EL ORIGEN DE LA CULPA

Guionista y director, David Victori, recorre con sus cortometrajes los festivales más importantes del mundo.  Gracias a su último corto, La Culpa, del que nos cuenta cómo se gestó la historia, opta al suculento premio de Your Film Festival organizado por Ridley Scott en youtube.  

Por David Victori.

Con Reacción el cortometraje que estrené en 2008, gané el premio “Dirige otro corto” de Curt Ficcions. Fue un premio especial porque me empujaba a rodar de nuevo y en ese momento, tenía el impulso, casi la necesidad de volver a dirigir. Este es un trabajo complicado, no es como un pintor que puede ir creando según su tiempo e inspiración. Un director, para arrancar un proyecto nuevo necesita del esfuerzo de mucha gente y sobre todo, algo de dinero.

Las semanas después de conseguir el premio, recibí una llamada de quienes acabarían siendo los productores del corto, M.A. Faura e Isaac Torras, con su productora Roxbury, interesados en el proyecto. Posteriormente, Sergio Barrejón,  con quien estaba escribiendo el guión de Hijo de Caín – la adaptación de la novela de Ignacio García-Valiño-  decidió entrar también como co-productor del corto.

Ya lo tenía todo, unos productores con experiencia y un premio que daba serias garantías de que podríamos rodar en buenas condiciones y además, en 35 milímetros. Bueno, todo menos la historia que quería contar. Aún no tenía guión.

En realidad ese momento era fantástico, saber que tenía las condiciones para rodar y sólo tener que preocuparme de imaginar la mejor historia posible; un auténtico lujo. Estaba contento, solo tenía que ponerme alerta, siempre hay temas de los que uno quiere hablar, mil historias que contar, tenía que descubrir cuál era la mía en ese momento. ¿Qué me inquietaba? Debía escuchar.

La Culpa, dentro de mi cabeza se fue construyendo de una forma muy orgánica. Todo empezó en una cafetería donde agarré un periódico y empecé a ojearlo mientras esperaba a dos amigos con las que había quedado. Leí una noticia que me dejó de piedra: una joven universitaria iraní que tras rechazar la invitación para salir a cenar con un compañero suyo de la universidad, éste, despechado le tiró ácido en la cara y la dejó ciega y con el rostro desfigurado. La ley de su país, después de detenerle, le permitiría vengarse de forma legal, aplicando la que ellos llaman la Ley del Talión. La chica iba a tener la oportunidad de usar dos gotas de ácido para dejar ciego a su agresor. Me quedé totalmente descolocado y me vino a la cabeza una pregunta: ¿Que pasaría si la venganza fuera un acto legal?

Cuando llegaron las personas con las que había quedado les comenté la noticia. ¿Qué pensaban ellos? ¿Qué opinaban? Yo trataba de hacer el esfuerzo, de ponerme en la piel de la chica y pensar: ¿Qué haría yo, me vengaría? Eso es lo que les pregunté a ellos y a un gran número de personas con las que me fui cruzando los días siguientes. Siempre que podía sacaba el tema. ¿Qué haríais vosotros en su lugar?

No lo hacía porque pensara que iba a escribir sobre ello, lo hacía por pura curiosidad, por inquietud. Tenía la necesidad de encontrar mi propia respuesta. Me sorprendía la seguridad con la que la gente contestaba. Todos parecían tenerlo muy claro menos yo. Tanto los que contestaban que sí, como los que contestaban que no. La respuesta más sensata – la que parecía más moralmente correcta-  era la de contener la ira, ser civilizados y no vengarse. ¿Pero era real? Tenía la sensación de que esa respuesta era una repuesta desde la razón, el análisis y la distancia, pero quizás no desde la verdad. Me imaginaba a mí, en la situación de esa chica, frente al espejo y sintiendo que ya no tenía nada que perder, que ya no había ninguna razón que pudiera superar el impulso de castigar ese acto tan horrible como absurdo a la vez.

Los siguientes días busqué más información sobre la noticia, encontré videos de la chica y acabé descubriendo que ella había decidido vengarse; iba a hacerlo en los próximos meses.

Daba igual lo que yo pensara, llegué a la conclusión de que por mucho que me esforzara no podía llegar a empatizar con ella. Hay situaciones que estoy seguro que no podemos llegar a comprender totalmente si no las vivimos en nuestras propias carnes. Me rendí. No tenía respuesta. Quería pensar que en su caso yo no lo haría, pero una voz dentro de mí me hacía sospechar que me estaba engañando, que en un momento así el impulso eclipsa cualquier pensamiento lógico.

Dejé aparcado ese debate interno. Solo me había quedado clara una cosa: el sentimiento de la venganza tenía el aspecto de una pequeña cárcel mental, una minúscula cárcel, de la que uno, seguramente, no puede salir.

De pronto, un día, cuando ya no pensaba en ella me vino de forma repentina una escena a la cabeza: imaginé a la chica, viajando en autobús, yendo al lugar donde iba a ejecutar la venganza, donde la estaban esperando. La imaginé nerviosa, rodeada de gente ajena a lo que esa chica estaba a punto de hacer. La imaginé entrando en un edificio alto, viejo y gris. Subiendo las escaleras, entrando, rota, tirando las gotas de ácido en los ojos de ese hombre asustado. Acertando. Imaginé a la chica temblando, bebiendo un vaso de agua, firmando unos papeles y marchándose. Bajando las escaleras. Saliendo del edificio. Cogiendo de nuevo el autobús y llegando a su casa.

Imaginé a esa chica tratando de dormir, y si esa chica se parecía un poco al personaje que yo imaginaba, no iba a conseguirlo. Seguramente no podría volver a dormir jamás.

Entonces pensé en los detalles que uno guarda de forma extraña de los acontecimientos importantes de nuestra vida. Detalles que registramos en la memoria para siempre. El momento anterior, algún sonido, justo una imagen del momento después. Quizás algún pensamiento de su viaje en autobús, su vuelta a casa, cuando salió de ese edificio o quizás simplemente al bajar las escaleras.

Pensé en sus noches de insomnio, recordando esas escaleras, como si nunca hubiera salido de allí, como si siguiera bajando cada piso, tratando de salir de ese edificio, como un bucle sin fin. Atrapada en un momento de su vida del que no puede escapar.

En ese momento, frente a esa idea, fue la primera vez donde sentí que en esa emoción, en ese instante, había una historia que quería contar, una sensación de la que quería hablar. Y fue a partir de ese momento, como quien tiene un lugar al que quiere llegar, que empecé a imaginar la mejor ruta, el mejor camino para emprender ese viaje. Así me puse a escribir el guión. Así es como yo funciono.

Lo que me despierta la fuerza de escribir suele ser una emoción o el conflicto de una situación compleja a la que posteriormente empujo con todas mis fuerzas a mi protagonista. Nunca es la resolución final, sino el clímax previo, el callejón sin salida de donde el personaje ya no podrá salir siendo la misma persona.

Con mi anterior corto, Reacción, quise llevar al personaje de Santi Millán al momento del coche, cuando se lleva al niño, como una especie de secuestro involuntario. Una situación, creo yo, bastante reconocible, de quien trata de ayudar a alguien y se acaba por meter en el peor de los líos.

La gente comenta La Culpa y habla de las escaleras. Rodando, montando y visionando el corto por festivales, el momento del bucle sigue siendo para mí el origen y la razón de ser de esta historia, una historia que ahora, pasado mucho tiempo desde que se me ocurrió, aspira a colarse en la final del Festival que Ridley Scott ha organizado para Youtube a nivel Internacional. El premio es de los que me gustan: rodar otro corto, pero esta vez ya te adjudican directamente un presupuesto y un actor principal. 500.000 dólares y a Michael Fassbender cómo  protagonista. Un premio realmente impresionante.

Llegar a esta final está difícil, dependemos de los votos de la gente, que además puede votar cada día, lo que convierte esta selección en algo que depende más del poder de convocatoria de cada película que de la película en sí. Yo estoy haciendo lo que puedo y la gente me está ayudando mucho, pero al final somos 50 directores de todo el mundo que compartimos el mismo deseo. Al final yo lo que quiero es que la película guste y seguir trabajando, escribiendo y rodando.

Una vez estrenado el corto, volví a leer sobre la chica iraní. Sobre como se había desarrollado su (terrible) historia y me di cuenta de que quizás no estaba tan equivocado en la forma como decidí terminar mi película.

Aquí podéis ver La Culpa.

Y en el siguiente enlace podéis votar por él:  http://www.youtube.com/user/yourfilmfestival?x=player%2FFiikS2xRSdE__en_us

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