EL BUFÓN, EL ESCRIBANO Y EL TABERNERO

Nuestro compañero Paco jamás ha querido aclararnos cómo llegó a sus  manos el precioso códice medieval, de origen persa, que guarda en su casa y sólo enseña  a los amigos más íntimos. Tras mucho insistir, le hemos convencido para que publique hoy y aqui su transcripción.

Anónimo Persa, traducido por Paco López Barrio

“Como cada noche apagué las antorchas que me habían servido en mis juegos malabares y las guardé en la gran caja que siempre llevo a cuestas, junto a las capas y gorros de plumas, todo lo que poseo. Aparte de Zoraida, mi fiel cabra y compañera de espectáculo. Soy, he de explicaros, bufón. O quizá titiritero, juglar, cuentacuentos… ¿Qúe más da? Todos esos nombres, en el fondo, me parecen un único y hermoso oficio.

Antes tenía otras dos cabras, pero, muy a mi pesar, hube de venderlas. Cada vez caían menos monedas sobre la manta que extiendo en el suelo durante mi actuación. Demasiadas bocas que alimentar aunque se conformasen royendo cualquier hierbajo.  Me quedé con la cabra más inteligente de las tres, lo que no es mucho decir. Transformé el espectáculo como tantos otros compañeros, siguiendo lo que se conoce como magia de bajo coste. Para compensar la pérdida de espectacularidad tuve que mejorar mis chistes y malabares (no hay mal que por bien no venga). La cabra, incluso, entendió que si no se esforzaba acabaria en un asador, como sus compañeras, y, debo decirlo, ha mejorado mucho sus dotes artísticas, inicialmente escasas.

La cabra y yo nos acercamos a la taberna en la que solíamos cenar cada noche, después del espectáculo. Con mejor o peor tiempo, con mejores o peores cosechas, nunca nos faltaron unas monedas en la bolsa, con las que pagar un trozo de pan y un vaso de vino.

La taberna tampoco estaba en su mejor momento. Años atras rebosaba de clientes cada noche. En sus mesas se sentaban cuadrillas de mercaderes, celebrando sus ventas. En otra mesa los maestros canteros – se contruían entonces muchas casas, y hasta palacios o templos- se dejaban sus monedas aún manchadas de yeso. Habia tambien galenos y boticarios, candeleros, cordeleros, orfebres y toneleros, gente de todos los oficios… pero el Reino atravesaba momentos difíciles.  De un tiempo a esta parte las cosechas habian sido muy malas, cierto, pero los sátrapas y usureros habian acumulado en sus manos lo poco que quedaba. La clientela, cada vez con menos dimero en el bolsillo, comenzaba a escasear.

La taberna era propiedad de un viejo tabernero, que más de una vez aprovechaba la falta de vigilancia para aguar el vino. Ese pequeño robo y controlar la caja eran su única tarea.  Pero quien atendia la barra y servía las mesas era un joven aprendiz, con más ganas de hablar que seso. Hay que reconocer que el muchacho trabajaba como un burro, cargando sobre sí todas las tareas a cambio de un salario escaso. Y recibía más palos que una alfombra en dia de limpieza. Pero me resultaba irritante la mezcla de resentimiento y delirios de grandeza (soñaba con tener  una cadena de tabernas propia) que había desarrollado.  A veces, el maestro (también un buen cliente) y yo mismo, intentábamos explicarle que el mundo estaba muy mal repartido y que sólo un gran cambio nos sacaría de la miseria en la que, poco a poco, íbamos cayendo todos. El joven tabernerillo  nos acusaba entonces de impíos y desleales al Rey. Vociferaba diciendo que la gente deberia trabajar más -como hacia él-  y quejarse menos.

Este muchacho le tenia una especial manía a una parte, nada desdeñable por cierto, de sus clientes: Los escribanos.  Eran muchos los que acudian cada dia a la taberna. No sólo tras su jornada de trabajo, tambien solían hacer una pausa durante la mañana, para echar un bocado. Venian a docenas: de la oficina del sátrapa, de la del muftí,  de la del caíd…  El joven tabernero pensaba, como muchos de sus conciudadanos, que estos escribanos eran parásitos que impedían la buena marcha del reino. Lo que más le enrabietaba era que, a diferencia de nosotros, que nunca sabíamos qué iba a ser de nuestra vida la semana que viene, los escribanos gozaban de un sueldo seguro. No muy alto, pero vitalicio.

Su mania a los escribanos aumentaba a medida que la taberna decaía. Cada vez venían menos canteros, pues se construía menos. Y lo mismo los otros oficios, que, poco a poco, fueron dejando de venir a comerserse un carbrito y beber una jarra de de vino. “Mientras los demás se van arruinando ahí están ellos, ¡míralos!, para mantenerlos nos fríen a impuestos a los demás”, decia señalando las mesas ocupadas, que eran cada vez  menos, por los escribanos, que acabaron por ser casi los únicos clientes.

A mi los escribanos no me caen ni bien ni mal. Incluso me divierte la preocupación que muestran por sus pequeños asuntos, tan distantes de mis sueños de artista. Incluso suelo parodiarlos en mis actuaciones. Y a ellos no les enfada, incluso les divierte que me meta con ellos, porque suelen estar sentados también entre mi público. Saben que me rio de ellos, pero nunca lo hago de manera tan cruel como para que dejen de echarme unas monedas. Debo reconocer que, sin ellos de público, mis ingresos se iban a resentir bastante.  El trato es justo: yo les divierto y ellos me dan de comer.

Un dia llegué a la taberna antes de la hora habitual y la encontré vacía. No me llamó la atención, porque los escribanos aún no habian terminado su jornada. El joven tabernero estaba contento: “Que se jodan”, gritó, triunfante, nada más me vió entrar… “¿A qué viene ése alborozo, muchacho?” , le pregunté. “¿No se ha enterado? El Gran Sátrapa les ha recortado a los escribanos la mitad de su sueldo. Ahora van a saber ellos también lo que es sufrir. Ya no tendré que soportar sus caras de estúpidos satisfechos cada vez que les sirvo su jarra de vino. Que las pasen tan putas como las pasamos todos”.

Apuré mi vaso de vino, pagué y me fui. No le dije adiós. Sabía que nos volveríamos a ver nos las caras pronto. Pero no en la taberna.

Y así fué. Meses después le reconocí en la calle: el tabernero que odiaba a los escribanos era ahora un mendigo. Me acerqué a él con lástima. Aunque habia tenido que vender mi última cabra aún me sobraba una moneda y se la eché en el sombrero. Le pregunté qúe habia pasado, más por cortesia que por verdadera curiosidad. Porque yo sabia perfectamente lo que habia pasado. “El patrón me echó”, me dijo sollozando, “los escribanos también dejaron de venir a la taberna y cada vez servíamos menos vino. El dia que el útimo escribano ya no entró, el patrón me dijo que ya no podía pagar mi sueldo. Me dió una patada en el culo y aquí estoy”

Y así como sucedió os lo cuento, en el nombre del todo poderoso y padre de los creyentes”

3 pensamientos en “EL BUFÓN, EL ESCRIBANO Y EL TABERNERO

  1. Este país preferimos que los demás las pasen tan canutas como nosotros a conseguir las mejoras sociales de las que todos deberíamos gozar.

  2. A eso se le llama miseria moral. No soportamos que a nuestros iguales les vaya mejor que a nosotros pero no nos importa que nos roben los poderosos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s