UNA ESCALERA Y BETTE DAVIS

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Por Paco López Barrio

“Nadie subía y bajaba las escaleras como Bette Davis”. Lo leí en un foro de fans de la actriz y no me parece una afirmación exagerada. No soy especialista en su filmografía, pero creo que en TODAS sus películas hay uno de estos momentos. Hace algún tiempo uno de sus admiradores editó una antología de sus mejores momentos-escalera y la colgó en Youtube. Reconozco con facilidad la primera escena, la de Eva al desnudo, cuando dice aquello de “Abróchense los cinturones, va a ser una noche movida”. También la última, esa inconfundible Baby Jane. O más bien lo que queda de ella. En medio hay un montón de películas de las que debo haber visto la mayoría, pero no tengo la vista tan fina como para identificarlas todas. Si hay algún bettedavisólogo competente en la sala que nos ayude. Aquí está el montaje:



No sé si alguien subió y bajó las escaleras igual de bien que ella. Lo dudo. De lo que estoy segurísimo es de que nadie lo hizo mejor. Esta antología, además de ser una curiosidad y un disfrute, me ha dado pie a pensar sobre las historias y su temperatura emocional. Pero también sobre su construcción. Sin quererlo nos da algunas lecciones no solicitadas (ni siquiera evidentes a primera vista) sobre la escritura. Si yo fuese uno de esos tipos con fama y prestigio, de los que dicen una frase lapidaria e inevitablemente se convierte en cita, diría esto: “Todo lo que se necesita para contar una gran historia es una escalera. Y Bette Davis en ella”. Si, parece exagerada, lo sé, una boutade… pero creo que algo de cierto hay en ella. Intentaré explicarme.


En el vídeo podemos ver una gran variedad de momentos: unas veces sube, otras baja. Unas veces corre, otras apenas encuentra fuerzas para arrastrase. La vemos, sucesivamente, orgullosa, humillada, triunfante, vencida… todos los registros de los que es capaz una gran actriz están presentes en una u otra de las escaleras de Bette. Pero tienen una cosa en común, algo que se adivina sin necesidad de tener presente la película entera: el instinto de espectador me dice que todos y cada uno de estos momentos son momentos climáticos. O, como mínimo, representan un punto de giro importante. No hay ni una sola escena que parezca ser de relleno o transición. No vemos nada en plan: “Pasaba por aquí y subí a visitarte.” Todo lo contrario: “Cuando llegue arriba (o abajo) ¡os vais a cagar!”, parece decirnos, por ejemplo, en alguna de ellas. O cosas de similar intensidad. No hay que ser muy listo para darse cuenta de que, cada vez que sube o baja, hay algo muy importante en juego.

Una escalera es, en principio, un lugar de paso. Sirve para ir de un lugar a otro, como un pasillo. Pues no. Una escalera es mucho más, como es mucho más una puerta. Como ya explicó muy bien Bachelard (otro dia hablaremos de él) en su serie de ensayos sobre la imaginación poética, todos los objetos de la vida cotidiana están cargados de un gran potencial simbólico. De las escaleras, en concreto, decía: “La escalera que sube a un desván siempre sube y nunca baja, igual que siempre baja y nunca sube la de un sótano.” Aparente gran tontería que, sin embargo, no lo es. Realmente lo que nos está diciendo – o lo que yo entiendo – es que, en toda ascensión y en todo descenso, hay algo de irreversible. Podemos bajar del desván y subir del sótano… pero lo significativo no es nuestra vuelta al “nivel 0”, sino lo aprendido en el viaje a lo más elevado o lo más profundo. Es en ése trayecto en el que aprendemos algo que nos marca y no se olvida. En la subida al desván o en la bajada al sótano hay una pérdida de la inocencia, un “alea jacta est”. Una revelación, un punto de giro.


La dualidad entre el espacio de arriba y el de abajo ha dado mucho de sí. Ha servido incluso de título a una de las más celebradas series de la historia de la TV, la británica Upstairs, downstairs. Recordemos en la película Johnny Guitar, que Vienna, la dueña del café, es extremadamente celosa de la planta de arriba, en donde está su habitación. Son espacios separados por algo más que unos metros de desnivel. Las fronteras entre la planta de arriba y la de abajo son de otro orden, mucho más poderoso que una simple separación espacial. En las casas burguesas como las recreadas en las películas de Bette Davis, abajo es un espacio social, abierto a amigos y vecinos. Es el lugar de las visitas, de la cortesía. Arriba es el espacio íntimo, el que es irrenunciablemente propio y al que, si permitimos subir a alguien, es porque hacemos una rarísima excepción. Y la hacemos por amor o por otro motivo igual de poderoso. Al “dejar subir” en realidad estamos entregando nuestra vida, nuestro secreto, nuestra desnudez, nuestra indefensión…


Por eso, cuando Bette Davis sube o baja no está sólo cambiando de altura: está cambiando de mundo, está transitando de lo público a lo privado, de lo abierto a lo protegido. Por eso, cada subida o bajada es la metáfora de un conflicto entre dos mundos. Y por eso los reviste de tanta intensidad, porque en ése subir y bajar se está jugando mucho.


“Todo lo que necesitamos para construir una gran historia es una escalera. Y Bette Davis en ella”. Imposible tomarse esta recomendación al pie de la letra. Bette Davis ya no está entre los vivos. Y no todo tiene por qué pasar en una escalera. Lo que he querido decir, lo que he aprendido meditando sobre el video, es que necesitamos un mundo bien definido, con rasgos claros y poderosos, con espacios que “signifiquen”, para poderlos poner a jugar a favor de la historia, simbolizando y albergando el conflicto que vive la gente que los habita. O sea, unos espacios que nos sirvan como a Bette Davis le servía la escalera: de expresión de un clímax. Y en cuanto a Bette… necesitamos personajes igualmente poderosos, capaces de atravesar esos espacios dejando constancia de su furia, su ilusión, su tristeza, su constancia…


Ver este video nos permite darnos cuenta, por comparación, de qué débiles son a veces nuestros espacios, nuestros personajes… y por ello nuestra historia resulta insulsa. Porque no reconocemos en ella nada de esta energía admirable que Bette derrama en cada escalón. Por eso, al crear nuestra historia, antes de perdernos en peripecias mil, necesitamos construir nuestra propia escalera y situar sobre ella a nuestra propia Bette Davis, única e irrepetible, pero nuestra. Y que ello sirva de anclaje a todo lo demás.

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4 pensamientos en “UNA ESCALERA Y BETTE DAVIS

  1. Fantástica entrada, Paco, como es habitual.

    Uno recuerda la escalera del sueño de Gene Kelly en “Cantando bajo la lluvia”. Aquella actriz inaccesible arriba del todo.

    Sobre la frase: “La escalera que sube a un desván siempre sube y nunca baja, igual que siempre baja y nunca sube la de un sótano”, me viene a la cabeza Psicosis. Cuando Perkins sube habla con su madre, cuando Perkins baja, YA es su madre. No sé si tiene mucho que ver.

    De nuevo, enhorabuena.

  2. Paco, me gusta la entrada.
    Me gusta porque sitúa en un punto importante: hay que encontrar la fuerza de los personajes, la fuerza de las situaciones.
    Es imprescindible un plano a la hora de escribir. Lugares prohibidos, lugares privados, lugares públicos, ¿quién quiere acceder a ellos? ¿por qué? ¿en qué se convierte el personaje cuando pasa de uno a otro?
    La escalera es uno de estos lugares que podemos dotar de fuerza, de significado, pero puede serlo cualquiera.
    Hay que pensar en todo, porque nada es casual. Nada debe serlo dentro de un guión, ¿no te parece?

  3. Paco, cómo de costumbre, muy buena y certera tu entrada. Las escaleras se construían ex profeso con los costes que ello implicaba (iluminación, tamaño del decorado, dificultad de filmación), porque son una prolongación del personaje, de su psicología.
    No se sube una escalera porque esté allí, se construye para que se suba.
    Me encanta tu conclusión: “Por eso, al crear nuestra historia, antes de perdernos en peripecias mil, necesitamos construir nuestra propia escalera y situar sobre ella a nuestra propia Bette Davis, única e irrepetible, pero nuestra. Y que ello sirva de anclaje a todo lo demás.”
    Un abrazo!

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