
por Javier Olivares
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¿O era de Cuenca? ¿O de Logroño? No lo recuerdo bien. Sí recuerdo que, hace años, cuando una productora o una cadena creía que lo que le ofrecías era muy arriesgado, siempre acababas oyendo frases como “¿Lo entendería una señora de Burgos?”… O, taxativamente: “Lo tiene que entender la señora de Burgos y su familia”.
En resumidas cuentas, lo que te querían decir es que tus guiones, tu serie, tenía que estar al alcance de todos. La señora de Burgos en cuestión era como el efecto Peoria, una ciudad de poco más de 100.000 habitantes al nordeste de los EEUU. Peoria es lo que los sociólogos llaman una ciudad espejo. Es decir: su composición social equivale al gusto de todo un país. Las productoras de Hollywood estrenaban sus películas allí para testar su posible éxito. Y, en las elecciones, los resultados electorales de Peoria son considerados para algunos los equivalentes a los que luego resultan de todo el electorado americano. De ahí se acuñó la frase “si funciona en Peoria, funcionará en cualquier parte” (if it plays in Peoria, it will play anywhere).
Los mandamases televisivos patrios no necesitaban encuestas ni sociólogos… Ni siquiera una ciudad, por pequeña que fuera. Les bastaba con la señora de Burgos. Con dos cojones. Técnicamente no les faltaba razón. La implantación sociológica de los audímetros es lo que buscaba (y busca). Familias, clase media y media baja (que en muchas ocasiones castiga el nivel de audiencias de comunidades con lengua autóctona, como Catalunya). Y las series se tenían que enfocar hacia ahí, con un target amplio que contentara a todos. Para todos los públicos, para toda la familia. Algo que si se hubiera aplicado a la literatura, a las artes plásticas, al diseño, al cine… a cualquiera de las actividades creativas humanas, no hubieran existido ni un Borges, ni un Picasso, ni un Buñuel ni unos Charles & Ray Eames… por poner sólo unos ejemplos.
Si siempre hubiera sido así, no hubieran existido vanguardias que se opusieran a lo clásico para acabar convirtiéndose ellas mismas en algo tan clásico como aquello contra lo que se confrontaban… Y así, desde que el mundo es mundo. Se llama evolución.
Es cierto que la televisión, en caso de ser vanguardia ha de ser popular. Que, a día de hoy, la comunicación es esencial y los espectadores nuestros necesarios cómplices. Pero si nuestra única razón de crear es satisfacer a ese “público masivo”, “familiar”… nos estamos equiparando a los concejales de fiestas de los ayuntamientos, esos de los que un día me dijo con tino Arturo Pérez Reverte que su eliminación (y la transferencia de sus presupuestos a Educación y Cultura) es la verdadera revolución pendiente de nuestro país.
Ojo: no se trata de hacer productos elitistas. Es sólo cuestión de no conformarse con poco. De observar las señales de identidad de la calle, de nuestra sociedad. Y de entender la televisión no como una caja tonta sino como algo que es principal seña de identidad de nuestra cultura y nuestra comunicación. Un respeto.
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Los tiempos cambian que es una barbaridad. Lo dicen filósofos, sociólogos y hasta nuestras abuelas. Sin ir más lejos, la familia ya no es lo que era. Por un lado, se fractura la unidad familiar existiendo cada vez más singles que, no por ello, dejan de ser espectadores de televisión. Nuestro índice de natalidad es de los más bajos de Europa, con lo que se empieza a poner en duda la existencia de un referente infantil en nuestras series de prime time (gracias a Dios).
Por otro lado, las familias se reagrupan ante la crisis. Y la señora de Burgos, ya abuela, ve como vienen a comer a casa más su hijos. Y que sus nietos no se han ido de casa. O que si se han ido, han vuelto. ¿Ve esta nueva familia la televisión como las familias de antaño? No. Incluso los nietos no la ven porque prefieren ver sus series por Internet, algo muy difícil de medir en audiencias.
Audiencia, palabra mágica llena de misterios. Como el de que se sigan midiendo por audímetros cuando con la TDT (digital terrestre, aclaro) hay tecnología suficiente como para medirla automáticamente y al segundo.
Cuando, con la TDT y los canales de pago la media de la cadena más vista en España, cada mes, no llega al 15 %, de tan fragmentada como está. Lejos (salvo contadas excepciones… normalmente programas deportivos y, qué curioso, la ficción de TVE o el final de algún reality de postín) de los resultados de Farmacia de guardia, Médico de Familia y los primeros Serrano.
Esos tiempos no volverán. Todo ha cambiado. ¿Por qué no cambia nuestra televisión? ¿Por qué no se considera que, aun siendo industria, es una industria que tiene mucho de creativa y de cultural? ¿Por qué es el único área de nuestra creación en la que no priman los creadores?
Recientemente, con motivo de los recortes de TVE, muchos no entendimos que se desmantelara una ficción de prestigio y audiencia (como tampoco se entiende que se esté llevando a la ruina a las productoras que no han hecho otra cosa que hacer bien su trabajo).
Ante el posible revuelo, desde el poder, se reaccionó rápido: declarar el coste por minuto de esas producciones. En realidad, era un guiño populista a una población masivamente afectada por el paro y la crisis, como la nuestra. Era un guiño a la señora de Burgos.
¿Cómo puede entender alguien que llega como puede a fin de mes que un minuto de una de esas series cueste 12.000 euros? Difícilmente si no se le dice lo que cuesta cualquier serie extranjera que ese mismo alguien ve a menudo porque es de las pocas cosas que le hacen evadirse de la dura realidad. Porque cuestan más, pese a que algún experto nos quiera hacer creer de forma equívoca lo contrario.
Intentaré explicarlo, no obstante. Más allá de discutir sobre si había necesidad de que TVE eliminara la publicidad, ¿cómo se mide la rentabilidad de una serie? Por su audiencia y por su prestigio. Y en ese sentido, Cuéntame, Amar en Tiempos revueltos y Águila Roja cumplían sus objetivos con creces, nos gusten o no esas series. ¿Es una buena opción de mercado eliminarlas, aún en crisis? Humildemente (y no soy un devoto de todas ellas, precisamente), creo que no.
La BBC ha acuñado un slogan que define su ficción: Original British Drama. Y lo lleva por el mundo con orgullo. Y hay pocas cosas menos incuestionables y pocas señas de identidad nacional más fuertes para los ingleses que la BBC… Y, de paso, como referencia de calidad, ha conseguido que otros canales como ITV o Channel Four compitieran en riesgo y calidad. ¿Por qué no seguir ese ejemplo? Y basta contemplar cualquiera de sus series para comprobar que son más caras que las nuestras y que sus temporadas suelen ser de seis capítulos (cuando no menos, como Sherlock, Black Mirror o Luther).
Se podrá decir que porque venden más en EEUU por compartir idioma. Si es así, ¿no es el castellano una de las lenguas más habladas en el mundo? Ataquemos por ahí. Con orgullo, defendiendo nuestra marca: el orgullo y la felicidad que ofrecen las marcas a sus consumidores son básicos para el éxito comercial y de mercado.
El problema es que, para hacerlo, tendrían que cambiar muchas cosas. Entre otras, que nuestras cadenas (públicas o privadas) deberían de dejar de atender a la señora de Burgos. O no. Pero, desde luego, no seguir teniéndola como referente único.
Porque lo que se vende es calidad y universalidad (que a veces se da más fuerte que nunca mostrando la propia idiosincrasia… cuando no es un derroche de tópicos). Y una ficción que no esté apegada a targets tan amplios, porque así es imposible tener productos con cara y ojos.
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Se habla de crisis continuamente. Es lógico: la hay y es profunda, abisal. No es ésta la tribuna más adecuada para explicar sus orígenes, pero sí para decir que, con ella (como suele ser habitual) el consumo televisivo aumenta sin parar. Estadísticamente, lo que más se ve (en España y en el mundo) son los informativos, los grandes eventos deportivos… y las series de ficción. ¿Es bueno desmantelar el mercado en vez de reconducirlo?
Se habla de crisis para justificar cualquier cosa. Bien, ya es hora de hablar de crisis para afrontar como puede ser nuestra ficción en estos tiempos tan duros. Y no rendirnos ni darnos por muertos.
Supongamos que estamos de acuerdo en que un capítulo no puede costar tanto dinero. Con que el futuro pasa por medidas como las que parece se van a tomar en TVE. En ese caso, habrá que proponer alternativas, planes… No desmontar un edificio para dejar sólo el solar mondo y lirondo.
Y como uno no debe criticar sin plantear alternativas, propongo algunas.
Lo primero, acortar la duración de las series hasta los 40 o 50 minutos habituales en la inmensa mayoría de países abarataría costos y posibilitaría la venta exterior de nuestras series. Es cierto que con esa duración no se pueden poner tres cortes de publicidad, pero no se puede querer todo. Sobre todo si se quiere hacer un producto de calidad y por ello, vendible. Y, por ello, digno del público que decide ver la televisión. ¿O no se trata de eso?
Lo segundo sería abaratar el coste de las series. Hay un modelo claro: el catalán. Polseres vermellas, comprada por Spielberg para que la adapte Marta Kauffman (Friends, Dream On…) no supera los 200.000 euros por capítulo y ha tenido un éxito espectacular de audiencia. Tampoco lo hace Kubala, Moreno i Manchón (sí, es mía –y de Anaïs Schaaff-, pero creo que su éxito de crítica y audiencia –aún evidentemente menor que la antes citada- avala que la pueda poner como ejemplo.
¿Cómo se consiguen estos productos por ese precio? Con mucho sufrimiento y limitaciones. Pero también con libertad creativa para preservar el alma de la serie. Con unos directores que se ponen al servicio de la serie y no al revés. Con una unidad de estilo. Con un equipo que desde el guionista, el técnico, el actor, el director, el encargado de fotografía… tiene una idea común y unos planteamientos claros… Y con un apoyo de la cadena, en este caso TV3, la más BBC de nuestras cadenas (y no sólo en ficción).
No se trata de bajar los costes tanto (es excesivo por muchas cualidades que estas producciones tengan). Pero no me cabe duda de que, con planificación (que permitiera rodar en interiores naturales y exteriores), se podrían conseguir buenas series más baratas que actualmente. Pero, para ello, debe haber tiempo para escribirlas antes de ser producidas. Por completo. No ir escribiendo mientras se rueda.
Pasemos a temas de estilo. Dichas series deberían primar la historia y la idea del creador sobre todas las cosas. Como se hace fuera. Y hacerlo sin remilgos.
No hace ni un año, un director, especialmente obsesivo con ser la niña en el bautizo, la novia en la boda y el creador de todo lo que rueda (como si él lo hubiera escrito) antes que el muerto en el entierro, me dijo en una comida que eso de que en los EEUU los guionistas fueran productores ejecutivos no era cierto. Sic. Yo callé estupefacto (y suelo callar pocas veces ante este tipo de desatinos). ¿Para qué responderle si existe el IMDB?. Recientemente, en una entrevista, ese mismo director declaraba que le encantaban Breaking Bad y The Good Wife. Que busque en IMDB o en la wikipedia los nombres de Vince Gilligan (antes en Expediente X, por cierto) o de Robert y Michelle King. Tal vez así, además corregir su ignorancia, entienda cómo se hace una serie. Y quiénes llevan el timón de las mismas. Él y otros muchos.
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Para dar un giro a esta situación, para crear nuevos productos a un precio más barato (o más caro, pero con el objetivo de la rentabilidad), lo básico es el alma de la serie. Dejar de hacer productos de marketing para todos los públicos. Y, probablemente, durante un tiempo, olvidarse de épocas pasadas –lo más caro- y hablar –por fin- de la realidad que nos rodea.
No seríamos los primeros en abrir esa vía. Ya lo han hecho los argentinos (Hermanos y Detectives, Los Simuladores…), los israelíes (con series que han tenido adaptación USA como Homeland, In treatment, Ran Quartet, Ex List –ésta fallida en su adaptación en los EEUU-…), los daneses (la impecable Forbrydelsen (luego The Killing en USA, Borgen… aunque con un coste casi BBC, todo hay que decirlo), los franceses (la magnífica Engrenages o Reporters).
Todas son series de autor. De género. Con relación con el mundo real. Con actores que lo son y no un desfile de chicas y chicos guapos que no saben vocalizar y que parecen salidos de una discoteca y no de una escuela de arte dramático (como todos los ingleses, por cierto). Todas son series -más o menos caras, pero rentables- que han basado su éxito comercial en el éxito en su país de origen y en su venta exterior. Que no se encierran en el mercado interior.
Y, sobre todo, todas son series directas al corazón de un público inteligente y no por ello menos popular, olvidando como referente obligado a la señora correspondiente de Catamarca, Haifa, Aalborg o de Clermont Ferrand.
5
Toda crisis requiere soluciones imaginativas. Aprovechemos esta crisis para potenciarlas. Para aprender día a día de los que mejor lo hacen. Y no copiando sus ideas, sino sus estructuras y sus métodos. Recuerdo que la HBO, antes de producir series, envió gente a Europa (también vinieron a España) para copiar el modelo de producción del cine independiente europeo cara a la producción de sus series. Mal no les ha salido, desde luego: nuestro cine independiente europeo casi no existe ya y la HBO triunfa ahora como modelo a seguir.
Trabajemos como hay que hacerlo. Ensayemos antes de rodar. O hagamos mesas italianas para que los actores sepan la intención de lo escrito. No es tan difícil. Otros lo hacen. Aquí, no. Y no es cuestión de dinero. Es, sencillamente, cuestión de un modelo de producción caduco, aferrado al plató y a un equipo de treinta personas para rodar a un personaje solitario andando triste por la calle cuando se podría hacer con una pequeña cámara (las hay muy buenas, lo juro) y posproducción.
Descubramos las mil posibilidades de lo digital (no tan caro como todos dicen) y de las nuevas tecnologías. Y no identifiquemos efectos especiales con ciencia ficción (hasta Betty la fea en su versión USA los utilizaba). Sí, es invertir. Pero también es rentabilizar, crear imágenes que serían impagables de otra manera. Y no se sale de las crisis sin inversión. Pero sobre todo, cuando no había crisis, ¿por qué no se ha invertido en ello?
¿No queremos invertir en tecnología? Bien, pues invirtamos en talento y dejemos que éste fluya. Hagamos cosas pequeñas que sean grandes, creíbles y con la verdad y la cara por delante. Frescas. Distintas. Con emociones. Y éstas no se crean con fórmulas preconcebidas ni desde la mercadotecnia.
Para ello, superemos el anquilosamiento al que nos ha llevado una misma y obligatoria manera de escribir tantas y tantas series. Que los gestores ayuden a los que crean y no les sustituyan. Que corrijan, que opinen, que siempre es bueno que muchos ojos vean tu obra para que no te ensimismes en ella. Pero que no se olviden de que sólo con las ideas de los que crean y escriben las series (y saber llevarlas a la pantalla sin jugar al teléfono estropeado1) es posible conseguir un buen producto.
Intentemos lidiar esta crisis con imaginación e inteligencia. Abandonemos la torre de marfil de nuestra ficción, justificada en señoras de Burgos y Peorias. Otros lo han hecho. Exactamente, con estas premisas, produciendo de otra manera.
Y me niego a creer que seamos más torpes y más tontos que ellos.
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