EL SÍNDROME DE BORNEO

por Paco López Barrio

No recuerdo cuándo contraje esta enfermedad. Seguramente no hay una fecha concreta, más bien parece una de estas intoxicaciones a largo plazo, como las que provocan el plomo o el amianto. Debió suceder en el tránsito de mi infancia a la adolescencia, pero no tomé conciencia del mal hasta tiempos relativamente recientes. Para entonces ya me ganaba la vida escribiendo. O sea, llegué tarde a la cura. Si es que la había.

I

Hace algún tiempo fui guionista de un concurso para jóvenes estudiantes. Lo pasé muy bien, especialmente por el equipo que eran todos gente encantadora y el buen rollito era la constante. Se llamó Copa Maremàgnum. València preparaba por entonces la Copa América y los directivos de Canal 9 lo tomaron como un buen pretexto para publicitar el evento entre los jóvenes. En la mecánica del concurso había pruebas de habilidad, físicas y culturales. Todas ellas debían estar relacionadas -inicialmente- con la navegación y -en sentido más amplio- con la aventura, la exploración… el conocimiento del mundo.

Una de las secciones venía a ser una especie de juego del ahorcado: dábamos un pista inicial (y alguna más si los veíamos perdidos) y los chavales iban probando letras hasta descubrir el nombre de algún lugar del mundo. En el descanso de la grabación de uno de los programas, el profesor que acompañaba al grupo (se concursaba por colegios) preguntó por los guionistas, enfadado. Sus chavales habían fallado esa prueba. La pista inicial era “gran isla cubierta de selvas” y la solución BORNEO. Pedía que repitiésemos la prueba con el argumento de “eso no lo han dado”. Yo le expliqué que, aunque los contenidos básicos de las preguntas se sacaban en buena parte del temario oficial, podían plantearse otras preguntas que entendíamos que estaban al alcance de los concursantes. Para reforzar mi argumentación le recordé que, en programas anteriores, los chicos habían acertado nombres como Orinoco, Patagonia o Madagascar (eso antes de la película), que tampoco formaban parte del temario oficial. Borneo no me parecía más difícil que éstas otras. Además, le dije, espero que estos chicos no se limiten a conocer el mundo sólo con lo que reciben en clase: están la tele, el cine, los libros de aventuras… todo eso va formando un poso de conocimiento del mundo. O debería. No se quedó muy convencido. Por nuestra parte no cedimos y mantuvimos el resultado de la prueba. Al fin y al cabo, el equipo contrincante nos había dado un poderoso argumento acertando Cachemira. Que tampoco es moco de pavo.

De vuelta a casa pensé, con más tranquilidad, que quizá algo de razón tenía. Y que tal vez me había dejado llevar de los recuerdos de lo que fue mi infancia y juventud, no necesariamente traducibles al mundo de hoy. Hagamos una prueba sencilla: si le pedimos a cualquier persona de mi generación que nos dé nombres de tribus de indios americanos, hasta el más iletrado puede nombrar unas cuantas: Sioux, Apaches, Comanches, Arapahoes, Pies Negros, Shoshones, Iroqueses… Hazle esta misma pregunta a un chaval de 15 años de hoy y se te quedará mirando como si le preguntases por las 12 tribus de Israel.

La explicación es muy sencilla: los que íbamos al cine del barrio en los 60 y 70, en aquellas memorables tardes de sábado con programa doble o triple, consumíamos un gran cantidad de westerns. Además, el concepto de “reestreno” era tan amplio que no era raro que programasen grandes clásicos del género de veinte años antes. Y eso deja un poso. Para nosotros “Montana”, por ejemplo, evoca un territorio salvaje, con sus ríos, praderas y montañas, con búfalos, caravanas y regimientos de caballería, con sheriffs, colonos y cuatreros. Para un chaval de ahora Montana es el apellido de una tal Hanna, que canta y protagonizaba una serie en Disney Channel.

II

No sólo fue el cine, consumido en lotes de tres películas cada sábado, a cinco pesetas la entrada. Fueron, sobretodo, los libros. En esa época me creé el hábito de andar ocupado de noche y dando cabezadas durante el día. En el colegio me hacían memorizar los afluentes del Ebro por la derecha y la izquierda, pero yo, a mi aire, me dedicaba, en las horas en que debería dormir, a recorrer el Mississipi en compañía de Tom Sawyer y Huckleberry Finn.

Aunque el territorio que de verdad me fascinó fue la India de Kipling. No el horroroso refrito de Disney, no. El Libro de la Selva en forma de libro, casi 600 páginas sin ilustraciones, traducción de D. Ramón G. Perés para la editorial Gustavo Gili. No es que mi memoria sea prodigiosa, es que aún lo conservo.

¿Qué se hizo de la vieja literatura de aventuras? Me resulta muy descorazonador recorrer la sección infantil y juvenil de las librerías de hoy. El 90% de los títulos anuncian, ya desde la portada, un festival de memeces, muy políticamente correctas, no lo dudo. Pero apenas nada que parezca, ni de lejos, una lectura capaz de animar a un joven a soñar con hazañas en lugares remotos. Sí hay mucho libro de pequeñas historias domésticas, que podrían hasta ser divertidas, si el fin último – e indisimulado- no fuese adoctrinar sobre la diversidad, el respeto a la naturaleza, el valor del diálogo, la igualdad de los sexos… cosas muy necesarias en la educación de los jóvenes, no lo dudo…

Pero muy poco útiles para crearse una base de cultura lectora. Luego viene el bachillerato y ahí toca vérselas a pelo con Góngora y Cervantes, sin que antes Salgari o Conrad les hayan ayudado a entrenar las manos para sostener el peso de un libro.

Bueno, dirá alguno y con razón… El nuestro es un tiempo ya definitivamente asentado en lo audiovisual. Las historias les llegan por otros cauces: el cine, el cómic, los videojuegos… Si y no. Les llega la parte de entretenimiento (y en esto debo reconocer su superioridad respecto a nuestros viejos libros, con tanta letra y ninguna ilustración). Pero el entretenimiento sólo se queda un poco cojo si le falta otra cosa tanto o más importante: la fascinación. El auténtico placer del lector (quien dice lector dice espectador) no está tanto en decir: “Qué bien lo he pasado”, sino en ir un poco más lejos: “Ojalá hubiese sido yo quien estuvo allí, viendo todo aquello con mis propios ojos”. Y ahí, pese al grandísimo número de productos ofrecidos a la gente joven, muy pocos les regalan este plus de fascinación. Sí, ahí está el mundo de Harry Potter, mucho más interesante y mejor construido que el soso de su protagonista. Y, aunque detesto a Cameron y sus cameronadas, me descubro ante ese maravilloso mundo perdido de Pandora. Lástima que sean excepciones (alguna más hay, por supuesto) en medio de un montón de ofertas absolutamente vulgares. Véanse las series para adolescentes de Disney Channel o Neox. Lo que consumen durante el 99% del tiempo que pasan ante la pantalla.

III

Lo que sigue siendo válido, ayer y hoy, es que pocas cosas hay tan capaces de despertar la imaginación como la construcción de otro mundo que no es el nuestro de cada dia. Antes cité Harry Potter y Avatar con toda la intención. Y también está ahí el universo de El Señor de los Anillos… y cualquier otro que se os ocurra. Esto, el crear una cosmogonía propia, es lo que eleva su interés muy por encima de la gran masa de pelis y series que tienen en oferta. Es una paradoja: el género de aventuras apenas representa una pequeña parte de esta masa. Pero, por contra, es el que ofrece los productos más potentes. En términos comerciales y culturales.

Lo que me apena, tanto como para haberme vuelto consciente de mi enfermedad, es que todas estas aventuras son distópicas: no pertenecen al mundo que conocemos, sino a la pura imaginación de sus autores. A mi, la verdad, me sigue apeteciendo que sucedan en lugares reales del mundo real. Por una parte para ahorrarme explicaciones farragosas del quien es quien, a la manera de Tolkien. Pero también porque siento – y esto es muy personal, lo sé – que puedo convertir en mía más fácilmente la historia que se me propone si puedo ligar sus referentes a otros referentes que he ido acumulando por mi cuenta. Antes hablé de Kipling y la India. Las aventuras de los Tres Lanceros Bengalíes no es una historia de Kipling, pero haber pasado antes por Kipling me ayuda a empatizar mejor. Como no es lo mismo ver Show Boat, y escuchar a Paul Robeson cantar “Ol’ man river”, habiendo pasado o no por Mark Twain. Y cito deliberadamente dos películas “de época”, de los años 30 ambas. Es decir, productos que presentan ya una cierta dificultad de revisión actual, “envejecidos” si queréis. Pero el background creado por años de lecturas en los que ese mundo ya estaba presente, me sirve de lubricante para la aspereza que produce verlas tantos años después de su creación. Porque son historias que se vienen a posar sobre un sueño que ya he soñado anteriormente, cuando era un lector adolescente. Como cuando comprobé que me era imposible beber una Quilmes en Buenos Aires sin sentir que Cortázar estaba sentado a mi lado en el cafetín.

¿Cual es la razón para que los mundos completamente imaginarios, galaxias lejanas, mundos subterráneos hayan desplazado por completo a los Mares del Sur, al Caribe, al golfo de Bengala, en nuestro catálogo de escenarios sobre los que situar las historias?. Pues supongo que por la trivialización, por la accesibilidad, la globalización… Un chaval actual de 15 es fácil que conozca el Caribe de esta manera: “Ah, si… mis padres fueron allí de viaje de novios”. Toda la posible épica del lugar se te acaba de ir a la mierda por culpa de Viajes Marsans y las facilidades de pago. Se acabó Tahití, se acabó Cachemira, se acabó el Estrecho de Magallanes: cada verano un ejército de funcionarias solteronas van para allá, vestidas, comme il faut, de Coronel Tapioca.

IV

¿Y cual es ése Síndrome de Borneo del que hablé al principio y del que me confieso enfermo? Pues una grandísima añoranza del mundo tal como fue, cuando casi todo era lejano e inalcanzable. Yo sé que, en gran parte, sigue siendo un territorio propicio a la aventura. Pero la percepción común ya es otra. No sólo todo está más cerca: está además asquerosamente homogeneizado. Todo es asquerosamente cómodo y, encima, huele asquerosamente bien para no molestar al turista.

Alguien dijo que la diferencia entre el viajero y el turista es que el primero nunca lleva cerrada una fecha de vuelta. Yo aún añadiría otra: el viajero no se hace un seguro de vida ni pide indemnización a la agencia si un tifón se lleva su equipaje. Simplemente da gracias por haber tenido la ocasión de ver uno en directo.

Mi síndrome de Borneo es que el que me hace añorar las vidas que no viví explorando el Karakorum, navegando por el Índico, en barcos que huelen a brea y madera. Es la pena por los pasos que no di por el sendero de Shangri-La, o cruzando a caballo Sierra Madre. Es no haber sido compañero de Marco Polo, de Humboldt, de Cook… He visto mundo, no me quejo. Pero a muchos lugares me habría gustado viajar cien años antes.

Y es, como escritor, la pena de que este mundo me lo hayan estropeado como escenario entre los que no lo conocen “porque eso en la escuela no lo dí” y los que sólo saben de él por los folletos de las agencias de viajes.

Lo que no deja de ser un reto: intentar ser capaz de crear historias construidas sobre ese viejo mundo, historias que emocionen, que provoquen al lector/espectador el deseo de ir allá, con billete de sólo ida, escasos de equipaje y con los ojos bien abiertos. Ser capaz de sentirme un poco menos solo en mi fascinación por el mundo que tuvimos y las historias que en él sucedieron. Porque empiezo a estar un poco cansado de que ahora todo suceda o en Marte o en el Bronx. Y porque adoro a Tintín. De regalo, esta canción póstuma del gran Henri Salvador:

18 pensamientos en “EL SÍNDROME DE BORNEO

  1. ¿Viendo películas los sábados en los 60 y 70? Chico… aceptaló, no eres de este mundo. ¿Leer a Kipling y a Conrad? Menudo imperialista. ¿Salgari? si se enteran los conservacionistas te cierran el blog. Desengáñate tú tiempo, mi tiempo, ya ha pasado. Y fue maravilloso.
    Cada generación tiene derecho a su canon y no es ni mejor ni peor que el nuestro, es sencillamente suyo. Pero que bien lo pasamos buscando oro en Sierra Madre, o luchando con los soldados “búfalo” en las estribaciones de las Rocosas o aprendiendo a subsistir en un ambiente hostil en la Isla Misteriosa. Ya sabes eso de “cualquier tiempo pasado fue…”

  2. Hola Paco:
    Por experiencia como docente puedo decir que el mundo audiovisual en la juventud de ahora también es un camino para llegar al literario. El éxito entre la juventud de sagas como “Harry Potter”, “El Señor de los Anillos” y/o “Crepúsculo” han provocado que este sector de edad empiece a leer, por no decir, devorar, sus originales en papel o en formato virtual.
    Me sentía orgulloso cuando veía a mi alumnado con libros con, más o mentos, tantas páginas como “La Regenta”, encima de sus pupitres.
    Con que a uno sólo de ellos este proceso le haya convertido en lector “adulto” me doy más que por satisfecho.
    Vivimos en el siglo XXI y hay que adaptarse a las nuevas formas y medios. Estoy seguro que quienes padezcan de lo que has denominado “Síndrome de Borneo” se recuperarán si reinician sus sistemas mentales.
    No es conveniente vivir de la nostalgia y pensar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Hay que vivir el día a día. ¡Carpe diem!
    PD. Te sugiero que algún día vayas a visitar como viajante el “Macondo” de Gª Márquez. Puedo asegurar que es una experiencia que cambia tu mente y tu vida.

  3. Para nada de acuerdo con los últimos comentarios. Paco no dice que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y, la verdad, estoy cansado de oír lo de que los chavales ahora están más preparados, tienen otros imputs… Sí, los tienen. Y no necesariamente peores. Pero han perdido reflexión y silencio. Eso lo da la lectura, la palabra y los sueños… La lectura de libros, la palabra de charlar con otros (sin límites intergeneracionales tan rígidos como los de ahora, generados por los efectos finales de la youth culture elevada a la enésima potencia)… Y los sueños que, desgraciadamente, nuestra sociedad no ayuda a que tengan en este “no futuro” social, económico y laboral que les estamos legando.

    He dado más de diez años clase a chavales de 18 a 23 años. Y el paso de esos diez años me mostraba salvo excepciones (que cuando lo son, son gloriosas y maravillosas, todo hay que decirlo: la estirpe de los supervivientes) una caída acojonante en la superficialidad y en la falta de personalidad, de criterio, de bagaje… De palabra, de reflexión y de sueños. Con graves problemas en cosas tan esenciales como análisis de texto o, por ejemplo, búsqueda en google por conceptos para investigación en trabajos en clase… Había que enseñarles porque nadie lo había hecho.

    Tenía alumnos de más de 20 nacionalidades. Y eso no pasaba con los chavales que venían de Italia, de Francia, de Italia, de Alemania… Conceptualmente estaban mucho mejor preparados que los nuestros por lo general. Su capacidad de exposición, de convertir lo abstracto en concreto y viceversa eran infinitamente superiores.

    Y esperad unos años con la desaparición de Humanidades y veremos.
    Pero no es nostálgico este texto. Está hablando de otra cosa. De paraísos perdidos. De expandir fronteras mentales. De que las cosas existen “aunque no las hayan dado en clase”.

    En el mundo del guión suele abundar “lo que se da en clase”. Lo que te dicen que hay que hacer. Lo que entiende la señora de Burgos. Pero Borneo está ahí, esperándonos, como el paraíso azul a Shirley Valentine. No está en el mapa de un cartógrafo: está en el mapa de las emociones. Ésas que se constriñen rebajando tomo al “mínimo” común denominador. Sin sueños y sin aventura.

    De eso habla, para mí, este texto. No de nostalgias, sino de motor para seguir soñando. De la importancia de lo que se cuenta y a quién se cuenta. De fabular.

    Pero bueno, algunos se creen que la Luna está más cerca de Madrid que Granada, porque la Luna se ve y Granada, no.

  4. Estando completamente de acuerdo con el post (y con ese pedacho de interpretación que plantea Javier Olivares), quiero aprovechar la mención hecha en el mismo a Tintín para romper una lanza a favor del poco mencionado tebeo.
    Yo no llegué a los clásicos y la aventura desde la sala de cine únicamente, los tebeos fueron una puerta de entrada a las maravillas del mundo desde muy pequeño. Sin señalar los referentes obvios por su calidad, como Hugo Pratt o el mencionado Tintín, recuerdo leer adaptaciones de las novelas de aventuras y capa y espada que eran una delicia. Aquellas adaptaciones de clásicos que creo recordar editaba Bruguera quizá no fueran la octava maravilla como tebeos, con una paginación normalucha, dibujos “en serie” y muchas veces impresos fatal, pero para muchos fueron la entrada a ese mundo de países lejanos, aventuras, mujeres fatales, fieras, honor y valentía…
    Un abrazo muy fuerte, Paco, gracias por estos posts que nos recuerdan por qué se sigue ficcionando.

  5. ¡Caramba! Parece imposible hacer una alabanza de algun aspecto del pasado sin parecerle a alguien un troglodita. Te aseguro Tito Fraky, que me reciclo, me reinvento y me reinicio constantemente. Y lo de practicar el Carpe Diem… uf, ni te cuento… No vivo de la nostalgia, créeme. Pero si te digo una cosa: la nostalgia no es un lastre, es un don. Como las arrugas y las canas. Y además no basta sólo con cumplir años para ganártela. La nostalgia hay que merecerla!

  6. No voy a entrar en la discusión de los procedimientos que se imparten dentro del sistema de la enseñanza secundaria. Todo depende del ombligo con el que se observa. ¿El problema está en saber enseñar y/o en saber aprender?
    Considero que uno de los mayores inventos del s.XX es la papelera virtual.
    La mayoría del alumnado de secundaria funciona ofimáticamente. Cuando tengo un documento que es vigente lo tengo guardado en la carpeta de “Mis documentos” y si es urgente en el “escritorio”.
    Una vez, la vigencia del documento ha acabado lo envío a la “papelera” y se mantiene allí el período que marque el sistema. Si lo necesitara por algún caso excepcional lo recupero. Si no dejo tranquilamente que desaparezca. Ya se sabe que nuestra memoria consciente es selectiva.
    Sugiero que una forma de prevenir el “Síndrome de Borneo” puede consistir en que los libros virtuales se complementen con ilustraciones imaginativas y/o con juegos de preguntas de cultura general sobre el tema principal de la lectura: “Aprender divirtiéndose y divertirse aprendiendo”. No hay nada nuevo bajo el sol, exceptuando los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos. Y a veces ocurre que: “El progreso avanza que es una barbaridad”.
    PD. ¿Le importaría a alguien explicitar brevemente la etiqueta “youth culture”? Se agradece la colaboración.

  7. El post no iba de crítica a los procedimientos de enseñanza secundaria (profesion a la que no me dedico pero me toca de cerca por razones familiares), que bastante se hace con los medios de que se dispone, sino a una degradación del imaginario colectivo. Este es un blog de guionistas, no de profesores. Así que el ombligo desde el que se mira es el que es, inevitablemente. Y digo degradación no porque me parezca que lo “nuevo” sea inferior a lo “viejo”, sino porque la cultura es, o deberia ser, un sistema acumulativo que incorpore nuevos elementos sin desprenderse de los anteriores. Ya se ha teorizado mucho sobre modernidad y tradición. Mi postura en esto es que se trata de un continuum. Aquello de “somos enanos sobre hombros de gigantes”… todo lo demás es “prepotencia de época”.

  8. Yo también conozco la enseñanza indirectamente. Simplemente seguía la queja que parece hacia el ex-profesor de Universidad Don Javier Olivares sobre las estrategias de aprendizaje con que le llegaba su alumnado.
    Sobre el tema del “Síndrome de Borneo” sólo me queda añadir las palabras del famoso guionista británico William Shakespeare en uno de sus más reconocidos, por la crítica y el público, thriller psicológicos, “El rey Lear”: “Los humanos somos para los dioses como las moscas para los niños traviesos: nos matan para su divertimento”.

  9. Epílogo: O lo que es lo mismo dicho en palabras del inefable Jackie Cogan en “Mátalos suavemente”. “América no es un país, sino un negocio”.

  10. Tampoco es eso Paco. Donde quiero llegar es que cada lector “adulto” tenemos nuestro paraíso perdido particular, llámese “Borneo”, “Macondo”, “Matrix”, “Pandora” o “Tombuctú”….

  11. Creo detectar en el no entendimiento inicial de mis posts lo que entre los guionistas americanos se denomina “Trastorno del ombligo lector”. Un abrazo, Don Paco!

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