CAUSAS Y EFECTOS

por Paco López Barrio

A veces envidio al físico porque cada cierto tiempo se ve obligado a cambiar de paradigma. Antaño era el sol el que giraba alrededor de la tierra, pero vino Copérnico y lo cambió todo. Y cuando ya estábamos todos tranquilos con esa certeza, una manzana cayó sobre la cabeza de Newton para enseñarnos que la mecánica que movía el cielo sobre nuestras cabezas era mucho más complicada. Y luego vinieron Einstein y, más tarde, Stephen Hawking…

Pero los escribidores de historias llevamos casi tres milenios aferrados al mismo paradigma. El más moderno de los gurús del guión, de la ficción en general y también del teatro, continúa homenajeando a Aristóteles en el prólogo de cada uno de sus manuales. Hay que ser agradecidos, pues Aristóteles nos dió un suelo firme que pisar: la estructura en tres actos. El prota iba a lo suyo, sucedió algo que agitó las aguas, emprendió una serie de acciones encaminadas a restablecer el orden perdido, superó los obstáculos y, finalmente, recuperó la paz. Planteamiento, nudo y desenlace. ¡Y a cobrar el trabajo!. A ser posible…

Pero Aristóteles, además de su Poética, escribió más cosas. Entre ellas un gran tratado de lógica que nos guarda un regalo envenenado: la relación de causas y efectos. Todo lo que sucede es efecto de algo que lo ha causado. Y a su vez se convierte en la causa de lo que sucederá después. Y si la cosa se complica mucho decimos que ha sido el “efecto mariposa”: si una mariposa aletea en China acabamos teniendo un huracán en El Caribe. Y a otra cosa, mariposa. Lo que no deja de ser una manera fina de reformular el “sólo sé que no sé nada” socrático.

Pero funciona. Así que el principio de causalidad termina siendo tan consustancial al relato, sea literario o audiovisual, como la estructura en tres actos. Quizá porque son la misma cosa con distinto nombre u observada desde un punto de vista diferente. Que sí, que hay maneras de contar menos lineales… en apariencia, al menos. Porque luego también estamos convencidos de que la estructura en tres actos y el principio de causalidad saben esconderse muy bien dentro de la construcción más aparentemente rompedora. La despellejamos un poquito y el hueso aristotélico volverá a aparecer. Y saberlo tranquiliza.

La sucesión de causas y efectos nos evita caer en uno de los peores defectos de una narración: que las cosas sucedan “porque si”. Es la marca que distingue un relato bien construido de una chapuza: los hechos se derivan, no se amontonan.

¿Pero esa linealidad es sólo cosa de procedimiento? ¿La vida, el mundo… son lineales ellos mismos o lo único lineal es nuestra incapacidad para contarlo – y entender lo contado – de otra manera?

Hace casi 30 años, Luis Racionero escribía en sus Textos de estética taoísta: “La cultura occidental acepta como base para explicar la naturaleza el principio de causalidad. Los fenómenos del universo y de la vida se relacionan unos con otros en una conexión de causa a efecto. Esta hipótesis implica una visión secuencial, lineal, ilimitada, en la que predomina el concepto de tiempo. La cultura china explica la naturaleza por el principio de sincronicidad. Sincronicidad significa que existe una correspondencia entre los estados simultáneos de dos sistemas de fenómenos.”

Según esta concepción unos sistemas “activarían” a otros por resonancia. Cualquiera que haya afinado una guitarra sabe el momento en que el tono es el justo no sólo porque su oído compare dos sonidos y le resulten idénticos, sino porque se ve efectivamente vibrar otra cuerda no tocada pero afinada en la misma nota.

Detrás de esta filosofía no esta sólo la tradición oriental, sino también Pitágoras. O los místicos. Así, el procedimiento del arte sería inducir la emoción sabiendo encontrar dónde aplicar la presión sobre la realidad para hacer resonar esa emoción en el receptor. O sea, encontrar el camino oculto que conecta unas realidades con otras.

La poesía sí suele operar de esta manera. Por eso a veces la más brillante, la más conmovedora, tiene un cierto carácter oracular. El uso de las palabras trasciende lo meramente denotativo y se reviste de magia. Y por eso puede llegar a conmover absolutamente. Porque ha sabido activar todo un sistema de correspondencias no perceptibles a simple vista, no invocables con un dircurso lógico. No somos conscientes de esas correspondencias, pero somos sensibles a ellas y nuestro corazón, más que nuestro cerebro, las detecta y se pone a vibrar también.

¿Puede el relato audiovisual servirse de estos procedimientos? Todos estamos familiarizados con el concepto de “cuestión dramática”, la pregunta que deberá ser respondida al final del relato: “¿Conseguirá encontrar el tesoro y conquistar a la chica?”. Es una pregunta respondible por encadenamientos de causas y efectos. Pero cómo podríamos contestar a otra interesantísima pregunta como la que se hacía hace siglos Li-Po, el mayor de los poetas chinos clásicos: “ Y cuando mueren… ¿A dónde va el perfume de las flores?”. No me parece una pregunta retórica, todo lo contrario: es una de las más breves y eficaces interrogaciones sobre el sentido del mundo.

Pero de manera sistemática rehuímos plantearnos esta clase de preguntas al construir dramáticamente, porque no parece escenificable, representable… y quizás tampoco se trate de eso. No se trata de fotografiar ese lugar en el que descansan los perfumes de las flores muertas. Quizá la gracia esté en provocar en el espectador el deseo de averiguar dónde está y como llegar. Y, muy posiblemente, la respuesta no esté en un viaje a ninguna parte… sino en acompasar la respiración y dejar que algo, por dentro, nos recuerde que ese lugar está en nosotros. O mejor aún: ese lugar somos nosotros.

El desafío es lograr ese relámpago con una cámara, en lugar de con un poema. Porque corremos el riesgo de crear una falsa – y mala- poesia, llena de arbitariedades y “porque si”, que no nos va a satisfacer ni a nosotros ni a ningún espectador. Pero no es un camino a abandonar definitivamente, en beneficio de la dictadura de los tres actos y la causa/efecto. Creo que vale la pena investigarlo. Pero vamos a necesitar no sólo lo mejor de nuestra sensibilidad. Sino también una inmensa honestidad artística para no caer en el “a partir de que es difícil de entender todo vale”, para no hacer pasar por arte los muchos palos de ciego que daremos en esa búsqueda.

Sé que estoy divagando, perdonadme. No pretendía mucho más. Prometo, en mi próximo post, recuperar el sentido común que en éste de hoy parezco haber perdido.

2 pensamientos en “CAUSAS Y EFECTOS

  1. Interesantísimo post Paco, como siempre.
    Al leerlo me he acordado de uno que escribí hace más de un año reflexionando, en otro tono, sobre el mismo tema. En él afirmaba, demostración aristotélica mediante, que la estructura en tres actos no es un invento del hombre, sino un descubrimiento. El hombre entiende de este modo la realidad, así es como se la explica a sí mismo, y por eso el narrador se ve obligado a asumir esta estructura en sus relatos.
    Tal vez sea cierto que llevamos milenios escribiendo diferentes versiones de la misma historia, pero es lógico que sea así porque, en realidad, lo único que hemos estado haciendo durante todo ese tiempo es tratar de explicarnos qué narices hacemos aquí y, por mucho que se empeñen algunos, seguimos sin tener ni idea.

    Aquí el enlace al post: http://lamanodelguionista.blogspot.com.es/2011/08/la-respuesta.html

  2. Rafa, la prueba irrefutable de estas conexiones entre universos sincrónicos es que has escrito este comentario a la vez que chateábamos en FB. Esta noche seguiremos sincronizando en Barcelona😉

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