EL CURRÍCULUM B

por Paco López Barrio

Debería ser un puro trámite, pero la redacción del currículum siempre me resulta un momento angustioso. Parece ser que no es sólo un problema mio: lo he comentado con algunos compañeros y a más de uno le ha resultado familiar esa sensación de incomodidad. La presentación de un CV tiene mucho de examen. También de confesión. Pero no creo que lo que nos produce el desasosiego sea nada parecido al pudor. No tenemos, o no deberíamos tener, vergüenza. Y si la tenemos la superamos. El problema me parece que está en otra parte. Yo creo que en este oficio resulta muy difícil a veces reflejar las cosas como son, dándole a cada una su importancia relativa. Y mucho más complicado aún cuando debemos ceñirnos a un formulario.

Hace algún tiempo leí un chiste de guionistas: dos de ellos se encuentran por la calle y, tras saludarse, se preguntan: ¿en qué andas ahora?. El primero responde: “Estoy haciendo muchas cosas. Preparo un proyecto de largo, estoy desarrollando un formato de TV y la semana que viene tengo una entrevista con un importante productor. ¿y tu que haces?”. El otro le dice: “Pues yo estoy igual que tú: en el paro y sin un duro”. Seguramente el segundo tenia razón: los dos estaban igual. Pero lo miraban con diferente perspectiva. Y probablemente cada uno sacó un mayor o menor provecho de ése momento. Para uno pudo ser un tiempo perdido, pero quizá el otro aprendió mucho más armando esos proyectos que si hubiese estado ocupado con un trabajo alimenticio pero sin “alas”.

La perspectiva, perdonadme la obviedad, es importante cuando se mira a lo lejos y hacia atrás. En la redacción de todo CV se plantean las tres preguntas clásicas de la filosofía: Quien soy, de donde vengo y a dónde voy. Y para contestarlas no basta abrir la carpeta en la que archivamos los contratos que hemos ido firmando a lo largo de los años. En todo este asunto hay un balance vital que se resiste a quedar encerrado en las certificaciones de la Seguridad Social. Lo que cuenta es qué hemos aprendido durante ése proceso y qué nos sentimos capaces de hacer en un futuro. Pero no todo queda bien reflejado en un CV estandard.

En mi propia experiencia he tenido trabajos interesantísimos, en los que aprendí muchísimo, pero que hubieron de realizarse en tales condiciones de irregularidad que son difícilmente justificables ante la “autoridad competente”. Demostrables, sin ninguna duda, pero muy dificiles de encajar cuando lo que te están pidiendo son los comprobantes de los pagos a la Seguridad Social y no se acepta una copia en DVD como prueba.

Permitidme algunas anécdotas personales: en 1991 formé parte, como reportero, de la Expedición Valenciana al Everest. Canal 9 participó en aquella movida a regañadientes y poniendo todas las pegas posibles. El caso es que pasé tres meses en Nepal pero sin contrato, haciendo de guionista, realizador, operador de cámara (en 16 mm), productor de campo y hasta porteador. La de cosas que aprendí teniendo que sacarme cada dia las castañas del fuego y en el culo del mundo. Cada dia tenia que preocuparme no sólo de hacer el trabajo, sino también de salir vivo de allí. Aunque la cadena adquirió y emitió el documental, jamás pude alegarlo como experiencia profesional demostrable. Si me hubiese quedado en Burjassot haciendo promos ese tiempo sí me habría computado. Y aunque se me hubiese tenido en cuenta habría tenido el mismo valor: tres meses de experiencia son tres meses de experiencia, tanto si los pasas haciendo un trabajo menor o si los pasas rodando en cine a más de 7.000 metros de altitud y a 30 bajo cero. Por muy evidente que sea que los recursos que se han tenido que poner en juego en uno y otro trabajo son bien diferentes.

 

Para bien o para mal, al echar la vista atrás y hacer balance me encuentro con montones de situaciones estrambóticas. Por ejemplo la de trabajar como “negro”. Pocos años después del Everest, forme parte del equipo de guionistas de una serie cómica, la primera que hizo Canal 9. Pero no figuro en los títulos de crédito. El entonces director general, un tipo tan cargado de manias como autoritario, tachó mi nombre de la propuesta de equipo: ¿”Paco en comedia? No termino de verlo… fuera”. De nada sirvió que el productor, el director y el resto de los compañeros me avalasen. A Amadeu no se le podia llevar la contraria. ¿Resultado? Escribí pero no firmé. Los capítulos se trabajaban en parejas pero los que hice yo llevaban una sola firma, la del compañero que dijo que se atrevía a escribirlos él sólo y no era necesario, por tanto, buscarme un sustituto. Pero, como habiamos planeado, los escribimos juntos: él los cobraba y, tras impuestos, nos repartíamos el dinero a medias. Incluso cuando años después aún caía algún dinerillo de la SGAE por las reemisiones. Económicamente no puedo quejarme: mi compañero siempre fue un caballero y llevó el tema con toda honradez y transparencia. Pero siempre me quedó la espinita de no poder firmar y me sigue doliendo, casi 20 años después, no ver mi nombre en los créditos.

 

Volver la vista atrás es recordar aquellos proyectos que se cayeron en el último momento, con las maletas hechas y piso buscado para irme a vivir a Madrid. ¿Tiene sentido recordarlos a la hora de redactar un CV? Si y no. No se llegaron a hacer y jamás podré saber si habría hecho un buen o un mal trabajo. No demuestran nada. Pero inevitablemente pienso: “Mi prueba gustó mucho, y el gran Fulanito de Tal me felicitó por ella y me dijo que me quería en su equipo. Pues no lo debo hacer yo tan mal cuando tan ilustre colega alabó mi trabajo y quiso contar conmigo.” Pero las cadenas tienen a veces la puñetera mania de cancelar a última hora. El resultado práctico es que aquí no ha pasado nada, no hay programa: una putada. Pero también un estímulo, una inyección de moral. Sin ella tal vez habría tirado ya la toalla.

 

De otros trabajos que si cuajaron también han ido quedando jirones sueltos. Por ejemplo las tramas episódicas cómicas, que se me daban bien, pero que debían quedarse fuera porque la serie había sufrido un imprevisto (la marcha de un actor en una serie de largo recorrido, por ejemplo, obligaba a replantear argumentos) y aquella divertidísima historia ya no encajaba y no era fácilmente reciclable con otros personajes. De ésas guardo unas cuantas como recuerdo de la L’Alquería Blanca, probablemente lo mejor de mi trabajo en la serie y no se vió. Como aquella en que Tonet y Sento se compran unos zapatos iguales y Xavi decide gastarles una broma. Pero se quedaron en el cajón, sin pena ni gloria, para siempre.

Allí le hacen compañía al documental que quise rodar en Venezuela, sobre un curiosísimo fenómeno natural. Los contactos estaban hechos, el tema perfectamente documentado y localizado. Un científico mediático vendría con nosotros para hacer de presentador. Sólo faltaba la firma del director de la cadena y, con ella en la mano, cerrar el acuerdo de colaboración con la administración venezolana, imprescindible para podernos mover con seguridad por ciertas zonas de la selva. Pero llegó el inoportuno “¿Por qué no te callas?” y el gobierno venezolano se cerró en banda a todo lo que viniese de España. La crisis se calmó meses después. Pero el productor, el presentador y la propia cadena andaban ya en otras batallas para entonces y el proyecto no se retomó.

Os ahorro los detalles de qué pasó con el largometraje de comedia musical histórico-política gamberra La Perla de Tetuán… por no hacerlo más largo y porque me resisto a dar por muerto el proyecto. Los amigos ya conocéis los detalles… faltó un pelo.

Así que cuando me planteo hacer un CV lo paso mal. Hay trabajos que no se cómo reflejarlos. Y hay experiencias que me sirven de mucho a mi, pero no son útiles para nadie más. Aprendizajes que me han mantenido con vida, profesionalmente hablando, pero que no me permiten demostrar nada. Ni siquiera me generan tiempo cotizado aunque les dediqué tantas horas de mi vida. Al conjunto de todas estas cosas les llamo el Currículum B, todo aquello que parece no haber existido nunca pero que está siempre conmigo y que también han contribuido y mucho en hacer de mi lo que soy. Como profesional y como persona.

Una vieja amiga mia, productora, solía decir: “Un guionista vale lo que vale su cajón de proyectos”. Yo más bien diría que una persona – guionista o no- vale lo que valen sus sueños.

Un pensamiento en “EL CURRÍCULUM B

  1. En México he conocido un guionista que decía que había trabajo en el Terrat y otro que decía que había escrito el Orfanato, obviamente mentira en ambos casos. Y a mí me han pedido que mienta un par de veces también, para optar a entrar a escribir en tal o cual serie. No diré si lo hice o no… pero sí, la mentira es parte del día a día de este trabajo de feriantes que es el cine. Por h o por b, uno se encuentra de todo, hasta guionistas que escriben varias series a la vez con nombres distintos, qué lujo. Es parte de la tradición la mentira en el mundo de los escritores, ¿no?

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