UN LUTHIER NEGRO Y CANALLA

 

por Paco López Barrio

 Si alguien no se ha reído jamás con estos tipos es que o no los conoce o el Señor no le bendijo con el don del sentido del humor. Yo llevo muchos años siguiéndoles la pista y nunca me han defraudado. De la formación original falta Gerardo Massana, uno de los fundadores, fallecido prematuramente en 1973. Eran los muchachos que toda suegra desearía: de la mejor sociedad de Buenos Aires. Y todos con carrera, aunque la farándula pudo más. La sociedad porteña perdió un arquitecto, un ingeniero, un médico, un notario… pero el mundo entero ganó uno de los mejores grupos cómicos de la historia.

Pero exisitió un Luthier en la sombra, que ni subía al escenario, ni era de Buenos Aires, ni fue buen estudiante. Un Luthier negro y canalla que siempre me pareció un tipo genial: Roberto Fontanarrosa.

No es muy normal ver las banderas de toda una ciudad a media asta por la muerte de un humorista. Cuando llegué a Rosario, a finales del verano de 2007, la ciudad aún acusaba el golpe. Roberto “el Negro” Fontanarrosa había muerto el 19 de julio anterior. Fontanarrosa era rosarino como Leo Messi y el Che Guevara, los dos paisanos más conocidos. El Negro no alcanzó, como ellos, la fama mundial, pero era un referente indiscutible de su ciudad. Una noche vi desde la furgoneta del equipo (estaba allí rodando un documental para TeleMadrid), un grafitti en el barrio de Arroyito, junto al estadio canalla. Dios, con barbas blancas, túnica y triángulo en la cabeza, se disculpaba: “Perdónenme por llevarme al Negro”. Ni llevaba la cámara de fotos encima ni supe encontrar después aquella tapia en un callejón poco recomedable.

Roberto Fontanarrosa había nacido en 1944. El apodo de “el negro” es corriente en Argentina, sin necesidad de que seas del color de E’too. Fontanarrosa fue un mal estudiante que trabajó en publicidad y terminó dedicándose a la historieta gráfica. Creó personajes como Boogey el Aceitoso, un agente secreto digno de las mejores dictaduras latinoamericanas, y, sobretodo, al Gaucho Inodoro Pereyra y su perro Mendieta. En la boca de este Martín Fierro crepuscular puso frases tan incisivas como ésta: “Estoy comprometido con mi país, casado con sus problemas y divorciado de sus riquezas”. Fontanarrosa tiene otras dos citas que para mí son memorables: “Por donde pasé dejé huella. Después pavimentaron”. Me gustó tanto que la tomé prestada en mi perfil de Facebook. La otra es: “Rosario tiene buen fútbol y bellas mujeres. ¿Qué más puede desear un intelectual?” Con esta declaración abrió su intervención en el Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Rosario en 2004. Vale la pena dedicar unos minutos a escuchar su divertida ponencia sobre “Las malas palabras”. (1 y 2)

Además de dibujante, Fontanarrosa fue un gran escritor de relatos cortos. “No tengo pretensiones de ganar el Nobel. Me siento pagado con que alguien me diga: Me cagué de risa leyento tu libro”. Una parte de su producción como cuentista está dedicada al mundo del fútbol. Y conocia bien el percal, porque fue un canalla a carta cabal. Los rosarinos, en asuntos de fútbol, sólo pueden ser dos cosas: o leprosos o canallas. Leprosos son los seguidores del Newell’s Old Boys, pronúnciese Ñuls,  un equipo bastante pijo para mi gusto. Los canallas siguen al equipo más arragaido en la clase media-baja-bajísima-paupérrima: El Rosario Central. Canallas fueron, además de Fontanarrosa, el Che, Fito Páez o Libertad Lamarque. Messi, en cambio, fue un pequeño leproso: jugó en los infantiles del Newell’s, antes de redimirse viniéndose al Barça.

 Fontanarrosa apenas salía de Rosario: allí tenía todo lo que necesitaba, su trabajo y el Estadio de Arroyito, el gran templo canalla. Y las pocas cosas de fuera que le interesaban ya venían de vez en cuando. Les Luthiers, por ejemplo, tenían la costumbre de estrenar todos sus espectáculos en el Teatro Astengo. El grupo consideraba al público rosarino representativo de su “espectador medio”. El hecho de estrenar allí les permitía ensayar y pulir detalles antes de lanzarse a cada gira.

A finales de los 70, Les Luthiers decidieron rodearse de un grupo de colaboradores creativos que les suministrasen material para gags o ideas para su canciones. Probaron unos cuantos candidatos pero el grupo no cuajó. Un amigo común les habló del dibujante rosarino. Para el estreno de “Mastropiero que nunca” Les Luthiers acudieron, como siempre, a Rosario. Y allí conocieron al Negro. Lo que iba a ser una estancia de dos dias se alargó toda una semana. Fontanarrosa fue desde entonces el otro Luthier, aquel que las señoritas harían muy mal en presentar a sus madres. Afortunadamente nunca subió al escenario: la música no le interesaba demasiado y detestaba viajar.

Al talento del Negro se deben números como La gallina dijo Eureka, Cartas de color o El sendero de Warren Sánchez. Como muestra ahí va la Epopeya de los 15 jinetes.

 Una esclerosis lateral múltiple acabó con el Negro Fontanarrosa en 2007,  a los 62 años. Tres dias antes de su muerte escribió esta emotiva carta sobre su trabajo  y su amistad con Les Luthiers.

El Negro dejó un gran vacío en la sociedad rosarina. Especialmente en el Café El Cairo, en donde Fontanarrosa tenía su tertúlia semanal , la Mesa de los Galanes, con sus mejores amigos, tanto rosarinos como gente de fuera. Uno de los “Galanes Honorarios” fue Joan Manuel Serrat, buen amigo del negro  y al que los rosarinos adoran (y el Nano les corresponde).

Cuando visité el Café El Cairo, un local encantador en la esquina entre Tucumán y Santa Fé, aún no hacía dos meses que había muerto Fontanarrosa. Se acabó la Mesa de los Galanes. Sólo pude ya escuchar unos tangos y beberme un whisky en su honor. Por cierto, era domingo y el Central le había metido una goleada al Ñuls. Al Negro le habría hecho feliz. Y a mi me habría hecho feliz brindar con ese canalla.

3 pensamientos en “UN LUTHIER NEGRO Y CANALLA

  1. Joder Paco, como siempre eres una enciclopedia con patas. Muy ameno y divertido, gracias por ayudarme a conocer más a Fontanarrosa🙂

  2. Me sumo a la impresión de los comentaristas. Muy bueno lo de “las malas palabras”. La fuerza que emanan ciertas palabrotas es insustituíble. Y el secreto está en algunas consonantes! Me ha encantado lo irreverente de la exposición. Trataré de conseguir “El mundo ha vivido equivocado (y otros cuentos)”. Seguro que no tiene desperdicio.

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