MATAR A LOS MALOS

por Chon González

“Yipi ka yei hijo de puta”,  le grita John Mclein al malvadísimo terrorista que interpreta Alan rickman en La jungla de cristal.

– Inmunidad diplomática.                                                                                                    – ¡Queda revocada! -Espeta Danny Glober en Arma Letal antes de meterle un tiro entre ceja y ceja a un vil diplomático surafricano.

Son, que duda cabe, frases supermolonas para matar a alguien.

Los malos hacen el mal y los buenos matan a los malos en el tercer acto, así de sencillo.

Estas escenas permanecen, calan en el subconsciente colectivo. La muerte, sin duda, es un gran espectáculo, y el cine llega incluso a convertir esas escenas en auténticos alardes de preciosismo.

Los guionistas, conscientes de que cada historia tiene necesariamente un trasfondo ético, se encuentran a veces con héroes que son personas normales, alejadas del perfil de soldado/ máquina de matar, que en el clímax del argumento se encuentra en disposición de matar al malo. El cómo se resuelva ese conflicto, posicionará al protagonista y a la historia ante la pregunta. ¿Es legítimo matar?, ¿en qué circunstancias?

Me viene a la cabeza la escena de El cabo del miedo, dónde un angustiado Nick Nolte, que interpreta a un abogado padre de familia, de rodillas en un río, sopesa una piedra y con ella, la posibilidad de reventarle la cabeza al sociópata que interpreta de Niro y que a punto ha estado de violar y asesinar a su familia. Ese hombre de ley se dispone a rematar con la piedra pero, en el último momento, un golpe de agua arrastra al malherido malhechor y perece de todas maneras, no por la acción del héroe, aunque así lo hubiera decidido.

A veces, el golpe final se deja en manos del azar fatal, como en esas escenas de luchas en escalera donde el antagonista acaba tropezando y cayendo por la barandilla. Esto es: muere, que es “lo que merece”, pero no es nuestro héroe quien lo ejecuta. En algunos casos, como los mencionados Arma Letal y Jungla de Cristal, buenos matan a los malos en defensa propia o de un compañero.

La ética del héroe queda a salvo, no asesina a sangre fría, pero la del guión que transcurre oculta, debajo de la peripecia nos dice: este tío merece morir, este es el final feliz.

En otros casos ni siquiera eso. Sin ir más lejos el otro día vi el primer episodio (creo) de la segunda temporada de El mentalista.  Pues el fulano se enfrenta a un juicio por un asesinato del que es culpable (Resulta que él creía que mataba a “John el Rojo”, el serial killer que asesinó a su familia, pero no, no resulta ser él sino otro psicópata secuestrador de adolescentes (se ve que en USA hay a patadas)). “El  Mentalista” comienza su burdo alegato confesando su culpa, continúa explicando que así el mundo es un lugar mejor y lo rubrica con su sonrisa de buen tipo ario, sexy sexy. El jurado popular le declara inocente. ¡Tócate los huevos!

Una explícita justificación de la legitimidad de matar al que ha matado.

En defensa de estas escenas hay que decir que un final con los malos detenidos y llevados ante la justicia (véase cualquier episodio del Equipo A) no tiene, claro está, la espectacularidad de una caída al vacío,  de un tiroteo, de una explosión, de una tubería atravesando un cuerpo o una granada metida en un culo y además, tampoco pasa nada, ¿no?,  la gente, el público sabe separar  la estética y convención de la ficción y la realidad de los valores que subyacen. Los cojones.

El cine norteamericano siempre  ha servido para exportar su way of life, para decir al mundo quién son los malos (los indios, los rusos, los chinos, los árabes, los gremlins) y of course, para adoctrinar. Pues como llevan décadas adoctrinando y practicando la pena de muerte,  ahora, el público en general, no sólo no se escandaliza por cosas como ésta, sino que en gran medida, las aplaude.

Y aquí estamos y  no nos escandalizamos por ver a otra persona ejecutada. Sale por la tele, es sólo una estilización de la muerte. Nuestros antepasados eran unos bárbaros porque iban a la plaza del pueblo a ver las piras y horcas, nosotros somos más civilizados porque lo vemos por televisión.

El mundo del espectáculo en que se han convertido los medios de comunicación les permite e invita a mostrarnos en prime time auténticas snuff movies y llevar solo un pasito más allá ese adoctrinamiento sobre la ética de la muerte.

No voy a ponerme tan cursi como para apelar a que las intenciones y discursos internos de los guiones no contravengan las disposiciones o valores que se incluyen en la Declaración de los Derechos Humanos, no. Solo recordar aquello del poder y la responsabilidad. Cada escena en la que conducir como un imbécil se pinta como cool, cada escena en la que una mujer es humillada o normaliza el machismo cotidiano, cada escena en la que el racismo y la discriminación son material de chiste, cada escena donde decimos que el malo merece morir es responsable de consolidar esas doctrinas invisibles.

¿Soy sólo el que cuenta lo que hay o lo que hay se cimenta sobre mis cuentos?

3 pensamientos en “MATAR A LOS MALOS

  1. Estupenda entrada, Chon. Este finde he estado viendo un documental de la BBC que habla sobre la creación de una ficción política: la lucha contra el Mal (así, con mayúsculas). Ficción desarrollada en parelelo por los neocon de EEUU y los islamistas radicales (Egipto y Afganistan). Lo interesante es cómo a partir de una ficción, la creación de un personaje “malo” que amenaza tu vida, se crea una película que incide en la vida real del mundo entero. En el fondo es lo mismo que en esas películas y series que citas que son reflejos de esa realidad ficcionada por ciertos sectores de la política, normalmente relacionados con una concepción fanática de la religión. Lo de Gadafi es como una especie de fatal encuentro entre esas dos concepciones del Bien y el Mal: la desarrollada por los neocon y la de los islamistas radicales.

    Ayer, en Salvados, Jordi entraba en el despacho de Basagoiti justo cuando este veía las imágenes del asesinato de Gadafi… me pareció un momento perverso e inquietante. Te dejo (os dejo) el link del documental, es bastante largo y se divide en tres partes.
    http://video.google.com/videoplay?docid=-1171533565547195972

    Una amiga reflexionaba ayer también sobre la muerte de Gadafi y lo relacionaba con una snuff movie:
    http://trementinalux.com/Blog/?p=1069

  2. Un argumentación interesante. Queda en la duda hasta qué punto el espectador legitima la violencia extrajudicial en la vida real.

    Curiosamente dentro de un par de semanas me sentaré en una mesa redonda en Sevilla (momento autobombo) para debatir cómo la ficción televisiva influye en la sociedad. Lo que me pregunto es si realmente la televisión influye o sólo expone lo que recoge de la sociedad. Me explicaré con un ejemplo: Colombo es un personaje ético. No recuerdo que haya actuado al margen de la ley. En alguna ocasión muestra comprensión, que no simpatía, por un criminal que haya actuado de manera pasional (una mujer humillada y engañada, por ejemplo). Sólo una vez empuñó una pistola y se sintió asqueado.

    Ahora damos un salto al procedimental actual. Tenemos a Dexter; al poco ortodoxo Luther; unos CSI cada vez más oscuros, ilegales o alegales; a Nurse Jackie; a los agentes de CTU… Todos ellos ejercen su justicia alternativa. ¿Justifican las series la violencia o funcionan como catarsis para un espectador que come con sucesos en los telediarios?

  3. Muy buen post, Chon. Los minutos finales de “El cabo del miedo” son impresionantes. Cómo bien dice, un hombre de ley evoluciona, y al mismo tiempo retrocede hasta sus instintos más primarios para conseguir salir a flote. De Niro, le hace pasar el mismo calvario, administrándole una especie de justicia arbitraria y divina, de la que el abogado no puede escapar. Pienso que se escenificó tan bien ese proceso, esa angustia final y esa ansia de matarle que, en realidad, es como si realmente le hubiera matado él mismo con las piedras. Y la escena final quedó más apoteósica tal como se hizo.
    Sobre su pregunta final, creo que hay una mezcla de ambas cosas.

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