LA NOCHE OSCURA DEL ALMA

Por Gabi Ochoa

Leyendo este post de David Muñoz en bloguionistas, sobre nuestras caras b y sobre aquello que no mostramos de nosotros mismos o que no queremos ser y somos me he acordado de Blake Snyder y su “¡Salva al gato!”.

Constantemente salvamos a nuestros personajes de la quema o los justificamos porque tienen que tomar decisiones moralmente inaceptables.

Si algo me gusta como guionista es ver en pantalla esos quiebros, esas dudas, donde fallan. No hay que perfilar personajes buenos porque sí. De hecho nos escudamos en que son como nosotros, o como alguien que conocemos y que esa persona (o nosotros), lo haría(mos) así, aunque si lo pensamos un poco veríamos esa duda moral en nosotros y en los personajes que creamos.

Hablando con Verónica Fernández me contó que ella en la ECAM tuvo una discusión con un profesor de guión sobre qué escribimos. El profesor insistía que había que escribir sobre aquello que conociéramos, a lo que Vero argumentó que entonces, ¿cómo se metían en la piel de un asesino? Tal vez los personajes no deben ir pegados a nuestro ADN.

Creamos personajes buenos por imitación (pensamos que nosotros somos buenos). Trabajamos por imitación. Nadie conoce el mal puro. Nadie se ha enfrentado a un terrorista, a nadie le han puesto una pistola en la boca, a nadie han estado a punto de matarlo. Me refiero a nosotros, los escribidores. Y hacemos que aquello de lo que hablamos y de lo que escribimos sea cercano, esté cerca, por lo que nuestras miras difícilmente irán más allá.

Porque somos buenos. Por naturaleza. Queremos el bien, nos encanta. Siempre pensamos que todo va a salir bien, incluso cuando está saliendo rematadamente mal. El ser humano es optimista por naturaleza. “Tranquilo, de esta salimos”, “Ha sido un duro año, pero pronto vendrá lo bueno” o “No hay mal que cien años dure”.

Nos engañamos.

Si tengo que recordar la última vez que se me heló la sangre en el cine, no dudaría en hablar de “Celda 211”. El momento en el que Alberto Amman se entera de la muerte de su mujer, en ese momento que se va directamente a por Antonio Resines, es cuando vi al diablo en sus ojos. Y ahí fue donde Monzón y Guerricaecheverría levantaron la película: las zonas oscuras de nuestros personajes están, solo hay que darles luz.

Con esto no defiendo los personajes oscuros o los malvados. Todo lo contrario, creo que un buen héroe tiene que llegar a eso que Blake Snyder llamaba “La noche oscura del alma”, cuando el protagonista tiene todo perdido y no da visos, NINGUNO, que aquello vaya a ir bien. Ahí es donde tenemos que llevarle y quitarle el mechero, la luz y atarlo.

Y ese es el punto clave del segundo acto, del nudo que se establece en la trama, porque todo se tiene que ir a la mierda. De hecho es lo que le pasa al guionista cuando escribe: al llegar al segundo acto no sabe que hacer, se tira de los pelos, le salen sarpullidos y se pone más gordo de las veces que va a la nevera a comer. Yo lo he denominado el “síndrome del puto segundo acto”.

Pero si consigues salir, si ese personaje que hemos llevado al límite encuentra el hueco por donde entra luz, y sobre todo, si es verosímil dentro de su código de normas, entonces tendremos ganada la batalla del espectador.

2 pensamientos en “LA NOCHE OSCURA DEL ALMA

  1. Todos llevamos dentro a un Dr. Jekill y a un Mr. Hyde. Sólo hay que revivirlos, sirviendo a nuestros intereses particulares de escritura. “¡Quién esté libre de culpa que lance la primera piedra”. ¿Queda alguién?

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