LA PARADOJA DEL RUSO Y LA JUANITA

por Paco López Barrio

Me gusta ver películas y series, me gusta ir al teatro y leer novelas. Pero no me gusta menos escuchar relatos orales, sobretodo si me los cuentan viejos iletrados. Los suelo encontrar cuando viajo. Rara vez me veréis en una gran ruta turística. Me gustan las comarcas apartadas y el viaje lento, sin hacerle ascos a alguna jornada a pie. A poco sociable que uno sea, se presentan muchas oportunidades para fumar un cigarro con algún paisano, en un recodo del camino o en la plaza del pueblo. Permitidme compartir con vosotros un par de estas historias, regalo de los caminos.

La primera viene del Pirineo, de la zona de Canfranc. Por allí pasaba uno de los ramales del Camino de Santiago, antes de juntarse en Puente de la Reina con la ruta principal de entrada por Roncesvalles. El punto más alto de ésa parte del camino es el Puerto de Somport, frontera con Francia. Antes de iniciar la subida al puerto, desde la vertiente española, se cruza un pequeño torrente que baja del Circo de Rioseta, un precioso valle glaciar, ocupado hoy por los barracones de la Escuela Militar de Montaña. Aquella fue siempre una zona de tráfico intenso: comerciantes, contrabandistas, desertores, ganaderos…

El puente de El Ruso en la actualidad.

Un pequeño puente cruza este arroyo. Se construyó cuando se renovó la carretera en los años 70. En los mapas topográficos figura como Puente del Ruso. La gente de Canfranc y su comarca tuvieron un buen motivo para darle este curioso nombre: el agradecimiento. Durante años, el paso de este barranco era uno de los momentos más peliagudos de la ruta durante el invierno, por la gran cantidad de nieve acumulada. Un buen día, en uno de los refugios de pastor abandonados cercanos al paraje, se afincó un misterioso personaje. Llevaba el pelo muy largo y una gran barba y vestía una vistosa pelliza de pieles. Nunca tuvo, que se recuerde, tratos con la gente del pueblo. A falta de saber su nombre le llamaron El Ruso, por su aspecto. Durante el tiempo en que El Ruso estuvo allí, el paso siempre estuvo practicable. Aquel hombre, con la sola ayuda de una pala y sin pedirle nada a nadie a cambio, limpiaba el camino después de cada nevada. Lo hizo cada invierno, durante años. Un dia, igual que vino, se marchó y no se volvió a saber de él.

La segunda historia se sitúa en un pueblo de la Serranía valenciana: Benagéber. El pueblo original ya no existe, pero se reconstruyó en las inmediaciones (otra parte de la población fue desplazada lejos de allí). A Benagéber, aislado durante mucho tiempo, llegaba un solo autobús a la semana. A este autobús, los vecinos le llamaban y le siguen llamando La Juanita. Esto también tiene su historia.

La República tenía proyectado construir allí un pantano que habría de llamarse Blasco Ibáñez, pero no llegó a poner en marcha el proyecto. El franquismo retomó el asunto y empezaron las obras del embalse, que se llamaría Pantano del Generalísimo (hoy de Benagéber). En la construcción del pantano, como en tantas otras grandes obras de la época, se utilizó la mano de obra barata de los presos políticos. Ni siquiera hizo falta construir una cárcel junto al tajo. El lugar está muy apartado de cualquier carretera principal y sólo seria posible la huida atravesando muchos kilómetros de bosque. Nada recomendable porque la zona era un ir y venir de cuadrillas de maquis y patrullas de la Guardia Civil. Así que los presos podían pasear libremente los domingos.

El viejo Benagéber bajo el pantano

Uno de estos presos, en lugar de pasear, pasaba los domingos sentado en un una roca en la última curva de la carretera, en donde el autobús tenía su parada, a la entrada del pueblo. Esperaba recibir la visita de la Juanita, su mujer. Dedicó todos los domingos de unos cuantos años a esta espera. Pero la Juanita nunca bajó de ese autobús. Todo el pueblo conocía su historia y le preguntaban: “¿Que? ¿Ha venido hoy la Juanita?”. En el lenguaje popular local se produjo un mecanismo de metonímia y la gente ya no decía: “Va a llegar el autobús” sino “va a llegar la Juanita”. Y el autobús de Benagéber se quedó con ese nombre ya para siempre. Del marido de aquella Juanita tampoco se sabe qué se hizo. Tal vez cumplió su condena y volvió a casa, a encontrarse con quien sabe qué… pero nadie lo recuerda. Simplemente desapareció, como El Ruso, engullido por la historia. Y cada cual en el pueblo siguió con su vida y sus asuntos.

Las dos me parecen historias muy hermosas. Hablan de gente generosa o llena de esperanza en unos tiempos durísimos. Son estas historias que te hacen pensar que aquí hay material para una bonita novela o una película, llenas de humanidad. Y aquí empieza lo que llamaré la paradoja del Ruso y la Juanita.

Para empezar son historias muy fragmentarias. No tienen un principio ni un final claro, los personajes aparecen y desaparecen sin que se sepa ni cómo ni por dónde. Tampoco hay un desarrollo, un antes y un después, mucho menos nada parecido a una estructura en tres actos. No hay un conflicto conductor (o no se resuelve nunca) ni puntos de giro. No hay un clímax y su desenlace es simplemente su disolución. Les llamamos historias porque se cuentan, pero en realidad no dejan de ser fotos fijas de una época particular, muy ilustrativas pero estáticas. Maravillosas en su significado humano profundo, pero dramáticamente estériles. En realidad muchos de los relatos orales son así.

¿Y dónde está el problema? Somos guionistas (o novelistas, narradores en general…). Estamos legitimados para inventar los datos que nos faltan y completar una historia estructurada como mandan los cánones. Pues, en mi caso al menos, el problema está en una especie de “pudor”, en un sentimiento incómodo de estar “traicionando” al personaje original. Claro que podría inventarles una historia al Ruso y la Juanita, pero siempre tendría la sensación de estar metiendo relleno artificialmente, un relleno que probablemente no hiciese honor a la magia que se desprende de la historia original. O, peor aún, que esta aportación mía fuese realmente brillante y le hiciese sombra a esa chispa inicial que me hizo fijarme en ellos. Es la sensación de tener entre manos un material valioso y el temor a estropearlo por defecto o por exceso. No me importaría tanto si fuese un material ficticio, me sentiría muy libre de manipularlo a mi conveniencia. Pero pienso en el Ruso y en la Juanita “reales” y creo que no se lo merecen. En sus historias hay mucho sufrimiento, mucha esperanza, mucha generosidad… que no son puros “tópicos narrativos”, sino años de trabajos y de lágrimas verdaderos. ¿Quien soy yo para tratar todo esto como simples “materiales”? Seguramente otros compañeros no sintáis estos remilgos y esta reflexión os parezca una inmensa chorrada. Pero yo prefiero dejarlos tal como están en mi imaginación, que es tal como me los contaron.

Podría, sin mucho esfuerzo, inventarle al Ruso una vida aventurera antes de su llegada al valle. Y que el motivo de su marcha fuese el cumplimiento final de su destino. Pero lo que me hace encariñarme con este personaje es imaginarlo como un hombre corriente. Rudo y con problemas para relacionarse con sus vecinos, pero generoso y con ganas de ayudar. Adornarlo más sería empequeñecer su epopeya cotidiana, aquella por la que le recuerdan: un hombre y una pala luchando contra el invierno.

Podría imaginar el motivo por el que la Juanita nunca llega. Podría convertirla en una enferma de tuberculosis, en un hospital de posguerra, sin poder comunicar con su marido. O también en brazos de una nueva pareja, sin ganas de saber nada del hombre que la espera cada domingo. Incluso imaginar que Juanita ya no está: su marido no ha asumido aún que él mismo encontró su cuerpo entre los escombros de la casa bombardeada. Y por eso la sigue esperando al borde de la carretera. Pero me sigue pareciendo mucho mejor dejar la conjetura abierta y acompañarle en la gran pregunta de su vida: “¿Por qué Juanita no viene?”. Y en su esperanza de que algún dia llegará.

Hay algo, que no viene en los manuales de guión,  que me dice que es mejor dejarlos como están, no explicar, no resolver. No es por anteponer el rigor histórico a la eficacia dramática, nada de eso. Una cosa es inventar un episodio menor en la vida de un personaje real, generalmente conocida, para resolver una laguna y dar fluidez al conjunto. A eso estoy dispuesto sin remordimiento alguno, faltaría más. Pero en estos dos casos, es tan poco lo que tenemos y tanto lo que hay que construir desde la nada… Pero ese poco que sabemos tiene un latido propio muy potente y hermoso que no debemos enmascarar ni disminuir.

Y por eso usé el término “paradoja”. Tengo por una parte dos personajes con un perfil claro, bien encajados en su tiempo y lugar. Pero por otro no hay una historia con recorrido y todo lo que se me ocurre me los difumina y falsea. Dos grandes protagonistas a los que no veo la manera  de construírlos como tales sin romperlos.

Así que empiezo a pensar que el problema sea de enfoque. ¿Por qué protagonistas? ¿Es necesario que lleven ellos el peso del relato?. Quizá el procedimiento para darles entrada en la historia sin pasarlos por la apisonadora guionística sea “desprotagonizarlos”, si me permitís el neologismo. Incorporarlos al paisaje de fondo como testigos, dejar que sean otros personajes quienes se metan en los líos que se tengan que meter, que se las vean con los conflictos que voy a prepararles como a mi se me antoje. Que el Ruso y la Juanita estén allí, donde la vida los puso, viendo pasar todo lo que va a suceder a su alrededor. ¿Qué pueden aportar entonces? Pues pueden aportar cosas muy valiosas: profundidad temática, por ejemplo. Cuántas veces se ha dicho que el tema se manifiesta a través de las pequeñas tramas secundarias. También pueden darnos una especie de raccord emocional, ayudar a encontrar un tono. O servir como punto de contraste y referencia, de espejo, para los protagonistas “dinámicos”, los que si van a tener tramas completas. Ellos también tendrán un cierto desarrollo, cómo no. Pero muy incidental, que no llegue a romper su misterio.

Alrededor del Ruso pueden suceder todas esas cosas que suceden en las montañas fronterizas, como alrededor del marido de la Juanita todo lo que es la vida de un pequeño pueblo en unos años tristes. Y, un paso atrás del resto, no van a dejar de ser importantes porque van a seguir aportando mucho al conjunto (no sé por qué las historias que se me ocurren a su alrededor “piden” ser corales). Pueden enriquecer mucho la historia sin perder esa “magia” que les da su indefinición. Para que puedan marcharse libremente y desaparecer cuando les llegue el momento, sin que mis “necesidades narrativas” escondan o ahoguen lo que realmente fueron: gente que merece un recuerdo emocionado y que fueron verdad. Y reconocer, humildemente, que la memoria que guarda de ellos la gente que los conoció vale mucho más que mis invenciones y mis trucos.

8 pensamientos en “LA PARADOJA DEL RUSO Y LA JUANITA

  1. Aprender de todas las cosas. Valorar lo intangible. Dejarse llevar por el alma de las cosas en vez de reducirla a fórmulas. Este texto habla de eso y de muchas cosas más que no se suelen dar en los cursillos de guión. Pero que deberían darse. Palabras que generan imágenes y silencios que dirán más que mil palabras. Aún más, la posibilidad de contar de cien maneras distinta la misma historia. Lo qu…e se dice, lo que alguno sabe, lo que el otro se enteró… Como decía mi abuelo Raimundo: “nadie sabe que ocurrió, pero seguro que pudo pasar”. Mi abuelo Raimundo (muchos paseíllos hacia el fusilamiento y vuelta a la cárcel), se fue a la mili a la guerra de África y empalmó con la Civil y la cárcel. Bajó desde las montañas de Teruel a su madre muerta hasta tragacete, en un carro con un burro. Fue a África en barco, iba al frente en camión y vio como los aviones bombardeaban Tragacete (donde había una brigada rusa que hacía gimnasia a las primeras luces del día y se bañaban en agua helada: esto me lo ha contado mi madre). Cuando vio en la tele que el hombre había pisado la Luna, recuerdo que dijo: “Mentira”. Pasar del burro a la nave espacial en solo una vida es demasiado para un hombre.
    Todo el barrio les adoraba en Cuenca. Fueran de la ideología que fueran. Tampoco sabían cuál era la suya. Cuando se legalizó el PC, mis abuelos (los que nunca hablaban de polítrica en casa) me llevaron a donde guardaban pucheros y cosas de cocina. En uno pequeñito, guardaban una cosa que fui el primero en ver: su carnet del PCE al día de pago, mes tras mes, tras una posguerra más mortífera que la propia guerra.
    Esta historia de Paco me ha recordado a mi abuelo. Yo, a cambio, le regalo ésta.

  2. Paco, eres la única persona que puede dar vida a El Ruso y La Juanita. Entiendo tus pudores y temores. Los comparto. Espero que dentro de varios años pueda hablar de personas que conozco.

    Las historias de El Ruso y la Juanita no necesitan principio ni final en un guión. Son cuadros como los que retrataria Max Ophuls en EL PLACER o LA RONDA. La mirada de un visitante. De un niño, quizá. Que no entiende ni sabe qué fué antes y qué vendrá luego. Así imagino las hermosas historias que has contado.

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