LA ESCENA 99

 

 por Paco López Barrio

I

Todos los días se aprende algo. En este caso se lo debo a mi amigo y compañero de blog Gabi Ochoa. Gabi me pidió a final del verano que le prestase mi piscina para el rodaje de una escena de El amor no es lo que era, su primer largometraje como director. Acepté, pero le pedí a cambio hacer un pequeño cameo en la película. Pero a primeros de septiembre un fortísimo temporal me impidió cumplir el compromiso: el agua se me quedó de un verde asqueroso (que aún podría tener remedio, con tratamiento químico o vaciando y volviendo a llenar) pero, sobretodo, me hizo algunos destrozos en tapias y árboles con mala solución a corto plazo y hubo que buscar otra localización.

Pero Gabi mantuvo su parte del trato y me llamó hace unas semanas para decirme que ya había decidido mi papel: yo sería “el hombre del barco”. Era más de lo que esperaba. Yo me veía más bien sentado allá al fondo en un banco del parque o en un café, leyendo el peródico. Figuración pura y dura. Pues no. El hombre del barco, aunque no tenga ni nombre, tiene unas pocas líneas de diálogo y, además, con la protagonista.

Me hizo ilusión y decidí lanzarme. No tengo apenas bagaje como actor. El año pasado hice de vecino facha (¡facha yo!) en un capítulo de la webserie Archibald in Valencia, de Chon González. Y hace algunos años intervine en unas cuantas historias de un programa de bromas de cámara oculta del que fui guionista. Pero esa experiencia, que ya os conté aquí, no tiene nada que ver con una actuación “normal” en la que todo está cuidadosamente medido y planeado.

Tuve algún escrúpulo inicial. Tal vez le estaba quitando la posibilidad de una sesión de trabajo a un actor profesional. Pero también pensé que lo mismo que a veces los actores nos “reescriben” y no pasa nada, también yo podría actuar un poquito. No sería intrusismo, sino formación. Seguro que podría aprender algo de lo que nos podríamos beneficiar todos más adelante. Porque cualquier cosa que mejore mi escritura será buena para los actores que tengan que vérselas con ella.

II

El 23 de noviembre, viernes, a primera hora, viene a recogerme a casa Giovanna Ribes, una de las productoras. Le agradezo el privilegio, que resulta ser una cuestión práctica: “Me era más fácil recogerte yo que explicarle a otra persona cómo llegar”. Nos reímos. Giovanna es de Catarroja, el pueblo del área metropolitana en donde vivo desde hace unos años. Perfecto. Así de paso charlamos, que hace mucho que no nos habíamos visto, aunque siempre nos hemos caído bien. Al llegar a la localización me encuentro también con Emilio Oviedo. La última vez que nos vimos Indigomedia aún era NISA y estaban en Benimaclet. Sorpresa: en un rincón del salón que el Club Náutico ha cedido como cuartel general está José Coronado. Sabía que hacía una breve colaboración especial pero no me habían dicho que fuese también hoy. Así que, por mucho que se lo curren peluquería y maquillaje, ya sé que no voy a ser el hombre más guapo del dia.

Un rato después la furgoneta nos lleva al set: un pantalán alejado del centro del Club Náutico en donde hay fondeados unos cuantos veleros. Uno es el Lucía, propiedad del padre de la protagonista, interpretado por Coronado. Al lado está anclado el Misty Queen II. Ése barco es el mio (ya os había dicho que soy “el hombre del barco”). Los dos vivimos allí, cada uno en su velero. Coronado y yo somos pues vecinos. Supongo que nos llevamos bien, pero el guión (hasta donde he podido leerlo) no dice nada de eso ni tenemos escena juntos.

Aquello está lleno de gente y de cosas: rollos de cable, maletas de accesorios, sticos… también allí hay unos cuantos amigos. Está Nacho Ruipérez, que en esta ocasión lleva la dirección artística. Y Gabo, el director de fotografía (le conozco a través de Ada Hernández, coguionista con Gabi). Entre la gente que va y viene con guantes de trabajo, pinzas colgadas de la ropa y artilugios varios, reconozco a algunos de los técnicos imprescindibles en cualquier rodaje valenciano, como Yanneck o Boli.

Me produce un cierto vértigo. He asistido a rodajes antes, pero no deja de impresionarme la movida, aunque se trate de una producción de coste medio. Yo vengo del documental. Llevo hechos un montón, no sólo como guionista, sino también como realizador. Aunque esta faceta la abandoné hace años para centrarme exclusivamente en la escritura. Para mi, acostumbrado a equipos diminutos (el mayor que he tenido éramos 8, aunque muchas veces solíamos ser aún menos) en los que todos hacíamos un poco de todo, improvisando muchas veces, un rodaje de ficción me sobrepasa. Francamente, me daría miedo verme yo en el lugar de Gabi. Aunque sé que este equipo le arropa perfectamente.

Si, Gabi tiene detrás a los mejores. Pero no puedo dejar de pensar en el futuro que les (nos) espera a cada uno. El amor no es lo que era ha sido el único largometraje valenciano rodado en 2012. En los años anteriores, entre largos y TvMovies, se rodaban en Valencia una media de 6/7 producciones al año. Pero para el 2013, sin ayudas de nadie, con Canal 9 malvendido y muerto… qué va a ser de la indústria valenciana. Los más jóvenes, posiblemente, harán como Martín Román: buscarse la vida fuera, en México o donde se pueda. Los más viejos y con ataduras familiares nos tendremos que quedar aquí, pasándolas muy putas hasta no se sabe cuándo…

Seguramente yo soy el único que tiene tiempo para pensar en este desastre, ocioso como estoy hasta que llegue el momento de rodar mi escena. Los demás están dando el callo como siempre, con toda la profesionalidad. Sin pensar que quizá sea este su último rodaje en mucho tiempo. No pueden permitírselo: la mañana avanza y los tiempos deben cumplirse.

Al poco de llegar al set veo a Gabi, a cincuenta metros de mi. No me acerco a saludarle, el director ya lleva demasiada carga a cuestas. Cuando sea el momento ya vendrá su ayudante a buscarme. Ahora todos están pendientes de la otra escena programada para hoy: la conversación a corazón abierto que van a tener mi vecino y su hija mientras toman un café en la cubierta de su barco. Deduzco que es una de las escena clave de la película, en la que va a haber intensidad de diálogos, gestos y miradas. El rodaje, muy meticuloso, se lleva más de media mañana. Yo, mientras tanto, fumo y veo pasar las gaviotas. Hace un solecito muy bueno. Me voy a poner moreno sin necesidad de maquillaje.

III

Y finalmente me llega la hora de la verdad, esa escena 99 en la que intervengo. Sucede algún tiempo antes, en tiempo fílmico, de la que se acaba de rodar. Lucía (Aída Folch) ha venido a visitar a su padre. Pero no está. Salió con el barco hace un par de dias y aún no ha vuelto (en la pausa ha habido que desamarrar el supuesto barco de Coronado y sacarlo del encuadre, para que Aída y yo miremos hacia un amarre vacío). Soy yo quien le da esa información. Pero también le digo que, si viene temprano otro dia, es fácil que lo encuentre. Eso es todo mi papel. ¿Fácil, verdad? Pues no…

Los guionistas trabajamos creando situaciones y diálogos, sugiriendo acciones y gestos… es nuestro trabajo. Sobre el papel casi todo nos parece sencillo, pero no lo es. La primera pega la pongo yo. Si en vez de “pronto” digo “temprano” ¿pasa algo?. Gabi me da el OK. Realmente es lo mismo, pero, después de repetir unas cuantas veces la frase en voz alta, en mi casa, creo que me va a salir más fluído si digo “temprano”. De esto ya sabía yo algo por propia experiencia y he cambiado muchas líneas en mi vida, en el último momento, para ganar ese punto extra de fluidez. Y esto no tiene nada que ver con que el diálogo esté mejor o peor escrito. Simplemente que cada uno tenemos un ritmo de dicción y respiración muy personal e intransferible que nos puede hacer preferir un sinónimo. Tras pactar este cambio me subo al barco.

Mientras los ayudantes ponen una pequeña marca en el suelo, para que Aída sepa en qué punto debe para exactamente la rueda delantera de su bici, yo me busco alguna tarea a bordo. En los guiones no se suele indicar el acting, salvo que sea importante para la acción: coger una pistola, llamar a un timbre, besar a la chica… Cuando esas acciones forman parte de la historia hay que indicarlas, claro. Cuando son irrelevantes no hace falta. Pero, una vez se dice: “¡Acción!”, tienes que hacer algo más que estar allí plantado y soltar tu frase. De lo contrario el actor parecería un espantapájaros en medio de un sembrado. Aquí alguien dirá: “Ya, por eso en las series españolas los camareros siempre salen secando un vaso”. Cierto, a veces la imaginación falla, pero es que también hay situaciones en las que poco más se puede hacer que lo que siempre se hace. Es, en todo caso, un problema del director y el actor, no del guionista. Y se resuelve a partir de los elementos que hay presentes. Una lección: es mejor elegir escenarios propicios a que los actores hagan cosas con sus manos o su cuerpo. Salvo que queramos una escena de quietud y/o vacío deliberado (alguien mira una pared con aburrimiento) será bueno que no elijamos al tuntún las localizaciones: mejor que sean lugares en donde haya una vida propia, para que el actor se incorpore a ese movimiento de las cosas.
Afortunadamente para mi, a mis pies hay una cuerda que no parece estar sujetando nada importante, pasada por un sistema de poleas. Así que decido que eso es lo que haré: soltarla y volverla a colocar de otra manera, como si estuviese preparándome para zarpar… afortunadamente tengo una cierta destreza manejando cuerdas (ay, mi juventud montañera) aunque esta es bastante más gruesa de lo que estoy acostumbrado.

Hacemos un par de ensayos para sincronizar la llegada de Lucía con el momento en que yo levante la vista y le diga que su padre no está. Este acople de tiempos y movimientos es otra cosa que, desde el guión, tampoco solemos tener en cuenta. Damos por hecho que, otra vez, será resuelta en rodaje. Pero no está de más que imaginemos mentalmente el espacio y el tempo. A veces tonterias como que se tarda demasiado desde que se entra en una habitación hasta que se llega adonde se tiene que llegar, hacen que sea difícil acotar en qué momento de ése movimiento se arranca el diálogo para que no sea ni muy pronto ni muy tarde. Problema de puesta en escena si, que resolverán director y actores, siempre que lo que hayamos planteado no les aumente ese problema mucho más allá de lo que se puede hacer con naturalidad. Dicho de otra manera: no es nuestro trabajo resolvérselo, pero sí no complicárselo más allá de lo necesario, por descuido nuestro más que por una intención dramática inexistente.

Finalmente nos lanzamos a rodar. Durante el ensayo hemos visto que si, entre el momento en que veo a Lucía en el muelle y el momento en que le hablo, giro un segundo la cabeza hacia el lugar en donde suele estar el barco de su padre, el arranque del diálogo queda mucho más natural. No sólo porque esa mirada refuerce visualmente la idea principal “no está”, sino porque el retorno de mi mirada hacia Lucía es como un tomar carrerilla – o aire- y me dará el momento justo de empezar, sin sensación de atropellarme hablando muy pronto ni de quedarme plantado como un pasmarote en el segundo que pueda tardar en abrir la boca desde que la veo aparecer. Además siento que conviene hacer una pausa entre las dos frases (“Tu padre no está” y “ven temprano”) en la que debo intentar mirar con cara de “cuánto lo siento”. Sobre el papel ok, ahora falta que mi cuerpo y mi voz se lo crean y obedezcan.

A la tercera toma Gabi dijo: ¡Buena!, pero aún rodamos dos más. Por seguridad. A mí no me habría importado hacerlo unas cuantas veces más, porque vencida la timidez inicial estaba empezando a disfrutarlo. Vamos, que me supo a poco y sentía que aún podía mejorarse. Pero, evidentemente, mi percepción allí no es la misma que la que pueda tener el director al verlo en el monitor. O quizá fuese que me dió por imposible…

Al bajar del barco le agradezco a Aída el haber compartido ese momento con ella. Y le cuento que yo en realidad no me dedico a esto, soy guionista, no actor. Aída me tranquiliza y me da también una clave: “Las frases muy cortas, en las escenas muy cortas, no son nada fáciles”. La creo. En escenas de mayor duración e intensidad dramática seguramente hay algo que te crece por dentro, te calienta, te empuja con su inercia… posiblemente sea más fácil decir: “Te quiero y nunca podré olvidarte” que decir: “parece que va a llover”. ¿Cómo se pone uno en situación con semejante trivialidad?. Y sobretodo la creo porque también a mi estas frases inocuas son las que me resultan más difíciles de escribir. Y por el mismo motivo: porque con ellas es difícil coger la “temperatura”. Siempre nos van a sonar a poco. Especialmente cuando son meramente informativas y no hay detrás un poderoso subtexto cargándolas de sentido. Pero expresar esos subtextos es cosa de protagonistas, no de figurante con frase, mero informador, que es lo que yo he sido. Pero hay que escribirlas bien, aunque no sean nada. Si se escriben con desgana se acabará notando.

Cuando ya ha acabado todo me doy cuenta de un hecho curioso: todo el diálogo, salvo el “gracias” final, lo he dicho yo. Aída simplemente ha estado de pie, sobre el muelle, escuchándome. Me resulta paradójico: comparto escena una de las mejores actrices jóvenes del país y soy yo el único que habla. Si me dejo llevar por la vanidad podría pensar que “yo he llevado el peso” de la escena. Pero no, veamos las cosas como son: Al hombre del barco se la suda que el padre de Lucía esté o no esté. Pero a Lucía no. Lucía ha ido al puerto a hablar con su padre porque (seguramente, ya digo que no he leido el guión completo) la conversación que esperaba tener con él es importante para ella. Y no será posible de momento. Así que lo dramáticamente significativo no es la información que yo le transmito, sino el efecto que causa en ella. Desde mi posición y con el sol de cara no podía ver apenas la expresión de Aída, pero estoy seguro que en ella había un gesto de contrariedad o de pena, qué sé yo… seguramente se verá mejor en el plano. O en un contraplano corto de su rostro que pudo rodarse después de marcharme yo. No lo sé. Pero si sé – me lo dice mi oficio- que su reacción era lo realmente importante para el desarrollo de la historia, que la frustración de no encontrar a su padre condicionaría algún momento posterior de las peripecias de Lucía. Así que, aunque hablase yo y Aída escuchase, ella era la importante. Por pura lógica guionística.

Pero eso no significa que yo, o cualquier actor en mi lugar, menospreciase el trabajo que debía hacer como “hombre del barco”. Si no lo hago con todas mis ganas y queda mal no me hundo yo: hundo la escena al no dejar que fluya con suavidad hacia su centro, esa mirada de decepción de Lucía. Y esto, que vale para la actuación, vale también para la escritura: hay que cuidar hasta la línea más trivial en apariencia. Porque todas las piezas de un relato se apoyan unas en otras. Y todas trabajan para bien del conjunto.

IV

No se aprecia muy bien en las fotos, pero detrás de mi, en la cubierta, estaba Rori. Es una tortuga marina de buen tamaño. Es la mascota de Gabi, que la tiene ya hace dos décadas. Rori ha aparecido en otros trabajos suyos como amuleto, algo así como la palabra “austrohúngaro” lo era para Berlanga. Esta tarde, comentándole que pensaba escribir este artículo, Gabi me ha dicho esto en un mensaje en FB: “Sale porque, además de ser mi talismán, creo que es una metáfora muy interesante sobre la vida (el caminar despacio, en hacer las cosas con paciencia y esmero, la importancia del fuego lento para cocinar proyectos, etc). Vamos, Rori solo tiene un post.” Pues ese post, Gabi, ya tendrás que ser tú quien lo escriba. Nos gustará leerlo.

De momento soy yo el que ha vuelto a casa de muy buen humor: la alegría de encontrarme con viejos amigos y compañeros, la posibilidad de echarle una mano a Gabi en el proyecto más importante, hasta ahora, de su vida profesional, la oportunidad de reflexionar sobre mi propio trabajo a partir de una pequeña experiencia propia… todo me vale para dar por buena esta mañana en el puerto. También ha estado bien hacerme una foto con Coronado, para dar envidia a mis amigas.

Ahora solo queda esperar al fin del rodaje, quedan pocos dias, y el trabajo de postproducción. Y seguir el ejemplo de Rori: sin prisas, con paciencia y esmero… y ya en el 2013, que ojalá sea mejor que esta mierda de año que se acaba, prometo asistir al estreno de El amor no es lo que era y animar a todos mis amigos que vayan a verla. Os la recomiendo a ciegas, porque me fío de Gabi y su tortuga. Y estoy seguro de que va a ser una buena película.

Son malos tiempos, muy malos. Pero en las horas que he pasado con este gran equipo sólo he percibido ilusión y energía. Las  dos cosas que no deben faltar aunque todo lo demás se nos niegue.

Gracias, Gabi. Gracias Aída. ¡Y mucha mierda!

5 pensamientos en “LA ESCENA 99

  1. Pingback: Latino » Blog Archive » LA ESCENA 99

  2. Paco, espero que en la sala de montaje no destierren tu momento de gloria, así como tantas veces lo han padecido los grandes de la interpretación. Si no, habrá que esperar al DVD con el director’s cut. Yo, al menos, no me perderé tu metamorfosis entre Dr. McKee & Mr. Stanislavski.

  3. No me fastidies, Roberto… Pero, pensándolo bien, no creo que suceda. Comparto escena con la tortuga, el talismán de Gabi. Si me corta a mí la corta a ella también. Aunque siempre le queda el recurso de ubicarla en otra escena… ya me he quedado mosca. 😉

  4. Pingback: CURIOSIDADES Y CHASCARRILLOS SOBRE “EL AMOR NO ES LO QUE ERA” | GUIONISTASVLC

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s