RELATOS DE VERANO #4: DE MI MADRE APENAS QUEDAN HUESOS

Por Martín Román.

Ya perdí la cuenta. Creo que a cualquiera en mi situación le sucedería lo mismo. Les veo pasar en mis mismas condiciones pero no tengo el valor de preguntarles. ¿Valor o capacidad? Bajo la cabeza  -no consigo calmar este hambre atroz- y me encuentro con mis pies. En otro tiempo no habría permitido llevar los zapatos tan sucios, ahora no importa.

Un leve y líquido ruido anuncia el excremento de una paloma que ha caído sobre mi hombro. Meses atrás la hubiera mirado con aprensión antes de descubrir a varios paisanos, conocidos o desconocidos, observando mi cara de lelo amagando sus incontenibles risas. Dependiendo de mi estado de humor bien hubiera podido unirme al regocijo general y reírme con ellos de mi infortunio o por el contrario maldecirlo acordándome de su creador y su congénere, el Espíritu Santo. Pero hoy levanto la vista al cielo deseando que la maldita paloma esté al alcance de mi mano.

El cielo está blanco. Finas mantas de nubes superpuestas ocultan el azul que solía predominar en esta ciudad. Una esfera plateada resplandece entre las nubes y me ciega. Caigo en la cuenta del calor abrasador. Debe ser mediodía de agosto. Por el día los olores se agudizan. Vuelvo a mirar la cagada del pájaro sobre mi hombro izquierdo cuando algo choca contra mi hombro derecho. Miro alejarse lentamente a la mujer que se chocó conmigo. Lleva un vestido blanco ajustado estampado con rosas rojas sangre y restos de tierra a los lados de los muslos. Algún día fue apetitosa, hoy está hambrienta como los demás. Ella se mira también el hombro que colisionó contra el mío, pero no repara en mi presencia. Tampoco en la cagada de paloma que tengo en mi otro hombro. A mí ya se me había olvidado pero una leve e inconsistente brisa me ha traído su aroma y reavivado mi recuerdo. No ha sido un golpe doloroso pero me hace cambiar de dirección. Veinte grados más al norte, o al sur, qué se yo. Es mediodía y no voy volver a mirar al sol para intentar orientarme, no sé si serviría de algo saber hacia donde camino pero no lo hago porque me da miedo aplicar ese conocimiento para darme cuenta de que lo tengo completamente olvidado.

Se ha esfumado el olor a guano. Predomina el olor a sudor y… Pero no ese olor agradable en el que me gustaba regodearme olisqueándome el sobaco tras darme una ducha y echar un polvo salvaje. No. Olor a sudor seco acumulado. El sudor nuevo que se superpone a él no huele bien. Perdí la cuenta de la última vez que probé el agua, pero sigo sudando. También he olvidado la última vez que follé, ni siquiera lo echo de menos. No he pensado en ello por la chica del vestido blanco ajustado, ha sido al pensar en el sudor. Pero junto al olor a sudor también convive el olor a carne putrefacta que me recuerda cuál es mi objetivo primordial. ¿Me recuerda? Nunca se olvida, siempre está presente aunque me esfuerce por no pensar en ello tratando de rescatar recuerdos de mi vida anterior. La vida de casi todos… Cuánto hace que no veo a nadie que mantenga su vida pasada. Un hombre o una mujer que piense en hacerle un favor a sus amigos, saltarse un semáforo, pagar la factura de la electricidad, dudar sobre qué vestido ponerse, abrazar a sus hijos, colarse en la cola del supermercado, fumarse un buen porro, votar voluntariamente por un partido político que le engañaría, celebrar los goles de su equipo o manifestarse por defender sus derechos. Y tengo muchas ganas de encontrármelo. Distraído, confiado, indefenso.

¿Existen Dios y el Diablo? ¿A quién debería agradecerle que mis plegarias se vean recompensadas? Debo darme prisa. No soy el único que ha visto al chico, algunos ya van por delante de mí. Aprieto el paso. Pierdo la suela de uno de mis zapatos. Lo sé porque noto como el asfalto rasga las plantas de mis pies. Lo siento pero no me duele. Nada duele ya, sólo el hambre. Un dolor que se agudiza cuando ves a un ser humano que mantiene intacta su condición. O que lucha por mantenerla intacta porque sus prioridades han cambiado: ya no tiene que ahorrar para pagar una casa o endeudarse para comprar un coche que lo convierta en la envidia del vecindario. Ahora sólo quiere escapar, sobrevivir un día más. Para ello tiene que eludir nuestra presencia y asegurarse que aquellos iguales con que se encuentre no vayan a traicionarlo. Demasiadas preocupaciones. Yo tengo claro mi objetivo, si le robo un trozo de comida a uno de los míos no lo hago por maldad ni egoísmo, lo hago por hambre. Nadie lo va a tomar como algo personal.

El chico ha caído al suelo. Se levanta deprisa y entra en un callejón. Por delante de mí sólo han entrado cinco. Creo que tendré suerte y podré comer. Un humano se giraría para ver cuánta gente le va a la zaga. Segundos preciosos que podrían significar la diferencia entre conseguir o perder su presa o entre ser o no apresado. Doblo la esquina del callejón y agradezco a Dios y al Diablo, tanta generosidad no puede sino deberse a un esfuerzo conjunto. Siete humanos al fondo del callejón, hay comida para todos, su aroma me hace aullar de alegría. Levanto la cabeza y me encuentro con más humanos asomados en los balcones. La punzada que siento en el estómago se agudiza. El hambre aumenta exponencialmente. No huyen como suele ser habitual. Si se han cansado o no de escapar poco importa, importa saciar mi apetito. Acuden a nuestro encuentro, a diferencia de nuestra determinación en linea recta hacia ellos, los humanos tienen esa manía de caminar hacia nosotros de un lado a otro, zigzaguean temerosos de su destino. El chico se raspó la rodilla cuando cayó. Puedo saborear su sangre y su carne a pesar de los 10 metros que nos separan. Camina hacia mí con un pico en su mano. Alargo los brazos hacia él, en mi boca noto el sabor metálico de sangre reseca mezclada con mi saliva pastosa. La cara del chico se torna una mueca estúpida pero no me hace perder el apetito. Ha tropezado y vuelve a caer. Estúpido, pero sabroso. Mientras cae, su pico se le resbala de las manos y acaba a una distancia corta de sus manos pero por como se agita al chico esa distancia se le antoja decisiva. Yo caigo también, intencionadamente, sobre él. Abro mi boca, ansioso. El chico me agarra del pelo con su mano derecha y tira de mi cabeza hacia atrás. Yo sólo veo su estómago, mi objetivo es morderlo para saciarme. Reparo en que con su mano izquierda trata de alcanzar el pico, pero no le doy importancia. Hago fuerza con el cuello y noto como un mechón de mi cabeza se queda atrapado en la mano del chico. Qué más da, mi cabeza se estrella contra su estómago. Saboreo la carne y la sangre que arranco de un mordisco. El chico grita. La carne sabe mejor cuando se estremece de terror. Un insulto desesperado y el chico en un último esfuerzo alcanza su pico. Lo alza en el aire al mismo tiempo que trago su carne y vuelvo a morderle. Mi hambre desaparece poco a poco. No porque me sacie, por mucho que comiese en las épocas de bonanza, aquellas en que había más humanos que de los nuestros, nunca me sentí saciado. Tampoco ahora. Mi hambre desaparece al mismo tiempo que noto como la punta del pico atraviesa poco a poco mi cráneo, un hierro frío que hiela más si cabe mi carne sin riego sanguíneo, el hueso se astilla, y como una aguja, el pico se introduce en mi cerebro. Con un último bocado mi hambre desaparece. Y con mi hambre, todo.

*     *     *

Me duele el estómago, mamá. Noto un vacío en él, como un pozo sin fondo. Hambre. No sé si me despiertan los llantos de mi madre o el hambre que siento. Abro los ojos y veo que mi madre me tiene en su regazo, llora desconsolada la muerte de su hijo. Hay cadáveres de zombis a mi alrededor. Entre todos los hemos matado, ¿nunca acabará esta plaga? Mi madre se ha quedado sola. Malditos. Nunca debimos fiarnos de ellos, la han abandonado a su suerte. Cuando empezó la plaga prometí cuidarla, pero muchos años antes ella prometió ser mi sustento; y tengo tanta hambre. No se ha dado cuenta que me he despertado. Como cuando era un bebé, me alimento de su pecho, pero ahora no lo succiono. Lo muerdo y lo arranco. Se desmaya de dolor, lo que facilita mi festín.

De mi madre apenas quedan huesos. Pero sigo teniendo hambre.

3 pensamientos en “RELATOS DE VERANO #4: DE MI MADRE APENAS QUEDAN HUESOS

  1. Gracias por compartir tu relato Martin. Mi humilde opinión es que la palabra hambre es muy directo, si fuese descrito de otra forma tu relato seria tan potente que nos pondría la piel de gallina.
    Un Saludo Cordial.
    Michelle Barrios.

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