EL RÍO, LOS RÍOS,…

por Paco López Barrio

Tengo muchas ganas de volver a este río. Es el Paraná, a su paso por Rosario. En esta orilla, el estado de Santa Fe. Enfrente el de Entrerríos. El río se ve sucio, pero es sólo fango en suspensión (desde un par de semanas antes había llovido intensamente en gran parte de la cuenca). Pese a su color marrón, le debemos una reverencia a estas aguas que, antes de pasar por el que fue gran puerto cerealista y putero de Sudamérica, saltaron al vacío en las cataratas de Iguazú, mil km antes. Las mismas que acabarán en el Mar del Plata tras cruzar, perezosas, el laberinto de las Bocas del Tigre. Es el río de los jangaderos de la canción de Eduardo Falú, el que vio nacer el mito del niño Juanito Laguna

El Paraná no era el protagonista de la historia que me había llevado allí, sólo un hermoso decorado. Pero, al hacer las maletas de vuelta, me quedé con la sensación de que me quedaba una cuenta pendiente. Me encantaría volver con un equipo de rodaje pequeño y bien avenido. ¿Para hacer qué? Pues no lo sé. Quizá un documental: embarcarme en alguno de esos mercantes que esté a punto de ser desguazado, con un capitán al que le falte un mes para jubilarse y acompañar a ambos en su último viaje y hacer la crónica de la Argentina vista desde el agua. Tal vez una comedia: el español que, sin esperarlo, hereda un barco de un tío abuelo emigrante y, al ir a tomar posesión, se mete en mil líos. O una historia sentimental de encuentros y desencuentros, a lo Campanella, entre la rama de la familia que se marchó a América y los que se quedaron en España. La verdad es que me da igual el género y el tema. Pero la idea de volver a plantarme a orillas del Paraná, a rodar una historia mía, me resulta muy seductora.

Y es que os tengo que confesar una cosa: me encantan las películas con río. Pero no como paisaje sino como personaje activo. A veces los títulos engañan: Río Rojo, por ejemplo. Es en realidad una película “de pradera”, el río es sólo el punto final al que John Wayne debe conducir una caravana de ganaderos. La mayoría de los westerns llamados Río Loquesea son historias muy poco fluviales (se me ocurre como excepción Río sin retorno)

Las que yo prefiero son aquellas en las que el río es algo más que un punto geográfico intercambiable, más que un bonito decorado. Son esas historias que no podrían existir sin su río. Porque simplemente ya serian otra historia. De estas hay unas cuantas y, a poco bien hechas que estén, las veo con gusto. Y algunas son verdaderas obras maestras.

La Reina de África, de John Huston… aquí creo que hay consenso. No conozco a nadie que no opine que es una película encantadora. En esta historia el río es un camino (de huida), pero también un hogar (la barca de Allnut es su casa). Y es un modelo de “arco de transformación” de los personajes. El rudo marinero se vuelve educado y pulcro y la beata se descubre como mujer deseable. Nos deja momentos tan memorables como el vaciado de las botellas de ginebra en el río, sin que el pobre Bogart, tumbado por la resaca, pueda impedirlo. Algunos detalles de aventura al estilo clásico (el paso de los rápidos) y un final fantástico: los dos enamorados van a ser ejecutados juntos, pero… No me canso de verla.

Robert Redford dirigió El rio de la vida a finales de los 80. Es la historia de dos hermanos, hijos de un estricto pastor, que seguirán una trayectoria personal muy diferente. Lo que une a toda la familia es la afición a la pesca, trasmitida por un padre que cree firmemente en dos cosas: la Palabra de Dios y la temporada de la trucha. Se rodó en Montana. Tiene concesiones a la espectacularidad de Hollywood (la bajada del tramo más accidentado del rio en una vieja barca), pero lo que me encanta en ella son los momentos de la pesca, con la luz de la primera mañana y sus meditaciones sobre el qué y el cómo de la vida. Con esta las opiniones ya están mas divididas. A mucha gente le parece sensiblera. A otros nos parece sabia.

Pero de entre todas las películas con río que he visto (Martin Román me recomienda una que no conozco: L’Atalante, de Jean Vigo) hay una que la llevo incorporada a mi maleta de mitos personal: El Río, de Jean Renoir:

¡Qué película tan bella con qué planteamiento más simple! Una adolescente europea pero residente en la India, se enamora de un joven oficial retirado (ha quedado cojo en la guerra). Eso es todo. Pero la historia transcurre en uno de las pequeñas poblaciones ribereñas y está repleta de momentos cuasi documentales en los que la vida de las gentes del rio lo ocupa todo. Dentro la de gigantesca obra de Jean Renoir podría considerarse una obra menor. Y seguramente lo es. Pero deja buen un sabor de boca como pocas peliculas consiguen dejar. Yo creo que es una pelicula “clasificadora”: hay gente de “El río” como hay gente de Tarantino. O disfrutas con un tipo de historias o con otras. Y eso tiene más que ver con la sensibilidad y las motivaciones de cada uno que con la calidad intrínseca de uno u otro tipo de cine.

“El río” es una película-bisagra en la trayectoria de Renoir. Se rodó en 1950, en medio de sus etapas europea y americana. Pero esta película tuvo también unas consecuencias colaterales importantes. Renoir tuvo como ayudante de dirección a Satyajit Ray, que a la vuelta de pocos años seria el “fundador” del moderno cine indio. A Ray le debemos obras maestras como la Trilogia de Apu. Según Ray, su cine recoge por un lado la gran tradición de la narrativa oral india pero el bagaje técnico, el “cómo contar” están marcados por el cine europeo y por todo lo que aprendió en aquel rodaje a las órdenes de Renoir.

“El río” no es la mejor pelicula de la historia. Ni siquiera la mejor de Renoir. En realidad es muy poquita cosa… pero qué gozada verla. Y hay más: en España tenemos El rio que nos lleva, de Borau sobre una novela de Jose Luis Sampedro, la historia de los últimos gancheros (los que transportaban los troncos por el rio) del Tajo. También tengo en el recuerdo las escenas de Fitzcarraldo, de Werner Herzog, en las que una barcaza baja el Amazonas con un fonógrafo a todo volumen, llenando la selva de ópera…

Pero creo en el fondo me gustan las películas “con río” porque me gustan los ríos. La civilización nació junto a ellos (Mesopotamia significa “entre ríos) y los milenios de convivencia nos los han convertido en un poderoso elemento simbólico. Hay rios-frontera (como Río Grande) pero también hay ríos que son todo un país en sí mismos. ¿Qué es Egipto sino “lo que queda” a las orillas del Nilo?. Los ríos son obstáculo y a la vez son camino, son peligro y son hogar, por el puede llegarnos el enemigo o las mercancias que necesitamos…. Por el puede alejarse nuestro gran amor, pero también puede volver por él. Nos da el agua, pero también trae la destrucción en sus crecidas.

Y son también una metáfora de nosotros mismos: impetuosos en la juventud, calmos a la vejez… por algo el río es uno de los grandes tópicos en las poéticas de oriente y occidente.

T.S. Elliot decia: “No entiendo mucho de dioses, pero creo que el rio es un fuerte dios”. Yo, que ni siquiera creo en dioses, creo que los ríos lo son: a todos tienen algo que darnos. A los valientes que se embarcan y los tranquilos que lo ven pasar desde la orilla. Forman parte del cine porque forman parte de nuestros miedos y nuestras esperanzas (es una obviedad, lo sé).

¿Y vosotros? ¿Qué película “con río” nos recomendaríais?

6 pensamientos en “EL RÍO, LOS RÍOS,…

  1. El Paraná está surcado por numerosas leyendas. Aguas navegadas antaño por los indios guaraníes, una etnia erradicada casi por completo por la masacre colonizadora, y hoy por los humildes malloneros (pescadores que filtran el río con redes que bajan con la corriente y que reciben el nombre de mallón). Pero no es el hambre de la penuria de estos pescadores lo que afecta al Paraná. Otras intervenciones más “justificables” por nuestras sociedades se encargan de mermar su cauce y enloquecer la ecología: la represa hidroeléctrica de Yaciretá ha impactado de forma sorprendente y lamentable en el entorno.
    En cuanto a la navegación comercial, desde hace década de capa caída, ha sido reemplazada por el transporte terrestre. Cuentan que como efecto de leyes que escondían intereses económicos de los adjudicatarios de las carreteras privatizadas en la época menemista. Muchos de ellos políticos y señores feudales (dos cosas que en Argentina suelen conjugarse de modo frecuente).
    El color marrón de las aguas del Paraná responde al suelo arcilloso que compone su lecho. Una especie de barro que puede palparse apenas introducir los pies en las aguas turbias que besan playas de arena. Otra estratagema de este río que, aunque parece manso, es peligroso y traicionero. Para quienes provenimos de allí, saber nadar no es una excusa para perderle respeto a esta serpiente revoltosa de dos kilómetros de ancho, que cuando te confías te abraza con sus remolinos y te agota con su fuerza descomunal.
    Hace algunos años que no voy por allí, por Corrientes, mi ciudad, a unos 600 kilómetros de Rosario. Y siempre he tenido la intención de realizar un documental o reportaje sobre los malloneros, sobre su humilde vida. Quizá algún día coincidamos.
    Me emocioné hace poco al ver que TVE realizó un excelente reportaje sobre el chamamé, música autóctona de la región, guiado por el Chango Spasiuk, un acordeonista de Misiones (donde están las Cataratas). Allí se retrataba, por momentos, al Paraná.

    Me alegra haber encontrado estas líneas sobre un lugar que añoro desde Valencia, donde vivo hace 10 años, y que guardo en mi memoria. Saludos.

  2. “El puente sobre el río Kwai”
    “Frozen river”, de Courtney Hunt. Una mujer abandonada por su marido comienza a pasar emigrantes clandestinos desde Canadá a EE.UU. a cruzando sobre las heladas aguas del río Saint Lawrence
    “El héroe del río”, de Buster Keaton y Reisner

  3. De la misma hornada que “La Reina de áfrica” me he acordado de la mítica “Mogabo”, Paco. Por lo visto, en el doblaje de la peli la censura franquista destrozó la história, conviertiendo a los personajes que interpretaban a Grace Kelly y a su marido, en hermanos, Seguramente, para evitar las conductas indecorosas y adúlteras. Claro que, fue peor el remedio que la “emferdad”, porque la gente no le cuadraba mucho esa extraña relación entre hermanos.
    Y de corte más actual, “El Cabo del Miedo”. Tan tremenda y mortificante, que consigue elevar la tensión y la angustia, hasta el último minuto. Sin ese “Cabo del miedo”, no hubiera sido lo mismo.

  4. Releo mi comentario (abusivo en errores) y me dan ganas de reescribirlo de nuevo, para que se puedan detectar las siete diferencias: “África”, “Mogambo”, eliminación de las dos “a” que precede a “Grace” y “marido”, cambiar punto por coma, añadir una “a” delante de…En fin, pido disculpas a los lectores. Gracias por tener la educación de no llamarme la atención.

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