RENOIR, MUSSOLINI Y EL FESTIVAL FANTASMA

por Paco López Barrio

Como una vieja dama presumida, también los festivales de cine se quitan años. La Mostra de Venecia, el más veterano, nació en el año 1932. Pero en sus crónicas se suele hacer coincidir la historia del festival como tal con la lista de ganadores del León de Oro, que empezó a entregarse en 1946. Quizá porque les resulte aún incómodo recordar que, de 1932 a 1942 (durante los últimos años de la guerra no hubo festival), el premio a la mejor película se llamaba Copa Mussolini.

La Mostra de 1938, fue un escándalo, pero tuvo un estupendo efecto colateral: causó, indirectamente, el nacimiento del Festival de Cannes. Otro que también se quita años, porque su fecha oficial de nacimiento es también 1946. En su caso está más justificado este olvido, porque Cannes 39 apenas llegó a existir. Lo que sucedió entre Venecia 38 y Cannes 39 es una curiosa historia de interferencias entre cine y política.

¿Y cual habia sido el escándalo veneciano? La ganadora “moral” en Venecia, en 1938, habia sido La Gran Ilusión de Jean Renoir. La película es un claro alegato pacifista en unos años en que la tensión en Europa crecía dia a dia. Para los que no la hayáis visto: La Gran Ilusión cuenta el encuentro de un oficial francés, prisionero en la I Guerra Mundial, con el oficial alemán encargado de su custodia (este papel lo interpretó Eric Von Stroheim). Los dos son unos caballeros, militares chapados a la antigua y hombres de honor. Por eso, aunque enemigos, acaban entablando una gran amistad y llegan a la misma conclusión: las guerras son una monstruosidad injustificable. Hoy firmariamos ese mensaje sin más problemas. Pero en esos años media Europa está deseando lanzarse a la yugular de la otra media y todo el que ponga en duda la “razón patriótica” es un traidor.

La Gran Ilusión estaba prohibida en Alemania por órden directa de Goebbels, quien la consideraba “nuestro enemigo cinematográfico número uno”. Encontraban altamente ofensivo que, al final de la película, el alemán no disparase contra el francés que huía. El gobierno alemán no veía con buenos ojos que el film de Renoir se presentase en Venecia, en un país aliado. Pero el cabreo de Hitler llegó al máximo cuando el jurado internacional decidió, por unanimidad, que La Gran Ilusión era la mejor de las películas presentadas. ¡Hasta ahí podiamos llegar! La diplomacia nazi movió sus hilos con tanta decisión que el propio Mussolini intervino en el asunto. La organización de la Mostra ignoró el fallo del jurado y proclamó como pelicula ganadora a Olimpia, de Leni Riefenstahl. Una excelente película, por otra parte, de la cineasta mimada del Reich. Al fin y al cabo, Leni Riefenstahl era “como de casa”, mientras que Renoir, en aquella época, era un notorio simpatizante del PC francés.

El cambiazo por decreto no cayó nada bien en los círculos culturales y políticos franceses. Un diplomático del Quai d’Orsay que estuvo presente en la Mostra, Phillipe Erlanger, lanzó la idea de un festival de cine para el “mundo libre”, que no estuviese dominado por las potencias del Eje. El gobierno francés, radical-socialista en aquellos años, se hizo eco de la propuesta y en poco tiempo se organizó un comité de apoyo, en el que figuraban personalidades como André Maurois o los hermanos Rostchild, bajo la presidencia honorífica de Louis Lumière, que aún vivía por aquellos años.

En un primer momento se pensó en Biarritz, como sede del festival. La localidad de la costa vasco-francesa tenía una gran tradición como residencia de verano de la burguesía y la gente bien del periodo de entreguerras. Pero no tardó en descartarse. Biarritz, pese a su glamour, habia quedado un tanto desfasada. Su equipamiento hotelero resultaba insuficiente y anticuado como para acoger un gran evento de este tipo.

Aquí entra en escena Henri Gendre, un directivo del Grand Hotel de Cannes y cinéfilo: era el padre del actor Louis Jourdan, una de las estrellas más populares del momento. La idea no era mala: la Costa Azul se habia ido convirtiendo poco a poco en un punto de atracción para la gente de la cultura (aún se recordaban las andanzas por allí del novelista Scott Fitzgerald, uno de los pioneros). Pero también estaba atrayendo una gran masa de turistas de clase media, gracias a la recién aprobada Ley de Vacaciones Pagadas, del gobierno socialista de Léon Blum, que habia entrado en vigor dos años antes. El hotelero Gendre movió sus hilos durante meses, ganando para su causa a todos los parlamentarios de la región. En la primavera del 39 Erlanger se plantó en Cannes para elaborar un inventario de los equipamientos hosteleros de la ciudad, como habia hecho en Biarritz meses antes. Y la Costa Azul le gustó tanto que se quedó a vivir allí hasta su muerte, en 1987.

Los informes de Erlanger convencieron al Comité: Cannes no tenia menos glamour que Biarritz, pero disponía además de unas instalaciones hoteleras mucho más capaces y puestas al dia. El gobierno francés le dió el visto bueno y empezaron los preparativos del I Festival de Cannes, que se celebraría entre el 1 y el 20 de septiembre de 1939.

En verano se puso en circulación el cartel oficial, en el que se veía una pareja en smoking y traje largo, muy al estilo belle époque. Para darle la mayor promoción se fletó un transatlántico para que trajese a las estrellas, unas semanas antes de la inauguración. Y así, todavia a primeros de agosto, se pudo ver pasear por La Croisette a Mae West, George Raft, Tyrone Power, Gary Cooper o Douglas Fairbanks. Ingleses y norteamericanos se sumaban así a la propuesta de un festival de cine declaradamente antifascista, mientras que Alemania, Italia y Japón se negaron a participar.

Pero unos dias antes ya se recibe un aviso de que no vienen tiempos fáciles: el 23 de agosto Alemania y la Unión Soviética firman su polémico Pacto de No Agresión. Al dia siguiente las estrellas estadounidenses se vuelven a casa, sin esperar al comienzo del Festival.

Y, aunque algo deshinchado por esta deserción americana, llegó el gran dia: el 1 de septiembre de 1939. Pero otro suceso le robó todas las portadas al festival. A las 6 de esa misma mañana las tropas alemanas cruzaban la frontera polaca. La II Guerra Mundial acababa de comenzar.

Apenas dió tiempo a ver el preestreno de Esmeralda la zíngara, de William Dieterle, con Charles Laghton y Maureen O’Hara. Erlanger, que por su edad aún podía ser movilizado tuvo que dejar Cannes para presentarse en su centro de reclutamiento. Dos dias después Francia e Inglaterra declaran la guerra a Alemania y se suspende el festival.  Durante los seis años siguientes Europa entera fue un campo de batalla.

El Festival de Cannes se relanzó ya definitivamente en 1946. Curiosamente – y con justicia- el premio recayó sobre un viejo enemigo, pues la triunfadora absoluta fue la italiana Roma città aperta de Roberto Rossellini. Pero se presentaban tambien otras grandes películas como Gilda, de King Vidor, Encadenados de Hitchcock y Dias sin huella, de Billy Wilder. Con estos títulos quedaba claro que Hollywood apostaba por Cannes y el festival iba a tener futuro.

Mucho tiempo después, en 2002, un grupo de críticos vinculados al comité frances del Festival, emitieron su fallo no oficial sobre la edición de 1939. A la vista de lo que se presentó entonces, decidieron que la mejor película habria sido Union Pacific, de Cecil B. de Mille. Se propusieron también menciones de honor a Las cuatro plumas, Adiós, Mr. Chips y El Mago de Oz. Y, además, se destacaba la labor de la jovencísima (en el 39 lo era)  Judy Garland.

A partir de 1946 todo se normalizó en Europa. Y, en los años 50, nacieron otros dos importantes festivales: la Berlinale y San Sebastian. Pero esa ya es otra historia.

4 pensamientos en “RENOIR, MUSSOLINI Y EL FESTIVAL FANTASMA

  1. Un post con gran valor documental, tal como nos tiene acostumbrados, Paco.
    Ese magnífico cartel del festival de Cannes en el 39 ya era un anticipo del glamour que iba a destilar el festival en el futuro.
    Sobre “Las cuatro plumas” que menciona, no he visto la original del año 39. De hecho, la única versión que he visto es la dirigida por Khapper en 2002. A pesar de su escasa repercusión, la recuerdo como una bonita história, emotiva y muy entrañable.

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