Una noche perfecta

Por Rafa Ferrero

Cuando tenía unos dieciséis años alguien de mi misma edad, al que llamaremos Johnny, me dijo que para él una noche perfecta era aquella en la que conseguía ganar una pelea y enrollarse con una chica, todo en la misma noche. Lo decía convencido y basándose en su propia experiencia. Sabía de lo que hablaba.

Yo nunca he tenido una de esas noches perfectas, nunca he peleado con nadie, pero entiendo esa afirmación. De hecho, estoy convencido de que todos lo entendemos. No es una afirmación absurda, puede que estemos más o menos de acuerdo con los valores que se desprenden de ella, pero lo que no se puede negar es que contiene algo de verdad, algo que conecta directamente con la misma naturaleza del ser humano.

Por más que hayamos evolucionado seguimos siendo animales y este chico sencillamente alardeaba de ello. Si en vez de ser un compañero de mi instituto hubiese sido un ciervo, esa frase habría sido un berrido, sus peleas se habrían librado cornamenta contra cornamenta y el ganador no se habría enrollado con una chica, sino con todo un harén de cervatillas en celo. Inconvenientes de la civilización.

Advertencia, ahora parecerá que cambio de tema, pero no.

Estas navidades hice uno de esos planes de tarde de compras, cena y peli en un centro comercial y acabé viendo Immortals. Días más tarde, trasteando por internet, encontré esta crítica cinematográfica. Atención al comentario del filme en cuestión que se marca Helen O’Hara, periodista de Empire Magazine, una revista inglesa:

“No tiene nada para ganarse a aquellos que todavía no se han rendido al estilo de Tarsem, pero tiene más sangre, vísceras y glamour para satisfacer. Y Cavill parece un superhombre. (…) Puntuación: *** (sobre 5)”

Helen valora la película eligiendo una curiosa combinación de palabras: “sangre, vísceras y glamour”, apuntando que estos ingredientes combinados generan satisfacción en el espectador.

Pues mira tú por donde, estoy completamente de acuerdo con Helen. Yo no le pondría un tres sobre cinco, creo que la película es bastante fulera, pero eso, lo de la sangre y el glamour, lo clava.

La peli, básicamente, trata de un tipo muy guapo que está mazasquetecagas porque se ha pasado la infancia dándole golpecitos a un árbol con un palo y que, ya de mayor, es elegido por los dioses, tras una animada conversación entre ellos, para salvar a la humanidad luchando contra un malo malísimo y, ya de paso, también desvirga a una sacerdotisa macizorra que pasaba por allí. Lo típico.

Estoy seguro de que a Johnny le encantará porque esta película, en realidad, cuenta una noche perfecta. Vale, lo hace al más puro estilo épico pre-invención de la pólvora, es decir, a espadazo limpio. Pero es la típica historia de un tipo que gana una pelea y se enrolla con una chica.

Podríamos pensar que a Johnny le fue bien en la vida, aprendió inglés y ahora es un productor de Hollywood que se está forrando con este tipo de pelis. Pero yo me inclino más por otra hipótesis: Todos tenemos un pequeño Johnny dentro que conecta con este tipo de historias.

¿De qué otro modo podríamos justificar el hecho de que el gran público se identifique gozosamente con alguien capaz de arrancar la vida a más de diez hombres en una sola secuencia?

Cuando los tambores de guerra suenan en el cine el pulso del espectador medio se acelera anhelando la sangre. Y con el avance de las tecnologías, la industria del cine puede satisfacer este deseo a cámara lenta, en 3D y con todo lujo de detalles.

Mucho del entretenimiento que hay en los cines hoy en día se basa en proporcionar al personal una experiencia edulcorada de lo que debía sentir mi colega repartiendo de lo lindo en la puerta de la discoteca.

Vale, pegar de verdad y ver cómo lo hacen otros no es lo mismo. Y además, un cine no es un circo romano, nadie muere realmente y la sangre es de pega. Todos lo sabemos y tal vez por eso nos permitimos relajarnos y disfrutar sin culpabilidades en pleno siglo XXI. Pero disfrutamos y solo eso ya nos delata.

Nunca me creí aquello de “El hombre es bueno por naturaleza” que decía Rouseau, siempre fui más de Hobbes y su “El hombre es un lobo para el hombre”. Tengo la suerte de tener muy cerca unas cuantas personas maravillosas que a veces consiguen que dude, pero basta con ver un informativo para darse cuenta de que el ser humano como especie deja bastante que desear. Decir que somos buenos y esperar que sea cierto no sirve de nada. Nuestra naturaleza es la que es. Conocerla, comprenderla y aceptarla es importante.

Pero como guionistas, además de todos estos deberes pendientes, tenemos otra asignatura más. No solo tenemos que conocer, comprender y aceptar la naturaleza humana, también tenemos que saber usar todo esto para contar historias.

Escribimos sobre el hombre y para el hombre. Por eso estamos obligados a investigar su naturaleza. Buscamos conmover, entretener y, con suerte, provocar alguna que otra reflexión. Y para conseguirlo es lógico que usemos las armas más poderosas que encontremos. Captar la atención del respetable no es tarea fácil.

¿Es lícito usar los más bajos instintos del ser humano para vender entradas de cine?

La industria de las chocolatinas lleva años vendiendo sus productos diciendo que son sanas, que no engordan e incluso que ayudan a adelgazar. Esto viene a ser casi lo mismo que vender la historia de un asesino diciendo que es bueno y que lo hace por una buena causa.

Las personas demandan chocolate y violencia, pero no quieren sentirse culpables mientras las consumen, por eso agradecen que se les ofrezca de forma encubierta. Pero resulta que aún así, las historias impactan en la gente del mismo modo que el azúcar se acaba acumulando en las cartucheras. Por eso hay quien puede llegar a tener miedo a este tipo de historias, pero es un miedo infundado.

Al cine uno va a divertirse, no a estudiar ética. Por eso, siempre que se entienda que es entretenimiento, no tiene sentido juzgar una película en términos éticos.

Una película puede provocar un debate ético, pero eso no tiene por qué significar que la propia historia defienda unos valores en sí, solo los exhibe. Y si los defiende, que también puede ser, no será de forma más contundente de lo que puede llegar a ser alguien hablando en la radio, por ejemplo.

Conocer, comprender e incluso experimentar de algún modo las opiniones de los demás (aunque estas opiniones se consideren el MAL en sí mismo) es siempre positivo. Lo realmente peligroso es que alguien decida por tí qué puedes escuchar y qué no.

Tenemos que atrevernos a mirar de frente incluso el lado más oscuro del ser humano y el cine es un medio excelente para ello, por lo que casi está obligado a hacerlo.

¿Son este tipo de historias capaces de provocar violencia?

No. Si eso fuese cierto, con la cantidad de westerns que emite Canal 9, los hogares del jubilado de Valencia parecerían salones del lejano Oeste. Cada día los tiroteos interrumpirían las partidas de poker. Pero eso no es así, nuestros mayores son más de jugar al dominó o como mucho al tute.

Entendamos al espectador como una parte activa del proceso, como un ser capaz de razonar por sí mismo a partir de nuestra propuesta y no tengamos miedo de decir lo que sea que queramos decir.

Además, si alguien es tan idiota como para creer que la versión estética y glamurosa de la guerra que aparece en algunas películas es cierta, merece conocer a mi amigo Johnny una de sus noches de juerga.

Y si alguien no es capaz de construir su propia escala de valores y es tan influenciable que una película puede llevarle a cometer una gilipollez, seguro que ya tenía tendencia a hacer gilipolleces antes de ver esa película. Igual hasta fue al cine con Johnny.

2 pensamientos en “Una noche perfecta

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