LA ESCUELA ESPAÑOLA DE GUION

Por Carlos López

Así ha sido durante más de veinte años, quizá siga siéndolo ahora mismo: preguntas a cualquiera por el nombre de un guionista y sólo saben decirte uno. Siempre el mismo. Inevitable, imprescindible, alabado por todos, de larga carrera y huella indeleble en la historia de nuestro cine. Con un estilo tan característico que ha derivado en adjetivo: azconiano. Empezó a ser guionista como casi todos los guionistas, sin imaginar que a ello dedicaría su vida entera. Notable humorista, incipiente escritor de novela, Rafael Azcona se lanzó a escribir guiones y no paró hasta el último aliento. Participó en películas magistrales, buenas, regulares, malas y espantosas. En esto también nos enseñó a todos, porque quizá no haya quien mejor represente el perfil del guionista profesional, dispuesto a dejarse contratar por cualquier otro para dedicarse a contar lo mejor de sí mismo. No hay duda, claro que no: Rafael Azcona engrandece esta profesión. Y pese a su fama, hasta mediados los noventa no asistía a ninguna ceremonia pública, ni festivales, ni estrenos, ni premios, menos aún si le tenían a él como protagonista. Alguien dijo entonces, echando mano del sarcasmo, que Azcona era una figura imaginaria. Curioso, ¿verdad?: el eterno ausente y, sin embargo, el único nombre conocido por el público.

No pienso aburriros con el relato de mi contacto personal con Azcona. Un relato que casi es un género en sí mismo: lo han dejado escrito tantos y tan insignes nombres que jamás me atrevería a ponerme a su altura. Sí, es verdad, tuve la fortuna de conocerlo, es cierto, incluso mi nombre figura junto al suyo en los créditos de La niña de tus ojos. Pero la verdad es que lo traté bien poco, tres o cuatro comidas, otras tantas reuniones, varias llamadas telefónicas, algún encuentro casual y punto. Sobre el guion de la película apenas cambiamos unas palabras y, a través de los productores, intercambiamos alguna versión del tratamiento. Yo era un aspirante a guionista que acababa de vender el segundo guion de largo que escribía y al que apeaban del proyecto para dejarlo en sus sabias manos. Me despedían y al mismo tiempo me honraban con tan egregio finiquito. La película aún tardaría ocho años en llegar a las pantallas.

Me lo encontré la primera vez que yo acudí a una reunión de ALMA, el sindicato de guionistas, que por entonces era un grupúsculo de citas esporádicas en un piso bajo con aire a catacumba. Éramos siete u ocho en aquella reunión y allí estaba él, como siempre, con su mirada brillante, con la hilera de dientes afilando la sonrisa. Qué mal tiene que estar la profesión, me dije, si el mismísimo Azcona viene aquí a rumiar la protesta junto a los novatos. Le gustaba salir de casa, o eso decía, cumplía a rajatabla el dicho atribuido al recientemente desaparecido Antonio Gamero: “Como fuera de casa, en ninguna parte”. Por eso, pese a la leyenda, no era nada difícil convencerle para compartir mantel o barra de bar. Entonces comprobabas que era evidente su talento para contar con gracia cualquier anécdota. De entonces se me quedaron grabadas algunas frases suyas de certeza lapidaria, de las que no puedo despegarme cuando me siento al teclado ni, por supuesto, cuando doy clase. Mi favorita: “Este negocio se rige por reglas muy estrictas que nadie conoce”. O esta otra: “Es tan obvio que las películas son de los directores que no comprendo por qué algunos se empeñan en repetirlo tanto”. Y una, que también he leído en alguna parte y es la mejor definición de nuestro oficio, la respuesta que le dio Marco Ferreri cuando Azcona le preguntó en qué consistía eso de escribir un guion: “Tú escribe de manera que si alguien lee sólo los diálogos no se entere de nada”. Eso es.

Y me vuelvo a reír cada vez que recuerdo esta historia contada en sus labios: un productor con fama de tacaño le llama para invitarle a comer. Azcona acude a la cita. Es una marisquería pero cuando se dispone a estudiar la carta, el productor se la cierra y encarga un cocido para los dos. Empezamos bien, se dice el guionista para sus adentros. Durante la comida, el productor habla y no para, presume de éxitos que no ha tenido y culpa a los demás de sus propios fracasos. Azcona se refugia en el plato para no verse obligado a replicar, hasta que el productor le escuece tanto silencio y detiene la comida para increparle: “Anda que tú… mucho guion, mucho guion, pero bien que te gusta el cocido. “

Algunas de las películas que escribió pueden verse una y otra vez. Imprescindible la que para mí es la mejor película española de todos los tiempos: El verdugo. Algunos de sus guiones están editados y de su lectura se aprende tanto o más que viendo las películas. Y si alguien quiere escuchar su voz repartiendo consejos como si no lo fueran, esta entrevista

 o este documental

y las entrevistas recogidas en este libro


son tan amenos como interesantes, por supuesto obligatorias para cualquiera que quiera dedicarse a esto de juntar palabras para que la gente se siente a ver unas sombras que pasan. Más o menos, así me definió él mismo esto que otros llaman pomposamente El séptimo arte.

Los eslabones de la cadena

La figura del Azcona guionista es imponente. Cuatro años después de su desaparición, me temo que la sombra que proyecta esa figura se ha difuminado por completo. ¿Dónde está su herencia, quién sigue sus pasos, en qué se notan sus enseñanzas? Azcona prolonga y da nuevas vistas al terreno que exploraron sus compañeros de La Codorniz: Tono, Neville, Mihura… grandísimos escritores que mezclaron los restos del sainete con el teatro del absurdo para inventarse un territorio nuevo, con humor genuinamente español. Y lamentablemente, sin continuidad en nuestro tiempo.

Hoy los guionistas se forman en escuelas, en academias, en un máster o en varios talleres. Suelo decir que por mucho leas, por mucho cine o televisión que veas, por mucha clase a la que asistas… lo fundamental de este oficio lo aprendes tú solo con tu tecladito. Sudando la página en blanco. Cuando te enfrentas a ella en la pantalla, tu cabeza busca modelos a seguir, caminos ya transitados, qué hicieron otros antes que tú en esa misma tesitura. Revivimos las imágenes de las películas que nos gustan y nos creemos bajo la influencia directa de Scorsese, Sorkin o Mamet: les copiamos algunos cromos que, pobres de nosotros, nos convencen de que así nuestro guion se parece a una película. Si esos son nuestros únicos referentes, es como si buscamos billete para las vacaciones de agosto y nos ponemos a mirar hoteles en la Luna: salvo un alarde de imaginación, completamente improductivo.

Urge una revisión mental: ¿quiénes son realmente nuestros maestros?

He tenido la suerte de trabajar con Manolo Matji, con Joaquín Jordá. Del primero he aprendido las tres cuartas partes de lo que sé (o creo saber). Es probable que otros mencionen así, a bote pronto, a Lola Salvador, a Joaquín Oristrell… Todos se abrieron paso en la profesión en momentos quizá no tan desesperados como el actual pero en absoluto fáciles para quien pretendiese vivir de esto. Escucharles el detalle de sus peleas con cada proyecto, leer de primera mano sus guiones o recibir de ellos corrección a los nuestros es, sin duda, un capítulo esencial de nuestro aprendizaje. Y no sólo sucede con los guionistas de una generación anterior. Se aprende de tus compañeros de equipo, en esas largas reuniones frente a la pizarra o descubriendo cómo ha resuelto cada uno el entramado de su capítulo. Se aprende en las comidas en las que intercambiamos penas con ganas de hacer reír. Se aprende hablando de las películas y series que acabamos de ver. Eso es lo que te anima a seguir: que no dejas de aprender.

El intercambio entre generaciones se da, por lógica, en las escuelas y academias, donde la relación entre profesor y alumno tiene que dar fruto por obligación académica. Y sin embargo, no hay una línea que continúe de unos a otros, nadie se siente heredero de nada, muchos ni siquiera están dispuestos a asomarse a lo que hicieron quienes nos precedieron en esta misma industria. Al contrario, lo primero que compramos es la pose de iconoclasta, de ingenuo rebelde que despotrica de la caspa nacional, así, de un plumazo, no quiere ni oír hablar de guionistas o directores españoles. Como si cada generación brotase de la nada.

El tikitaka y el patapúm

El intercambio entre compañeros se da en las mesas de trabajo, en los restaurantes, en un chat, un foro o el buzón de correo. En los últimos diez años, la explosión del trabajo televisivo (el mismo que ahora parece agonizar) ha multiplicado la nómina de guionistas en nuestro pais. Muchos de nosotros hemos compartido trabajo con sucesivos equipos y siempre resulta un alivio comprobar que no es difícil entenderse, compartir criterios, métodos de trabajo, lenguajes comunes. ¿Significa eso que escribimos de la misma manera? En absoluto. ¿Hay estilos diferenciados? Probablemente, tantos como guionistas. Obvio. Vale. Pero es moneda corriente hablar de la calidad de los guiones españoles, así, en conjunto, de los temas repetidos, de los vicios habituales reconocidos por público y profesión.

Preguntémoslo claramente: ¿existe una manera española de escribir guiones? ¿Cómo lo hacemos? ¿Somos más del tikitaka o del patapúm parriba? ¿Proliferan los guiones contemplativos o, por el contrario, los frenéticos y dislocados? ¿En qué destacamos, en qué llamamos la atención? ¿Somos fríos, compadecemos a los personajes, nos gusta recompensarlos al final? Qué suele abundar en nuestros guiones, acotaciones prolijas, diálogos demasiado explicativos, prólogos eternos, mensajes trillados…

No estoy buscando defectos, no, pero, ¿alguien me puede explicar cómo contamos a los personajes, cuáles contamos y cuáles no, qué grado de compromiso con la realidad tienen nuestros escritos, qué lugares solemos elegir para que transcurra la acción, qué conflictos nos interesan más, cuál es la línea de diálogo más recordada? (1) Parece un asunto de pura estadística, pero creo que es algo más. Llamadme caprichoso, pero hoy me gustaría saber cómo es nuestro estilo, si existe una forma de hacer los guiones, en qué somos buenos y en qué patinamos. Contadme cómo es la escuela española de guion.

Habrá quien reduzca este ejercicio a una pedorreta, esos para quien lo más fácil siempre es alegar que todo lo que hacemos es mierda. A otros, seguro, les parecerá una reducción nefasta eso de considerar como grupo lo español: durante años, esa etiqueta de género patrio nos ha perjudicado más que otra cosa, era el mínimo común denominador que apretujaba en la peor estantería del videoclub a películas o series que nada tenían que ver unas con otras.

Yo sigo pensando que nos convendría mirarnos al espejo en pose de grupo. Y ya puestos, mirarnos también en el espejo de las series de los ochenta y noventa, de las películas de los sesenta y setenta, eso para empezar. Quizá así nos sintiéramos parte de algo. Nos llevaríamos alguna sorpresa, descubriríamos que en esto de contar la vida en ochenta páginas otros que lo intentaron antes nos dejaron el testigo a mitad de carrera y nosotros nos empeñamos en volver a la casilla de salida. Una y otra vez, volvamos a empezar, desde cero, el guionista español como eterno pionero.

Son tan pocos los libros que se editan de guionistas españoles que cuesta encontrarle sentido a un corpus nacional, no es sencillo averiguar cómo reflexionan los guionistas españoles sobre la tripa de su profesión, no sabemos si todos cojeamos del mismo pie o caminamos en direcciones contrarias.

Pero no puede ser que lo que único que tengamos en común todos los guionistas de aquí sea… que todos hemos leído a McKee. No-pue-de-ser.

O a lo mejor, como decía aquel, lo que nos hermana es que “mucho guion, mucho guion, pero bien que nos gusta el cocido.

—–

(1) Esto es una invitación: decidme cuál es la línea de diálogo más perdurable del cine español. O la primera que os venga a la cabeza. ¿Os digo la mía? De El verdugo, claro está, el último diálogo de la película: “Eso dije yo la primera vez”.

21 pensamientos en “LA ESCUELA ESPAÑOLA DE GUION

  1. Muy bueno, Carlos. A mí me parece que los defectos más habituales de los guiones de cine español (o por lo menos de los que me llegan a mí que no llegan a rodarse y los de las películas que veo) son que suelen arrancar demasiado tarde (¡ese primer punto de giro en la página 35!), y que suelen estar un tanto sobredialogados. La suma de ambos defectos provoca que el ritmo sea un tanto moroso. Esto último sí que creo que puede ser una cuestión cultural. Se marea la perdiz, se da vueltas alrededor de lo verdaderamente esencial en la escena. Y es algo que me han comentado amigos guionistas de fuera. Pero diálogos concretos… ni uno. Pero esto a mí me pasa con el cine de fuera también. Suelo ser incapaz de recordar los diálogos (salvo los tópicos como el final de Blade Runner y cosas así…). No es ni mucho menos un prejuicio anti cine español.

    • Gracias, David. Lo del exceso de diálogos no sé si es exclusivamente español, pero es constante, sí. Lo malo es que no es sólo una marca de estilo: casi siempre es un defecto, fruto del guionista que desconfía de que se le entienda lo que quiere decir. Eso es algo que veo mucho en los guiones de alumnos: el guionista desconfiado, que llena todo de acotaciones, de indicaciones de interpretación, de diálogos que subrayan, como si eso asegurase que la película o serie va a ser mejor.

  2. Felicidades Carlos, me ha encantado tu reflexión. Estoy con David en lo del exceso de diálogos y también coincido en tu explicación sobre ello. Yo añadiría a los miedos e inseguridades el hecho de que muchos guionistas se han criado en la ficción de TV, donde por presupuesto y medios se tira en exceso de la palabra y se aparcan las narraciones más visuales. El ping-pong dialéctico entre personajes ha viciado mucho…
    Otro punto débil que tenemos los guionistas españoles, en mi opinión, es la falta de oficio para trabajar algunos géneros muy comerciales (policiaco, thriller, suspense, drama polítco, etc.) desde la ideosincracia de nuestra tierra; conseguir hacer buenas películas de estos géneros y que sean autóctonas a la vez. Mirar al panorama y la historia de los últimos 25 años puede ayudar mucho a mejorarlo (“Grupo 7” o “Crematorio” lo demuestran).
    Un abrazo.

    • Suscribo lo que dices, y gracias. La tele vicia mucho, si, hay que tener cuidado. Y respecto a lo de los géneros, creo que es difícil crear arquetipos nacionales que sean creíbles. Empezando por los policiacos. Los franceses lo han hecho. No es sólo guión, es interpretación, vestuario, dirección… Pero nosotros a veces cometemos el pecado de imitar el cliché norteamericano que aquí trasladado queda chusco, en lugar de intentar crear uno propio.

      • “Grupo 7” lo consigue, ¿no? Precisamente permitiendo que se note (y mucho) dónde y cuándo transcurre la historia, que es lo que hacen también los franceses. Pero aquí ha habido (y hay), muchos directores -y yo he trabajado con unos cuantos-, que justo hacen lo contrario, no saben cómo hacer para conseguir que su película, o su serie, parezca que transcurre en un mundo abstracto sin señas de identidad claras. A la mínima que quieres meter un detalle característico, te dicen que no, que eso es costumbrismo. ¡Como si visto así, el cine de género norteamericano no fuera “costumbrista”! Solo que el costumbrismo de allí no se lo parece.

      • Totalmente de acuerdo, David.
        Por poner un ejemplo: lo que le funciona a Guy Ritchie con la especulación urbanística de Londres en “Rockanrola” se puede hacer aquí en la Marbella de Gil y Muñoz con mafiosos rusos y políticos corruptos. El submundo de trapicheo de joyas/drogas y el tema de los gitanos de “trailerpark” que él usa en “Snatch” es parecido a lo que aquí podría ser la entrada de hachis de Marruecos y los conflictos entre mafias, cómo usan a los árabes de muleros y a los gitanos de distribuidores… al final, las viviendas sociales de ·The Wire” son las 3000 viviendas de Sevilla, las barranquillas no es tan distinto de “Hamsterdam”…
        Si tenemos los mimbres, usémoslos. Que no hay taxis amarillos ni rascacielos… pues ya ves tú.

      • Estoy completamente de acuerdo con lo que dice David sobre la alergia la localismo en la mayoría de las películas y series españolas. Es precisamente desde el localismo desde donde puedes hacerte universal. Situar las historias en un sitio reconocible, real, permite identificarse con ellas, les da contexto y ahorra explicaciones, para el público extranjero supone un toque de posible exotismo y curiosidad y, además, puede generar incluso un turismo cinematográfico que se está poniendo de moda (hay una ruta ‘Millenium’ por Estocolmo) y que genera fenómeno fan, lo que es una bendición para cualquier producto.

        Confudir eso con el costumbrismo es de paletos. Narrar costumbres es costumbrismo; situar una historia de narcos y corrupción en el puerto de Valencia y decir que es Valencia (no Misent) es cine serio. E independiente, claro, pero si recibes las subvenciones de la comunidad autónoma correspondiente, a ver quién es guapo que muerde la mano que le da de comer.

    • Los directores siempre ponen reparos a los localismos. Nadie tiene acentos, todo es neutro. Y como decía, en Hollywood nunca es así.
      Esto es un temazo para debatir. Porque estamos hablando de contar la realidad.

  3. Mi diálogo favorito es de Fernando Fernán Gómez en La vida por delante, cuando un promotor de pisos les enseña el suyo y les dice “y esta es la sala de estar”, él responde: “La sala de estar de pie”.
    Genial, Carlos. Aunque yo sigo recomendando a mis alumnos que lean a Robert McKee, para luego durante el año desdecirle, jeje. Y estoy con David en que lo peor de nuestros guiones es que se hemos seguido a pies juntillas la estructura clásica de planteamiento, por presentación, nudo y desenlace. Y nuestros planteamiento son soporíferos. Yo prohibo la palabra presentación en clase. Nada se presenta, está pasando, lo estás mostrando y en el cómo lo estás mostrando se tiene que ver cómo es tu personaje, ¿O es que acaso en Tiburón nos presentan que esa familia vivia en Nueva York con la inseguridad de la delincuencia en las calles y que el Jefe Brody le propuso a su esposa “nena mejor sería que criáramos a nuestros hijos en un lugar tranquilo”? La primera secuencia de Tiburón, tras el arranque, es una joya. Y entre las llamadas joyas del cine español El Verdugo, la prefiero mil y una veces más que Bienvenido Mister Marshall, que se me hace graciosa pero desequilibrada.

    • Jaja, buen diálogo. Presentación es una palabra horrible. Yo prohibo descripción, también. Son refugios para el guionista vago.

    • Como ejemplo de película planteada como un “está pasando” recomiendo “El chico de la bicicleta”, de los hermanos Dardenne: la historia está arrancada desde la primera escena (es como si entrásemos en una habitación y nos preguntásemos qué pasa aquí) y se deja sin acabar. De hecho, el final de este segmento de historia podría ser el arranque de otro.

  4. “No soy yo al que le gusta el cine, sino al cine al que le gusto yo”, Arrebato. Esa línea de diálogo se me quedó grabada.
    Tengo la sensación de que en los últimos años ha proliferado un “cine de escapismo”, voy a escribir una película a ver si les gusta a los gringos y me escapo de este país. Y ahí aparecen muchas copias baratas y chuscas. Hay muy buen cine de género (La noche de los girasoles, la nombro porque otro título que no sea Grupo 7 que tengo pendiente) y muy buen cine de autor pero creo que con muchas individualidades, obviamente las buenas películas son escasas.
    Sigamos escribiendo y sigamos compartiendo nuestro trabajo y experiencias.
    Gracias, Carlos, por el artículo.

  5. Os parecerá una tontería, pero siempre que pienso en el mejor cine español se me viene a la mente la imagen de El Verdugo, de esos dos guardias civiles subidos a una barca con un megáfono diciendo : “Don José Luís Rodríguez. Don José Luís Rodríguez…Se ruega a Don José Luís Rodríguez, si se encuentra entre los presentes, tenga la bondad de bajar al embarcadero…”. Esa es mi frase. Demoledora.

  6. Quizás “introducción” sea una palabra más leve que “presentación” de personajes pero más acertada-. Berlanga y Buñuel son dos modelos aspañoles a los que habría imitar y evolucionar-. Aunque una película aspañola sea hablada y una mexicana casi muda a veces están enfermas de los mismo: de lentitud; parece que eso es lo que le gusta a gran parte del público. No sé qué me gustó más, si el artículo o los comentarios. Saludos.😀

  7. Mi diálogo favorito de siempre, de toda la historia del cine, es españolísimo. Tanto como que pertenece a un largometraje dirigido por Luis Buñuel con guión de Julio Alejandro adaptando una novela de Pérez Galdós. Y por si fuera poco salió de la boca de Fernando Rey. La película es “Tristana” y estas son las frases:

    ” Pobres trabajadores. ¡Cornudos y apaleados! El trabajo es una maldición. ¡Abajo el trabajo que se hace para ganarse la vida! Ese trabajo no dignifica, como dicen, no sirve más que para llenarles la panza a los cerdos que nos explotan. Por el contrario, el trabajo que se hace por gusto, por vocación, ennoblece al hombre. Todo el mundo tendría que poder trabajar así. Mírame a mí: yo no trabajo. Y, ya lo ves, vivo, vivo mal, pero vivo sin trabajar.”

  8. Si esto fuese una página de Facebook habría dado al “Me gusta” cada dos frases.
    Yo me di cuenta de algo viendo “Fuga de cerebros”: ¿Por qué, aunque pretendía ser un “American Pie”, era distinto? Llegué a la conclusión de que seguimos teniendo a Don Quijote en la médula de los huesos. Tratamos a los perdedores con una ternura y un cariño que quizá no se conoce en otros lados.

  9. Gracias por vuestras contribuciones. Deberíamos correr la voz y hacemos con un muestrario de diálogos nuestros. En cuanto el cariño por los perdedores, está en Azcona y sí, claro, el Quijote o el Lazarillo. Es muy nuestro. Reírnos de ellos y darles una puertita de salida. El Quijote merecería un debate aparte, hablando de la novela como la tremenda batidora cultural que es, una película de episodios, parodias, sketches, sarcasmos varios y catálogo de géneros. Y me queda pendiente otro debate, al menos, quizá para otro post: a qué llamamos costumbrismo y si deberíamos ser más localistas.

    No cierto el debate, ¿eh? Bienvenidos futuros comentarios. Sigo dándole vueltas a como son nuestros guiones. Y a esa funesta manía de copiar clichés.

  10. Yo creo que lo que pasa es que nosotros también nos hemos empapado, queriéndolo o no, de ese espíritu de “lo español es una mierda” y que aunque reverenciamos pelis, directores y guionistas de forma individual a la hora de apreciar la colectividad nos marcamos un grouchismo en plan “No quiero formar parte de un club que me admita como miembro”, que es tanto recelar de nuestra industria como de nosotros mismos. O algo así.

  11. Pingback: LOS ESLABONES DE LA CADENA | Bloguionistas

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