TERRAZAS DE VERANO, REPTILES Y EL GRAN ZAPATAZO DEL 69

por Paco López Barrio

 Al verano de 1969 le debo, al menos, tres recuerdos: El comandante Armstrong, al mando del Apolo XI, fue el primer hombre en la luna. Eddy Mercx ganó el primero de sus cinco Tours. Y yo descubrí las terrazas de cine de verano.

Aquel año, por circuntastancias, fui a pasar las vacaciones al pueblo de mi abuela, Xeraco, en la Safor, muy cerquita de Gandia, sin padres ni hermanos, la abuela y yo solos. De día perfeccionaba el arte de montar en bicicleta: del pueblo a la playa habían apenas cuatro kilómetros, por una estrecha carretera con los laterales cubiertos de “baladre” (en castellano adelfas) que se tocaban por arriba, convirtiendo la carretera en un túnel de flores blancas y rosas. Al final de aquel trayecto me esperaba un playa dorada, con apenas un par de casas bajas.

Por la noche, un par de veces por semana, mi abuela me daba un bocadillo y las dos pesetas que costaba la entrada. A la abuela el cine nunca le atrajo: “és tot mentira”. Y muchas veces tenía razón, pero a mi no me costaba trabajo entrar en el juego y creerme un viaje espacial o el ataque de unos monstruos temibles, que afortunadamente sólo se aparecían en Japón. Como la abuela prefería quedarse charlando con las vecinas, descubrí, a mis once años, el placer de salir sólo de noche, aunque fuese para ir a la vuelta de la esquina (el cine quedaba a apenas 100 metros de casa).

A diferencia de los japoneses, nuestros monstruos eran mucho más llevaderos y no se limitaban al cine de género. Los “fardatxos”, un bicho parecido a la lagartija pero más gordo y más feo, solían aparecer hacia la media noche. Y les daba igual que la peli fuese de amor o de guerra. Se quedaban parados en una esquina de la pantalla, de un blanco remendado, esperando zamparse alguno de los muchos mosquitos que nos martirizaban. Ellos iban a la suya, sin preocuparles que los apaches estuviesen a punto de atacar la caravana. A nosotros tampoco nos molestaban: es más, nos ahorraban picaduras. Y lo hacían muy discretamente, sin invadir el centro de la pantalla (aquellos bichos, a fuerza de asistir a tantas proyecciones, parecían saberse la Ley de los Dos Tercios).

Tampoco nos molestaban los grillos, que se añadían a la banda sonora de cualquier peli con narturalidad. Todos asumíamos que se les pudiese escuchar en los desiertos de Arizona, en la Antártida o en las calles de Harlem.

El resto de la banda sonora lo poníamos los propios espectadores: el plas-plas de los abanicos, la bolsa de plástico de los bocatas, el abrir y cerrar de las sillas de tijera, el llanto de un bebé y hasta algún pedo (los más celebrados cuando se expelían en medio de un diálogo amoroso).

Todo era muy de ir por casa en aquella terraza, un corralón que no sabría deciros si era propiedad municipal, de la parroquia, o de algún emprendedor local. En últimos años del franquismo aún no había una Casa de la Cultura en cada pueblo y aquel espacio servia igual para el cine que para el baile de los domingos. Pero a aquel palacio de la cutrez hispánica le debo muchas de mis primeras emociones: emociones en color o en blanco y negro, celuloide rayado, fotogramas que faltaban y hacían que el mundo entero diese un salto en el vacio. Y ya, de vuelta a casa, me hacían sentirme protagonista de aquellas hazañas. Bueno, protagonista no, porque entonces no se usaba mucho esa palabra (los críticos puede, la gente normal no). Al que vencía a los malos y enamoraba a la guapa se le llamaba “el chico”.

Vi cine muy bueno y cine muy malo. También películas que no entendí hasta que volví a verlas años más tarde pero que me habían dejado alguna huella en el recuerdo, aunque sólo fuese una escena o un dialogo aislados. Pero todas me dejaron poso, background, “solatge”…

Y el ambiente de la terraza y su galeria de parroquianos, me ayudó a adquirir un cierto sentido “felliniano” de la existencia, a reconocer personajes y momentos que reencontraría después en “Amarcord” o “Cinema Paradiso”. Ahora he vuelto a frecuentar las terrazas de verano, con mi hija que casi tiene la edad que tenia yo entonces. Me gusta verla reír con las pelis de Pixar como me reía yo con las de Jerry Lewis. Normalmente vamos a la Lumière, en Alboraia. De paso charlo un rato con su dueño, Enric Riera, que fue hace muchísimos años el gerente de la primera productora en la que trabajé.

Ah, se me olvidaba… el zapatazo al que me refiero en el título. Una de aquellas noches del 69, uno de los fardatxos (debía ser un reptil joven y con poca experiencia de la vida) se atrevió a sobrepasar la línea de lo permitido y empezó a pasearse por el centro de la pantalla. En ese momento apareció en pantalla Raquel Welch en bikini y el fardatxo acabó posado encima de una teta. Uno de los mozos del pueblo le lanzó un zapatazo al grito de: “fora d’ahí, collons!”. No le acertó, aunque faltó muy poco. Pero el bicho salió corriendo y ya no volvió a molestar en lo que quedaba de película. En el pueblo no se habló de otra cosa durante los días siguientes.

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