LA ANÉCDOTA QUE ME ENSEÑÓ A ESCRIBIR PERSONAJES.

Por Martín Román.

Decir qué parte de la escritura de un guión de ficción es la más complicada es algo muy subjetivo. Hay a quien le resulta fácil crear la estructura, o dialogar, o crear gags ingeniosos. Pero lo que a menudo se encuentra en los guiones son personajes secundarios, a veces también protagónicos, con muy poca personalidad. Los espectadores muchas veces se encuentran con un rostro conocido y actor/actriz de reputado prestigio interpretando un personaje que no se creen. Normalmente le echan las culpas al/la intérprete: “no está creíble”, “parece que recite”, “qué mal actúa aquí”.

Además, habitualmente directores y guionistas solemos echarles las culpas. En todo caso, si realmente es el actor quien no está creíble la culpa será del director que lo ha elegido (a no ser que viniera impuesto por el productor), pero también podría ser culpa del guionista y por último también del director que no detectó el fallo en el guión. Escribo esto como guionista, pero como sabéis también dirijo así que espero no se me soliviante el gremio de directores, cuando asumimos el riesgo de dirigir asumimos también el riesgo a equivocarnos.

En los talleres de escritura que he realizado se estudia mucho la construcción de personajes: su biografía, su secreto oculto, qué persiguen, temperamento, personalidad… (Para la construcción de personajes recomiendo encarecidamente el manual Estrategias del guión cinematográfico de Antonio Sánchez-Escalonilla).

Intentamos que nuestros protagonistas posean todas las peculiaridades para ser creíbles, pero te encuentras con que la teoría y la práctica se conjugan difícilmente. El guionista cuando escribe persigue un objetivo, igual que su personaje, y a veces las prisas le hace olvidarse de que es su personaje el que debe alcanzar dicho objetivo, las prisas del guionista le hacen olvidarse del personaje y, claro, se comportan arbitrariamente y no conforme a su personalidad. Pero cuando un personaje está bien definido, cuando deja de ser un personaje para ser una persona, hace la escritura mucho más fácil y quizá nos demos cuenta de que ha cambiado su objetivo, pero es que las personas somos así, mutables.

Demos por hecho que hemos conseguido para nuestro protagónico ese personaje completo, con miedos, con metas, traumas, lo introducimos en un entorno y de repente, ¡sorpresa! le da por interactuar con otros personajes que se encuentra en la historia. Y sí, estos personajes también se merecen estar bien construidos. Aunque aparezcan sólo 3 minutos en pantalla.

En 2004 Sígfrid Monleón dirigió Síndrome Laboral, telefilm inspirado en el Síndrome Ardystil, cuyo guión escribimos conjuntamente. Teníamos dos personajes bastante bien construidos (en mi opinión, podéis disentir si queréis) que eran los dos protagonistas interpretados por Mercé Llorens y Carmelo Gómez. El entorno más directo también estaban bastante armados, la madre de ella, su médico… pero teníamos unos cuantos más, entre ellos una abogada que representaba a un grupo de mujeres que padecían una enfermedad causada por unos tintes con los que habían trabajado años atrás. Esta abogada estaba interpretada por Cristina Plazas.

Yo estaba muy contento con el trabajo que habíamos realizado en el guión Sígfrid y yo. Un día me encontré con Cristina y me dijo “Vaya personaje que me habéis dado”. Admiraba y admiro su trabajo, pero yo consideraba que era un secundario normalito. Concluí que era un comentario amable pero, viniendo de quien venía el comentario y a mis 24 años y con poca experiencia en el sector, esa conclusión a la que llegué no evitó que mi ego se hinchase.

Tiempo después, antes de emitirla pero con el montaje final quedamos para verla Sígfrid, Avelina Prat (script, ahora también excelente directora y guionista), Vince Barrière (músico), Cristina Plazas, y no sé si había alguien más. El caso es que la vimos todos juntos y me pareció que Cristina estaba muy bien en el papel, y me volvió a recordar “Vaya personaje que me habíais escrito…”. Ahí dudé, ya no lo tomé de forma tan halagadora y pregunté a qué se refería. Me comentó que cuando lo recibió no veía mucho donde agarrarse, era un personaje que soltaba información (cierto) y que no tenía una relación personal con los personajes que representaba (cierto también, ¡maldición!). ¿Qué hizo para mejorar su personaje? Lo que debíamos haber hecho previamente, construir su biografía (no hacen falta 15 páginas para eso, aunque depende de los autores) y conocerla mejor. Junto a Sígfrid, Cristina buscó razones emocionales para vincularse a las personas a las que representaba: su personaje era del mismo pueblo que las afectadas, si no hubiera estudiado una carrera probablemente habría padecido la misma enfermedad que sus paisanas, lleva 10 años luchando por los intereses de las afectadas y eso conlleva una implicación personal muy fuerte que con la llegada de un nuevo abogado se veía perturbada.

Su personaje seguía soltando mucha información, era necesario, pero ahora lo hacía con un trasfondo que le daba un sentido emocional, tenía dónde agarrarse. Su revelación fue un mazazo para mí en ese momento, mi ego es frágil (¿acaso el vuestro no?). Pero sabía que era una lección importante, desde entonces me los tomo muy en serio y rompo lanzas a favor de los actores pues la mayoría de las veces que no son creíbles se debe a que no tienen a qué agarrarse para hacer su trabajo más allá que unos diálogos explicativos.

13 pensamientos en “LA ANÉCDOTA QUE ME ENSEÑÓ A ESCRIBIR PERSONAJES.

  1. totalmente de acuerdo, sin una biografía clara y con sentido para la historia, sin un backstory, los personajes se convierten en personajes planos.
    también leí una vez en algún libro que un personaje que no sirve para la historia, que es prescindible, es la mejor manera de dilucidar si está bien construido. si no ayuda a la historia, mejor quitarlo.

  2. Muy interesante. Una peli se construye con los ojos del director,guionista,actor,iluminador,regidor,camara,peluqueria,attrezo ect.ect.ect…

  3. Está bien la autocritica, Martín. Y no dudo que en ocasiones pueda deberse a fallos del guion, pero la profesionalidad y la buena interpretación de un actor debería estar por encima de esos fallos. Al igual que Cristina deberían ser capaces de salvar la situación. Es parte de su trabajo. Incluso, los presentadores de telediario en cierta medida necesitan “actuar” un poco a la hora de soltar información, para generar interés y dinamismo. Nada aburre más que escuchar recitar una crónica al estilo del Padre Nuestro.

    • Hola Regla,

      Antes que nada, gracias por seguirnos y participar con tus comentarios. Coincido en que un actor/actriz debe aportar y no ser un mero maniquí obediente (hay directores que los prefieren así, yo no), pero sólo puede aportar si el director o directora le da esa libertad y le dedica el tiempo suficiente para que construya desde cero. En televisión, para los personajes episódicos al actor le llega la separata y cuando entra en plató tiene que hacer de enfermero, fontanero, camello… y pocas indicaciones más reciben. Generalmente los actores son inseguros (el director también pero no debe demostrarlo) y necesitan sentirse apoyados y guiados. Como guionista, mi deber es darle las herramientas suficientes al actor para que interprete el papel que yo he imaginado.
      Al respecto tanto Charlie Kauffman como los hermanos Coen son maestros en la construcción de personajes, cualquier secundario o terciario se te queda en la retina y la memoria para siempre y eso viene construido de guión, luego el actor lo enriquece pero la personalidad existe previamente.

      • Gracias a vosotros por ser tan buenos anfitriones, Martín. “Como guionista mi deber es darle las herramientas suficientes al actor, para que interprete el papel que yo he imaginado”. Es cierto que este aspecto no debería descuidarse ni siquiera con personajes secundarios o terciarios. Si el guionista hace bien su trabajo en este sentido, la responsabilidad última es del actor. Y seguro que facilitando el mismo texto y las mismas herramientas a varios actores, la interpretación que hagan del personaje no será la misma, ni por asomo. Seguro que uno de ellos consigue satisfacer más las expectativas y consigue clavar el papel que usted como guionista ha imaginado.

    • Hola Manolo,

      Gracias por pasarte por aquí a leernos. Tienes razón, creo que los guionistas y actores y también los directores deberían saber algo de escritura, de interpretación y de dirección. La actuación es un campo al que me quiero acercar algún día (también para vencer mi timidez). En definitiva, creo que la mayoría de escuelas relacionadas con el audiovisual obvian la creación artística (guión y actuación) y se centran en las más técnicas (cámara, edición -que también es creativa pero se enseña muy mecánica-). Ahora mismo estoy impartiendo un taller y hay personas de Comunicación Audiovisual y de algún Taller de Vídeo y apenas han tocado el tema más que teóricamente.
      PD: Del enlace que envías me quedo con “La única verdad a la que llegué después de escuchar al actor poblano, fue que escribir es el principio del “hecho dramático” e interpretarlo es el fin.”

  4. Ja, ja… No recordaba esta historia, Martín! Pero no dudo que será verdad, con todos sus detalles… Pero, sabes? A veces es bueno para el actor “no saberlo todo, no tenerlo todo atado”… Es una manera de tenerte alerta durante el proceso y, en algunos casos, permite consensuar con el guionista!!! Besos

    • Hola Cristina,

      ¡Cuánto tiempo! Creo que es normal que no recuerdes la anécdota estábamos de tertulia distendida, pero para mí fue bastante impactante y no se me olvidará porque la considero una importante lección.

      Por supuesto que hay que darle al actor espacio para trabajar su personaje pero cuanto más construido esté más elementos os encontráis para encarnarlo y proponer, ¿no? También supongo que el haber trabajado previamente con Sígfrid te permitío tener la libertad de llevártelo a tu terreno. Vamos, que hiciste crecer al personaje muchísimo.

      Un abrazo y espero que te vaya todo fenomenal.

  5. Hola, contertuli*s,

    Hoy me he acordado de una anécdota que contó Daniel Monzón sobre el casting de Celda 211 y entronca con la libertad que debe tener el actor a la hora de proponer ideas para construir su personaje. Contó Monzón que estaban haciendo el casting para el personaje de Releches (¿caéis en quién era ese personaje?), un preso con una actitud extremadamente amanerada y fina. Entre los actores que probaron apareció Luis Zahera y le había dado la vuelta completamente. Supongo que lo recordaréis con su voz ronca (“¡Pincho!”). Los mismos presos (había presos reales entre los extras) le preguntaban a Monzón de dónde había sacado a ese preso, ¡pensaban que era real! A mí siempre me ha llamado la atención que se hablara tanto de la interpretación de Tosar y Carlos Bardem y nada de Zahera. No es por desmerecerlos, son grandes actores y ambos bordan sus personajes, pero lo de Zahera me parece absolutamente magistral.

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