LOS PASOS PERDIDOS

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por Paco López Barrio

I

No recuerdo la fecha exacta. Sólo sé que debió suceder en los días centrales de agosto de 1991, a media mañana. Llevábamos varias jornadas caminando al lado del Duhd Koshi (el Rio de la Leche, llamado así por sus aguas blanquecinas). Éramos ocho compañeros de Valencia, más un centenar de porteadores nepalíes y unas cuantas docenas de yaks. Cada dia cruzábamos el río varias veces, sobre unos puentes muy precarios, pasando junto a las pequeñas aldeas sherpas del curso bajo del Valle de Khumbu. En unos días llegaríamos al campo base del Everest, ya a 5.300 metros de altitud, en donde instalaríamos nuestra casa durante los dos meses siguientes.

Yo acompañaba al grupo como reportero, provisto de un par de cámaras de cine de 16 mm y un montón de rollos de negativo. Aquel fue un documental “maldito”, aunque yo entonces aún no lo sabía (es una larga historia que quizá cuente en otro momento) y caminaba con la alegría de pisar por primera vez unos caminos soñados desde muy joven. Y dando por buenos los revolcones que hasta ese momento me había dado el oficio, puesto que era el oficio quien me había hecho el regalo de poder estar allí.

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Aquel día, a media mañana, llegamos al punto en que se juntan las aguas del Duhd Koshi con las del Imja Khola, que baja directamente desde las cumbres más altas. En esa confluencia cambiamos de rumbo y dejamos de seguir el curso del Duhd Koshi, que allí doblaba hacia el oeste, remontando hacia su nacimiento en la frontera tibetana. Nosotros seguiríamos en dirección norte, siguiendo el Imja Khola hasta sus fuentes, en el glaciar de Khumbu, a los pies del Everest.

Hicimos una parada, porque a partir de ese punto nos esperaban un par de horas de subida muy fuerte hasta el pueblo de Namche Bazaar, la “capital” de la etnia sherpa. A partir de Namche vendrían las jornadas más duras de la marcha de aproximación. En Namche nos tomaríamos un dia de descanso para facilitar la aclimatación a la altura. También veríamos cambiar el paisaje, que hasta hoy había sido de bosque alpino, por prados de altura y, al final, sólo piedra y hielo.

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Dejé la mochila en el suelo y me senté en una roca, mirando hacia aquel tramo del Duhd Koshi que ya no íbamos a seguir. El tiempo era lluvioso (agosto en el Himalaya central es pleno monzón). Al ver las laderas a ambos lados del río supe que allí había “algo” que me tocaba la fibra. Aquí y allá se destacaban pequeños riscos con un pino solitario asomado al vacío, decenas de finísimas cascadas caían desde lo más alto, como un gigantesco hilo de plata cortando el verde oscuro del bosque. El tiempo lluvioso aplanaba los colores y había muchas pequeñas nubes enganchadas en los resaltes de la ladera. Aquel paisaje, en su conjunto, era lo más parecido a una acuarela china que había visto jamás: cuatro trazos precisos sobre una gradación de grises lavada por el agua.

Desde siempre he sido un admirador devoto de la poesía clásica china. Además, había leído hacía poco los Poemas del Rio Wang, escritos por Wang Wei y Pei Ti diez siglos antes. Si, aquel paisaje que tenía delante era aquello: el rio, la niebla, el pino solitario… y sobre todo esa sensación de sincronizar los tiempos del propio corazón con el correr del agua, de saber que, en el fondo, esas aguas que corren son la única – y fugaz- compañía que cabe esperar.

Pues bien, aunque llevaba encima un montón de equipo de cine y fotografía no hice ni un solo plano, ni una sola foto de aquel paraje. En parte por pereza, por disfrutar plenamente de aquella visión inesperada sin sentirme obligado a documentarla. También porque, a veces, el instinto profesional ya nos dice que eso que vemos y nos parece tan bello va a dar una imagen fotográfica muy pobre (cualquiera que haya hecho fotografía de paisaje habrá constatado esta paradoja). Pero, sobre todo, porque el gran mensaje que tenía para mí aquel tramo del río, más que por sus formas y colores, me era valioso por algo mucho más íntimo: la confirmación de que aquello que había imaginado tantas veces como lector, en mi casa, existía y me invitaba a mirarlo a la cara. No era el momento de calcular filtros y exposiciones. Lo que allí pasaba me importaba a mí y a nadie más. Así que abrí los ojos y el corazón. Diez minutos después, me eché la mochila a la espalda y seguí mi camino.

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II

A la vuelta, algunos compañeros de intentonas poéticas me dijeron: “Ahora tienes una magnífica experiencia para escribir sobre ella”. ¿La tenía realmente? Yo creo que no y así se lo dije, para su extrañeza. Tenía una gran aventura de tres meses de esfuerzos y peligros en la montaña, desde luego. Y escribí sobre ella. Pero fue una crónica “oficial” de la expedición. Por supuesto usé todos mis trucos para hacerla emocionante, pero era un relato escrito en nombre de un equipo. La emoción, si la hubiere, debía ser colectiva. Habría estado fuera de lugar hacer un relato más personal. Aquel libro – y aquel documental- tuvieron pues más épica que lírica.

Por supuesto nada me impedía hacer también mi propio relato íntimo, en otras páginas sólo mías, dejando de lado lo que demandaban los patrocinadores y el aficionado a la montaña, el que iba a ser el público natural del libro o del documental de la expedición. Pero me detenía la sensación de que en realidad tenía bien poco que contar. Anécdotas muchas, por supuesto. Observaciones sobre gentes y costumbres también. Pero echaba en falta algo más para no correr el riesgo de quedarme en un puro paisajista o en antropólogo diletante. Si quería ir más allá de la crónica oficial o del apunte periodístico tenía que buscar dentro de mí el “antes y después” de la experiencia, el qué y el cómo me cambió por dentro.

Y tal cambio no se apreciaba de una manera evidente. Había pasado momentos muy duros, tuve frío, cansancio, miedo… incluso vi morir gente. Sin embargo no veía una gran diferencia entre el yo de unos meses antes y el de la vuelta. Mi concepción del mundo y de la vida era la misma y una gran aventura no me había dado ni mayor autoridad ni mayor profundidad. Nadie se transforma en unos días, por intensos que estos sean. Por grande que sea la conmoción de lo vivido hace falta que el tiempo decante esa experiencia, antes de poderla transmitir de una manera valiosa. Además, todo hay que decirlo, tenía la idea de volver pronto a aquellos lugares. Más a mi aire, sin compromisos ni metas que cumplir. Como mucho con la intención de rellenar algunas lagunas que me habían quedado, visitar algún lugar no visto. Y, sobre todo, no ir tan lejos en la montaña y dedicar más tiempo a las tierras bajas, a la ciudad de Katmandú y su valle. Quizá tras una segunda o tercera mirada estuviese en mejores condiciones de hacer mi relato personal y que fuese valioso.

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III

Pero jamás volví. La vida se me fue complicando y tomando rumbos inesperados. Al final dejas de decirte a tí mismo: “Quizá el año que viene” y asumes -con más naturalidad que pena- que allí ya no está tu destino. Algunas razones son muy prosaicas: tal y como están las cosas no sé cuando volveré a tener unos cuantos miles de euros libres sin otro asunto mejor en que gastarlos. Tal vez nunca. Pero sobre todo porque ya voy para viejo y es un viaje no exento de riesgos. Tampoco me encontraría – miles de paquetes de Ducados después del primer viaje- en las mejores condiciones para trotar por aquellos senderos. Además, encuentro muy gratificante guiar a mi hija por las pequeñas montañas cerca de casa y enseñarle a verlas como otros me enseñaron a mí. ¿Qué se me ha perdido a mí, a estas alturas, en el Himalaya o en Katmandú?

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Hay otras razones que hacen inútil este viaje. No podría reencontrarme con mis propias huellas porque yo ya no soy yo. Tenía 33 años cuando estuve allí, ahora voy camino de los 55. En este tiempo todas las células de mi cuerpo han muerto y han sido substituídas por otras. De acuerdo, aunque no haya continuidad física sí la habrá de experiencias y recuerdos… pues no, tampoco. En 22 años que han pasado mis sueños son otros, como son otras mis heridas. No recuperaría el Nepal que conocí, entonces un reino y hoy una república, porque desde mi viaje el mundo ha cambiado y aquel pequeño país también. Ni aquellas tierras ni yo somos ya los mismos que fuimos en los tiempos de nuestro primer encuentro. La huella que pudimos dejarnos mutuamente ya se borró – o se deformó – hace años.

¿Me arrepiento entonces de no haber tomado aquella foto? Pues no, para nada. Dicen los científicos -y les creo- que la invención de la fotografía y del cine nos han hecho perder memoria visual. Antes del invento, el hombre tenía necesidad de conservar cada detalle en su memoria. Luego, la facilidad para fijar un momento por medio de la técnica nos relajó esa exigencia de la mirada. Ya no había necesidad de confiar sólo en la memoria visual y dejamos de entrenarla. Además, ya he dicho antes que dudo mucho que la fotografía hubiese recogido aquellos matices que me impresionaron estando presente en el momento y en el lugar. Habría terminado, a fuerza de volver a verla, quitándole toda importancia: “No era para tanto”. Al obligarme a mantenerla en el recuerdo – y aún sabiendo que este recuerdo va a deformarse con el tiempo- puedo revivirla sin pérdida ninguna de la fascinación que me produjo tantos años antes. Y ese recuerdo sí es una verdadera puerta de vuelta a mis 33 años, cuando eran otras las ilusiones y otras las heridas. Los caminos que evoco cuando vuelvo a coger un libro de poesía china son aquellos. Y siguen siendo míos en la distancia, tan míos como ajenos me resultarían si cometiese la locura de volver a donde ya nada es lo mismo.

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IV

Y todo aquello se quedó sin escribir. O, tal vez, lo poco que tenía que decir acabo de decirlo ahora. Y el resto queda para mí, desdibujando sus contornos pero intensificando su esencia. Aquella fue mi experiencia más “espectacular”, la más alejada de la experiencia común de la mayoría. Pero con el el tiempo he aprendido que lo realmente importante me sucedió antes y después, en mi propia tierra, son esas cosas comunes que nos han pasado a todos… Ahí, en lo cotidiano, están las auténticas lecciones: las más gratificantes y también las más duras. Las historias que vale la pena contar porque son de todos.

“Se escribe de lo que se conoce”, solemos decir. No sé… lo que se conoce nos proporciona datos, escenarios, tipos… todo el atrezzo necesario para enriquecer nuestra historia con detalles de época y ambiente. Pero sobre todo se escribe de lo que somos y de lo que creímos ser, se escribe de lo perdido y de lo nunca ganado, se escribe de lo que nos acompaña siempre sea cual sea el rincón del mundo en que nos encontremos, se escribe porque la muerte es el precio a pagar por la vida. Se escribe de los pasos que dimos, aún sabiendo que muchos de estos pasos serán, ya para siempre, pasos perdidos.

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6 pensamientos en “LOS PASOS PERDIDOS

  1. Vaya. Sorprendido, me quedo. Supongo que estamos demasiado acostumbrados al cine o a los puntos de giro, donde un personaje “cambia” y va de A a B en dos horas de película. Sin embargo, esto que cuentas rompe todo eso. Una experiencia así, y, como cuentas, son otras cosas las que descubres que te cambian. La vida es rara, imagino. Que “lo extremo” te dé cosas pero no te cause revoluciones, y que sea tu vida en tu “terruño” la que te sacuda. En fin, casi que me quedo sin palabras. En todo esto hay una lección, y hasta una historia. Quizá una novela, más que una película. Un hombre se va al confín del mundo pero cambia en Valencia. Mucho que aprender, para los que mitificamos los “grandes acontecimientos de la vida”.

  2. Precioso, esa es la palabra, sí. Qué gran texto, Paco. La vida es eso, todo lo que no hemos hecho, lo que nos dejó huella, los planes que hicimos, los planes que incumplimos… todo eso da lugar a lo que eres hoy. Y las fotos, que ya conocía, son estupendas. Gracias.

  3. Lo que son capaces de evocarnos las montañas… Y lo capaz que has sido de transmutarlo en texto. Genial.
    No se si has tenido la oportunidad de verla, pero tu experiencia y relato están realmente cercanos a Mapa de León Siminiani. Lugares comunes.

  4. Lo he leído tardísimo, hace un rato, pero vaya, un texto estupendo. Me ha dejado ahí melancólico, removido… pensando en mis cosas… en lo que he perdido y en lo que nunca gané.

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