LA SAL DE LA TIERRA

por Paco López Barrio

Hay películas míticas que lo son sin haber llegado nunca al gran público, films a los que la censura (legal o económica) ha mantenido fuera de la circulación durante décadas. Pienso, por ejemplo en la inquietante Freaks (La parada de los monstruos) que tuvo que esperar 30 años para convertirse en una obra de culto. Freaks, “amnistiada” en los 60, conectó rápidamente con los aficionados al cine de género, que la aclamaron, con toda justicia, como una obra maestra.

Otras aún han tenido menos suerte y se tuvieron que conformar con el honor de ser citadas en las Enciclopedias e historias del cine. Cuando pudieron ver la luz el planeta andaba con otras preocupaciones y el film se acababa considerando un clásico obsoleto, materia de estudio para especialistas. Éste es el caso de La sal de la tierra, una película “social” que emerge, tras años de marginación, en una época de bonanza económica, cuando el mundo empieza a creer que la lucha de clases es un asunto del pasado que no volverá a repetirse. Por eso me parece oportuno volver a examinarla ahora, en la Era del Gran Recorte.

La sal de la tierra, de 1954, es una gran película maldita, que lleva sobre sí todos los estigmas de la América conservadora. En el momento de su rodaje, la industria cinematográfica llevaba años metida en el negro túnel de la Caza de Brujas, promovida por el senador Joseph McCarthy. Tras acabar la II Guerra Mundial se inicia el período de la Guerra Fría. No sólo se trata de lograr ventaja geoestratégica de los EEUU sobre la Unión Soviética sino también de evitar el debilitamiento ideológico en el frente interior. El conservadurismo americano empieza a ver comunistas por todas partes. Y especialmente en Hollywood. Demasiados intelectuales liberales están escribiendo y rodando historias muy críticas con el sistema. Se constituye el Comité de Actividades Antiamericanas encargado de sacar de sus escondrijos a los muchos “rojos” que desde Hollywood tratan de subvertir el paraíso americano.

En un primer momento, la gente de Hollywood forma una piña en defensa de sus derechos civiles. Pero las presiones y amenazas van a más y debilitan su moral. Hay un goteo de deserciones y delaciones entre compañeros que, tras una serie de episodios vergonzosos, dejan desmantelada la oposición a esta Inquisición del siglo XX. Sobre esta negra etapa hay mucha documentación para quien esté interesado en profundizar el tema. Para la historia que estamos contando basta decir que, al final, tan sólo se mantuvo fiel a sus principios un pequeñísimo grupo, los llamados 10 de Hollywood. La consecuencia fue la cárcel, el exilio y, lo peor de todo, que muchos de ellos ya no volvieron a trabajar en el cine o tuvieron que esperar muchos años para reincorporarse a la industria, aunque ya viejos y con sus carreras destrozadas.

De alguno de estos diez -y algún colaborador más- surge, de forma casi clandestina,  La sal de la tierra. La película está inspirada en la huelga de los mineros del zinc de Nuevo México en 1951. El productor Paul Jarrico, el director Herbert Biberman y el guionista Michael Wilson (todos ellos en lista negra desde 1947) se trasladan con un equipo técnico reducido -formado también por gente comprometida – a la zona del conflicto, a principios de 1953, para rodar una historia basada en los hechos que habían sucedido un par de años antes. Paul Jarrico decía de esta empresa: “Puesto que se nos había expulsado de Hollywood por subversivos, hicimos una película subversiva, para merecer el castigo”.

 

La historia se resume así: Tras una serie de accidentes en la mina, los trabajadores se declaran en huelga. No piden sólo más seguridad, sino también la mejora de sus viviendas (propiedad de la compañía). Y sobretodo, la equiparación de los derechos de los trabajadores de origen mexicano con sus compañeros “anglos”. Pero el aspecto realmente novedoso de la trama (también extraído de la realidad) es el conflicto entre los mineros y sus mujeres. Ellas desean participar en la lucha, pero sus maridos prefieren que se mantengan al margen. Finalmente la lucha de las esposas de los mineros es determinante para el éxito de la huelga, puesto que ellas pueden llevar a cabo acciones que sus maridos tenían absolutamente prohibidas. Es la primera vez que una lucha social se presenta en el cine bajo el punto de vista de la igualdad de sexos.

La película se financió con aportaciones de la Unión de Sindicatos de Mineros y prácticamente todo el reparto fueron actores no profesionales. Entre ellos el protagonista, Ramón Quintero, estuvo interpretado por Juan Chacón, uno de los líderes de la huelga del 51. El papel de su mujer, Esperanza Quintero, fue de los pocos interpretados por una actriz profesional, la mexicana Rosaura Revueltas.

En principio la población cercana a la mina les acogió muy bien y les facilitó su estancia y colaboró en numerosos aspectos de la producción. Hasta la policia local les facilitó algunas armas para el atrezzo. Pero la denuncia de una maestra del pueblo llegó hasta las páginas del Hollywood Reporter. Sin haber leído el guión, sin haber visto una sola escena publicaron: “Los rojos de Hollywood están rodando en Silver City una película de propaganda”. El Sindicato de Actores, presidido por Walter Pidgeon, denunció el tema al FBI. Las facilidades iniciales se convirtieron en problemas y situaciones hostiles.

Con todo, la película pudo terminarse y se estrenó en 1954 en sólo 13 salas, las únicas que se atrevieron a desafiar el veto de la IATSE (la liga de exhibidores). Ningún medio de comunicación importante aceptó propaganda de la pelicula. Y la crítica, casi toda, la ignoró. Sólo en Nueva York, el crítico Danny Peary dijo: “Es mas pro-humanista que antiamericana. No llama a la revolución, sino al fin de la explotación y de todas las formas de discriminación.”

Tuvo que llegar el año 1965 para que la película pudiese estrenarse sin problemas, pero ya confinada al circuito de cine-clubs. Desde entonces ocupa un espacio mayor en las publicaciones especializadas que en la memoria del espectador. Tal vez no sea una obra maestra, tal vez tenga sus puntos de maniqueísmo… En de opinión de Bertrand Tavernier: “El mayor mérito de este film es el propio hecho de su existencia”. No es poco, si tenemos en cuenta que es la obra semi-clandestina de un equipo de “blacklisteds”. Pero yo prefiero creer, con Paul Jarrico, su productor, que ha ganado con el tiempo. Y eso es en gran parte un mérito del guionista Michael Wilson que supo entretejer muy bien el conflicto social con los avatares privados de la familia protagonista.

Herbert Bibermann no volvió a dirigir hasta 1965, una sola obra menor: Esclavos. Michael Wilson siguió trabajando como guionista con pseudónimo. Y ganó dos Oscars por El puente sobre el Rio Kwai y Lawrence de Arabia. Es autor también del guión de El planeta de los simios. El productor Paul Jarrico se marchó a Europa y durante veinte años trabajó en títulos de serie B y televisión. Rosaura Revueltas fue deportada a México. Juan Chacón continuó en la mina. En 1984, en un documental conmemorativo de La sal de la tierra dijo: “No entiendo a los sindicatos de ahora. Quieren llegar a acuerdos sin ni siquiera hacer huelga”.

2 pensamientos en “LA SAL DE LA TIERRA

  1. Es tu mensaje el que no tiene el más mínimo interés cinematográfico. No sólo sabés muy poco de cine, sino que sabés muy poco de arte, y nada de humanismo. El Cine es Arte, el Arte es Humanismo y el Humanismo es Política. Esto los fascistas Nunca lo entenderán… (ni le interesa entenderlo a su estrecho espiritu). Un abrazo a todos.

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