ESCRIBIR CON / SIN MÚSICA

writer

por Paco López Barrio y Gabi Ochoa

Hace unos dias, Javier Olivares escribió en su  facebook este pequeño pero precioso texto:

“Escribir. Ese oficio que te salva. Donde puedes contar tus miedos, tus alegrías, tus penas y otra vez tus alegrías. Y que perdura más allá de todo ello, como si todo estuviera en su sitio cada vez que otro (al que no conoces) ve lo que has inventado.

Escribir. Esa posibilidad de vivir las vidas de otros porque con la tuya sola no te es suficiente. De que los personajes te chisten que lo que has puesto en su boca, nunca lo dirían ellos.

Es duro de cojones. pero es un oficio maravilloso. Porque aunque un día ya no lo hagas, otros seguirán viviendo lo que has escrito.

Y si escribes con la música que te gusta, ya es la hostia.”

En pocos minutos el post se llenó de “me gusta”, nuestros y de muchos otros compañeros. Aunque hubo alguna discrepancia justo en la última línea. ¿Escribir con o sin música? Aqui van las razones para ambas posturas.

NO: Es una amante exigente que se presenta a deshoras.  (Paco)

Aunque prefiero el silencio, me he acostumbrado a trabajar con ruido. Quizá porque viví muchos años en una avenida ruidosa. Y, después, porque si no eres capaz de aislarte te tienes que plantear renunciar a la escritura o renunciar a la paternidad. Puedo escribir mientras un martillo neumático levanta el asfalto de la calle o el vecino hace bricolaje. Aunque use la herramienta más escandalosa: la radial.

No puedo escribir con música. Si es una música que detesto me molesta mucho. Pero aún es peor si me gusta. Y cuanto más me guste, peor. Me voy tras ella, sin poder evitarlo. De pequeño tuve una época en que me habría gustado ser no ya músico, sino director de orquesta (por pedir que no quede). Me solía poner discos de música clásica, a buen volumen. Y, sin darme cuenta, empezaba a bracear como si tuviese la orquesta delante. Lo bueno de no tener que compartir habitación con los hermanos es te permite estas pequeñas extravagancias.

Lo que vengo a decir es que soy muy aficionado y lo soy desde hace muchos años. Con el tiempo cambié mis intereses hacia la literatura y, más tarde, a la escritura de guiones. Pero siempre llevé dentro a ese pequeño músico frustrado. Siempre tuve muy claro que no hay mejor manera de escuchar música que no hacer nada. Bueno, si: escuchar música cuando haces música, tocando en conjunto con otros. Pero no siempre los tienes a mano. La situación ideal, para mí, es dejarme caer en un sillón cómodo y mantener la luz ambiente baja. Incluso escucharla en completa oscuridad. Me gusta dejarme llevar por una melodía que enganche, que sorprenda, que envuelva. Pero también me gusta sentir como los diferentes planos sonoros se van combinando: percibir cómo las armonías van creando el colchón sobre el que todo reposa, disfrutar de cómo se mezclan en mi cabeza el canto y el contracanto, disfrutar de los cambios de tonalidad, de una disonancia bien puesta… dejarme acariciar por las texturas de cada instrumento y de sus combinaciones con otros.

Todo esto distrae mucho. Pero lo peor, para mí, es el poder evocador de la música. Hay músicas que me llevan a tiempos y lugares reales, pero otras me conducen a momentos no vividos, en lugares no visitados, con gente no conocida… pero que sin embargo me producen la sensación de una vieja familiaridad. A veces es sólo un pequeño fraseo, una ligera modulación, un qué se yo muy tenue y que parece surgido de la nada, pero que tiene el poder de levantar una visión muy poderosa ante mi: la de las vidas que no he vivido y ya sólo puedo encontrar en los sueños y en la música.

¿Que todo eso es reciclable en relato? Por supuesto que lo es. Incluso hay escenas que he imaginado como acción dramática porque antes las he “escuchado”. Hay músicas que suenan a lluvia como otras suenan a amanecer, hay músicas que suenan a soledad como otras suenan a reencuentro. Te dan un tema, un decorado, incluso una luz… pero todo eso ya se aprovechará más tarde, debidamente digerido y meditado. Habrá servido para despertar los sentidos, pero, en el mismo momento de teclear me sobra. Porque me sigue seduciendo en exceso y me entrego. A veces, hay que reconocerlo, una música me sirve de magdalena de Proust. Pero qué habría sido del pobre Proust si, mientras escribía, le hubiesen lanzado magdalenas a la cabeza todo el rato.

Las palabras, para mí, necesitan nacer con un ritmo bien trabajado. Pero es un ritmo verbal que si se mezcla en mi cabeza con otro ritmo musical me quedo tan confuso como el que se frota la barriga en círculos con una mano mientras se da golpes con la palma abierta en la cabeza con la otra. Hay quien sale airoso de ese juego, yo no. Quizá, de haber sido pianista, habría aprendido a mover las manos independientemente y, con ellas, las dos mitades del cerebro. Pero no es el caso.

Que no falte la música en mi vida: para mí sería casi tan dramático quedarme sordo como ciego o paralítico. Pero cuando abro el procesador de textos me molesta. Mucho. Como una amante exigente que te visita a deshoras.

De regalo una pequeña pieza que me hizo soñar – y después escribir- una pequeña historia que rodaremos cualquier dia de estos.

SI: Sin música la vida sería un error (Gabi)

Escribir. Aquello que hacemos, aquello que duele y que amas, por partes iguales. Así es como lo he vivido yo desde hace muchos años este proceso. La frase de arriba pertenece a Nietzsche, el de “Así habló Zarastrusta”, el que mató a Dios, pero creo que esta pequeña máxima fue su creación más perfecta.

Sin música no podría escribir, tal vez no podría vivir. A Paco y a servidor nos sirvió este texto de Javier Olivares para reflexionar sobre la música en el proceso de la escritura. Paco sostiene que no puede escucharla cuando está escribiendo. Yo, por el contrario, no podría escribir sin estar oyéndola. Ahora escucho “California dreamin”, una canción que me hace recordar a tanto y tanto escrito, a tanto y tanto vivido,…

El proceso de escritura, que es solitario, necesita de algún amigo. Yo lo encontré oyendo música. Conforme pasan los años cada escritor se acoge a una serie de hábitos que le son difíciles de desprender. Yo puedo escribir en oficinas (lo he hecho mucho tiempo en mi etapa de guionista de programas), en cafeterías (algo que he experimentado alguna vez), o en casa (mi rutina más habitual). Pero siempre intento tener, aunque sea bajito, una música, algo que me esté diciendo. Además suelo hacer listas de reproducción. Los que me sigáis por Spotify veréis que tengo carpetas con nombres de iniciales, otras con proyectos ya desarrollados (“El amor no es lo que era”, “Den Haag” o “Deseo y placer”) y otras con nombres que nadie entiende, solo yo.

Y en ella entro cuando me pongo con ese o aquel proyecto. Incluso a veces las utilizo para escribir otras cosas, por lo que las músicas de un proyecto contaminan otro. Este pequeño desliz lo dejo si es lógico, si es posible, si hay algo que los una (que puede ser que estén interconectados entre si de una manera más íntima). Ahora estoy escuchando las músicas de una carpeta que he denominado “The beauty”. Sí, es un nombre encriptado, pero al hablar de la música solo podría pensar en una manera de verla, analizarla, sentirla: la belleza.

Puedo entender a aquellos que como Paco no puedan oír la música mientras escriben, porque tal vez el proceso de escritura sea analítico, cerebral, pero yo me entronco más a un proceso sintético, creativo y creo que la música te da un entorno, una manera de ver el mundo, incluso te propone personajes, situaciones, acciones, te hace de frontón en todo lo que tu imaginación desborda.

Sé que cada uno la usará de una manera. Recuerdo haber entrevistado a Molina Foix una vez y confesarme que escribía con música, pero con la música de la radio, una radio fórmula que no recuerdo. A mi me costaría más hacerlo con algo así. Prefiero la selección, las cápsulas para un determinado tiempo, y crear una atmósfera. Se trata pues de sentarme frente al ordenador e irme a ese mundo que me transporta la música y escribir, y vivirlo.

Ahora suena la última canción de esta carpeta con apenas 7 temas, uno de los temas que más me apasiona oír. El día que escriba algo que este a la altura de esta pieza de Debussy, seré un poquito más feliz.

Un pensamiento en “ESCRIBIR CON / SIN MÚSICA

  1. Pues, yo no sabría qué decir. ¿Con música, sin música? Diría que me impulsa más tener ruido de fondo… El ruido me empuja, y me complica la procastinación. A veces tengo la tele puesta como si fuera la radio: para que haya ruido de fondo.

    Pero si la música me gusta mucho… Entonces, quizá me pase como a Paco Martínez Barrios; se me vaya la cabeza… Pero depende del día, del proyecto, de si hay “deadline” o no… Quizá música, sí, para primeras etapas, y música no, para “cerrar” versiones, que siempre cuesta más.

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