EL DIA QUE LE DIMOS UN SUSTO A AZNAR

aznar

por Paco López Barrio

“La primera vez que supe que no era un ser humano corriente, lo recuerdo bien, fue cuando ETA voló mi coche conmigo dentro. Salí de allí, envuelto en llamas, y pensé: ¿cómo es posible que haya sobrevivido? Nadie se lo explicaba. Los médicos no encontraban una respuesta, tampoco mi personal de seguridad. A todo el mundo le pareció… Milagroso. Esa noche soñé con Dios. Era una luz, no tenía rostro, pero sí voz. Me iluminó con su haz y me dijo: “Jose Mari, si te he salvado es porque te necesito vivo para que lideres a la humanidad”. Me dijo un par de cosas más, pero son personales. Aquella experiencia me cambió, por supuesto. Desde entonces soy mucho más humilde.”

Este texto ha estado circulando por las redes sociales durante los últimos días, entre la indignación y el estupor de quienes lo leían. Hay que aclarar que este testimonio, de resonancias casi bíblicas, NO pertenece a las Memorias de José Maria Aznar, recientemente publicadas. Todo viene de una coña de Jose Antonio Pérez (@mimesacojea), en un falso resumen publicado en su blog. Pero el que haya pasado como real para tanta gente, deja en evidencia la opinión que muchos tenemos sobre él: un iluminado. Yo creo que, aunque no dijese estas palabras, las pensaba.

Esta anécdota y la reciente publicación de dichas memorias, me han dado pie para contaros una historia que sucedió hace ya muchos años y tiene su miga. Algo que seguramente Aznar no ha contado (seguramente ni lo recuerde, porque la cosa quedó en nada). Estas, que ahora explicaré, son las circunstancias en que, por primera y única vez en mi vida, me ví en presencia del entonces Presidente del Gobierno. A muy corta distancia. Y con cara de muy mala leche (él, no yo). Me parto el culo cada vez que me acuerdo. Allá va:

I

A principios del otoño de 1998 me llamaron de Canal 9 para un trabajo: un documental especial con motivo del 20º aniversario de la Constitución Española. El guión lo haría un compañero y amigo de muchos años, Eduard Torres, periodista. Yo me encargaría de la realización. En nuestra primera reunión decidimos darle un tratamiento más original que lo que se solía hacer entonces. El documental no llevaría voz en off ni una sola línea de texto redactada. Como había que hacer montones de entrevistas con protagonistas y testigos privilegiados de todo aquello, reconstruiríamos los hechos a partir de un cortar y pegar de los testimonios que iríamos recogiendo, aprovechando las propias voces de los protagonistas para comentar las imágenes de archivo.

Desde producción se hizo un gran trabajo de localizar y concertar encuentros con estas personalidades. Teníamos a un par miembros de la comisión redactora: Gabriel Cisneros y Jordi Solé Tura, líderes de los partidos de la época como Alfonso Guerra, Miquel Roca Junyent o Santiago Carrillo, políticos de primera línea en el 98 que en el 78 lo vivieron en organizaciones políticas juveniles, como Antonio Gutiérrez o Eduardo Zaplana, periodistas significados como María Consuelo Reyna, gente del mundo de la cultura como Joan Manuel Serrat… Echamos en falta a gente como Fernando Abril Martorell, ya fallecido entonces. Y, aunque lo intentamos, declinaron participar Manuel Fraga y Adolfo Suárez. Aunque con éste último si pudimos tener una charla fuera de cámara.

A lo largo de casi tres semanas llenamos un montón de cintas (en Betacam trabajábamos entonces) y nos desplazamos a Madrid y Barcelona, además de lo que pudimos cubrir aquí mismo en Valencia. Y Federico Segundo, nuestro documentalista, nos recopiló muchos minutos de imágenes de los primeros momentos de la Transición.

II

Para darle una coherencia visual al documental, la gente del taller de decorados nos preparó un set portátil. Era un forillo de metro y medio de alto y tres de ancho, con tela pintada en degradados de un gris azulado, reforzado por una base de madera y sostenida con un armazón de metal, para que no se arrugase. Este forillo nos fue de maravilla: además de proporcionar un mismo fondo a todos los entrevistados nos permitía usar un esquema de luces muy sencillo y, sobretodo, estandarizado. Téngase en cuenta que las entrevistas se realizaban en espacios muy diferentes entre sí y algunos habrían sido complicados de iluminar. Por ejemplo el despacho de Roca en Barcelona, enorme y amueblado con grandes estanterías muy oscuras. O nos permitiría improvisar un set en lugares tan cutres como el almacén del teatro de la Vilafranca del Penedés en donde entrevistamos a Serrat y que era un sótano lleno de manchas de humedad, polvo y trastos viejos. Aquí podéis verlo montado en el salón del domicilio particular de Santiago Carrillo. Y, de paso, os presento al equipo, catorce años más jóvenes:

 carrillo (2)

Este forillo era muy ligero si lo comparamos con un decorado de verdad. Pero para trasladarlo de aquí para allá un pequeño equipo ENG, que ya llevaba su carga habitual, ya se volvía más engorroso. Porque además iba guardado en una caja de madera bastante consistente, para evitar roturas o arrugas. Por forma y tamaño, aquella caja parecía un ataúd. Por peso casi que también. Teníamos que moverla entre cuatro.

III

Unas cuantas de estas entrevistas iban a celebrarse en la propia sede de las Cortes Españolas, donde habían puesto a nuestra disposición una salita en la planta dedicada a prensa, en el edificio anexo. Se aprovechó un dia que iba a haber pleno y varias de las personalidades concertadas iban a estar allí y ya irían buscando el hueco para sentarse a charlar con nosotros. Hay que decir que recibimos todo el apoyo del personal de las Cortes y de sus servicios de seguridad que nos facilitaron muchas cosas. Muchas, menos el cómo hacer llegar aquel maldito forillo al interior del recinto. En la zona de las Cortes es imposible aparcar y menos un dia de pleno. Dejamos nuestro coche en el párking que hay allí mismo, bajo el Hotel Palace y nos dirigimos hacia la entrada de la calle Floridablanca, es decir el espacio cerrado con verjas que queda entre los dos edificios del complejo; el Congreso propiamente dicho y el edificio de oficinas, prensa y cafetería. Llevábamos casi todo: cámaras, luces, cables… pero el puñetero forillo se quedó en el coche, pendiente de un segundo viaje.

Fuimos a hablar con el jefe de prensa que nos había acreditado y le expusimos el problema. Habíamos observado que dentro de aquel patio estaba la furgoneta que abastecía la cafetería, entrando por la calle de atrás. Si podíamos dejar nuestro coche al lado, el montacargas nos quedaba a pocos metros. Descargábamos y lo volvíamos a llevar al parking. El plan era muy bueno, pero había un problema: la entrada de vehículos a aquella zona necesitaba el permiso del Presidente de las Cortes en persona. Ni el jefe de prensa y ni siquiera el de seguridad podían autorizarlo por delegación. Y, desgraciadamente, el presidente estaba fuera de Madrid (la sesión la iba a presidir el vicepresidente primero).

El jefe del destacamento de la Policía Nacional, un oficial joven, muy cordial y atento, nos propuso una solución: “Sacáis el coche del párking y venís por la Carrera de S. Jerónimo hasta las puertas de la verja por donde entra todo el mundo, diputados, ministros y prensa. Paráis un minuto en la acera, sacáis la caja del coche y la metéis para adentro (el montacargas seguia quedándonos muy cerca). El coche se tiene que marchar enseguida”. Y advirtió muy seriamente: “Os doy de tope un cuarto de hora para realizar toda la operación. Después no quiero en esa puerta a nadie”.  La maniobra era tan fácil como lo que se explica en este croquis:

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Nuestro auxiliar y conductor salió pitando hacia el párking y un par más del equipo nos quedamos esperándole en la acera, en la entrada misma de la verja para ayudarle a descargar. A esas horas ya estaban llegando muchos diputados y también algún ministro. Todos entraban a pie, salvo el Presidente del Gobierno, al que se le abriría la verja al llegar para que entrase en su coche hasta la misma puerta del pasillo que lleva al hemiciclo.

Pasaban los minutos y nuestro auxiliar no aparecía. El policía de la puerta y nosotros también, empezábamos a ponernos nerviosos. No era normal que tardase tanto. Total, al salir del parking, solo necesitaba rodear la manzana junto al Palace y girar dejando a su espalda la Plaza de Neptuno. Según nos contó después, se despistó al salir y se fue una calle más allá de lo que debía y ya no pudo doblar como le convenía. Ese alargamiento del recorrido y un par de semáforos inoportunos le consumieron prácticamente todo el tiempo que nos habían dado.

Cuando por fin pudo llegar junto a la verja y paró el coche, el policia de la puerta le dijo, muy tajante: “Márchese de aquí, inmediatamente”. El auxiliar que era un poco joven e inexperto le replico: “Perdone, es un error… soy yo. ¿no me recuerda? Hemos hablado hace unos minutos…” El policía se empezaba a poner de los nervios. Yo estaba también en la acera y, mientras les escuchaba, veía lo que estaba sucediendo cien metros más allá de donde estábamos. Al darme cuenta de la situación me acerqué al coche. El auxiliar recurrió a mi: “Paco, explícale a este señor…” No le dejé terminar, le solté un: “¡que te pires, coño!”, que le acabó de convencer y se alejó.

¿Qué es lo que yo había visto a lo lejos? Pues que un cochazo negro, rodeado por una docena de motoristas de la Guardia Civil, acababa de doblar en Neptuno tras bajar por la Castellana y había entrado a la Carrera de San Jerónimo a gran velocidad. Pero al darse cuenta que habia un coche parado en la entrada de las Cortes, justo por donde iban a tener que entrar, habian pegado un frenazo hasta quedarse casi parados, a la altura del Hotel Palace. Más o menos así estaban las cosas:

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Los motoristas que iban delante habían echado pie a tierra y llevaban la mano muy cerquita de la pistola, mirando hacia nosotros, mientras los otros guardias cubrían el coche que venían custodiando. Cuando nuestro coche se fue (hay que decir que era alquilado, sin ninguna identificación de TV) y el policía de la puerta les hizo una señal de que todo estaba ok, la comitiva dió un acelerón. Pocos segundos después el coche entró al patio de las Cortes (los motoristas quedaron en la calle) y el portón de la reja volvió a cerrarse.

Del coche bajó, como yo imaginaba, Jose Maria Aznar, Presidente del Gobierno. Con una de las caras de mala leche más mala leche que recuerde haberle visto jamás. Fue la primera y única vez que le vi en persona y muy de cerca. No diré que iba pálido por no adornar el recuerdo con excesos literarios. Pero estoy muy, muy seguro, de que le había vuelto a la cabeza el recuerdo de aquel dia en que un coche bomba estalló al lado de su coche oficial y faltó un pelo para que se lo cargaran. Sin querer habíamos provocado una alerta de seguridad muy seria en la escolta del Presidente. Y Jose Mari empezó la que iba a ser una mañana tranquila con un susto de muerte.

IV

No fue culpa de nadie, pero entre todos habíamos hecho fallar de manera estrepitosa los protocolos de seguridad al más alto nivel. Nunca lo supe, pero imagino que a aquel oficial de la Policía que nos quiso ayudar le cayó un buen paquete. Lo siento mucho porque parecía un gran tipo y desde aquí le pido disculpas, por la parte que me toque. En cuanto a nosotros… pasamos varios días temiendo una llamada de la dirección de Canal 9 para pedirnos explicaciones. Nos temíamos una queja de la Moncloa, o de Interior. Por mucho menos se han recibido en Canal 9 llamadas al teléfono rojo. Afortunadamente no la hubo. Seguramente el tema se resolvió sin salir de Madrid, donde ya verían que todo fue una falsa alarma y no profundizaron más. El puro, sin duda, se lo llevaron a nivel interno.

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Esta anécdota sólo la había contado hasta ahora en privado. Pero ya han pasado 14 años. De aquel equipo algunos estamos ya fuera de aquella casa hace tiempo. Y a los que quedan dentro se los va a llevar por delante un ERE que no deja títere con cabeza. Ya que nadie va a salir perjudicado a estas alturas me he decidido a hacerla pública. Y lo publico también en recuerdo y homenaje a los que fueron mis compañeros en aquella casa, hoy en liquidación por derribo. ¡La de anécdotas que podríamos contar entre todos de aquellos años en que creíamos que una televisión pública, valenciana y digna era posible!

Ah, el documental quedó muy bien. Gracias. Y el forillo lo entramos como habíamos planeado, pero cuando ya estaba el pleno empezado y todas sus Señorias dentro. Simplemente nos retrasó una hora todo nuestro plan de trabajo de aquel dia.

4 pensamientos en “EL DIA QUE LE DIMOS UN SUSTO A AZNAR

  1. ¡Hola, Paco! Contigo quería yo hablar, hombre. ¿Te acuerdas de mí? No creo. Me llamo Indalecio Rebenaque Zurilla, de profesión oficial del Cuerpo Nacional de Policía. Yo estaba de guardia el día que ocurrió el suceso tan gracioso que narras, hombre. Muy gracioso. MUY GRACIOSO EL PAQUETE QUE ME METIERON, CABRÓN. Pero no te guardo rencor. ¡Qué va! De hecho gracias al incidente me ascendieron a jefe de sección. Desde 1999 soy Jefe de la Sección de Comunicaciones Tácticas de la Isla Perejil, mamonazo!!! En cuanto pueda ir a la península y averigüe tu dirección te vi a dá tal hondonada de ostias que no vas a saber ni dónde están los ocho puntos cardenales!!! Ya te pillaré, ya!!!
    – Amjallahhh staljaqcrlarejjaaaaa
    Joder, ya me están interfiriendo la radio lo moromierdas estos…

  2. Moltes gràcies Paco, per l’esforç de transcriure tot aquell rodatge que, molt a sovint, s’ens obliden amb el dia a dia les coses que ens van passant. Va ser una bona experiència i un bon treball. Records. Eduard

  3. Ah, ho oblidava… pel comentari anterior: “Indalecio, parece mentira, siendo del cuerpo, sacaté el carnet del partido -del que quieras- y pide traslado, será inmediato, tú tranquilo, yo de tí pediria Cataluña”.

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