DESCRIPCIÓN DE PERSONAJE

Por Rafa Ferrero

Lo que vais a leer a continuación es la descripción de un personaje ficticio. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Nació en un hospital privado de parto natural. Era el tercer hermano, pero el primer hijo varón, de una familia acomodada valenciana. Su madre, desde su más tierna infancia, le enseñó a respetar los valores del cristianismo, mientras que su padre le concedía todos los caprichos que un niño podía desear y el dinero comprar.

Creció con pocas ganas de estudiar y rodeado de niños. Las niñas crecían en otro colegio y hablar con ellas fue un imposible hasta que las hormonas de la adolescencia le empujaron a intentarlo un par de veces.

Nunca se sentiría tan ridículo como aquella vez en la que le pidió salir a una chica dos años mayor que él y ella le dijo que aceptaría si se lo pedía por escrito. Toda una noche se pasó escribiendo aquella carta de amor con todos los colores que una caja grande de rotuladores Carioca podía ofrecerle. Y toda la vida recordaría el modo en que aquella niña y todas sus amigas se rieron de él al día siguiente.

A veces se le pasa por la cabeza que si él es tan tímido, debe ser por aquel momento. Desde entonces, su relación con las mujeres fue fría. Alguna vez le pareció notar que gustaba a alguien, incluso llegó a ir un par de veces al cine con alguna chica, pero jamás se atrevió a dar el paso por miedo al rechazo y al fracaso.

Disfrazó aquello con convicciones inventadas, diciéndose a sí mismo que quería llegar virgen al matrimonio y ser un buen cristiano. Probablemente esto fue una de las cosas que enamoraron a su mujer.

Hija de un empresario valenciano amigo de su padre, había estado allí desde siempre. No se atraían especialmente, pero de tanto oír comentarios más o menos graciosos de sus padres acerca de la buena pareja que hacían, se lo acabaron creyendo.

Empezaron a salir un día que sus respectivas madres les organizaron una especie de cita encubierta en un centro comercial. Oficialmente, su misión era comprar el postre para otra de esas reuniones de amigos que sus padres organizaban de vez en cuando en el chalet de ella. No pasó nada. Pero, con el tiempo, acabaron diciendo que aquello fue su primera cita, porque era lo primero que recordaban haber hecho juntos, comprar una tarta de moca.

La boda fue preciosa. La novia se vistió de blanco mereciéndolo y el novio estrechó la mano de una larga lista de amigos de su padre y de su suegro mientras escuchaba ofertas de empleo. Ahora que acababa de fundar una familia, tal vez había llegado el momento de emprender el vuelo y empezar a aplicar todo lo que había aprendido en aquel despacho de la empresa de su padre en la silla de alguna otra empresa o, por qué no, incluso fundar su propio negocio.

Al cabo de unos meses se decidió y montó una productora audiovisual. Era un negocio fácil, que a penas necesitaba inversión de capital inicial y en el que podría hacer valer todos los contactos que había estado sembrando los últimos años.

Su idea era hacer televisión. El cine no le interesaba demasiado. Las películas que se hacían en España le parecían una mierda cagada por un grupo de rojos seudointelectuales subvencionados con los que prefería no tener que relacionarse. En cambio, la televisión y especialmente la televisión valenciana, era un negocio de empresarios decentes.

Conseguir un programa era algo tan sencillo como invitar a comer a la persona adecuada. Al principio le costaba hacerse entender, jamás se desprendería de su timidez infantil ni lograría vencer la inseguridad de alguien consciente de ser un ignorante, pero con el tiempo se fue dando cuenta de que muchos se le parecían bastante. No había ninguna razón para tener miedo, estaba entre amigos y con ellos se podía hablar de lo que fuese necesario. Si quería producir un programa, solo tenía que pedirlo abiertamente y se le concedía. Después contrataba a tres o cuatro recién licenciados y les apretaba las tuercas para que hiciesen el trabajo de cuatro meses en tres. En eso consistía ser un buen empresario.

Aquella fue una época floreciente. La empresa facturaba cada vez más haciendo lo de siempre y su matrimonio, aunque carente de toda pasión, también iba bien.

Su mujer nunca le echó en cara que su matrimonio fuese una institución consumada solo muy de vez en cuando. Era una mujer educada y sabía interpretar aquello, no como una falta de amor por parte de su marido, sino como un signo de respeto. Además, desde que habían tenido a la niña, se había volcado mucho más en ella y parecía más feliz que nunca.

Sus padres estaban orgullosos de él. Su hijito se había convertido en un empresario respetado de la industria audiovisual y no poca gente se había fijado en él. Tanto era así, que un día le ofrecieron un despacho en Burjassot.

En un primer momento se quedó parado ¿qué sabía él de dirigir una televisión? Pero, como siempre, todo se acabó decidiendo en una comida. El arròs del senyoret y el buen vino, le hicieron ver las cosas de forma distinta. Tampoco tenía que hacer gran cosa. Asistir a reuniones, vestir de traje todos los días y tomar decisiones que, en realidad, aunque fuesen equivocadas, no importarían a nadie. No era como dirigir una empresa de verdad, aquello era una televisión autonómica, el dinero que se gastaba no era de nadie. Solo tendría que seguir jugando al mismo juego pero desde el otro lado. Obedecer cuando se lo pidiesen y aprovechar para llevarse su parte siempre que encontrase el modo.

Casi sin darse cuenta, había vuelto a evolucionar en la vida. La gente le trataba con respeto, escuchaban su opinión, o al menos parecía que escuchaban cuando hablaba, pudo colocar a dos o tres primos y manejaba presupuestos millonarios como el que juega al Superpoly.

La alcurnia de sus amistades cada vez era más elevada. Como no podía ser de otro modo, entabló una relación cercana con el president y la alcaldesa. Y una vez, en una comida de negocios, llegó a conocer a Iñaki Urdangarín. ¿Quién le iba a decir a él que acabaría codeándose con la familia real? Y no solo eso, habló de negocios con él. Se pasaron casi una hora hablando de todos los proyectos que el yerno del rey tenía para Valencia. Toda una serie de eventos internacionales que pondrían a Valencia en el mapa y que les harían ricos a todos.

Eso fue lo que le confirmó que, en realidad, no era más tonto que nadie. Si las cosas le iban tan bien, debía ser porque sabía lo que hacía. Se sentía en la cresta de la ola, era una sensación estupenda. Casi tanto como la que sintió la primera vez que probó la farlopa.

Cuando se la ofrecieron por primera vez en una de sus cenas de negocios, declinó la oferta. No podía caer en eso. Pero poco a poco se fue dando cuenta de que el raro era él. Aquello que le ofrecían no era droga. La droga es lo que se vende en la calle, lo que llega a España empaquetado en forma de dátiles y metido en los culos de gente despreciable. Pero eso no era droga, eso era caviar. Material de primera calidad y de confianza. Probarlo era como probar un buen vino o un güisqui de quince años. Los hombres saben apreciar esas cosas.

Aquello le ayudó a derrumbar alguno de sus tabús. Como el de las chicas de compañía. Al igual que el caviar no era droga, aquellas chicas no eran putas. Comprendió que dejarse seducir por la belleza de una mujer joven que sabe lo que quiere no tiene por qué ser malo siempre que se conserve la mente lo suficientemente fría como para no olvidar nunca que el amor verdadero, el único que cuenta, está en casa, junto a su mujer y su hija.

Tal vez por suerte par él, esta época tampoco duró mucho. De repente, las cosas empezaron a cambiar. La política, aunque seguían contando con el apoyo incondicional de la amplia mayoría popular, pasaba por un momento extraño. Acuerdos comerciales privados, que jamás deberían haber visto la luz, empezaron a publicarse en las portadas de los periódicos como si aquello pudiese interesar a alguien. Sus amigos, los que antes le invitaban a lo que le apeteciese, empezaron a ser más reservados y sus jefes le obligaron a revisar toda la contabilidad. El trabajo empezó a parecerse demasiado a un trabajo y el ambiente dejó de gustarle.

Su padre ya no parecía tan orgulloso de la carrera profesional de su hijo e incluso tuvo que soportar que un periodista llamase a su propia casa.

Un día su mujer le confesó que últimamente no dormía bien por las noches. Estaba preocupada. Lo estuvieron hablando y al final tomaron una decisión. Era lo mejor para él y para sus seres queridos.

Además, papá ya estaba mayor, tal vez había llegado el momento de encargarse de los negocios de la familia.

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