LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE LÓPEZ

De mayores nos gustaría ser Carlos López. No sólo por sus tres nominaciones a los Goya al mejor guión. O por el privilegio de haber podido trabajar al lado del maestro Azcona… sino sobre todo por no haber perdido ni el sentido del humor ni la humildad del principiante. Un honor tenerte hoy de firma invitada, Carlos.

por Carlos López

No lo digo yo, lo dice el Instituto Nacional de Estadística: el año pasado, nada menos que 879.145 españoles teníamos LÓPEZ como primer apellido.

Los López somos legión. No nos hermana una conciencia de clase, no sentimos la patria López ni sabemos los colores de nuestra bandera. Eso sí, desde tiempos inmemoriales nos hemos debido reproducir como conejos, como si esa fuera nuestra sola misión en el mundo, así que hoy somos tantos y tantos (y tantos) que si votáramos todos en piña sumaríamos casi las mismas papeletas que Convergencia i Unió. Bastarían nuestras firmas para que una propuesta fuera aceptada como iniciativa popular. Más les valdría a los políticos pensar en nosotros, al menos en campaña, prometernos algo, no sé, un carné con descuentos, una desgravación especial, la desgravación López, o la aplicación de una Ley de Igualdad que exigiese que uno de cada diez ministros fuera un López. Un gesto representativo.

Y en cualquier caso, ojo, no conviene tenernos como enemigos: hoy llenaríamos nueve veces el Camp Nou, treinta y siete veces la plaza de toros de Las Ventas o, mira tú por dónde, la ciudad de Valencia al completo. ¿Os imagináis una ciudad López? Allá donde fueras todos seríamos López, el taxista, el policía que te multa o te aporrea, la alcaldesa en el balcón… endogamia absoluta, imposible diferenciar primos de cuñados, amigos de vecinos, adiós a la diversidad. Todos somos López.

¿Ficción? No tanto. La realidad del día a día no es muy diferente. Estamos acostumbrados a encontrar tocayos en cualquier parte. Cada vez que me preguntan nombre y apellido en el super, en el oculista, en la cola del paro… aparecen no menos de veinte que se llaman igual que yo. En mi mesa electoral hay otro yo, en mi clase del colegio había otro yo, en los telediarios siempre aparece algún otro yo. Es imposible abrir una cuenta de correo sin añadirle numeritos al apellido.

A veces la cosa no tiene ninguna gracia. Hace años me ingresaron en un hospital por una dolencia leve. Era en la otra punta de España y mis familiares, enterados del asunto, telefonearon al médico para interesarse por mi estado. Mala suerte: de los tres enfermos que compartíamos habitación, dos nos llamábamos igual. Pero el otro Carlos López estaba mucho más grave que yo; de hecho, sufría una dolencia terminal por la que falleció semanas después. El médico nos confundió y, cuando mi familia llamó preguntando, respondió lo que él creía la verdad: que me quedaba menos de un mes de vida. Glups.

Ya ves: la tragedia puede llevar escrito tu nombre y apellido.

Eso es algo que le puede pasar a cualquiera. De hecho, os puede pasar a la mayoría de vosotros, que os llamaréis Fernández, Sánchez, Gómez o González. Sabéis, pues, de qué os estoy hablando. De ser uno más. Simple y llanamente, uno del montón. Pero cuando uno se gana la vida en un trabajo en el que te llaman porque se acuerdan de tu nombre, cuando tus lentejas dependen de que sepan exactamente quién eres y qué has hecho antes, entonces sí te sientes en desventaja.

Porque tienes miedo a que no se acuerden de ti.

Es fácil imaginar el momento, aunque quizá nunca se dé de esta manera: en torno a la mesa de las decisiones alguien pide nombres para guionista del proyecto y enseguida se ponen sobre la mesa los más conocidos, claro, los que suenan. El guionista es un pesimista congénito, así que si te imaginas esa escena estás convencido de que sólo se acordarán de Guerricaechevarría, de Vigalondo, de Gaztambide… joder, ¿por qué no seré de Bilbao? Y si alguien menciona tu nombre, seguro que al llamarte te confunden con otro, seguro que le ofrecen tu trabajo a alguien cuyo mérito es llamarse como tú. Que estas cosas nos han pasado a todos: ir a un festival y que en la acreditación ponga “Carlos Gómez”, que en el currículum de alguna publicación mezclen tu historial con el de otros dos homónimos, que te lleguen correos que iban destinados a otro.

Hace unos meses, un conocido productor me envió un SMS. Lo abrí pensando que era mi día de suerte y no entendí nada: me agradecía un favor que yo no había hecho pero que, según él, me había costado mucho conseguir. No suelo llevarle la contraria a un productor antes de que me firme el contrato, así que respondí con cautela, siguiendo el rollo, hasta que se deshizo el malentendido: “Perdona, no era para ti, era otro Carlos López”. Tuve una sensación extraña. Celos de mí mismo.

Confundido en la masa, uno más de una larga lista de nombre repetidos. Así es mucho más difícil abrirse camino, destacar, entrar a formar parte de los elegidos. Antes de cumplir los veinte estuve a punto de elegir un seudónimo. No me decidí por ninguno y, cuando me quise dar cuenta, ya era demasiado tarde. ¿Me habría ido mejor si firmara con otro nombre? Quién sabe. En las tardes de lluvia, tiendo a pensar que sí.

A algunos López no les ha salido mal: Jennifer la cantante, Sergi el actor, Feliciano el tenista, Antonio el pintor… O un latino que durante algún tiempo presentó un late show en Estados Unidos, en la misma cadena de The Big Bang Theory o The Office. Un programa con un nombre que aquí suena a coña y que allí, a juzgar por reclamos como este, tampoco le anda muy lejos. Así se anunciaba el López Tonight. Lo que tenemos que hacer los López para llamar la atención…

Un dato más, el último. En el imdb, la base de datos de cine consultada por toda la profesión y muchísimos aficionados, aparecen nada más y nada menos que sesenta y dos Carlos López, de los cuales ONCE son guionistas. Hasta un personaje de Urgencias se llamó como yo. Y por alguna razón que se me escapa, en imdb aparezco como Carlos López (V), un ordinal que me trae resonancias imperiales pero ya podían haberme consultado. Tampoco me consultaron cuando alguien okupó mi ficha con su foto. Me costó lo mío conseguir que quitasen la cara de aquel rapero descerebrado –eso es lo que parecía– que durante meses encabezó mi currículum público. ¿Quién iba a contratar a ese tipo?

Quizá debería proponer a esos once tocayos guionistas que formásemos un equipo. Quizá tendría que hacer caso a Paco López Barrio, que además de abrirme gentilmente hueco en este estupendo blog me propuso hace unos días que los López de la escritura audiovisual nos asociáramos, inventáramos otro blog, formáramos grupo. El lobby López, dije yo.

Quizá lo hagamos. O quizá no. Porque los López estamos acostumbrados a vivir en manada y después de tanto quejarme os confesaré que también le encuentro el punto a pasar desapercibido, ser parte de la medianía, la chusma, la normalidad. Porque ser nadie me recuerda que escribo para todos, que en el público tengo que gustar a muchos López. Que hay muchos como yo. Que el sitio que ocupo hoy mañana será de otro. Y hasta puede que se llame igual.

Cuando empiezas en este negocio, cuando eres aún menos que nadie, la vulgaridad del apellido puede parecer un handicap: ¿cómo va a ser capaz de escribir un éxito ese que se llama como cualquiera, cómo pretende ser artista alguien sin pedigrí?

Cuando yo empecé, además, ser López, así, sin más, era algo mucho más raro que ahora. Guionistas profesionales había pocos y los directores que iba conociendo respondían básicamente al mismo perfil: la oveja negra de una familia de posibles, a quienes la vocación cinéfila había apartado de su destino al frente de una gran empresa o administrando la golosa renta heredada. Muchos eran –son– gente de talento, eso es indudable, de ellos he aprendido gran parte de lo que creo saber. Pero ninguno necesitaba vivir de lo que escribía. Algunos eran diletantes puros que perseguían el proyecto de película sin urgencia ninguna, a capricho, con la única esperanza razonable de no perder demasiado dinero. Con estos resultaba difícil mantener un punto profesional, encontrar una rutina de trabajo, un resultado a plazo, un salario. Otros, en cambio, empujaban el guión quitándose el sueño y el hambre, de manera que en pocos meses obligaban a que la cosa floreciese o se estampara, y si era esto último no se concedían tregua y enseguida inventaban otra historia de la que tirar. Su entusiasmo se contagiaba pero, en el fondo, algo te mantenía lejos de ellos: ellos podían permitirse fracasos; tú pretendías comer de esto.

Esta holgada posición económica forzaba en ellos un vínculo amateur con el cine. Actitud que daba sus frutos artísticos, pero que casi siempre los mantenía a distancia de una realidad que no conocían. Por muy desclasados que se sintieran, les costaba imaginar personajes que no vivieran en casonas, en áticos decorados con buen gusto, que no tuvieran un cochazo o no discutieran de literatura mientras se pasaban el canuto. Y rodar fuera del centro de Madrid les parecía ir de safari. Un director entusiasmado con una sinopsis en la que el protagonista viajaba mucho en metro llegó a preguntarnos a los guionistas: ¿y eso del metro… vosotros lo controláis?

Escribes de lo que conoces y hasta lo que te imaginas surge de tus lecturas o de tu experiencia. Y si tienes apellidos compuestos, ese es el mundo que estás condenado a contar. Lo quieras o no, eso va a marcar tu punto de vista sobre los personajes, sobre los conflictos que trates de plantear, sobre la vida que debiera empapar tus folios.

Hoy todo esto ha cambiado. Para mal y para bien. Probablemente, nos machacan más que antes por un sueldo inferior. Sigue siendo habitual trabajar sin contrato. El guionista es el primero al que llaman y el primero del que se olvidan. Pero esto hoy se parece a una profesión y en buena parte se debe a que un batallón de López ha inundado las mesas de trabajo. La tropa de combate del guión es mucho más numerosa y, aunque sigue costando entrar a formar parte de ella, ya no es requisito indispensable ser de buena familia. Quizá por eso sean más frecuentes las historias de género, los personajes con manos sucias, de otros barrios, de otras razas, el pulp se comió a la gran novela, hemos invadido el palacio de invierno.

Es la lopezización de la cultura audiovisual.

Estoy convencido de que esto es así. O quizá no. Perdonadme si, acostumbrado a vivir disuelto en el grupo, la firmeza de mis planteamientos dura apenas un segundo. Si alguien pregunta quién sostuvo todo esto que acabáis de leer, decidle que fue un tal López, así, sin precisar más, eso me hermanará con quien os esté escuchando.

(Algunos llevamos escrito el ansia de anonimato en la partida de nacimiento. Os lo diré, por si no lo sabíais: mi segundo apellido es García.)

6 pensamientos en “LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE LÓPEZ

  1. Muy divertido y muy cierto. Apellidándome de primero Fernández y de segundo Rodríguez, ¿qué puedo decir que tú no hayas dicho?
    Buscaré cuantos Fernández guionistas hay en el mundo y les propondré aliarme con los López, qué gran ejército de plumillas armaríamos.

  2. Gracias, Verónica. Todo es fruto de la envidia, seamos claros. Cada vez que leo a alguien con apellidos de cuatro sílabas me reconcomo por dentro.

  3. Yo tengo un primer nombre no muy comun pero el segundo es muy raro por lo anticuado y eventualmente todos a mi alrededor han acabado llamandome por el segundo nombre, tan raro que muchos me hablan en voz alta por el placer de decirlo y el nombre se propaga ¿quien es ese del nombre raro? preguntan quienes lo escuchan gritado a todo pulmon
    Y si, sirve de mucho tener un nombre raro, da algo de distincion cuando no te conocen (al menos para preguntar por segunda vez como se dice) y hace que te recuerden despues de haberte visto en accion, mi apellido es Hernandez pero a nadie le interesa, es el nombre raro el que ocupa todo el espacio, uno de mis amigos ha llegado a decir que mi nombre significa “Hombre de sabias palabras” porque es tan raro que algunos se preguntan si de hecho significa algo
    Mueranse de envidia

  4. Una anécdota: el año pasado me llamó un productor para ofrecerme la coordinación de una serie. Estaba sin trabajo y la notícia fue un alegrón como os podeis imaginar. Al dia siguiente volvió a llamarme desolado. Se había confundido de López. El pobre parecía aún más jodido que yo, que ya es decir. Tuvo su lado bueno: “Ya que nos hemos conocido por casualidad, ven a verme y charlamos.” El hombre se sentía en deuda conmigo por el malentendido. Le visité y estuvimos comentando proyectos. De vez en cuando aún intercambiamos algún email. Tal vez sin esa confusión nunca hubiese tenido la oportunidad de acceder a él. No sólo este oficio es la loteria, sino que a veces te puede tocar la pedrea.

  5. Pingback: La importancia de llamarse López

  6. Aquí una Blanca Andrés Gómez agradecida por haber sacado del anonimato a toda mi estirpe de vulgares apellidos judíos-castellanos. Una lista más larga que mi nariz, si cabe, pero en la que cada uno de sus integrantes está orgulloso de hermanarse con sus paisanos y lograr por fin la Lopezización de la cultura audiovisual. Lucho por ello cada día.

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