RELATOS DE VERANO #1: DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE NAZARET

Comenzamos una serie de relatos de verano en Guionistasvlc. Cada semana uno de ellos publicará un relato. Comienza el periplo gabkarwai.

 

Un relato breve de gabkarwai

A un policía de los de entonces, mi padre

A un periodista de los de ahora, Rodrigo Terrasa

“Creo con todas mis fuerzas que debo hacer por los demás lo mismo que hacen por mí. Bueno o malo, y me aseguro bien de que todos cuantos me rodean lo sepan también, porque déjame decirte algo: he descubierto que sea cual fuere la mierda a la que he de enfrentarme, sea cual fuere la conducta animal con la que he de luchar, eso mantiene mi decencia, hace que la gente a mi alrededor sea decente, y en los tiempos que corren la decencia, la simple decencia humana, está siendo tan rara como ver mear a una gallina, ¿de acuerdo?”

“El samaritano” Richard Price

1

La primera patada no le pareció excesiva. Desde el balcón todo se veía de lejos, todo parecía pertenecer a otra realidad. Luego vio como alguien le agarraba de los pelos y lo empujaba unos tres metros. Le siguió una patada en la boca del estómago y un empujón con la pierna que lo arrastró algunos metros más. Su cuerpo reventado se quedó en medio de la calzada. Después, voló una patada que le reventó literalmente la mandíbula. Vio sangre y dientes caer de la cara de aquel pobre diablo. Esa fue la primera vez que Juan apartó la mirada. Se creía un hombre con 17 años, pero aquella patada le devolvió a la realidad. Siguieron gritos “no lo matéis”, seguido de forcejeos, insultos, más patadas, más empujones. En uno de ellos logró entender algo sobre un robo. Rápidamente, por la conversación entre su madre y la vecina de al lado, comprendió que se trataba de un raterillo que lo habían pillado robando. No le quedó claro si un coche o en una tienda.

- No os mováis de aquí y no abras – dijo su padre mientras se metía la pipa tras el cinturón. Se bajó a la calle.

Cuando volvió a mirar, ya habían apoyado lo que quedaba de su boca en el bordillo. Y oyó su silbido.

- Guardia civil, manos en alto por favor.

Su padre se hizo valer y sacó la pipa para que quedará claro quien era. Aquellos toros pararon y el ambiente se calmó. La local no tardó en llegar.

Balance: el diablo al hospital (y más tarde a prisión) y aquellos salvajes aún están pendientes de juicio. Y solo declarará una persona: su padre.

Ese fue el comienzo del verano del 1997 en el barrio de Juan.

Juan recordaba todo esto quince años después mientras volvía de ese juicio con Antonio, su padre, que conducía su antiguo Opel Corsa por Nazaret. Llamar así a uno de los barrios más deprimidos de Valencia suena a guasa, casi a mala baba, pero allí pasó Antonio más de seis años, patrullando aquellas calles. Ahora está pre-jubilado. Bueno, lo “pre-jubilaron”.

Antonio le señala una zona derruida a Juan:

- Allí, de un pico, murió el Pipa, ¿te acuerdas de él?

Como no acordarse, piensa Juan. Jorge Raya, alias “El Pipa”, era uno de los mayores del barrio. Cuando era pequeño jugaba con él al básquet. Luego la progresión de muchos de ellos: discotecas, ruta del bakalao, fiesta, droga, picos, ataúd.

Hasta llegar al bar Manqui, Antonio saluda a dos o tres personas.

- El payo don Antonio. – le abraza uno que parece el patriarca de una familia gitana.

Almuerzan con un antiguo amigo de Antonio, Miguel. Les habla de la degradación del barrio, la pena que supuso que quitaran el cuartel, las romerías divertidas que hay algunas noches por allí,

- Lo importante es no perder la alegría. – dice, y luego sigue hablando de la Fórmula 1, aquello que oyen y nunca verán. Desde allí se puede ver el Assot d’Or o el “jamonero”, como se le llama comúnmente en Valencia. Es el puente de Calatrava que parece un escorpión. El problema es que con la crisis, se ha picado a si mismo y la ciudad muere de inanición.

Por un momento sale el nombre de Esteban Torró y los dos, Antonio y Miguel, dos viejos zorros disfrazados de antiguos guardias, guardan silencio. Eso mosquea a Juan. Los dos hacen como que pasan del tema, pero se les ve jodidos, molestos.

Cuando ya vuelven al barrio, en ese coche que no tiene aire acondicionado (porque Antonio decidió no ponérselo) a 37 grados a la sombra, Juan decide atacar.

- ¿Quién es Esteban Torró?

Como siempre hace, Antonio le mira por encima del hombro. Vuelve a mirar a la carretera y calla.

- Esteban Torró Moliner. Administrador del Grupo Avecom. Imputado por la trama Gürtel por la visita del Papa. Mi “pre-jubilación”.

Y calla.

2

Juan googlea: Esteban Torró Moliner. Nada, solo encuentra su relación con la trama Gürtel pero ni rastro de quién es. En google imágenes está lleno de fotos de El Bigotes y Correa, ahora tan demacrado. Juan decide investigar por su cuenta. Le manda un correo a un antiguo amigo del colegio, Roberto, que ahora trabaja de periodista en El Mundo. Tampoco le suena. Juan deja de insistir hasta que tres días más tarde Roberto le manda un enlace. Solo una frase en el mensaje: “Mira a ver si es ese, el que está al lado de la rubia de bote que está cogida al Bigotes”. Al verlo se le aparece un hombre de unos 50, trajeado, algo serio y con pocas canas porque usa, seguro, grecian 2000. Pero algo de su mirada le llama la atención, le recuerda a algo. Y sabe qué es.

Mayo del 2007, inauguración del Berklee College of Music. Juan acaba de sacarse la oposición como profesor de literatura de secundaria, aunque ha escrito alguna que otra obrita de teatro. Y por eso le invitan a la inauguración, como socio de SGAE, de la mega-institución musical. Delante de él, camino a la mega-carpa que han instalado, van un padre y su hijo trajeados. Juan se acerca a ellos para oír su conversación.

- Es que a mi, papá, la música no me mola.

- Y que te tiene que molar. Yo te presento a Enrique, que tiene contactos allí y cuando esté terminado un despachito para ti, ¿ok?

- ¿Y no podría ser en lo del cine, que me mola más?

- Tú entras ahí y luego ya veremos, no te jode. ¿Te piensas que yo soy el president de la Generalitat o qué?

Esto es Valencia. Esto y algo que deja anonadado a Juan y que seguirá investigando durante tiempo: la capacidad de oratoria del presidente de la Generalitat, Paco Camps, que embelesa al público. Y también el tú a tú de Rita y la grima que da Teddy Bautista. Estos tiburones saben bailar con la más guapa, pero también con la más fea. Juan piensa que espera no estar nunca delante de uno de ellos. Pero sigue pensando en ese padre e hijo que andaban delante suya. Al fondo distingue al padre saludando a diestro y siniestro. Es él, lo recuerda perfectamente: Esteban Torró Moliner.

Como lo que será el Berklee College of Music queda cerca de casa de sus padres, Juan decide comer con ellos. En el camino, se cruza con el Pipa.

- ¡¡Juaaaaan!!

El Pipa lo llama subido a un banco del parque. Juan lo saluda y le sale del alma.

- ¡Ese Pipa!

- Parapapipa paparopó, paparopó. – contesta el Pipa cantando. Y sonríe. Tres dientes sobresalen entre toda esa mugre.

En la comida los padres de Juan discuten sobre un tal Alberto.

- Pero, ¿quién es Alberto?

Antonio le explica, medio cabreado, que le ha entrado a su madre porque sabe que el piso de la yaya se ha quedado libre y le ha hecho una oferta de compra. Es un constructor del barrio que está comprando pisos a gó-gó. Sí, dice a “gó-gó” como el que utiliza el quizás. Y también suelta que no le cae bien, y punto. Asunción, la madre, espeta que el señor es muy atento y ha sido muy cortés, y que si Antonio es un cerril, ya tiene dos cosas que hacer: cabrearse y descabrearse.

Días después Juan lo conoce. Alberto Sabater, de la inmobiliaria CentroSA. En un bar del barrio, un amigo común los presenta. Juan reafirma aquello que su madre dijo: un señor cortés, y atento. Pero a él no se la dan, bajo esa capa de gomina se encuentra un depredador. A la segunda caña tira el anzuelo.

- El hijo del picoleto, ¿no?

- Bueno, nadie es perfecto. – contesta medio divertido Juan.

Alberto ya ha salido a la caza. Habla de lo cerrado que es Antonio y de lo fantástico que se está quedando el barrio, de las posibilidades del Parque Central, del piso de su abuela, “una gran mujer” remata. Juan, que lo prevé, hace un amago de llamada y se disculpa. – Mi mujer. Lío con los niños. Me voy. – Y zanja el ataque. Pero ya conoce a Alberto.

Una llamada rutinaria de Juan a su madre le deja con la mosca tras la oreja. Asunción le comenta, así de pasada, que su padre, Antonio, se ha ido a Ponferrada, por una investigación. Le ha pedido que no diga nada, pero está preocupada. Últimamente tienen algo gordo, se pasa el día diciendo “algo huele a podrido en la Generalitat” y no suelta prenda.

Juan cuelga y piensa: – ¿Ponferrada?

Como Juan trabaja en un colegio cercano a casa de sus padres, pasa cada cierto tiempo a verlos. Les dice que ha conocido a Alberto, el de CentroSA. Asunción mete cizalla:

- Pues Amparín ya ha vendido el de su suegra. Le van a soltar un pastizal. – Pero Antonio calla, no dice nada. Juan quiere saber algo de Ponferrada.

- ¿Y qué tal por León papá?

- Frío, que quieres que haga.

- ¿Y las gestiones?

Antonio termina de sorber la sopa y mira como Asunción se retira a la cocina.

- Hay un mamoneo en la Generalitat, que ni te cuento.

- Eso ya lo sabíamos papá.

- Pero están desviando dinero público ilegalmente.

- ¿Es lo que estás…? – pero llega Asunción. Los dos se callan y Antonio solo llega a decir, – Luego te cuento, que ya ha llegado la poli.

- Ya está tu padre con las conspiraciones.

Y siguen comiendo.

- La cosa consiste en lo siguiente: la visita del Papá se retransmite por Canal 9. Esta subcontrata el sonido a una constructora leonesa. Ahí saltó la liebre. Ahora estamos detrás de a quien subcontrata estos pájaros. Estamos hablando de más de un millón de euros.

- ¡Jo-der!

La conversación deriva en si no debería ser un concurso público y en cómo llega una constructora a llevarse semejante pastel.

- En eso estamos. Debe haber alguien gordo detrás.

Sentado en el parque Juan se lía su último cigarro del día. Quiere dejarlo, por eso se lo hace antes de llegar a casa. El Pipa llega allí muy excitado y bailando con un sobre en la mano.

- ¿La paga extra? – suelta Juan socarrón.

- Chaval, la comisión que me da el tito.

- No sabía que trabajaras.

- Uno tiene una reputación, jajaja. – y Juan le vuelve a ver esa dentadura picada. – va a caer un gramito antes de la cena y luego me voy a Los Bestias a cenar. Venga chaval, te invito.

- No gracias Pipa, mi mujer y los niños me esperan. Me termino este y me piro. ¿Y quién es el “tito”?

- El tito Alberto que le consigo clientes.

- ¿A CentroSA?

- Que va, el tito trabaja en un joldin’ d’esos, y se ha llevado de putas a todos. ¿Y quién les lleva el perico? – y se señala a si mismo mientras se ríe.

- Menudo estás hecho. – y el Pipa sigue riéndose.

- Y el peor es un figura con los bigotes largos. Menudo ficha nano, menudo ficha. Ese, uno calvo con perillita que sabe más que pesa, Pinillas, y el Torró, un señor de esos trajeados que seguro que es de lo que les gusta el sado. Como si lo viera. – y suelta otra carcajada.

Y mientras Juan recuerda la descripción del Pipa, busca rápidamente en internet una noticia donde el Bigotes estaba con una motaza y un tipo calvo: Bigotes y Pinillas y al fondo el tito Alberto, y de espaldas, Torró. Bingo.

3

- Siempre he pensado que la vida es como una canción de Eels: molesta, absurda, que habla sobre las miserias y algunas esperanzas sin dejarte nada claro. Como “Dog faced boy”. O “That’s not really funny”. – Eso piensa Juan mientras corrige exámenes. Tal vez sus últimos exámenes en el colegio donde da clases en Valencia. El año que viene lo trasladarán. Si tiene suerte acabará en Tavernes. Si no, más allá de Requena. Y él tiene suerte porque muchos de sus compañeros no volverán a trabajar. Se les llama interinos y han pagado la crisis. Y mientras piensa todo esto recibe una llamada de su padre:

- Han ingresado a mamá. Se asfixia.

En el pasillo del hospital, Juan y Antonio actúan como un padre y un hijo que nunca han sabido qué decirse.

- ¿Te sacaste las recetas? – dice Antonio.

- 14 euros las gotas ahora.

- Hijos de puta. Están reventando este país.

- Siempre ha sido así. – murmura Juan con la boca pequeña.

Y guardan silencio. Por el pasillo aparece Amparín, una de las vecinas.

- ¿Cómo está Asunción?

- Bien, ha sido un ataque, pero nos han pedido que guarde reposo sola.

- Ay, que susto hijo. –  La señora se sienta junto a Antonio y guarda silencio. Pero parece que algo la reconcome y tiene que explotar.

- Menudos ladrones. Ya no sé que hacer. ¿Tú Antonio no me podrías ayudar con los de centroSA? – pregunta nerviosa.

- Si ya cerró hace año y medio. Se lo dije a tu marido, que en paz descanse, que Alberto no era de fiar. Puedo hablar con los de judicial, pero no te prometo nada. Está en busca y captura.

- Un caradura. Un sinvergüenza. Un… mira me callo que me enciendo.

Juan sigue atentamente el cruce de frases entre Antonio y Amparín (porque aquello nunca será una conversación) y se entera que a la familia de la vecina le deben más de 75.000 euros. CentroSA fue una inmobiliaria que reventó el mercado pero nunca terminó de pagar los pisos que se quedó, una de las tapaderas de Lemon Market. Ahora algunos de los jefes están desaparecidos.

Es junio del 2007 y Juan ayuda a Antonio a cambiar la rueda pinchada del coche de Antonio. Cerca del lugar Antonio ha encontrado una jeringuilla reventada. Se nota que con ella intentaron pinchar la rueda. De hecho en la llanta se ha quedado restos de sangre. Antonio los recoge con parsimonia y los mete en un frasquito que lleva.

- 100 euros a que sé de quién es.

Y Juan también. Todos conocen al yonqui de la zona, pero se preguntan el porqué. A Antonio lo llama el Chispas, uno de los compañeros de Antonio de la brigada judicial en la que ahora trabaja. Le dice que le recoge en menos de cinco minutos. Y allí se planta.

- Pinchazo: Alonso Galindo, el de Ponferrada, ha hablado con un empresario de Torrent. Le ha llamado Steven, pero hemos logrado pillar la señal. Polígono industrial de la ciudad, cagando hostias.

- ¿Y el chaval? – pregunta Antonio.

- Que se venga, pero calladito.

Antonio, Juan y Chispas tiran hacia el polígono industrial. Al llegar cerca de la nave, aparcan el coche algo lejos. Se dividen en dos: Antonio y Juan por un lado, y el Chispas con su Canon por otro. Entran en la calle y lo primero que ven son dos BMWs negro metalizados. En la puerta de uno un tipo con traje, esperando. Antonio le hace una seña al Chispas diciéndole que se dirigen al bar del fondo. Al pasar delante del coche que custodia el hombre trajeado, Antonio mira de reojo para adentro. Solo consigue ver unos vaqueros. Pero es Juan quien sí ve a quien hay en aquel coche: el Pipa. Intenta girarse, pero Antonio le hace un ademán de “ni lo intentes”. Los dos oyen a gente salir del almacén.

- ¡Pásame el móvil, pásame el móvil! – le susurra rápido a su hijo.

-¿Para qué?

- ¡Rápido, venga rápido!

Juan se lo pasa y Antonio lo coloca ante sus ojos, buscando el reflejo de la pantalla. Y logra verlo un instante, mientras que pasan por la pantalla: Alberto el de centroSA con un hombre gris de unos 50 y un maletín. Y los deja de ver. Oyen el coche salir y se giran. El Chispas llega con el coche y suben raudos. Solo añade:

- Ni las fotos de la comunión de mi sobrino me salieron mejor. Los tengo. – Y todos salen en el coche del Chispas rápidamente.

Juan siempre recordará al Chispas por ese día. Y es que está a unos minutos de volverlo a ver después de casi 5 años. Va al antiguo cuartel de su padre a recoger un paquete que ha llegado a su nombre. El Chispas lo recibe con un gran abrazo.

- ¡Chaval, como has crecido! Si antes no tenías ni media hostia, mírate. Ahora el que no tiene media hostia soy yo. – y se ríe de una manera socarrona y particular. Lleva el pelo desgarbado, canoso y con el cigarro constante en la boca.

– Yo ya sé que aquí no se puede fumar, pero para lo que me queda, y tú no vas a decir nada, ¿no? ¿Cómo está tu madre?

- Bien, ya está estable, es una asfixia que le da en verano.

- Que nos hacemos mayores chaval.

El tiempo pasa para todos, y más para el Chispas. Cuando le da el paquete, Juan se atreve a preguntar.

- Oye, ¿te acuerdas aquel día que fui con vosotros… a un polígono industrial por Xirivella, Alaquàs,…?

- A Torrent sería. El caso Torró. Claro chato. Menudo pollo.

- ¿No tendrás las fotos que hiciste ese día? ¿Las puedo ver?

- Eso es secreto de sumario chaval… pero va, están digitalizadas, de aquí no salen, ¿ok, nano?

- Vale.

El Chispas lo lleva por pasillos y entran a un cuartito cochambroso. Hay cuatro ordenadores, y alguna taquilla. Esa es la unidad de policía judicial de Aldaia. El Chispas se pone a buscar en la base de datos.

- Aquí las tienes. Siéntate.

Conforme va pasando las fotos, Juan va viendo un apretón de manos entre Alberto Sabater y Esteban Torró, luego se llega a ver sacar la cabeza del Pipa del coche y como Alberto, su tío, se la vuelve a meter en el coche.

- Tío y sobrino. – señala Juan.

- El camello de toda la red y este, en busca y captura: Albertito. Menudo figura.

- Y Torró.

- Sí.

- ¿Por qué ese tío prejubiló a mi padre?

El Chispas da una calada al cigarro y lo apaga. Le mira y se levanta a cerrar la puerta.

- Tienes huevos, eh. Has salido al cabezón de tu padre.

- Dicen que me parezco más a mi madre.

- Tu padre metió la pata. Pero hasta aquí. Se hundió de mierda. – y se le congela la mirada.

- ¿Qué hizo?

- Que no tenía que haber hecho. Torró era el capo del pollo de la sonorización del Papa, ¿te acuerdas?

- Más o menos.

- El Bigotes era la cabeza visible, pero al subcontratar con Teconsa, la constructora leonesa, se tuvo que desviar en varias empresas “fantasmas” en Valencia.

- CentroSA.

- Por ejemplo. CentroSA dependía del grupo Avecom, del que el tal Torró era el capo. El juez no nos daba una orden para entrar a confiscarle los ordenadores. Pero tu padre entró por Alberto.

- ¿Y cómo desapareció?

- Por el sobrino, el Pipa. Le dio el chivatazo.

- Pero si era un pobre diablo.

- Al que tu padre reventó de una paliza. Le sacó toda la información y lo llevó directo a la UVI.

Juan se levanta sin aliento.

- Pero…

- Sí chaval, somos lo que podemos ser, no lo que somos. A tu padre se le fue la mano. Menudo idiota. El chaval salió del coma, pero para entonces Alberto lo sabía, y el Pipa ese era su ojito derecho. Y Torró se la tenía jurada a tu padre.

- ¿Y no teníais pruebas…?

- El juez nos dejó entrar a por Torró, pero le puso una condición al sargento: Antonio Aramendia ni se acerca, lo pones de patitas en la calle.

- Joder.

- El sargento se negó, pero no pudo. Solo pudo que pre-jubilar a tu padre.

Juan se seca unas lágrimas de rabia y coge el paquete.

- Gracias.

- Yo no te he dicho nada, eh.

Juan desaparece.

Juan abre la casa de sus padres. Deja el paquete en la entrada mientras mira a su padre haciéndose, mal que bien, una hamburguesa.

- ¿Te ha dado el paquete?

- Ahí lo tienes. ¿Y la mamá?

- Está bien. Pasa la noche allí y mañana está en casa. Es el asma crónico que tiene.

- Vale, me voy.

Juan se acerca a su padre y le da un beso en la mejilla. Se miran. Y en esa mirada vemos la rabia y la impotencia de Juan, la frustración y soberbia de Antonio.

- Adiós.

Juan ha llegado a casa, se ha puesto el chándal y ha bajado a correr. Es lo único que últimamente le abstrae de los mazazos de la crisis que se encuentra en cada esquina, en el rostro de cada amigo, vecino. Es julio del 2012 y mientras pasa al lado de un autobús de la EMT lleno de pegatinas (“Rita no paga a sus trabajadores”), oye de fondo, atronadora, la formula 1.

Se pone los cascos para concentrarse y en ese mezcladillo de temas dispersos suena la guitarra rasgada de Dan Auerbach en “Goin’ home”. Se encamina hacia Nazaret porque, azares del destino, vive al lado.

100 metros, y desidia, 200 metros, cheques en blanco, 300 metros, mayorías absolutas, 400 metros, clientelismo, 700 metros, dejadez urbanística, 1 kilómetro, corrupción, estafa y maniqueísmo, 2 kilómetros, imputados, malversación de fondos públicos y privatizaciones, 3 kilómetros, especulación, coches oficiales, asesores políticos y subcontratas, 4 kilómetros, medicamentazo, inflación, prima de riesgo, Bankia, preferentes, CAM, dietas astronómicas, Ecclestone, 5 kilómetros, Encuentro de las familias, Zero responsables, Alcublas ardiendo, la ciudad de la Euforia, ciudades de la Luz, de las Imágenes o de la Aurora Boreal si hace falta,… 10 kilómetros… ha corrido tanto que está fuera de Valencia.

About these ads

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s