MANERAS DE ESCRIBIR

La firma invitada de hoy es César Sabater, guionista y director de cortos como “Cinema y Verité” o “Cinespañol” y director del largometraje “El marido de mi hijo”.

Desde hace años creo que cierto desorden en la vida personal, las noches en vela, el desamor verdadero y otros topicazos del outsider favorecen a la creación de las buenas historias (ya sean guiones, cuentos, novelas o prospectos de medicamentos); creo que es importante para sus pilares, o por lo menos para los que a mí me interesan. Pero ojo, esto no pretende ser una oda al malditismo, algo tan despreciable como el culto al éxito.

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Hunter S. Thompson delatado por una vulgar Olivetti

De igual manera estoy seguro que la mayoría de los escritores de bestsellers llevan una vida formal, se levantan con el amanecer y se pasan varias horas sin levantarse del sitio escribiendo. A pan y agua. De lunes a domingo. Disciplina, trabajo y como recompensa el éxito. Algo lógico, justo e, incluso, recomendable si quieres ser el nuevo Ken Follet o el nuevo Juan Roig.

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Te adoramos, óyenos

Pero para mí, afortunadamente y después de varios lustros, escribir no es un trabajo; sigue siendo un placer, la chica más guapa que he conocido jamás y de la que aún no me he desenamorado. Una musa que, si de aquí a un mes me toca estar trabajando de reponedor en un Eroski –es posible-, seguirá ahí. Porque escribir es un goce diario y sin orden aparente. Porque creo que las riendas acaban matando todo; lo primero al amor.

Me gusta ser desordenado, rodearme de cierto caos controlado, no tener horarios y eso provoca una vida un tanto disoluta que choca frontalmente con tu familia, tu novia, tu jefe (si es que tienes curro fuera de hacer el primaveras con las palabras) o tu reflejo en el espejo, ese que te recuerda que ya tienes una edad y que todavía no has colocado un guión de largometraje. Sí, ese indeseable. Hablando de indeseables, la mayoría de escritores que conozco (porque los guionistas también son escritores) sigue estrictos procesos previos a la creación. Unos necesitan silencio monacal, otros se curran listas de música clásica inspiradora que comparten generosamente en Spotify (gracias, pero no), algunos se fuma medio Marruecos e incluso he conocido a algún compañero que escribía sobrio. Casos extremos y nada recomendables hay a puñados, como ejemplo una perla: Robert Louis Stevenson escribió “El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde” en dos semanas puesto de cocaína hasta las trancas.

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Cada uno tiene su método de enfocar sus orejas hacia las musas y escuchar. Porque yo sí que creo en las musas; aunque esté manido aquello que decía Picasso de “las musas me pillan siempre trabajando”, la mía me suele pillar en los preliminares, porque yo la voy a rondar todos los días.

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Mi musa y yo

Luego cada uno tiene sus manías; yo personalmente tengo un pequeño altar permanentemente montado, esperándome como la Geperudeta, virgen de los desamparados y por ende de los guionistas.

Pero lejos de oropeles vaticanos, mi liturgia es muy sencilla y solo tiene un par de mimbres: un sofá no demasiado cómodo y, ahora viene la vaca sagrada, mi secreto más íntimo que expongo hoy a la luz y que probablemente me va a costar perder más de una fan: la Table Mate ™.

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Mi musa y yo

Un invento digno de crear una secta a su alrededor que permite estar sentado en el sofá, con los pies en alto (dicen que es bueno para la circulación) y deja el sitio perfecto para el portátil, un vaso y un cenicero: ¿qué más quieres, Baldomero? Cada cual tiene su parafernalia y sus manías pero todo va encaminado a lo mismo: conseguir un estado mental. Porque creo firmemente que escribir (y no quiero vender ninguna moto mística) es un estado mental.

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Repito: no quiero vender ninguna moto mística

Algo que se alcanza con la práctica, con sustancias más o menos legales, con un menta poleo, con relajación o, incluso, con talento natural y sin hacer trampas. Sea como sea, ese estado mental es necesario para lograr entrar en la historia y hacerla tuya, personal y a la vez universal. Te permite estar dentro pero a la vez poder alejarte y tomar distancia. Y así, a lo mejor, consigues algo bueno y verdadero que realmente valga la pena leer. O, incluso, rodar.

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