Los viajes de Sullivan (de guiones y crisis)

Cerramos temporada con la firma de Javier Olivares y un post que da que pensar – y mucho – sobre la práctica del oficio en tiempos difíciles. Tenemos todo agosto para meditar sobre sus palabras. ¡Feliz verano!

por Javier Olivares

1.

Cada cual tiene su pequeña (o gran) lista de películas que forman parte de su vida. Películas que ves más de una vez porque te impactaron cuando las descubriste y, además, te siguen emocionando cuando te vuelves a encontrar con ellas. En mi lista, ocupa un lugar importante Los viajes de Sullivan.

Dirigida y escrita por Preston Sturges en 1941, cuenta la historia de John Lloyd Sullivan, un director de comedia en la cima de su carrera, una estrella de Hollywood, que decide contra la opinión de todos (esencialmente su productora) dejar la comedia y contar el drama de la miseria, de los que viven en la calle (pese a ser del 41 parece un repaso a otra gran crisis, la del 28).

Por ello, se disfraza de sintecho para documentarse cómo es la vida allá lejos del paraíso de los ricos. Para ver la tristeza, la desesperación de no tener nada… En ese viaje a los infiernos, pierde su carné, es acusado de un asesinato y va a parar a un penal de trabajos forzados rodeados de los peores criminales y de otros que tal vez no lo fueron, pero que en su miserable vida no han encontrado otro destino mejor que ser tachados de culpables de algún crimen. Allí no hay salida. Allí no hay, por cierto, ningún banquero ni ladrón de guante blanco (los tiempos, en estas cosas, no cambian). Y Sullivan descubre, más allá de lo que él podía imaginar, lo que es estar marcado por la derrota, la angustia y el miedo. Días y días sin esperanza… Hasta que un buen día, toca sesión de cine y proyectan una de dibujos animados (creo que de Tom y Jerry) y ve cómo esos hombres que no tienen nada, ríen y disfrutan como posesos unos minutos de su vida. Cuando sale de la cárcel, lo tiene claro: volverá a hacer comedia.

Los viajes de Sullivan es una película tan maravillosa que, pese a que no descarto que su mensaje de carpe diem oculte tintes evidentemente reaccionarios, sigue formando parte de mis películas preferidas. Las dudas que tengo, ahora que nos toca vivir una nueva crisis a nivel mundial, es si tenemos que evadirnos haciendo unas risas en vez de, como guionistas, afrontar contar nuestro tiempo. Analizarlo críticamente. Desvelar y denunciar lo que hay detrás de esta crisis y sus resultados. Ser la voz de los que no la tienen. Evidentemente, soy partidario de lo segundo. Aunque, como espectador, me encantaría que alguien que fuera partidario de la teoría Sullivan hiciera algo igual de maravilloso.

Porque no se trata de marcar una línea única de pensamiento. Todo lo contrario. Sumidos en un audiovisual sin ninguna capacidad de crítica, precisamente ha ocurrido lo contrario: que se nos ha obligado a hacer series alejadas de la realidad para sólo evadirnos de nuestras vidas. De lo que se nos venía encima. De lo que se nos viene.

Por lo menos eso es así (salvo excepciones contadas), desde que Berlanga y Azcona (otros maestros) dejaron de trabajar juntos. O desde que López Vázquez, Cassen, Alexandre, Gracita Morales, Pepe Orjas y otros planearan un atraco a las tres, contándonos desde la comedia el drama de unos desheredados sin ilusiones., en un país, el nuestro en el que la palabra crisis no se decía, de cotidiana que era.

2.

Sin duda, el cine español de los 50 contó la crisis profunda de nuestro país, de nuestra vida diaria desde la comedia y elevó nuestro cine a una categoría de obra de arte que, salvo excepciones muy contadas, no ha vuelto a llegar.

Como ocurre con la ciencia ficción, la comedia es un género que permite contar la triste realidad o las situaciones políticas más duras salvando censuras y, de paso, atrayendo la atención del público. Divirtiendo y emocionando mientras estás delante de la pantalla (y si estás en casa agarrándote del alma impidiendo que cambies de canal ante un tema tan tremendo) y que cuando poses esa misma noche tu cabeza en la almohada, des un brinco porque de repente te des cuenta de la tristeza insondable que paseaba por debajo de gracias, chistes y gags.

En este sentido, el audiovisual inglés ha generado grandes obras maestras, como Full Monty, Billy Elliot u otra de esas películas que están en mis lista sagrada: Tocando el viento. En todas ellas se hablaba del destrozo social y humano generado por las políticas neoliberales de Margareth Thatcher. Los resultados finales de la misma. Ponían cara y ojos a lo que en las listas de desempleo son sólo números. Se enfrentaban con una capacidad crítica a la altura de su valía artística. Hurgaban la herida. La mostraban a sus conciudadanos y exportaron al mundo esa queja.

En realidad, los ingleses nunca abandonan por lo general el retrato social ni la crítica traten el género que traten. Tal vez por eso, la continuidad de ese concepto en televisión haya generado obras maestras como Shameless o Exile, con un excelente Paul Abbott como ejemplo, como motor de expresión de que algo se ha roto y hay que comprar pegamento para pegarlo. Pero sobre todo, antes, hay que recordar cómo era lo que se ha roto y quién la rompió. Y en ese viaje son tan protagonistas como sus personajes la corrupción, los malos hábitos de los políticos, la excesiva sumisión ciudadana, un individualismo al que no le importa que a los demás les vaya mal si a uno le va bien. ¿Os suena de algo?

No es Paul Abbott el único. Cuando uno ve Call the Midwife, una historia de parteras a finales de los 50 en los barrios deprimidos de Londres, se da cuenta de que entonces, la solidaridad y el apoyo social del Estado estaba generando la gran evolución que luego vendría. Y te paras a pensar si no te están diciendo que ahora es justo lo contrario.

Cuando ves Occupation, te das cuenta de que las guerras son indisociables de política y de economía. Y que muchos han muerto en Iraq para defender las ganancias de grandes multinacionales como ahora encuentras gente bien vestida hurgando en los cubos de basura porque sus ahorros se los ha quitado un banco al que no le pedirán explicaciones. Y van y te lo cuentan.

Como en Line of Duty se muestra la corrupción policial y cómo incide en las clases bajas hasta tal punto que Scotland Yard ha decidido no colaborar con la BBC al no gustarle este excelente mini The Wire a la inglesa.

Precisamente David Simon y Ed Burns podrían ser otros excelentes narradores de la crisis. Autor el primero del libro “Homicidio”, que sirvió para que Tom Fontana hiciera una de las mejores (si no la mejor) series policiales de la Historia, luego aplicó lo aprendido de Fontana (otro mago de contar la miseria del sistema en su Oz) precisamente en The Corner, con Burns. En ella, rayando el documental (los personajes reales –los que aún vivían, vaya- en los que se basaba la historia se encontraban con los actores que les habían encarnado) se contaba el declive social de un barrio a través del crack.

The Wire es la mezcla perfecta de Homicidio y The Corner. El cierre antológico del círculo. En ella, utilizando el género policial, se da un repaso crítico a la justicia, la policía, la crisis y el empobrecimiento de la clase obrera, la política municipal, el papel cómplice de la prensa y la educación. Lees sus dossieres de presentación y parece que estás leyendo tesis de una jornada de conferencias. No. Es una serie que da la cara, que se moja. Que cuenta una crisis que no es repentina, que viene de hace tiempo.

Una crisis que no es sólo económica. Es una crisis de valores morales y humanos. Y políticos. Una crisis ética heredera directa de un capitalismo sin control que destroza ciudades y arrincona personas. De una política de ojos cerrados que se define inmejorablemente el maestro Sorkin en The Newsroom, tanto en la autocrítica patriótica del arranque de la serie como en una magnífica secuencia del capítulo 3. En esta última se habla del perdón que deben pedir políticos y medios de comunicación por fallar a la sociedad. Y es de aplicación no sólo para EEUU: es universal.

¿Es poco tema como para que no escribamos de ello? Creo que estos ejemplos demuestran que no. No son los únicos, pero esto es un post y no una tesis doctoral. Aún así, se hace obligado recordar a Michael Moore y su Roger & Me como máximo ejemplo de cómo narrar una crisis y sus efectos devastadores en las personas. Inicio de lo que es el nuevo documental, Roger & Me se cierra con una obra más reciente de Moore: Capitalismo, una historia de amor.

Otras citas obligadas serían Inside Job (es difícil narrar mejor la crisis financiera), la no tan conocida y excelente La doctrina del shock (del polifacético Michael Winterbottom), Food Inc (el tema llevado al asunto alimentario), En un mundo libre (del siempre atento a estos temas Ken Loach), la peculiar El empleo del tiempo, del francés Laurent Cantet o la comprometida obra de otro francés, Robert Guediguian con obras como Marius et Janette o Á l´attaque, en la que, como en otra de sus obras –La ville est tranquille- relata el panorama social cotidiano surgido de una Europa entendida exclusivamente como asunto económico y no cultural ni social.

Sirvan estas citas como ejemplo de que el cine y la televisión deben mostrar la vida porque ellos mismos son la vida. Que no se puede vivir escondiendo la cabeza debajo del ala, evadiéndose de la realidad ni repitiendo y repitiendo comedias evasivas, familiares y sin alma. Y más en los tiempos que vivimos.

3

Volvamos a la pequeña pantalla. Se podría decir que los ejemplos expuestos son BBC y HBO, la cumbre del arte televisivo. Los que se pueden permitir todo. No son los únicos. Ver la crítica política y social de series danesas como Borgen (corrupción política como tema principal), Broen (en coproducción con Suecia) o Forbrydelsen (The Killing en su versión USA, que está muy por debajo de la original). El atrevimiento para arañar en lo más profundo de series israelíes… O francesas… que he citado tantas veces aquí… O canadienses, como expongo a continuación:

Hace veinte años, cuando las grandes empresas rescataron a nuestros gobiernos quebrados, nos lo vendieron como la salvación. Ahora vemos que pagamos ese rescate con la libertad. Hemos despertado a la verdad de que nos hemos convertidos en esclavos del Consejo Corporativo de esas empresas. Hay que cambiar la situación. Hay que dejar correr la voz de que la antorcha ha pasado a una nueva generación que no consentirá la supresión de los derechos humanos y de la dignidad. Y que toda empresa sepa que pagaremos cualquier precio para conseguir la supervivencia y el triunfo de la libertad”.

Así empieza la serie canadiense Continuum, donde en el 2077 un grupo considerado terrorista lucha contra las grandes empresas que dominan el mundo. Detenidos tras poner una bomba en el “congreso” de las Corporaciones con miles de muertos, escapan antes de la ejecución con el anhelo de viajar al pasado, siete años antes, a cambiar la situación. Un error de cálculo les trae a ellos y a la policía que les persigue al 2012.

No es una serie de culto. Es un producto (más que correcto) de serie producida por Show Case que desarrolla tramas y personajes de manera impoluta pero convencional con un presupuesto limitado. Sin embargo, cuando empecé a verla, al oír el discurso de arranque, no pude menos que sorprenderme de la profundidad de campo de estas previsiones de futuro y ver lo bien que cuadraban en la realidad actual. El hecho de plantear un futuro en el que gobiernan bancos y grandes corporaciones, donde ya no hay elecciones y donde los ciudadanos trabajan a cambio de lo indispensable para pagar sus deudas a quienes ahora les gobiernan me pareció de una intuición brillante.

Creo que todos estos ejemplos indican que contar la crisis de nuestra sociedad (insisto, no sólo económica) no es un lujo que sólo pueden permitirse unos privilegiados. Sencillamente es ya una corriente de la que, como de tantas otras, nuestra industria ha asumido el reaccionario mensaje de “que inventen ellos”.

4

Desde la perspectiva nacional, plantear que productos como Con el culo al aire o Aida (buenos productos comerciales, a la vista están) asuman el desarraigo, el desclasamiento o la fractura social es un acto de fe que pocos pueden asumir.

Plantear que tanta serie histórica que no cuestiona el presente es la meta de nuestra creatividad (Amar en tiempos revueltos es una excepción que ha tenido, con tanta humildad como talento, esa virtud en su arranque y sus mejores temporadas y, sin duda, es clave de su merecido éxito). Que alejarse de la realidad al contar historias recreándonos en una indudable mejora de producción es el objetivo final, es un error de consecuencias incalculables.

No culpo a nadie en concreto y todo lo que tenía que decir al respecto lo hice aquí mismo en mi texto La señora de Burgos o el efecto Peoria. O en Bloguionistas en El alma de las series. Asumo que esto es una industria que da de comer a mucha gente y valoro el esfuerzo realizado (sobre todo de excelentes productoras que vienen de la periferia y que han refrescado nuestro panorama de manera indispensable). Pero creo que hay que ir más lejos por parte de cadenas y productoras (insisto, compañeras de viaje y no enemigas), y -sobre todo- por parte de nosotros, los guionistas. Insistir hasta por mucho que nos rechacen proyectos. Crear series que hablen de la vida en vez de ser mero encargo alimentario. ¿Queremos ser imprescindibles? Ésta es la única manera: luchando con nuestra ética, nuestro oficio y nuestro talento. Con nuestra capacidad de contar la vida y lo que nos pasa. De pelear por proyectos que cuenten no LA VERDAD, pero si nuestra verdad. Y de hacerlo bien sin ser cómplices de un sistema que no funciona y que, además está cambiando: hay señales que lo indican.

El pasado jueves 19 de julio del 2012, se produjo, en lo que se refiere a audiencias televisivas, un dato extraordinario: el prime time (un 9,2) más bajo nunca visto. La fragmentación llevada al máximo, lo que facilitaría productos, por fin, que no quieran abarcar un target universal, familiar, anticuado y ya imposible.

Más señales: series como Pulseras Rojas (made in aquí), triunfan. Una serie, recuerdo, de 50 minutos, con el sello de un autor (Espinosa) y un director (Freixas) que trabajan en común y sin divismos y a los que se dejan expresar sus conceptos creativos. Una serie que habla de un drama duro y que no suena a mil veces vista. En la que no hay culto al cuerpo ni tías estupendas. Una historia personal llevada a lo universal. Una estructura narrativa distinta y peculiar. Con actores de verdad, no con nombres ni modelis. Una serie cuyo coste por capítulo calculo en una tercera parte (si llega) de las grandes series nacionales al uso. Y tiene audiencia. Y la compra Spielberg para que la produzca Martha Kauffman.

¿Las razones? Aparte del mérito personal de Espinosa, un proceso de trabajo en el que el alma del creador (lo sé por experiencia) no se diluye con correcciones y más correcciones de lectores que acaban de salir de una facultad (se trabaja con profesionales), se puede ser productor ejecutivo de tus ideas, hay un diálogo profesional, se marcan objetivos y targets al inicio del proyecto y, luego, se trabaja con confianza y libertad por parte de cadena y productoras que han creído en estos proyectos. Puedo decirlo de primera mano. En TV3 he podido crear series como Infidels o Kubala, Moreno i Manchon. No hay los presupuestos de las grandes producciones, pero se resuelven los problemas con creatividad y trabajo en equipo. Puedes contar tu historia sin cortes ni imposiciones. Y llega al público fresca y diáfana. Cuando al día siguiente de cada emisión ves que, por lo general, ese público te ha elegido por encima de los productos de cadenas generalistas, que has ganado a Gran Hermano, el biopic de la Pantoja, empatado con Águila Roja… en tu cara se dibuja una sonrisa. Lo has conseguido (por fin): que tus series sean de todos sin dejar de ser tuyas. Ése es el secreto y la clave del éxito de Pulseras rojas. Un éxito del que, como en las otras series citadas, no se puede excluir a la cadena ni a las productoras. Porque ellas lo han propiciado.

Porque, cara a la crisis, se pueden hacer productos ajustados. Pero con creatividad y concepto. Porque las series, cuando se alejan del calor de quienes las crean, pasan mucho frío y se convierten en algo tan estándar, tan políticamente correcto, tan dirigidas a un público generalista (que ya no existe) que se alejan de las emociones, de la vida… De hablar de lo que nos pasa.

Otra más: se emite en abierto la primera temporada de Juego de Tronos y le quita el trono a Jorge Javier Vázquez. Lástima que los Lannister no entraran espada en mano en el plató de Tele 5.

Nunca se podrá agradecer suficientemente a Antena 3 (y lo dice alguien que no ha tenido un gran éxito precisamente en su relación con esta cadena) la apuesta que está haciendo este verano. Un verano atípico (y de gran consumo televisivo, propio de tiempos de crisis) que está utilizando para experimentar en otra línea. Y está demostrando que se puede. Y que se debe.

Mientras, otros siguen prefiriendo alimentar al poco público que les queda que intentar recuperar el que se fue, harto de telebasura, series que no cuentan nada y hechas por ejecutivos antes que por guionistas, de informativos que beben en el youtube… Utilizando una licencia estatal (no lo olvidemos) para satisfacer un abstruso mercado publicitario que ha perdido el norte, tan fragmentaria es nuestra realidad televisiva. Sé que pronto intentarán recuperar el pulso de su ficción (en cine, hay que agradecer sus esfuerzos, sin duda): no les va a quedar más remedio. Para eso, deberán recuperar el público que les ha abandonado, harto de charlas de peluquería.

Y otros, con intereses ajenos a este negocio, siguen desmantelando una cadena pública sin dar pautas ni mostrar criterio alguno, ni comiendo ni dejando comer, hundiendo productoras que llevaron a esa cadena a su máximo esplendor y ahora reciben como premio un absoluto ninguneo por no se sabe qué razones. Esas razones no son sólo económicas, que no nos cuenten milongas.

Allá ellos. Si no rectifican, perderán el tren cuando volvamos a recuperar el pulso. El que no quiera ver el panorama, que no lo vea. Pero que no se crea, además, un gran profesional. Porque, si lo fueran, sabrían que el cine y la televisión son industria, son marca. Son riqueza. No es una riqueza tan inmediata como la del mercado inmobiliario, desde luego. Pero es más estable y más digna. Son vida. A veces (HBO y la BBC lo demuestran) hasta vanguardia popular.

y 5.

Ahora, si alguien sabe leer estas señales y propagarlas (les auguro éxito), si alguien se da cuenta de que no se puede (por ejemplo) seguir haciendo capítulos de 70 minutos con los medios existentes (porque no se pueden vender: no hay parrilla que no sea la nuestra que admita esta aberración), puede llegar la ocasión. Y no podemos desaprovecharla. Debemos estar preparados. Más de lo que lo estamos.

Debemos asumir vivencias de la sociedad que nos rodea, para contar lo que pasa. Y hacerlo bien y pelear por ello. De hacernos necesarios y defender nuestras ideas en el papel y en el plató. Luchar por un método de producción que no nos aleje de nuestra propia obra hasta el punto de no reconocerla cuando la emiten. Porque si con esta crisis (que hay que contar de alguna manera, éste es el tema de este post) nos olvidamos de que antes ya había otra de talento, de excesiva sumisión, de “mientras me paguen me callo”, de no reciclarse… esta crisis será eterna.

Porque sólo con calidad y comunicando emociones al público se puede luchar junto con productoras y cadenas en demostrar a quien corresponda que formamos parte de una industria cultural que ahora se desprecia. Pero esa industria será grande no sólo porque haya proyectos que den de comer. Sino porque sean de calidad y exportables (nuestra lengua lo merece). Productos que generen marca en el exterior (estoy hablando de branding) y orgullo en nuestro público (también estoy hablando de branding), cómplice del asunto y al que nunca hay que tratar como si fuera imbécil. Porque no lo es y porque eso supondría que nos creemos más que ellos. Y trabajamos para comunicar, no para mirarnos el ombligo.

Si no hacemos eso y nos creemos unos artistas de tres al cuarto, estaremos perdiendo el horizonte (si no lo hemos perdido ya demasiado). Si no luchamos con nuestra calidad y ética delante del ordenador lo mismo que hay que luchar en la calle contra unos recortes injustos y suicidas, estamos lavándonos las manos. Porque los derechos no sólo se defienden en asambleas o congresos, sino también en oficinas y en la propia mesa de tu estudio.

Si no estudiamos otras maneras de expresarse (tenemos más tiempo que nunca ahora, visto lo poco que se va a producir), creyéndonos que nuestro estilo es tan perfecto que es lo demás lo que se tiene que adaptar a nosotros, si no estamos al día en lo que se hace, si no sabemos leer las señales que la calle nos proporciona, si –como repite muchas veces el compañero Sergio Barrejón- no escribimos a diario vendamos o no lo que escribimos, no seremos nunca capaces de dar el salto ni de contar lo que está pasando. Entre otras cosas, esta crisis. Que no es nueva.

Estaremos, en definitiva, jugando a viajar con Sullivan. Pero sin el talento de Sturges.

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