Relatos de verano #3: HAMBRE

por Paco López Barrio

1

No parecía aquella una mañana propensa a los prodigios: calor pegajoso, un cielo color de nada, con el horizonte engullido por la calima de julio. Desde su huerto, Tono no alcanzaba siquiera a ver el campanario del pueblo aunque le quedaba lo suficientemente cerca para escuchar los cuartos y las horas. Acababan de tocar las diez y aún le quedaba por delante una larga mañana de trabajo antes de volver a comer a casa. Llevaba ya tres horas trajinando sin descanso, porque el turno de riego es cada quince días y hay que aprovecharlo bien. Por suerte sus campos estaban muy cerca unos de otros, tan sólo tenía que saltar sobre la pequeña acequia para ir de uno a otro, abriendo y cerrando la compuerta del partidor de aguas y ayudando un poco con la azada. Ya había regado las judías y los pimientos y aún le quedaban melones y tomateras. En otros tiempos habría hecho su tarea sin darse cuenta, canturreando, pero los cincuenta y pico años empezaban a pesarle en las piernas y los pulmones. Así que decidió tomarse un descanso.

A la orilla de la carretera crecía una inmensa higuera, ya estaba allí cuando Tono acompañaba a su padre a estos mismo campos que ahora eran suyos. Su sombra, así se lo enseñó su padre, era el lugar ideal para sentarse a almorzar a media mañana. En esta época, además, podía servirse de postre un par de aquellos higos que no pertenecían a nadie, sino al camino. Luego un cigarrito y a trabajar. Un plan sencillo, pero perfecto.

Tono no le pedía mucho más a la vida. Tenía una buena casa, algunas tierras y una furgoneta más que suficiente para hacer unos poquísimos quilómetros diarios llevando las azadas, la mochila de fumigar, algunos cajones para sus hortalizas… Nunca sintió curiosidad por las tierras y las gentes de otros climas, otras lenguas u otras razas. Sólo se alejó del pueblo para ir a la mili. Todo lo que necesitaba lo tenía cerca: los amigos, la familia… podía visitarlos a todos dando un paseo.

Cuando abrió la fiambrera que le había preparado Teresa, su mujer, sonrió complacido: unos buenos trozos de pollo y conejo nadaban en un prometedor pisto de tomate y pimiento. Apenas tuvo tiempo de probarlos: una mujer de mediana edad y un crío, con pinta de vagabundos, le miraban desde el otro lado del camino. A Tono le encantaba comer en compañía, siempre que cada uno tuviese su plato… Tono era una celebridad en su pueblo por su buen apetito y su buena mano para preparar paellas, allipebres, toda clase de calderetas y asados… y comérselos junto con sus amigos de toda la vida. Gracias a esta habilidad (además de por ser un hombre bueno y sociable) ocupaba desde hacía décadas un puesto en la junta directiva de los Clavarios del Cristo de la Huerta, los festeros de su pueblo. Los líos de la gestión se los dejaba al secretario y tesorero. Y las reuniones con el alcalde al presidente. Pero cuando había que organizar cualquier clase de sarao era el primero en ponerse el delantal y ocuparse de todos los detalles del evento. Y eso significaba todo: desde comprar los ingredientes en la cantidad suficiente, organizar mesas y sillas, comprar la leña y, lo más importante, decidir el punto de fuego y sal de cada plato. La felicidad, para él, era que, a la hora del café, amigos y vecinos le dijesen: “¡Joder, Tono, cada año te superas!”

Pero sentir que alguien le miraba comer sin comer, como estaba haciendo aquella pareja, se le hacía muy violento. Tono les invitó a acercarse. Parecían extranjeros y, como suponía, andaban hambrientos. Le daban pena, sobretodo, por el crío que no aparentaba más de diez años y miraba la fiambrera con unos ojitos que partían el alma. Así que no necesitó pensárselo dos veces para invitarles a compartir su almuerzo. En realidad, más que compartirlo, lo regaló entero. Ya se desquitaría al volver a casa en un par de horas. De momento aquella pobre gente lo necesitaba mucho más que él. No se hicieron de rogar y, tras comerse toda la carne, aún mojaron una barra de pan en la salsa. A Tono no le supo mal quedarse sin aquel almuerzo que tenía tan buena pinta. Vete tu a saber desde cuando aquella gente no hacía una buena comida.

Al despedirse para seguir su camino, los dos desconocidos le dieron las gracias. Y el chaval, muy educado, le deseó que el Señor le concediese aquello que más desease. Tono le quitó importancia a su gesto: “Yo no quiero nada para mí. Tengo todo lo que necesito, que no es mucho, pero me basta para ser feliz y estar en paz con todos”. Pero, un segundo después, reconsideró: “Bueno, si tuviera que pedirle algo a Dios, le pediría sólo esto: No pasar nunca hambre”.

2

 Al principio el asunto pasó desapercibido, fuera de la intimidad de su casa. A Teresa le alarmó que su marido dejase de comer de repente. No parecía él. Y aunque hacía algunos esfuerzos, más que nada por complacerla a ella y por las horas que había pasado en la cocina, Tono apenas daba un par de bocados antes de apartar el plato. “Lo siento, es que no me entra nada”. Teresa era también muy buena cocinera (ella era dentro de la casa lo que Tono era en el pueblo) y cuidaba los detalles. Jamás nadie le había rechazado un plato y mucho menos su marido, el tipo de hombre agradecido para el que todas las mujeres querrían cocinar.

Teresa ya se imaginaba viuda a la vuelta de poco tiempo si aquello seguía así. Don Tomás, el médico, la tranquilizó. Según todos los análisis, que ordenó repetir para estar bien seguro, el organismo de Tono no estaba sufriendo ningún tipo de deterioro. No se lo explicaba, cualquier otro tendría a estas alturas una anemia fulminante. Pero Tono tenía las mismas constantes vitales que antes y no había perdido nada de peso. Don Tomás consultó el caso con algunos colegas de prestigio en la capital, pero ninguno tenía constancia de semejante síndrome. Pero todos estaban de acuerdo en que Tono mantenía una salud excelente y no había que preocuparse. Quizá algún cambio en su metabolismo, vete a saber, pero el cuerpo es que tiene estas cosas raras…

Teresa se tranquilizó un poco, pero a Tono le preocupaba otra cosa: en apenas un par de semanas eran las Fiestas Mayores del pueblo. A estas alturas del año ya lo tenía todo organizadísimo y vivía las jornadas previas con una gran ilusión. Pero esta vez pasó los días que faltaban con la sensación de tener encima una pesada obligación. Los otros festeros notaban algo raro. Quizá Tono había caído en una depresión, aunque, de todos los habitantes del pueblo, parecía el menos propenso a deprimirse. Tan perdidos como los médicos sólo dijeron: “Véte a saber, la mente tiene estas cosas raras…”

Y, como todos se temían, aquel año las fiestas fueron un fracaso, al menos en el tema comilonas. Ojo, Tono cumplió. Era un hombre de palabra e hizo lo que tenía que hacer. Pero lo hizo sin ninguna chispa, sin alegría, como el que tiene que cavar una zanja un mediodía de agosto y la cava. Tono cocinó para todos en medio de la plaza, pero deseando estar en su casa. Puso su oficio y sus conocimientos, intentó concentrarse al máximo, pero el corazón no le acompañaba. Tenía muy buenas materias primas, elegidas por él como siempre, y un fuego de leña de naranjo impecable. Pero no tenía ninguna ilusión por lo que estaba haciendo.

Tuvo felicitaciones, claro… pero él mismo se daba cuenta de que era pura cortesía. Los halagos no tenían la sincera calidez de los años anteriores. Ni siquiera la sobremesa fue larga. En lugar de quedarse sentados toda la tarde, tomando café, jugando al truc, contando chistes… los parroquianos se fueron retirando a una hora bastante temprana, con el pretexto de tener obligaciones que a Tono le aparecieron un tanto inusuales en un día de fiesta. Tono no era tonto y sabia que nadie había quedado contento con su trabajo

Tras las fiestas, los clavarios aún celebraron dos o tres comidas más, con la excusa de reunirse a cerrar el ejercicio. Tono acudió sin ganas, pero como miembro de la junta se sentía obligado. Pero ya no habían las carreras de antes para sentarse a su lado. Al poco tiempo ya no se sentaba entre el presidente y el secretario y, al llegar el invierno andaba ya en un extremo de la mesa, con los recién llegados.

Pero Tono, para sus adentros, entendía muy bien aquella frialdad. No porque al cocinar sin ganas cocinase peor: aunque ya no tenía aquella magia que lo hacía único, seguía siendo mejor cocinero que muchos profesionales. Más que suficiente para complacer el paladar de sus vecinos. No, no era por eso. Era por otro problema que él conocía muy bien: A nadie le gusta comer teniendo sentado al lado a alguien que sólo mira y no come. Es muy incómodo. Pero además parece que una anécdota o un chiste contados en esas condiciones tiene mucha menos gracia. No necesitaba ser sociólogo para darse cuenta de que su popularidad se venía a pique. Conservaba a sus amigos, eran buena gente y podía pedir su ayuda para cualquier cosa. Pero notaba que ya no le buscaban como antes. Había dejado de ser, y nunca mejor dicho, la sal de todos los platos. Desde que no comía se convirtió en un tipo triste. Y nadie quiere a un triste a su lado en la mesa.

A primeros de año Tono presentó la dimisión. Le fue aceptada.

3

 Al párroco le pareció prodigioso lo que Tono le contó en el confesionario cuando acudió a la Iglesia a pedirle ayuda. En su opinión aquellos dos extranjeros podrían ser ángeles. Incluso quien sabe si aquel niño no era el mismísimo Niño Jesús y la Virgen. “El Señor ha hecho un milagro y te ha elegido a tí, deberías alegrarte”, le dijo. “Pues habrá sido un milagro, Don Anselmo, pero, con perdón, me ha jodido la vida”. Al párroco le pareció aquello un pecado muy grave: “O sea, que Dios, o unos enviados suyos, bajan a la Tierra y, entre miles de millones de personas te eligen a tí, te ponen a prueba y la superas con nota… y tú desprecias su regalo”. “Es que yo no quería nada para mí, Padre. Dije lo de no pasar hambre… pero quería decir que no viniese la miseria y quedarme sin nada que comer. Para nada me refería a lo de perder el apetito. No era eso lo que yo quería”.

El párroco le explicó que Dios sabe mejor que nadie lo que nos conviene y lo que no. Mejor que nosotros mismos. Y que, sintiéndolo mucho, no había vuelta atrás. “Y eso que has blasfemado gravemente despreciando Su don”. Pero un milagro es una cosa muy seria y no tiene vuelta de hoja: “El Señor no se equivoca. Y si es que tú te explicaste mal… ¿crees que anularía su decisión por tí? Pues no se iba a burlar poco Lucifer…”.

4

 Al final del invierno Tono estaba en el campo, labrando para la próxima siembra, cuando la furgoneta de Mateo, el representante de agroquímicos de la zona, paró al lado de su campo. Mateo invitó a Tono a descansar un rato para echar un cigarro y charlar. Tono no era cliente suyo, no era nada partidario de echarle química a los cultivos. Sólo abonos naturales y así se lo recordó a Mateo. “Tranquilo, hombre, que no vengo a venderle nada. Si acaso a comprar.”

Mientras charlaban al pie de la vieja higuera, Tono ató cabos. Siempre le había parecido natural que Mateo y su furgoneta oliesen a azufre. Todo el día trajinando con sulfatos de esto o aquello, pensaba… ahora ya sabía por qué. Cuando Mateo entró por fin en materia, Tono le previno: “Mire, a mi ya me da igual todo: enfermar, arruinarme, hasta morirme… pero no quiero ir al Infierno. Cómprele el alma a otro”.

Mateo se rió de las reticencias de Tono: “Usted ha leído muchas noveluchas baratas y se las ha creído. ¿Para qué queremos nosotros ir comprando almas, si tenemos gratis más de las que podemos atender?. No, hombre, yo lo que quiero es proponerle una solución para la desgracia que le ha caído encima.”

Mateo aprovechó para quitarle de la cabeza a Tono algunos tópicos: No hay cielo ni infierno, es una leyenda que a ellos y a nosotros mismos nos conviene mantener, pero todos vamos al final a un mismo sitio, que ni es tan bueno ni tan malo. Lo mismo que la batalla entre el Bien y el Mal: “Ángeles y demonios, en el fondo somos colegas”. Le explicó que ellos son simplemente “ángeles caídos” pero ángeles al fin y al cabo. “El problema es que Dios, a veces, se toma las cosas demasiado al pie de la letra. Mire lo que le ha pasado a usted sin ir más lejos. Nosotros somos más de la teoría de que nada es ni blanco ni negro. Y que hay que ser flexibles. Y si metemos la pata intentar solucionarlo en lugar de cerrarnos en banda. Al final, nos expulsaron del Paraíso (que tampoco era un chollo créame). Pero eso son malos rollos de los jefes, los ángeles buenos y los malos nos llevamos bien. Sobretodo los que tenemos que trabajar en zonas rurales. Bastante encabronado está ya el mundo para meternos nosotros también en guerras”.

Le explicó también que los desconocidos a los que ayudó no eran la Virgen y el Niño: “Estos no se mojan en un pueblo de 5.000 habitantes. Bastante faena tienen ya con el G-20 y el FMI. Ni mi jefe tampoco. Para eso ya estamos los currantes. Éstos eran dos novatos que acaban de ser destinados a esta zona. Son buena gente, pero aún les queda mucho que aprender. Qué le voy a contar que usted no sepa…”

Tono se tranquilizó, sintiendo su alma a salvo. Y quizá Mateo, o sea este demonio-delegado de zona, podría darle la vuelta a la situación y devolverle las ganas de comer. “No, eso si que no puedo hacerlo de ninguna manera. Mejor dicho: sí tengo los poderes. Pero hace ya milenios que decidimos no meternos los unos en el terreno de los otros. Porque como se líe de verdad una guerra entre el Bien y el Mal… ¡cágate, lorito! Es una cuestión de diplomacia”

“Lo que sí puedo hacer es ofrecerle alguna otra cosa que le compense de la pérdida del apetito, algo que le pueda devolver la ilusión. ¿Quiere más tierras? ¿Ser Alcalde? ¿Tirarse a todas las mujeres del pueblo?. Usted elija, que seguro que encontramos algo que le convenga… y alegre esa cara, por favor, que de esta reunión salimos con una solución, seguro”.

Pero Tono no necesitaba más riquezas, ni el poder… ¿lo de las mujeres? Con 20 años quizá le habría tentado, pero ya iba para mayor y estaba muy a gusto con su Teresa…. Tono estaba muy indeciso, no se le ocurría nada que pedir. El diablo, que tenía la boca seca de tanto hablar, fue un momento a la furgoneta a por la bota de vino que solía llevar siempre que iba al campo: invitar a un trago a los labradores le ayudaba a cerrar tratos. No sólo tratos sobrenaturales sino también ventas de guanos y nitratos, porque como demonio rural de tercera categoría apenas cobraba una dieta simbólica. El viaje a por la bota, además, servía para dejar a Tono tranquilo para que se lo pensase bien… argucias de vendedor de agroquímicos, pero útiles también en los tratos entre almas.

Tono seguía sin decidirse cuando Mateo se sentó de nuevo a su lado. “No hay prisa”, le dijo tendiéndole la bota para que echase un trago. Tono la rechazó: “A mi siempre me gustó echar unos buenos tragos de tintorro. Pero desde que no como me sientan fatal. En ayunas que estoy hace meses, me cojo unas cogorzas sólo con olerlo…”

Al diablo, hombre ducho en las negociaciones, se le encendió una lucecita: “ A ver, me parece que ya lo tenemos. Los ángeles le concedieron no tener más hambre. Y eso no tiene más vuelta de hoja. Pero de la bebida no dijeron nada. Es más, me parece muy injusto que por culpa de estos chapuzas que le quitaron las ganas de comer no pueda ni beber con los amigos”

Tono aceptó el trato que le propuso el diablo Mateo: no recuperaría el apetito. Pero a cambio podría beber cuanto quisiera sin emborracharse. Ni mucho menos tener resaca al día siguiente. A Tono le pareció que la vida le daba una segunda oportunidad.

 5

 Durante los meses siguientes cambiaron otras cosas en el pueblo: hubo elecciones municipales y ahora había alcaldesa. Una de sus primeras medidas fue darle un serio toque de advertencia a la Junta de los Clavarios: tenían que abrirse a la participación de las mujeres, si o si. Y aunque a algunos no les hizo gracia esta presión del Ayuntamiento tragaron por miedo a perder las subvenciones.

Pero todas esas reticencias se esfumaron cuando entró en escena la mujer de Tono. Teresa se hizo cargo de la organización de las comilonas. Y descubrieron en ella a una cocinera tan, tan buena, si no mejor que Tono. Los vecinos volvían a felicitarle, pero por su mujer: “Qué callado tenías que en tu casa estaba la mejor cocinera del pueblo”. Tono, ahora con Teresa al lado, volvió a ocupar un sitio destacado en la mesa, con el presidente y el secretario.

Pero también se lo había ganado por méritos propios: Tono se encargó desde entonces de la bebida. Y lo hacía con tanta ilusión y ganas como antes se ocupó de la comida. Aunque seguía sin probar bocado, sí se tomaba unos vinos con sus amigos y reía y volvía a contar chistes. Ahora recorría las bodegas de la comarca buscando los mejores vinos para ofrecer a sus amigos.

Y no sólo eso: se compró una coctelera y estudió. Y así, en aquel pueblo donde antes sólo corría el vino peleón y la cazalla, aprendieron, de la mano de Tono, a apreciar un buen Manhattan o un Daiquiri. Los jóvenes, que nunca le hicieron antes demasiado caso, le adoraban y le solían invitar a los botellones que celebraban en una era cercana.

Y cuentan que ahora Tono anda investigando para fabricar sus propios licores a base de tomate, pimiento, calabaza… cultivados de manera ecológica en sus propios campos. Él está muy ilusionado con este proyecto y sus vecinos también.

Estamos muy seguros de que lo conseguirá, con la ayuda de Dios o del Diablo.

5 pensamientos en “Relatos de verano #3: HAMBRE

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  2. Una narración que te lleva, como el agua de la acequia de Tono, de un tirón hasta el final. Hacia años que solo leia teatro, poesia y articulos. Confieso que como fotógrafo queria componer yo la escena e ir al grano. Esta pequeña escena me ha devuelto el placer de leer una historia. Y me ha recordado no sé porqué….Los Jueves, Milagro, de Berlanga. Enhorabuana, Paco.

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