HAY QUE IR DE BARES

Juanjo Ramírez Mascaró ha  pasado por el terror (“Mí” de César del Álamo) y la comedia (Vaya Semanita). Ha explorado las posibilidades narrativas en especies no-humanas, como los cacahuetes de “Gritos en el pasillo” o las aventuras del gato Obi.  Hoy ha venido desde Demasiado violeta, su blog, a hacernos una visita.

por Juanjo Ramírez Mascaró

Las pocas veces en que alguien me pregunta eso de “¿qué hace falta para ser guionista o director?” yo suelo responder:

Para ser guionista – o director – hay que ir de bares.

¡No lo toméis al pie de la letra!

Si os interesan estos temas, ya sabréis que no conviene tomar nada al pie de la letra. ¡Nunca!

¡Las letras son peligrosas! Trabajar manejándolas es trabajar manejando pólvora. Es penetrar en laberintos de los que nadie sale ileso. Ni siquiera el maldito Minotauro.

Cuando digo “hay que ir de bares” me refiero a que… hay que vivir. Hay que dejar que la vida te manche y te deforme.

Yo tuve la suerte de tener como profesor de guión al director Jorge Grau. Él expresaba lo que yo intento contaros de una manera mucho más contundente, más rotunda. Según las palabras de Grau:

Para ser director, hay que haber sido antes pistolero.

Una vez más, no hay que tomárselo al pie de la letra.

Supongo que lo que intentaba decirnos en sus clases Jordi Grau era que para tener algo que contar, hay que acumular vivencias.

Y que cada uno lo haga a su manera. Que cada uno elija su camino.

Algunos elegiremos explorar los bares, otros preferirán irse a la India a tener un viajes acojonantes e iniciáticos. Otros decidirán irse de putas.

Todas las opciones son válidas, pero cada vez estoy más convencido de algo: Ver pelis y leer obras está muy bien, pero si de verdad queremos aportar algo a este “mundillo”, deberíamos pasar más tiempo viviendo en el mundo real del que pasamos viendo pelis o leyendo libros.

No intento negar la utilidad de ver pelis o series. ¡Dios me libre!

Pero creo que si hay algo peor que no haber visto Ciudadano Kane, ese algo es… no haber visto a la gente que te rodea cada día.

La gente suele hablar sobre la suerte que tuvo Quentin Tarantino por currar en un videoclub. ¡La de pelis raras que pudo ver gracias a trabajar allí!

En mi opinión, basta ver cualquier peli de Quentin para darse cuenta de que probablemente ese zumbado aprendió más hablando con otras PERSONAS, de un lado a otro del mostrador, que metiendo cintas de VHS en un reproductor y dándole al PLAY.

¡Que sí! ¡Que yo también creo que darle al “play” es tremendamente útil! Pero difícilmente escribiremos algo que conmueva si al mismo tiempo no dejamos que el mundo tangible nos ensucie un poco.

Cuando pienso en esto recuerdo las enseñanzas de otro profesor que tuve en la universidad. Pablo López Raso. Nos impartía la asignatura de Teoría del Arte, y me abrió los ojos hablándome de nubes.

Él nos contaba cómo en la pintura “post-renacentista” de los siglos XVI y XVII, antes de la “revolución romántica”, los “academicistas” predominaban y estaban muy divorciados de la realidad. El lienzo era una venda que se interponía entre el mundo y ellos.

En lugar de retratar lo que tenían delante de sus narices, deformaban la realidad para adaptarla a los cánones estéticos imperantes.

Y era muy fácil ver eso en: las nubes que dibujaban. Eran nubes que rara vez ve uno en el cielo. Nubes anormales, excesivamente geométricas.

Y la percepción de la realidad estuvo varios siglos constreñida en esa prisión de escuadra y cartabón, hasta que llegaron impresionistas, expresionistas y esquizofrenias varias.

Desde que escuché aquello lo adopté como metáfora de muchísimas cosas.

De hecho, me acordé de la anécdota cuando, en cierta ocasión, decidí apuntarme a clases de dibujo.

Yo siempre he sido aficionado a dibujar, pero siempre de manera autodidacta. Así que hice aquel intento de potenciar mi afición con conocimientos teóricos. ¡Clases de dibujo! Sonaba bien.

Duré un día.

Allí estaba yo, junto con otra alumna. Y a esa otra alumna la habían puesto a dibujar una de esas estatuas griegas tan “cliché”. No recuerdo bien la estatua, ni el dibujo. Lo que nunca podré olvidar, sin embargo, es el momento en que el profesor se acercó a esa chica y le dijo:

Lo estás haciendo mal. Un pecho femenino no tiene esta forma, sino esta.”

Ése fue el momento en que supe que tenía que largarme de allí. “Un pecho femenino no tiene esta forma.” ¿¡Qué cojones!? De pronto me acordé de aquellas nubes del siglo XVII. Aquel tío no debía de haber visto muchas tetas en su vida, o no había sabido MIRARLAS de verdad.

¿En serio hay una teta igual que otra? ¿¡En serio hay una nube igual que otra!?

Una nube sí que es un auténtico lienzo en blanco, en el que cualquiera está invitado a dibujar lo que le dé la gana.

Y una teta… ¡joder! Un teta es incluso mejor que una cerveza. Nadie tiene derecho a aplastarla para que encaje en un lienzo de mierda.

El caso es que… es muy fácil que nos pase algo similar en lo nuestro.

Muchas veces veo pelis cuyos guiones no parecen inspirados en inquietudes surgidas de una mente auténtica. Parecen más bien reproducciones rituales de algo que ya hemos visto – y aplaudido – en otra decena de pelis anteriores. Nubes del XVII. Tetas de estatuas.

Muchas veces veo eso mismo en la forma en que se realizan ciertas pelis. De pronto tengo la sensación de que la manera en que se ha rodado un plano, la manera en que se ha movido una cámara… no es otra cosa que un intento de reproducir lo que ya ha hecho Spielberg, o Burton, o Scorsese. Nubes del XVII. Tetas de estatuas.

Muchas veces leo novelas y tengo la sensación de que el autor le está tomando prestadas las palabras a los Celas, los Cortázares y Garcías Márquez de turno, en lugar de utilizar su propia voz. Nubes del XVII. Tetas de estatuas.

La única manera que se me ocurre de esquivar toda esa mierda es apartar el lienzo y enfrentarse al mundo cara a cara.

Salir a vivir, y luego regresar a contarlo.

Algunos elegirán ser pistoleros, como decía Jordi Grau, otros serán strippers, como Diablo Cody, o pillarán un buen trauma en Vietnam, como Oliver Stone.

Yo elijo los bares. Son menos exóticos y menos glamourosos, pero… ¡se aprende tanto en ellos!

Lo hago continuamente: Entro en los bares, me pido una cerveza… y escucho. No en plan cotilla. No sirvo para eso. Simplemente dejo que el mundo me entre por las orejas y por los ojos.

Los bares son una mina, en serio.

Porque siempre hay en ellos gente deseosa de hablar, gente en busca de una oreja en la que volcar sus alegrías y penurias (¡qué grandes – en involuntarios – psicólogos son los camareros, Dios!)

Porque en los bares se habla de las cosas que de verdad interesan a la gente. Las teles y las productoras siempre confían en las cifras engañosas del audímetro. Yo, en cambio, hago más caso del “barímetro”. Si la gente habla de ello en una barra de bar, es que interesa. Si está puesto en la tele del bar, a esa tele no la desmienten ni Sofres ni Dios.

En realidad los dos grandes índices de lo que interesa a la gente – en mi opinión – son el bar y la PELUQUERÍA. Pero a mí me queda muy poco pelo que cortar y mucha cerveza que beber.

En serio: El bar es una mina. Una auténtica mina. A él acude la gente que más necesita escuchar nuestras historias. Y allí cuentan las suyas. Allí se desnudan. Allí hablan sobre las cosas que más les preocupan, sobre las cosas que más les motivan. Sobre sus hijos, o sus trabajos, o su paro, su enfermedad o si miseria.

Y nunca he conocido un camarero “de verdad” que no sea al mismo tiempo un filósofo.

Lo que intento decir, en definitiva… es que da igual si somos pistoleros, agentes secretos o pilotos de fórmula uno. Hay que VIVIR. Ya lo decía Joaquín Reyes en su imitación de Coppola de La Hora Chanante: “Vosotros no sabéis vivir. Sólo sabéis grabar y montar.”

Y a fin de cuentas, en “lo nuestro”, vivir y contar es sólo pertinente si nos ayuda a conocer a la gente… y a ayudarla, a nuestra humilde manera.

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6 Respuestas a “HAY QUE IR DE BARES

  1. Di que sí, cada uno ve la teta como le place que a todas nos gusta ser únicas, eso es crear. Ah, y no descartes a las madres en corro a la salida del cole, se dan todos los géneros, drama, comedia, aventura, ciencia-ficción, porno, policiaco, gore, romántico, musical, de catástrofe…y algo de neorralismo italiano también :D

  2. Pingback: Para ser guionista o director...

  3. Siempre pienso en Davinci para estos casos, el cual supo llegar tan alto gracias a que basó su obra en la vida, amó cada centímetro de la naturaleza y supo salir de su ensoñación para abrazar plenamente la realidad. Por ahí va también el secreto de ser un artista único y diferente.

    Los demás nos han dejado sus obras para apreciarlas y que aprendamos, no hace falta imitarlas para demostrar que hemos aprendido bien la lección.

  4. Que gran aserto! Igual que no hay dos nubes iguales, tampoco hay dos tetas iguales! Esto hay que hacerselo llegar a los cirujanos plásticos y fabricnates de protesis! Esto abre un campo de trabajo inagotable a la OCU! Un gran amigo mío contaba que la primera vez que tocó unas tetas de silicona le entraron ganas de llamar a la OCU! Fuera de bromas, un artículo espléndido! Ya lo decía Gabinete Caligari: Baressss, qué lugares tan gratos para conversar! Y no hay nada como VIVIR para tener algo que contar! Es más, ¿quién puede narrar, contar, escribir algo si no palpa, no vive, no sufre y no disfruta el lado más oscuro de la vida, de los sentimientos, de las calles, de las ciudades, de la vida misma? Sólo los que se atreven a pintar esos bodegones que llaman per se “naturaleza muerta”! Esos que con su falta de interés por la vida recrean la ausencia de la misma alimentando la la desidia ante lo que queda por vivir en aquellos que cuelgan sus óleos sofre el sofá del salón de casa! Como dice Risto: Menos sillón, más sofá!!!! A vivir y a compartir! Y si es en un bar, mejor! Gracias Juanjo por recordárnoslo!

  5. Juanjo, hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo un artículo. Como bien dice, no hay que tomar al pie de la letra lo de los bares, pero conviene recordar que en la vida diaria, si uno está atento, conoce a personas, y vive situaciones lo suficientemente peculiares, como para ser contadas. No hace falta copiarlas, ni tomarlas prestadas de otros. Por algo se dice que la realidad siempre supera la ficción. No se trata de inventar nada nuevo, porque ya está todo inventado, más bien se trata de reinventarlo.

  6. En mi opinión es muy cierto lo que comentas. Yo particularmente suelo poner el ejemplo de una buena paja. Las mejores pajas salen cuando te montas el peliculón con un personaje -nuevo o no- que está presente en tu vida. En cambio cuando no “vives” se suele tirar de porno que vendría a ser el “darle al play” en este desagradable símil.

    Pero me surge una duda. ¿Es suficiente escuchar en un bar? O dicho de otra manera; ¿Es suficiente empatizar con una causa ajena para que la vida “te manche y te deforme”? ¿No sería lo mismo, a fin de cuentas, al estar leyendo un libro o ver una película?

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