A DOS METROS BAJO EURÍPIDES

por Paco López Barrio

Hace un par de semanas me decidí a rellenar un hueco imperdonable en mi background televisivo: aún no había visto A dos metros bajo tierra. Conseguí la primera temporada y me la vi casi de tirón en tres dias, aprovechando cualquier hueco de tiempo disponible. A mitad de temporada ya tenía claro que NECESITABA ver la serie enterita, hasta el final. Y aún estoy en ello.

No voy a hacer aquí la crítica de la serie, cuando me queda aún tanto por ver. Y porque llego tarde -¡años!- y ya se ha hablado mucho sobre el tema. Mi opinión se puede resumir en: “quien no haya visto esta joya, que la vea”. Pero sí me ha dado pie a reflexionar sobre algunos de sus procedimientos narrativos. Especialmente en las rupturas del código “naturalista” que es el canon vigente en la ficción española. En muchas de nuestras series, un simple flashback ya enciende todas las alarmas en los ejecutivos que, rápidamente, vienen a decirnos memeces como que “esto el espectador no va a entenderlo”.

Quizá el más llamativo de estos procedimientos sea la participación de los personajes ya muertos. En cada capítulo hay unas cuantas escenas en las que los protagonistas dialogan, con total familiaridad con el padre, Nathaniael, fallecido en accidente de tráfico en la primera secuencia del primer capítulo. Y además, siempre tenemos el “muerto episódico”, aquel al que la familia Fisher debe embalsamar en cada capítulo. Este difunto toma la palabra desde la mesa de embalsamamiento o acompaña a los personajes en momentos de su vida cotidina., obligándoles a reflexionar, a hacerse esas preguntas que  nunca se atreven a hacerse a sí mismos.

Este casting de ultratumba rompe un tabú muy asentado en nuestras convicciones guionísticas. Y no me refiero al yuyu que puedan dar los muertos. Ni a la imposibilidad (mientras no se demuestre lo contrario) de interactuar con ellos. El muerto como personaje tiene una larga tradición literaria: Ulises visita el Hades y conversa con su madre, el fantasma del padre de Hamlet es quien le comunica al príncipe su propia muerte, el Tenorio invita a cenar al Comendador al que él mismo ha matado… más los numerosísimos ejemplos contemporáneos que nos ofrece el cine. Pero curiosamente, en el cine, este procedimiento sólo se usa o en historias de género (terror, fantástico o ciencia ficción, mayoritariamente) o en historias ambientadas en épocas en las que aún era corriente esta creencia en el más allá. O con una fuerte carga mítica o legendaria. Pero esta comunicación, tan familiar, con los difuntos es casi impensable en un relato de tema contemporáneo, en una historia de “gente corriente”.

El tabú roto es otro. Es la norma férrea que nos hemos autoimpuesto de que el personaje no debe expresar jamás su pensamiento o sus sentimientos de otra manera que no sea la acción y/o los subtextos de esta acción. Pero en A dos metros bajo tierra tenemos escenas como esta:

Aunque, a la vista del acting, es el padre quien habla, a nadie le queda la menor duda de que esa voz es en realidad la voz interior de David: la verbalización de sus propios pensamientos, sus complejos, sus temores. Materia prohibida pues, según el “canon guionístico” vigente. Pero la aceptamos, precisamente porque se sirve de un código “no-natural” (la presencia del difunto), y esta ruptura le aporta legitimidad a un procedimiento que, al menos en los manuales de los más reputados gurús, sería inadmisible.

El recurso cuela. Y cuela eficazmente y sin desconcertar a nadie, sin causar la sensación de que nos estan metiendo de matute una escena de “voz interior”. ¿Porque está muy bien hecho? Si, por eso también. Pero es que además el recurso es algo más que una ocurrencia de su creador, Allan Ball. Funciona porque está recogiendo, de manera actualizada, un elemento con tradición milenaria: el coro de la tragedia griega.

Ni éste es el lugar ni yo tengo la formación necesaria para ponerme a disertar sobre el qué y el cómo de la tragedia y sus procedimientos. Pero si alguien quiere saber cómo funciona no es necesario correr a buscar las obras completas de Esquilo, Sófocles o Eurípides. Es mucho más fácil: véanse, con ojos de analista, una peli de Woody Allen, Poderosa Afrodita. SPOILER: Un matrimonio adopta un niño que resulta ser un superdotado. Al marido le entran ganas de conocer a la madre biológica, pero el coro se lo desaconseja.

Hago esta recomendación completamente en serio. Ya he dicho aquí que mi mujer enseña latín y griego clásico. Pues bien, desde que vió Poderosa Afrodita la ha incorporado a sus recursos didácticos habituales, porque explica a la perfección la estructura de la tragedia. No sólo de una manera superficial, no sólo como parodia, sino empleando de manera “orgánica”, con pleno conocimiento de causa, sus recursos. Incluso aquellos que pasan desapercibidos para el espectador que no tenga un buen conocimiento del tema. Por ejemplo aquí: (SPOILER: Ante la imposibilidad de acceder al expediente, el protagonista decide robarlo)

El personaje que acompaña aquí al protagonista es el corifeo, el portavoz del coro. Cuando Woody Allen le pide que vigile, él se niega: “Lo siento. No puedo, soy el corifeo. Que te ayude tu amigo Bud.” No puede porque ni el corifeo ni el coro forman parte de la acción. Están presentes, opinan, preguntan, anuncian, aclaman… pero no pueden inmiscuirse lo más mínimo en el devenir dramático que corresponde en exclusiva a los actores. Allen se lo recuerda: “Tu nunca saldrás del coro porque no haces nada. Yo actúo”. Aparentemente es un reproche, en realidad es una lección de historia teatral. Tal vez no sea ésta una de las obras mayores de Allen. Pero hay que reconocerle la fidelidad con que ha seguido los procedimientos de la tragedia clásica.

El que en A dos metros bajo tierra las apariciones de los fantasmas sean individuales no debe despistarnos. Aunque típicamente un coro sea un grupo (y no olvidemos que siglos más tarde Shakespeare usó coros de una sola persona, p. ej. en Enrique V), lo que importa aquí son las funciones que desempeña en la construcción dramática. Aparte de algunas ya superadas por el tiempo histórico (especialmente las intervenciones de tipo ritual o de invocación a los dioses) el coro cumplía otras funciones tales como preparar la accion previniendo, presagiando… cumple también funciones de unificación o enlace entre los diferentes episodios, comenta la acción y sus resultados. No menos importante es la de actuar de mediador entre la acción y la percepción que de ella tiene el público.

Sobre este tema apuntó con agudeza Roland Barthes: “El comentario coral detiene periódicamente la acción recitada por los actores y obliga al público a una meditación lírica e intelectual a un tiempo. Porque si el Coro comenta lo que acaba de ocurrir ante nuestra vista, este comentario es en su esencia una interrogación: a «lo que acaba de ocurrir» de los recitantes, el Coro contesta con un «¿y qué va a suceder ahora?”

Creo que todas estas funciones se cumplen fielmente en el conjunto de las intervenciones de ultratumba de la serie. Por eso considero el mecanismo que, con tanta “rentabilidad dramática”, nos propone A dos metros bajo tierra, como heredero, consciente o inconsciente, del viejo coro trágico griego. Y creo que, honradamente, no se puede poner nigún “pero” al procedimiento.

¿Y adónde llegamos con todo esto? Lo que yo saco en claro es que afirmaciones como “está prohibido poner en boca de los personajes pensamientos y sentimientos” no tiene la validez universal que a veces le damos. Por una parte hay personajes que no son tales (el coro, por ejemplo). Y por otra, estará prohibido cuando la apuesta es por una puesta en escena de corte “realista” o “naturalista”, o sea en el código común de la mayoria de películas y series. En estos casos es normal que esté prohibido: en los modos de contar típicos del “mainstream” audiovisual sería un pegote. Pero hay otras maneras de hacer y cada una tiene su código. Y cada código tiene capacidad de legitimarse a sí mismo si da lugar a procedimientos y productos dramáticos coherentes entre sí. Volviendo a Woody Allen, nadie calificaría de “ilegítimas” sus rupturas de “la cuarta pared” en Annie Hall, cuando mira a cámara y se dirige al espectador.

No hay autoridad exterior a la propia obra, no hay gurú que pueda desmentir la verdad que cada puesta en escena contiene en sí misma. Las reglas de juego las crea cada puesta en práctica y es sólo esa práctica concreta quien determinará si han sido bien elegidas y utilizadas. Todo lo demás es “escolástica audiovisual”.

Dicho esto me voy a ver los capítulos que aún me faltan. Y me llevo puesta una última reflexión de Roland Barthes: “Con el paso de la interrogación hacia formas cada vez más intelectuales, la tragedia evoluciona hacia lo que hoy llamamos el drama, es decir, hacia la comedia burguesa, fundada en conflictos de caracteres, no en conflictos de destinos: y lo que ha marcado este cambio de función ha sido, precisamente, la atrofia progresiva del elemento interrogador, es decir, la atrofia del Coro. “

Porque empiezo a pensar que en A dos metros bajo tierra, sin dejar de haber conflictos de caracteres, hay también mucho conflicto de destinos. Y que bajo la piel de lo que parece sólo una serie de televisión, hay mucho de tragedia, en el sentido más primitivo y más griego de la palabra.

 

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6 Respuestas a “A DOS METROS BAJO EURÍPIDES

  1. Buen post que tira de mi nostalgia seriéfila, Paco, enhorabuena. Espero que disfrutes la serie tanto como lo hice yo años ha. Fueron numerosas horas atrapado por la idiosincrasia de la familia Fisher. La huella aún perdura ya que la considero una de las mejores series que he visto, con un capítulo final apoteósico. Te invito a ojear un modesto post que escribí como homenaje a la serie : http://robertoalfarocine.wordpress.com/2011/09/01/a-dos-metros-bajo-tierra/

  2. javier olivares

    Fantástico texto. Felicidades.

  3. De las mejores series que se han parido, o al menos, de las más naturales e inteligentes.

    Recomendada también True Blood, de los mismos creadores pero con elementos fantásticos por doquier.

  4. Estupendo post, Paco, y estupenda Poderosa Afrodita -con su helicóptero final y todo. A dos metros bajo tierra me acabó poniendo nerviosa. Especialmente una niña como de dos años que SIEMPRE estaba en brazos de alguien. Y tanto grito… Pero puede que fuese porque vi demasiado seguidos los capítulos de la última temporada, y se me hicieron repetitivos. Con uno a la semana, posiblemente hubiera sido distinto.

  5. La mejor serie que he visto nunca. Me enganchó desde el primer capítulo. Esperaba con entusiasmo la hora de inicio cada noche. Siempre se me hacía corto… Terminaba una temporada y solo deseaba que comenzara la siguiente… Después de ver las cinco temporadas, decidí comprarme la serie entera en dvd. Nunca me he comprado ninguna serie, pero esta vez no tuve ninguna duda. Deseaba tener esta obra de arte para siempre, para verla una y otra vez y deleitarme con todos sus personajes, sus problemas,… Y nunca me canso de verla, busco momentos puntuales, diálogos inteligentes, interpretaciones magistrales, música que nunca me canso de escuchar… Y disfruto y saboreo cada escena. Gracias, Allan Ball, por hacerme ver y sentir la muerte de una forma tan poco usual. Gracias, familia Fisher. Emma.

  6. Pingback: Aristóteles y ‘Juego de Tronos’ « La solución elegante

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