián de los Reyes estábamos de vuelta.

Más tarde, nos enteramos que los guionistas de la serie trabajaban en un piso en el centro de Madrid. Y nosotros habíamos buscado un piso cerca de la productora en San Sebastián de los Reyes para no perder una hora yendo y viniendo del trabajo. Es decir, que todo el plan que teníamos preparado se había ido al traste. Y por si fuera poco, el universo se cebó con nosotros. Descubrimos que debajo de la moqueta de las habitaciones, ¡había otra moqueta! Recordad, era verano en Madrid y teníamos moqueta DOBLE.

Pero pasó el tiempo y nos rehicimos. Nos introdujeron en el engranaje de la serie, pudimos ver cómo eran las tripas de una serie de éxito. Conocer de primera mano todo lo que nos habían contado, la metodología de escritura, los equipos de trabajo, la figura del coordinador y del productor ejecutivo, la nevera, la máquina de café y los tickets Gourmet (aunque estos últimos solo los vimos de lejos). Tuvimos que ponernos al día. Leer y ver todos los capítulos no emitidos hasta alcanzar al resto. Empezamos haciendo los avances y los previos, eso que a tu madre se lo explicas diciéndole “lo que va antes y después del capítulo” y completas con “no mamá, los anuncios no”.

No era nada fácil, la verdad —ni la tarea ni explicársela a nuestras madres—. Nunca antes habíamos reparado en el trabajo de síntesis que exigían esas piezas que iban antes y después de los capítulos y que no eran los anuncios. Era un trabajo de bisturí en el que teníamos que medir cada parlamento para que los espectadores no perdieran el hilo de ninguna trama y que a la vez tuvieran un sentido dramático. Y dejarlo en alto. Siempre dejarlo en alto.

En realidad, al principio éramos elefantes en una cacharrería, un iceberg en el Atlántico Norte, Charlie Kaufman en una fiesta de cumpleaños. Hubiéramos muerto de desesperación si no hubiese sido por el apoyo de todos los compañeros guionistas, especialmente de Patri, que nos ayudó hasta el punto donde sólo llegan las hermanas mayores y nos corrigió con mucha mano izquierda. Además, tanto ella como los otros compañeros, llegaron a compartir con nosotros los tickets Gourmet.

(Típicos guionistas comiendo de menú.)

(Típicos guionistas comiendo de menú.)

 Los días pasaban y seguíamos aprendiendo, intentamos vender algunas tramas, dialogamos algunas escenas (a todos los personajes, en contra de lo que pensarían nuestras madres) pero hubo un pequeño trabajo que nos resultó curioso y satisfactorio: pensar acciones para los nuevos personajes que aparecían en la nueva cabecera. La verdad es que, al igual que con los avances y los previos, nunca habíamos pensado en eso hasta que nos lo pidieron. Definir a cada personaje con una acción de pocos segundos parecía una tarea fácil, pero estuvimos varias horas pensando. Durante ese tiempo, nos dimos cuenta de la importancia de las acciones, un aspecto muchas veces infravalorado en un guion, donde a menudo lo que brillan son los diálogos, como aquellos que te explican el significado de Like a Virgin o los que te recuerdan que algún día un capo italoamericano te pedirá un favor de vuelta.

Poco a poco empezamos a hacer las cosas más o menos bien e incluso aprendimos a manejar la fotocopiadora y la máquina del café con cierta soltura. Eran los días de vino y rosas, pero de repente —en la tele todo ocurre de repente, según nuestra experiencia—, nos necesitaban en un programa que nuevo: España a ras de cielo. De repente —en las cabezas jóvenes e inexpertas todo es de repente— sentimos una mezcolanza de sensaciones. Por un lado nos daba pena dejar Con el culo al aire en el momento en el que empezábamos a entender cómo dialogar a los personajes, la mecánica de la creación de tramas y la técnica del capuchino con espuma; pero por el otro, íbamos a ser partícipes de la creación de un programa desde el principio. Además, por su nombre, presumimos que sería un programa de helicópteros o de aviones comerciales, o quizá era un programa sobre expediciones de intrépidos montañeros a inhóspitas cimas. Nuestra imaginación volaba a mayor altura de la que nunca reconoceríamos ante un tribunal. Nos veíamos de personal fijo de la productora en unos meses, de jefes de equipo en unos años y de showrunners de nuestra propia serie antes de los cuarenta.

Cuando vimos entrar a Francis Lorenzo en la productora supimos que todo iba en serio. Al instante conocimos al equipo de redactores del programa, una figura que sabíamos que existía pero que no teníamos claro cuál era su trabajo. Pronto, y a la fuerza, ya que a los cinco minutos ya estábamos todos hablando por teléfono con posibles protagonistas del programa, descubrimos el oficio de redactor. Allí pasamos muy buenos momentos, como cuando se cerraba una entrevista o cuando descubríamos algún personaje fascinante, pero también pasamos algún momento regular. Era un mundo duro y exigente. Admirábamos a nuestros compañeros por su profesionalidad y sus habilidades periodísticas, pero también por su capacidad de trabajo. Nosotros llegábamos a casa —a San Sebastián de los Reyes—, exhaustos. Completamente fundidos. Estuvimos dos meses y medio hablando por teléfono con todo tipo de personas, desde responsables de grandes empresas o figuras públicas hasta pastores, guardabosques o taxistas rurales. Incluso llegamos a ponernos en contacto con el sobrino del Coronel de la Wehrmacht que planificó un atentado contra Hitler. Cuando el contrato de prácticas finalizó, nos despedimos con una comida de equipo y unos capuchinos con espuma.

Apenas una semana después, nos pusimos en contacto con la productora, esta vez para presentar nuestro propio proyecto, un programa de sketches que habíamos diseñado junto a nuestros amigos Sergio Granda y Alberto P. Castaños, compañeros del máster, también. El jefe de ficción nos contestó y muy amablemente nos concedió un pitch. Por primera vez, nos íbamos a enfrentar a un pitch profesional. Nos pasamos los días previos a la cita estudiando sobre qué partes hablaría cada uno y cuál iba a ser nuestra estrategia. Del target hablaría Sergio. En cuanto al formato y la producción, Héctor tendría que sacar las castañas del fuego y por último, Vicente (ya con algo de pelo después del disgusto de la cancelación del programa) explicaría los puntos fuertes del diseño de los personajes. Si nos ofrecía algo de beber, le diríamos que sí, agua, gracias. Estaba todo calculado al milímetro.

Lo que pasó es lo que pasa cuando lo tienes todo tan calculado, sobre todo en el mundo de la televisión. Exacto, en el minuto uno, un imprevisto nos derribó el castillo de naipes que con tanto esmero habíamos construido en nuestra casa con doble moqueta. Este imprevisto tenía la forma de un hombre de mediana edad y llegó en moto. Coincidimos con él en la entrada y se presentó como el jefe de ficción de la productora. Bien, muy bien. Subimos al ascensor con él e intentamos hablar del tiempo en los interminables segundos que todos sabemos que se pasan en cualquier ascensor del mundo (de hecho, suponemos que la Paradoja de los Gemelos de Einstein se gestó en un ascensor), pero más o menos a los tres segundos empezamos a hablar del proyecto. Continuamos en su despacho, bajo la curiosa mirada de nuestros excompañeros. El trato que recibimos fue la antípoda del que esperábamos. Ni rastro de la tensión o de la hostilidad que nuestras cabezas nos habían prometido. Salimos muy contentos del pitch y lo más importante: salimos por nuestro propio pie y en el momento en el que lo decidimos, lo cual ya era un triunfo. Sin embargo, el programa no tenía cabida en la parrilla del momento ni casaba con los planes inmediatos de la productora. Así que bien pero mal. Una experiencia más a la mochila y una oportunidad menos de ser ricos y famosos.

Otra vez, llegamos a la casa de la doble moqueta con una sensación agridulce. Y con una mudanza que hacer, ya que habíamos decidido trasladarnos al rovellet de l’ou, al centro de la metrópolis, para así estar más cerca de los lugares donde se cuece algo (aunque perdiéramos el privilegiado balcón desde el que veíamos los encierros de Sanse). Así que por no empezar con la mudanza, y por tener una excusa para quedarnos en Madrid, empezamos a escribir unos microteatros. En un alarde genial de la teoría del embudo, entre tres, escribimos dos y nos seleccionaron una.

Nos seleccionaron la obra en la que menos tiempo habíamos invertido, lo cual nos llevó a pensar que cabía la posibilidad de que tal vez el arte no se regía por valores puramente matemáticos. Cuando nos dieron la recaudación, después de un mes, comprendimos que al final, las matemáticas sí que eran importantes.

Durante ese mes, frecuentamos el local de Microteatro por Dinero donde coincidimos, aunque ellos no lo supieran, con gente como Concha Velasco, Nadia de Santiago o Paco Plaza. También engañamos a algunos profesores nuestros del máster, como Sergio Barrejón, Diego San José o Carlos Molinero para que entraran a ver nuestra función.

(El culpable, de tan buenas fotografías, fue Carlos de Pando.)

(El culpable, de tan buenas fotografías, fue Carlos de Pando.)

Esta experiencia nos sirvió para motivarnos a seguir intentando ser ricos y famosos pero sobre todo para conocer a Cecilia Solaguren, a Ricardo Reguera y a Ilargi Agirre, compañeros que se convirtieron en amigos y que nos están ayudando mucho con nuevos proyectos, obviamente, para hacernos ricos y famosos.

Y éste es el relato de unos pocos meses en la capital. Esperamos que esta serie de catastróficas desdichas –y algún pequeño triunfo- haya sido medianamente instructiva para aquellos jóvenes aventureros que se atrevan a venir a la jungla de asfalto.

Un profesor me dijo una vez  —parafraseando a Voltaire— que la suerte es una mezcla de preparación y oportunidad. Tenía toda la razón pero también es cierto que el fracaso siempre va a estar ahí, cerquita, dándote calor, haciéndote cueva con las manos para que te enciendas un cigarro en un día lluvioso. Lo complicado es vivir en esa fina línea, que no se ve pero se intuye. Así que al final aprendes que toda experiencia es enriquecedora, ya sea buena o mala. Bueno, menos para el personaje de Sherlock Holmes que después de Madrid Days ha pedido una orden de alejamiento para José Luis Garci.

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