LO DICHO, LO NO DICHO, LO SOBREENTENDIDO Y LO SUBENTENDIDO

Por Gabi Ochoa

Creo que me comí las uñas, me tiré de la barba, me alegré, me emocioné y por supuesto me cabreé.

El otro día tuve el primer pase con amigos y conocidos de “El amor no es lo que era”. Pasé de la euforia a la depresión en cuestión de segundos. Pero nadie dijo que fuera fácil.

Eso me hizo plantearme cómo habíamos montado la película, qué habíamos dicho o dejado de decir, y muchos de ellos (de vosotros, gracias) me señalasteis caminos sobre cómo contar algunas lagunas de la película. Y eso me hizo reflexionar sobre lo que decimos o lo que obviamos.

Y es que una de las cosas de las que se cuida bien un guionista es cómo suministrar la información en el guión. Muchas veces nuestros guiones son una suma de información que va de un personaje a otro y de ahí al público, pero siempre he pensado que estos canales son estupendos para lanzar muchas y muy variadas ideas sobre cuestiones trascendentes o intrascendentes. Y más que lo que se dice, es más interesante aquello que se omite.

“Lo dicho” pues es casi el primer eslabón de la comunicación. Es importante aquello que decimos y cómo lo decimos. Hagan un ejercicio: oigan una radio-novela o una obra de teatro radiofónica. Se darán cuenta que gran parte de la información se da en la palabra, en el lenguaje. Los gestos, maneras o miradas no sirven de nada. Esto, lo dicho, es tan importante que es fundamental escuchar como se dice “culpable” o “fue él” (nunca veremos el dedo acusador). En la palabra se pone el acento. Y eso también llega a las pantallas (ya sean grandes o pequeños). Mucho se ha hablado de la sobreinformación de “lo dicho” en el cine (y la televisión), pero a veces hay que romper una lanza a favor de las palabras, de aquello que decimos para intencionar la acción. Aunque tal vez lo importante es no señalar con el verbo, sino dejar intuir con el lenguaje aquello que está pasando. Brillante son los diálogos llenos de información de Neil Simon, o de los Wilder y Diamond de la época.

Luego hay un territorio de lo “no dicho”, aquello que se omite, porque entendemos que el espectador atento va a saber llegar a ese sitio.

En este estupendo y extenso artículo sobre Pinter encontré una definición muy interesante sobre su teatro, teatro de lo “no dicho”. ¿Qué era aquello de “no dicho”? La omisión es una de las claves de su teatro, para hacer reflexionar al espectador hasta qué punto sabe o no sabe algo fundamental de la historia, y sobre todo, si puede adivinarlo.

Hace poco vi “Amour”, la película de Haneke que tanto ha dado que hablar. Hay una secuencia que me parece esclarecedora de aquello que no decimos pero múltiples interpretaciones (y todas interesantísimas). En ella (SPOILER), Jean-Louis Trintignant se encuentra una paloma dentro de la casa. La paloma ha entrado ya otras veces. Al final, va cerrando puertas hasta que se quedan él y ella. En una suerte casi ritual, la va siguiendo hasta que la atrapa. Quien haya visto la película la recordará y sabrá que ha de “no dicho” en ella.

A este territorio yo lo denomino las zonas oscuras: son aquellas partes de la historia donde omites deliberadamente información para que el espectador rellene esos huecos con lo que él cree que será.

Lo “no dicho” es un territorio explorado mucho más por las artes visuales, gráficas. La fotografía ha llegado a grandes cotas con pequeñas muestras.

"País" (1997)Poema visual de Joan Brossa

“País” (1997)
Poema visual de Joan Brossa

Parece que mientras que “lo dicho” se acoge al territorio del oído, lo “no dicho” se inyecta en la mirada.

Pero de estas dos maneras de narrar emergen dos malformaciones que pervierten las ideas que queremos mostrar: lo sobreentendido y lo “subentendido”.

Lo sobreentendido sería, creo yo, la enfermedad de la palabra. Decir mucho sin acabar de cerrar nada. Hablar por hablar. Dar algo con tanta claridad que termina por no interesarte. Un amigo me hablaba el otro día de una obra de teatro donde un suceso traumático de la misma ocurría tres veces en escena sin aportar y ni añadir nada más a la primera. Entonces, ¿por qué volvemos a plantearlo? La necesidad de contar, diría Handke. La falta de reescritura, añado yo.

Lo “subentendido”, ese palabro que me acabo de inventar, es el cáncer de la imagen. Omitir tanto que finalmente no se termina de entender qué quiere decir la imagen, o que se podría entender. El espectador se queda con la mosca detrás de la oreja porque no logra cerrar su círculo de entendimiento.

En lo “subentendido” puede ocurrir, sin querer, que el espectador de una interpretación diferente a la que se preveía. Creo que no es malo si de alguna manera gana significados, pero puede llegar a ser contraproducente si lo que expresa o la sensación que le da al espectador es la contraria a la deseada.

¿Qué pensáis que provoca este tráiler? Yo tengo dos opiniones y las dos están enfrentadas entre si.

Bueno, todas estas dudas y preguntas me surgieron montando y remontado la película. En el montaje hemos reescrito continuamente. Quiero agradecer a mi equipo de montaje (Vicente Ibáñez y Rafa Montesinos) y en general a todos y cada uno que habéis aportado un granito de arena con vuestros visionados, sugerencias, ideas, relatos, etc.

Os estaré eternamente agradecido.

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