ESA LABOR QUE NO EXISTE

Nuestra firma invitada de hoy es Erik Leyton, guionista, libretista y dramaturgo colombiano que nos explica cómo es el oficio de guionista en su país. 

Por Erik Leyton Arias (Firma invitada)

En Colombia hay dos tipos de guionistas: los que escriben por encargo para una productora emergente (con la que existe un amplio margen de posibilidades de que su guión llegue a convertirse en película alguna vez en la vida), y los que escriben con la esperanza de ganarse uno de los estímulos que el Ministerio de Cultura concede anualmente, no para hacer la película sino para tener la oportunidad de escribirla como Dios manda (en el mejor de los casos). Se presume que esta es la entrada al Olimpo.

Como es de suponerse, al primer grupo pertenecen algunos privilegiados. No son guionistas de raza, de experiencia o de tradición (porque, entre otras cosas, de eso por aquí no hay), sino algunos que se han sabido mover en el mundillo cinematográfico local. Muy pocos cuentan con un número suficiente de películas como para haberse convertido en referentes, como para haber evolucionado hacia alguna parte, o como para establecer un derrotero claro del cine nacional.

En el segundo grupo, donde me cuento, se ha establecido una raza de guionistas provenientes de un abanico demasiado amplio y variopinto: libretistas de televisión, literatos, periodistas, aprendices, estudiantes, autodidactas, pequeños productores de audiovisuales, gestores culturales y entusiastas. Y guionistas, claro, de esos que llevan escribiendo por décadas sin poder sacar adelante ningún proyecto.

Todos ellos, nosotros, digo, escribimos un guión que vamos sazonando año a año con cada sugerencia de un colega, con cada fracaso en los concursos, con cada película que nos revienta la cabeza, y luego lo presentamos religiosamente a las convocatorias anuales prendiéndole una vela a Santa Rita, patrona de las causas perdidas. Este año 2013, solo para escritura de guión, se presentaron 525 proyectos de largometraje al Fondo para el Desarrollo Cinematográfico. Se apoyaron 15.

¿Y esta desmesura? Para comprenderlo todo mejor hace falta contar un poco de historia. Colombia ha sido un país tan frágil en presencia cinematográfica, que hasta finales del siglo pasado se hacían dos o tres películas al año, en promedio. El Estado le daba la espalda a la creación cinematográfica como lo hacía con todas las expresiones culturales (en los 80’s crearon FOCINE, un estamento de apoyo al cine que rápidamente se convirtió en un botín de políticos saqueadores y de burócratas inútiles, sello inequívoco de nuestra cultura). Por supuesto, la realización de una película resultaba una aventura en caída libre que la empresa privada no iba a patrocinar.

La mecánica de producción de ese cine era más o menos igual: alguien lograba embaucar a sus amigos, garrapateaban un guión por un buen tiempo, hipotecaban sus casas, rodaban lo más que podían, revelaban allí, montaban allá, y al cabo de cinco o seis años se estrenaba la película en las pocas salas que se atrevían a semejante cosa. El público, que recibía las películas como una curiosidad, asistía con pereza por una o dos semanas. Ni siquiera anunciando que la película había despertado algunos elogios en festivales internacionales, se llenaban las salas.

Y es una lástima, porque de toda aquella época existen varias películas que valen cada una de las monedas que se invirtieron en ellas. Del tremendo esfuerzo que significó sacarlas adelante, LA MANSIÓN DE ARAUCAIMA (Carlos Mayolo, 1986), CONFESIÓN A LAURA (Jaime Osorio, 1991), LA ESTRATEGIA DEL CARACOL (Sergio Cabrera, 1993), LA GENTE DE LA UNIVERSAL (Felipe Alujre, 1994), y LA VENDEDORA DE ROSAS (Víctor Gaviria, 1998), son obras que debe estudiar quien desee averiguar por la dramaturgia que funda los discursos cinematográficos de nuestro país.

Luego, en 2003, apareció la Ley de Cine, un impulso estatal anhelado por décadas, que suponía una buena oportunidad para comenzar a cimentar lo que decenas de países alrededor del mundo ya tenían: una cinematografía.

Alrededor de prebendas para que la empresa privada invierta, exenciones de impuestos, apoyos y estímulos a la creación y a la producción, un sinnúmero de esfuerzos en formación y profesionalización, y un acompañamiento más o menos fuerte desde la concepción de la idea hasta la gira de la película por varios festivales, se ha elevado la tasa de producción a unas 20 películas anuales, aproximadamente.

No hay industria todavía, pero ya contamos con ejemplos buenos, malos y pérfidos. Ya hay más o menos tres caminos definidos: la comedia ligera, de consumo local y navideño; las búsquedas de autor que privilegian la contemplación fotográfica al relato; y el drama social que ha comenzado a explorar en los géneros. Seguimos dando palos de ciego, claro, pero es el precio que tenemos que pagar por comenzar a construir una industria del cine con 100 años de atraso.

En ese panorama, ¿dónde está el guionista?

Con 10 años de Ley de Cine y un número de asistentes a las salas que llaman a la preocupación, han comenzado a elevarse las primeras preguntas alrededor de las razones de la apatía del público hacia las películas colombianas. Superados ya los problemas técnicos de sonido, fotografía y montaje, se ha comenzado a apuntar en otras direcciones. El guionista está en la primera línea de fuego. Sin saber muy bien todavía cuáles son nuestras historias, cómo es nuestra narración, cuáles son las claves de nuestros relatos, se ha comenzado a identificar al guionista como una de las ruedas del mecanismo que menos aceitada está.

Es verdad. Se está haciendo evidente un serio problema de calidad en la construcción de las historias de nuestras películas, en los recursos narrativos, en los trasfondos, en los subtextos, en los volúmenes. Desde hace mucho se está esperando la película que se convierta en paradigma, la definitiva, la que trace una raya, la que signifique un antes y un después. Y no llega todavía. Y tardará.

Porque, más allá de si es o no su culpa (hay más variables, por supuesto), el guionista colombiano sigue siendo un autodidacta en un país donde no hay industria, donde no se pueden probar relatos, donde cada equivocación implica la muerte, donde cada impulso termina en agotamiento físico, donde hay muy poco espacio para las propuestas arriesgadas, y donde se espera la recuperación inmediata de la inversión con dividendos.

En otras palabras, este artículo comenzó con una mentira. En Colombia no hay dos tipos de guionistas: existe uno solo, siempre en serio peligro de desaparecer.

2 pensamientos en “ESA LABOR QUE NO EXISTE

  1. Erik, me ha encantado tu post. Gracias a Guionistas VLC por invitarle!

    Todo lo que dices se puede aplicar al “cine valenciano”. Desde la asociación de guionistas valencianos, EDAV, llevamos tiempo intentando convencer que si no se apoya la base del proceso cinematográfico, el guion y al guionista, no sirve de nada todo lo que se invierte. Hace falta profesionalizar el oficio. El guionista tiene una parte importante que cumplir con la formación continua a la cabeza de las mil y una posibilidades que hay, pero también administración, instituciones (sociedad de gestion de derechos, y otras…) y sobre todo productores, tienen que ofrecer condiciones dignas a los guionistas para que puedan desarrollar satisfactoriamente su trabajo. Así como crear un verdadero mercado de guion que hoy por hoy es inexistente.

    Un abrazo y mucho ánimo

  2. Muchas gracias por tus palabras, Juanjo. Es muy curioso encontrar correspondencias en lugares tan distantes como Valencia. Muy curioso. Me parece que lo que dices sobre la profesionalización es muy cierto. Quizás olvidé decirlo en el artículo, pero aquí hay un afán constante por ello. Como no se abren las oportunidades, cada cual se busca la vida lo mejor que puede. Seguimos abriéndonos paso a como dé lugar. Un abrazo.

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